Pocas cosas resultan tan reconfortantes como envolverse en una toalla suave, mullida y con olor a limpio al salir de la ducha. Y, sin embargo, a casi todas nos ha pasado lo contrario: toallas que raspan, que absorben cada vez peor o que, al poco de sacarlas del armario, desprenden ese olor a humedad tan difícil de disimular. Lo curioso es que, muchas veces, el problema no está en la toalla, sino en cómo la lavamos, la secamos y la guardamos.
Porque lavar las toallas tiene más ciencia de lo que parece. Algunos gestos que damos por buenos, como echar suavizante o meterlas en la lavadora después de cada ducha, son justo los que más las castigan. Por eso hemos repasado los consejos de las expertas en limpieza y colada que más se comparten en redes, como Andrea Caaveiro (@petitbyandrea), Paula Seitón (@paula.unsitioparacadacosa) o Leticia Pérez (@ordenotucasa), y los hemos resumido en nueve trucos fáciles de aplicar desde la próxima colada. En la imagen, una propuesta de The Fine Cotton Company.
© Designers GuildEl truco del vinagre: adiós al suavizante
Es, sin duda, el consejo en el que más coinciden las expertas. El suavizante, que usamos precisamente para que las toallas queden suaves y blandas, deja una película sobre las fibras que, con los lavados, les resta capacidad de absorción y acaba endureciéndolas. La alternativa es tan sencilla como económica: sustituirlo por vinagre blanco de limpieza.
Andrea Caaveiro recomienda echar un buen chorro de vinagre blanco en el cajetín del suavizante. Ayuda a eliminar los restos de detergente, neutraliza los olores y devuelve a las fibras su suavidad natural. Y no, las toallas no huelen a vinagre al salir de la lavadora: el olor desaparece por completo con el aclarado y el secado. Si aun así el vinagre no te convence, la misma experta propone otra opción al suavizante: el ácido cítrico. Las toallas de la imagen son de Designers Guild.
© VouclerCada cuánto hay que lavarlas (y por qué no tras cada uso)
Aquí llega una buena noticia para la factura del agua: no hace falta lavar la toalla cada vez que nos duchamos. Lo que recomiendan los especialistas es hacerlo cada tres usos, aproximadamente, y como mínimo una vez a la semana, siempre que entre ducha y ducha la toalla se seque bien.
Esa es la clave: una toalla que se queda húmeda durante horas, arrugada en el suelo del baño, es el caldo de cultivo perfecto para las bacterias y los malos olores. Por eso conviene tenderla estirada, en un toallero o una barra, nunca doblada sobre sí misma. Eso sí, si alguien en casa está resfriado o tiene alguna infección en la piel, lo mejor es lavarla después de cada uso y no compartirla. Las toallas de la imagen son de Voucler.
© Online Home ShopAntes de usarlas, lávalas
Las toallas nuevas no deberían ir directamente de la tienda al baño. Salen de fábrica con restos de acabados que hacen que absorban peor, y un primer lavado les ayuda a abrir las fibras. Leticia Pérez, experta en orden y limpieza, aconseja lavarlas antes de estrenarlas con vinagre en lugar de suavizante y un puñado de sal gruesa en el tambor: la sal ayuda a fijar el color y deja las fibras sueltas y agradables al tacto. Las de la imagen son de Online Home Shop.
Es un gesto que se nota especialmente en las toallas de colores intensos, que así destiñen menos en los lavados siguientes. Y aunque salgan de ese primer lavado algo menos vistosas que cuando las compraste, en cuanto se sequen notarás que absorben mucho mejor.
© ProtekLávalas solas y sin llenar el tambor
Meterlas en la lavadora con el resto de la ropa es otro error frecuente. Las toallas sueltan pelusa, pesan mucho cuando están mojadas y necesitan su propio programa. Paula Seitón, ingeniera de organización industrial y experta en orden, limpieza y decoración, lo resume en una idea: lavarlas todas juntas, con vinagre y bicarbonato, para que salgan esponjosas.
Tan importante como separarlas es no sobrecargar la lavadora. Las toallas necesitan espacio para moverse y que el agua y el detergente lleguen a todas las fibras; si van apretadas, salen peor lavadas y más acartonadas. Y con el detergente, mejor quedarse cortas que pasarse: el exceso se queda atrapado en el tejido y lo vuelve áspero. El lavadero de la imagen es una propuesta de Protek.
© Aran CucineLa temperatura, en su justa medida
No existe una temperatura única, pero sí un rango razonable: entre 40 y 60 grados, según lo que indique la etiqueta. Los 60 grados son la opción más higiénica, sobre todo para las toallas blancas o cuando alguien en casa ha estado enfermo, mientras que 40 grados son suficientes para el lavado habitual de las toallas de color.
Si te preocupa el gasto energético, una buena fórmula es alternar: lavados a 40 grados la mayoría de las semanas y, de vez en cuando, uno a mayor temperatura para desinfectar a fondo. La zona de lavadero de la imagen es una propuesta de Aran Cucine.
© Mercè GostCómo hacer que huelan bien
El olor a cerrado suele tener un origen muy concreto: la humedad. Por eso el primer consejo es no dejar las toallas dentro de la lavadora ni un minuto más de lo necesario una vez termina el programa. Andrea Caaveiro sugiere, además, añadir un par de cucharadas de bicarbonato al tambor para neutralizar los olores y la humedad.
Si te gusta que tengan un aroma especial, puedes mezclar el vinagre del cajetín con unas gotas de aceite esencial, un truco que muchas expertas en limpieza recomiendan como alternativa al suavizante perfumado. Lavanda, eucalipto o naranja son opciones que funcionan muy bien en el baño. Y si tienes perlas de perfume para la ropa, también puedes añadirlas directamente en el tambor. El baño de la imagen es obra de Tinda's Project, con estilismo de Mar Gausachs.
© Rowen & WrenEl secado también importa
El secado es el momento en el que una toalla se gana o se pierde su esponjosidad. Antes de tenderlas, sacúdelas con energía: así se separan las fibras y se evita que se queden apelmazadas. Después, lo ideal es secarlas al aire libre, en un lugar ventilado y, a ser posible, a la sombra, porque el sol excesivo las endurece. En la imagen, una propuesta de Rowen & Wren.
Si usas secadora, elige una temperatura baja o media y añade unas bolas de secado, que golpean el tejido y lo dejan mucho más mullido. Es el truco que emplea Leticia Pérez para que sus toallas salgan de la máquina como las de un hotel.
© The Fine Cotton CompanyToallas blancas, siempre blancas
Con el tiempo, las toallas blancas tienden a coger ese tono grisáceo tan característico. Para devolverles su blanco original, Andrea Caaveiro recomienda el percarbonato o el oxígeno activo en lugar de la lejía, con un matiz importante: el percarbonato solo funciona con agua a más de 40 grados.
Y un consejo que marca la diferencia: si has usado un programa corto, en el que el aclarado es más breve, tiéndelas a la sombra y evita la secadora. Los restos de producto que no se hayan eliminado bien pueden reaccionar con el sol o con el calor de la secadora y dejar manchas amarillas. Las toallas de la imagen son de The Fine Cotton Company.
© Jordi CanosaGuárdalas bien secas (y ten siempre un juego de repuesto)
El último truco empieza antes de abrir el armario: una toalla solo se guarda cuando está completamente seca. Doblarla con un resto de humedad es garantía de mal olor, y lo mismo ocurre si la echamos mojada al cesto de la ropa sucia, donde contagia la humedad al resto de prendas. El lavadero de la imagen, diseñado por Pia Capdevila, lo pone fácil, ya que cuenta con armario, cestas para la ropa sucia, secadora y baldas.
Si estás pensando en renovar tus toallas, fíjate en el gramaje: a partir de unos 580 gramos por metro cuadrado, las toallas combinan suavidad y buena absorción. Para que la rotación sea cómoda y ninguna toalla se desgaste antes de tiempo, es aconsejable tener dos o tres juegos por persona: uno en uso, otro en la lavadora y otro en el armario. Con estos nueve gestos, tus toallas no solo durarán más: cada ducha terminará con ese pequeño placer de envolverte en algo suave, cálido y con olor a limpio.




