Algunos momentos de la vida que parecen hechos para que aparezcan los créditos finales. Cuando por fin llega ese amor que tanto esperábamos, conseguimos aquello por lo que llevábamos años luchando, damos la bienvenida a un hijo o, simplemente, alcanzamos una etapa de calma después de mucho tiempo de incertidumbre, todo parece encajar y, muchas veces, nos gustaría pulsar el pause en esos momentos. Pero la vida sigue su curso, y aunque nos gustaría quedarnos y habitar siempre esos acontecimientos, lo cierto es que no podemos parar el tiempo. Ya lo decía Orson Welles: "Si quieres un final feliz, depende, por supuesto, de dónde detengas tu historia”.
Orson Welles, una de las grandes figuras del cine del siglo XX, fue actor, director, guionista y productor, además de responsable de películas tan influyentes como Ciudadano Kane. Su trayectoria estuvo marcada precisamente por una manera de entender el relato en la que la mirada y el punto desde el que se cuenta una historia resultan fundamentales.
Entre otras muchas cuestiones, el actor, director, guionista y productor estadounidense, con su frase sobre la felicidad planteaba así una idea que, llevada al terreno de la psicología, resulta especialmente reveladora: quizá no exista un único desenlace para nuestra vida, sino diferentes maneras de interpretar aquello que nos ocurre. Esther Boada, psicóloga y directora del centro Sukha, (www.centresukha.com) parte precisamente de esa perspectiva para explicar el significado de estas palabras. "Nuestra vida no tiene una única lectura posible y, además, está en constante movimiento”, señala.
Qué significa la frase de Orson Welles
A diferencia de una película, en la que sabemos que llegará un momento en el que la historia termina, nuestra vida está formada por etapas que se suceden, se transforman y, en ocasiones, nos obligan a empezar de nuevo. Lo que hoy parece definitivo puede adquirir otro significado con el paso del tiempo.
Esther Boada recuerda que esa naturaleza cambiante forma parte de la propia experiencia de vivir: "La vida es cíclica. Atravesamos etapas de estabilidad, crecimiento y felicidad, pero también momentos de incertidumbre, pérdidas, cambios o reconstrucciones. Si detuviéramos nuestra historia en determinados momentos, encontraríamos esa imagen que asociamos con un 'final feliz', como cuando estamos enamorados. Podríamos poner ahí los créditos. Pero la vida continúa".
La idea resulta especialmente interesante porque permite separar dos conceptos que a menudo confundimos: que una etapa termine y que esa etapa haya sido un fracaso. Que después de un momento de felicidad aparezca una dificultad no borra lo anterior ni convierte automáticamente aquel periodo en algo menos valioso, sino, más bien, como explica la experta, "significa que la vida sigue sucediendo".
Cuando confundimos un capítulo con toda la historia
El desafío, por tanto, puede aparecer cuando interpretamos una circunstancia concreta como si fuera el desenlace definitivo. Una ruptura sentimental, un despido, un proyecto que no sale como esperábamos o una etapa de tristeza pueden hacernos pensar que sabemos cómo será el resto de nuestra vida. Es una conclusión comprensible cuando estamos dentro del problema, pero no necesariamente cierta. Así lo detalla la experta: "El problema aparece cuando convertimos un momento concreto en una conclusión definitiva y pensamos que hemos fracasado, que no volveremos a sentirnos así o que todo se ha estropeado. Estamos poniendo un punto final cuando quizá simplemente estamos atravesando otro capítulo”, apunta Esther Boada.
Mirar la vida con cierta distancia no significa restar importancia a lo que nos duele. Significa, más bien, evitar que el presente se convierta en una sentencia sobre todo nuestro futuro. Una mala época puede ser simplemente una mala etapa, y no necesariamente una mala vida.
Saber disfrutar los momentos felices
La reflexión de Orson Welles tiene, además, otra lectura. Si todo cambia, también cambiarán las etapas que hoy consideramos maravillosas. Pero eso no debería llevarnos a vivir los momentos felices con miedo a que terminen. Más bien al contrario. Deberíamos aceptar que las circunstancias son temporales puede ayudarnos a disfrutarlas más plenamente. En este sentido, para la psicóloga, aprender a convivir con ese movimiento es necesario: "El bienestar psicológico también implica aprender a mirar nuestra historia con perspectiva. No convertir un mal momento en una mala vida, pero tampoco exigir que los buenos momentos permanezcan intactos para siempre. Disfrutarlos mientras están, aceptar que las etapas cambian y desarrollar la flexibilidad necesaria para adaptarnos a lo que viene".
Esa flexibilidad resulta fundamental porque no podemos controlar todos los acontecimientos que aparecen en nuestra historia. Sí podemos, en cambio, trabajar en la manera en la que los interpretamos y afrontamos. La felicidad, desde esta perspectiva, no sería una fotografía fija, sino algo que puede aparecer en distintos momentos y adoptar formas diferentes.
¿Qué es un “final feliz”?
Quizá la frase de Orson Welles esconda una idea todavía más profunda: que un final feliz no tiene por qué significar que, a partir de un determinado momento, todo vaya a salir bien para siempre. Como comenta la experta en salud mental, "quizá no sea conseguir una vida en la que todo termine bien y permanezca así para siempre. Tal vez tenga más que ver con comprender que ningún capítulo, ni el bueno ni el malo, cuenta por sí solo toda nuestra historia, y lo bonito de vivir paradójicamente también tiene momentos que no nos gustan tanto". Es precisamente ahí donde la frase adquiere una dimensión especialmente humana. Porque vivir no consiste en conseguir que desaparezca todo aquello que nos incomoda, sino en aprender a transitar también por esas partes de la historia que no habríamos elegido.
La psicóloga lo resume poniendo el foco en una idea: "La salud mental no consiste en conseguir que nuestra historia tenga únicamente capítulos felices, sino en aprender a vivir variedad de situaciones y emociones en nuestra vida, que siempre está en constante cambio". Puede, entonces, que no se trate tanto de encontrar el final perfecto como de no apresurarnos a poner los créditos. Porque aquello que hoy parece el final de una historia puede ser simplemente el cierre de un capítulo. Y, mientras la historia continúe, siempre existe la posibilidad de que llegue una escena que todavía no habíamos imaginado.









