Equivocarnos suele incomodarnos. Nos obliga a reconocer que una decisión no fue la adecuada, que confiamos en quien no debíamos o que aquello que parecía una buena idea terminó llevándonos por un camino distinto al esperado. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de esos errores adquieren otro significado. Lo que en su momento vivimos como un fracaso puede convertirse en una de esas experiencias que terminan enseñándonos algo sobre nosotros mismos, sobre los demás o sobre la vida.
Oscar Wilde lo resumió con una de sus frases más conocidas: "La experiencia es simplemente el nombre que damos a nuestros errores". Una reflexión que invita a mirar de otra manera aquello que salió mal y, sobre todo, a preguntarnos qué hacemos con ello después. Algo que nos puede ayudar a tomar mejores decisiones en el futuro.
¿Quién fue Oscar Wilde?
Oscar Wilde (1854-1900) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés y una de las figuras más brillantes y provocadoras de la literatura en lengua inglesa del siglo XIX. Nacido en Dublín y formado en el Trinity College y en la Universidad de Oxford, destacó por su ingenio, su capacidad para observar las contradicciones humanas y una forma de escribir cargada de ironía, paradojas y aforismos que todavía hoy siguen siendo citados.
Entre sus obras más conocidas se encuentran la novela "El retrato de Dorian Gray" y piezas teatrales como "La importancia de llamarse Ernesto".
¿Qué quiso decir con esta frase?
Tal como nos comenta la psicóloga Carmen Dolores Núñez, esta frase del escritor describe muy bien algo que hacemos todos, aunque se quede a medias. "Lo que hacemos es reescribir. Cuando ya sabes cómo acabó una cosa, te parece que en el fondo lo veías venir, y así un fallo pasa a ser lucidez con muy poco esfuerzo. Es un sesgo de los más estudiados, el retrospectivo, descrito por Fischhoff en los años setenta", os aclara.
Y se le suma otra cosa curiosa: los recuerdos negativos pierden carga emocional más deprisa que los positivos. "Aquello que te tuvo dos meses sin dormir, diez años después lo cuentas con media sonrisa. Y lo que ya no escuece se recoloca fácil en el cajón de la experiencia.Pero la frase se queda corta, y curiosamente por el lado bueno, porque a veces la cosa ocurre de verdad", indica la experta en psicología.
Para comprender mejor la frase de Óscar Wilde, Carmen Dolores Núñez nos pone un ejemplo: una enfermera que lleva veinte años en una unidad de neonatos pasa por delante de un bebé y dice "aquí hay algo que no me gusta", todavía sin saber explicar qué ha visto. Luego lo reconstruye (el color, cómo respira, que el pinchazo del talón no ha parado de sangrar), pero la señal le llegó antes que las palabras, y muchas veces antes que la analítica. Eso no es un sexto sentido. Es haber visto tantos casos que el nuevo encaja o no encaja en un molde que ya tiene hecho. Y ese molde se construye estando delante muchas veces... unas cuantas de ellas equivocándose.
Equivocarnos forma parte de nuestro aprendizaje
Los fracasos son una parte inevitable del aprendizaje y, muchas veces, el paso previo a los grandes logros. La historia de Elon Musk y SpaceX es un buen ejemplo: antes de conseguir llevar a dos astronautas de la NASA al espacio en 2020, la compañía sufrió varios reveses importantes, desde tres lanzamientos fallidos del Falcon 1 hasta explosiones de cohetes y la pérdida de una cápsula Crew Dragon durante una prueba. Cada error obligó a investigar qué había ocurrido, introducir cambios y volver a intentarlo. Porque fracasar no significa necesariamente retroceder: cuando somos capaces de analizar nuestros errores y aprender de ellos, cada intento fallido puede acercarnos un poco más al objetivo. Sin embargo, la mayoría de nosotros no llevamos bien fracasar o equivocarnos. ¿Por qué?
"Porque el fallo casi nunca llega solo", afirma la psicóloga que continúa explicando que el error llega con una idea sobre quién eres tú. "Aquí hay una distinción que me parece de las más útiles que tiene la psicología, la que separa la culpa de la vergüenza. La culpa dice "he hecho algo mal", y empuja a arreglarlo. La vergüenza dice "yo soy el fallo", y empuja a esconderse. Cuando lo que se activa es lo segundo, la persona deja de mirar. Y lo que no se mira no enseña nada, por mucha información que contenga", explica.
Hay investigación que apunta justo ahí: que ante un fallo propio la gente se desengancha, deja de procesar y acaba rindiendo peor que quien recibió exactamente la misma información desde el acierto. "Es un hallazgo discutido metodológicamente, lo digo por rigor, pero encaja con lo que se ve fuera del laboratorio. Y se ve muy bien en equipos", detalla. Y nos cuenta el caso de una académica, Amy Edmondson, que estudió diferentes unidades de hospital esperando encontrar que las mejores cometían menos errores, y le salió lo contrario: en las mejores se reportaban más. Tardó en entenderlo. No es que se equivocaran más, es que allí se podía decir. Y lo que se dice se corrige.
Amy Edmondson es profesora de Liderazgo y Gestión en Harvard Business School, reconocida especialmente por sus investigaciones sobre cómo aprendemos de los errores y los fracasos en el trabajo. Es una de las principales impulsoras del concepto de "seguridad psicológica", que describe aquellos entornos en los que las personas se sienten suficientemente seguras como para reconocer errores, hacer preguntas o expresar dudas sin miedo a ser castigadas o ridiculizadas.
Una de sus ideas más conocidas es que no todos los fracasos son iguales ni todos deben evitarse. En su libro Right Kind of Wrong: The Science of Failing Well (2023), defiende que determinados errores pueden convertirse en una valiosa fuente de conocimiento si sabemos analizarlos y extraer conclusiones de ellos. Su planteamiento podría resumirse así: el objetivo no es aprender a fracasar más, sino aprender a fracasar mejor.
Pero también está el aspecto cultural, continúa la psicóloga, "que tampoco es menor: vemos los resultados de los demás y no vemos nunca sus borradores. Así cualquiera acaba pensando que sus errores son excepcionales".
¿Qué diferencia hay entre quien aprende de sus errores y quien se queda atrapado?
"No es la cantidad de vueltas que le da. Es la pregunta que se hace", matiza. Y es que se distinguen dos formas de mirarse hacia dentro que parecen la misma y no lo son: rumiar y reflexionar. Rumiar es "por qué me pasa esto a mí, qué me pasa conmigo", y es una pregunta sin respuesta posible, así que se puede estar dos años ahí sin sacar nada en claro. Reflexionar es aterrizado y casi aburrido: qué había justo antes, qué hice exactamente, qué conseguí con ello. Eso sí se puede contestar.
"Hay un segundo criterio, más fácil de comprobar todavía. Quien aprende cambia lo que hace. Quien se queda atrapado cambia cómo lo cuenta. Puede tener un relato estupendo de lo que aprendió, muy bien construido... y volver a hacer lo mismo".
Carmen Dolores Núñez añade otro aspecto que nos puede hacer replantearnos lo que hemos estado haciendo hasta ahora: "aprendemos cuando algo nos sorprende: sales de casa dando por hecho que llegas en veinte minutos, un día tardas cuarenta porque han cortado la calle, y esa vez te enteras".
Es decir, el día que tardas los veinte de siempre no aprendes nada, porque no había nada que corregir. Pues bien, hay un fenómeno medido, la hipercorrección, que dice que los errores que cometemos estando muy seguros de tener razón son justo los que mejor se corrigen después. "Escuece más, y precisamente por eso se fija más. Con lo cual el error no es el peaje que pagas por aprender. Es el vehículo".
¿Por qué algunos errores nos persiguen durante años?
Porque hay tres cosas que impiden cerrarlos. La primera es que no se puedan reparar. La culpa está diseñada para empujarte a arreglar algo, y cuando no hay nada que arreglar (porque la persona ya no está, porque pasó demasiado tiempo, porque aquello no tiene vuelta) se queda dando vueltas sin sitio donde descargarse.
La segunda es que toquen la identidad. Un error del que dices "hice algo que no estuvo bien" se puede cerrar. Uno del que dices "eso demuestra cómo soy yo" no se cierra nunca, porque el que está en cuestión eres tú entero, no lo que hiciste aquel día. Y la tercera es la trampa que lleva dentro la propia pregunta. "Cómo pude hacer aquello" te la haces desde hoy, con lo que sabes hoy, y se la haces a una persona que entonces no lo sabía. Es el sesgo retrospectivo funcionando en tu contra: como ahora te parece obvio lo que había que hacer, no te perdonas no haberlo visto, cuando en aquel momento no había forma de verlo.
Por eso la pregunta útil no es cómo pudiste. Es qué sabías entonces, y qué te faltaba por saber. Esa sí tiene respuesta, y casi siempre es una respuesta más amable de lo que uno se teme.
Cómo convertir una equivocación en experiencia
Para ello, la Núñez nos propone llevar a cabo esta ejercicio de reflexión, que podemos hacer, incluso esta misma semana:
- La primera es separar la decisión del resultado. Una decisión razonable puede salir mal, y una barbaridad puede salir bien. Esta "barbaridad" es la peligrosa, porque como salió bien la repites, y ahí no has aprendido nada, has reforzado algo que te va a costar caro más adelante. Así que antes de juzgarte, mira cómo decidiste, no cómo acabó.
- La segunda es escribir lo que esperas antes de saber cómo va a salir. Dos líneas en el móvil: qué creo que va a pasar y por qué. Cuando luego lo lees, ya no te lo puedes reescribir a favor. Es lo único que conozco que le gane al sesgo del que hablábamos antes.
- Y la tercera es cambiar de sitio para mirarlo. Contarte lo que pasó como si le hubiera ocurrido a otra persona, en tercera persona incluso, usando tu nombre. Suena raro, y funciona: baja la reactividad emocional y deja pensar. La información es la misma, lo que cambia es desde dónde la miras.Y una cosa que digo siempre. Si un error lleva años sin dejarte dormir, eso ya no es aprendizaje. Es otra cosa, y esa otra cosa se puede trabajar.










