Anatole France, Nobel de Literatura: "Si exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia"


El escritor frances nos invita a reflexionar sobre el sesgo de negatividad y qué pasaría si centráramos nuestra atención en las cosas buenas que nos pasan en vez de pensar solo en lo malo


Mujeres con los brazos arriba felices en el coche© Getty Images
13 de agosto de 2026 a las 13:01 CEST

"Si exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia". La reflexión de Anatole France puede resultar especialmente reconocible en esos días en los que todo parece torcerse. Basta un comentario desagradable, una discusión, un contratiempo en el trabajo o una mala noticia para que, de repente, aquello ocupe buena parte de nuestros pensamientos. Mientras tanto, las pequeñas cosas que han salido bien parecen pasar casi inadvertidas.

No necesariamente lo hacemos porque seamos pesimistas. Nuestro cerebro presta una atención especial a aquello que puede suponer una amenaza. De hecho, como explica la doctora Cristina Jurado, psicóloga y miembro de Doctoralia, "los seres humanos procesamos las noticias negativas más rápido que los datos positivos". Según la experta, esta preferencia por lo negativo está relacionada con la supervivencia y existen personas especialmente propensas a quedar atrapadas en pensamientos repetitivos y rumiativos.

La frase del escritor francés plantea, por tanto, una idea interesante: ¿qué sucedería si prestáramos a las cosas buenas una atención parecida a la que concedemos a aquello que nos preocupa?

Mujer feliz y serena sonriendo en el campo © Getty Images

¿Quién fue Anatole France?

Anatole France (1844-1924), seudónimo de Jacques Anatole François Thibault, fue un escritor, novelista, ensayista y crítico francés, considerado una de las grandes figuras de las letras francesas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Nació en París, en una familia vinculada al mundo de los libros, y desarrolló una extensa trayectoria literaria caracterizada por su elegancia, su ironía y una mirada crítica sobre la sociedad de su tiempo. En 1921 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Entre sus obras más conocidas se encuentran El crimen de Silvestre Bonnard, La isla de los pingüinos, Los dioses tienen sed y La rebelión de los ángeles. Además de su faceta como novelista, France tuvo una importante presencia en la vida intelectual francesa y fue miembro de la Academia Francesa. Falleció en 1924, a los 80 años, dejando una extensa obra en la que convivieron la literatura, la reflexión filosófica, el escepticismo y la crítica social.

Mujer riendo leyendo un libro en la arena © Getty Images

¿Por qué nos afecta tanto lo negativo?

Imaginemos un día bastante bueno. Hemos dormido bien, alguien nos ha escrito un mensaje cariñoso, hemos terminado una tarea pendiente y hemos comido con una persona que nos hace sentir bien. Sin embargo, antes de volver a casa recibimos un correo desagradable. Nuestra mente se dirija inmediatamente hacia ese correo. Y todo lo que nos haya pasado el resto de la jornada quedará reducido a nada, porque lo único que captará nuestra atención (y nuestro pensamiento en blucle) será ese mail que no nos ha gustado nada. 

Esta tendencia tiene una explicación. La doctora Jessica Castejón, especialista en Psicología de ZEM Wellness Clinic Altea, señala que "el cerebro tiene un sesgo natural hacia detectar amenazas y utiliza la negatividad como mecanismo evolutivo de protección". Sin embargo, añade algo fundamental: esto no significa que estemos condenados a contemplar la realidad desde ese filtro. El buen humor también puede entrenarse y favorecerse ampliando deliberadamente nuestro foco de atención. Pero sigamos explicando por qué tenemos esta tendencia a verlo todo tan pesimista. 

Mujer reflexiva mirando por la ventana© Getty Images

¿Hay personas a las que les afectan más las malas noticias?

Durante miles de años, detectar rápidamente un peligro podía marcar la diferencia entre sobrevivir o no. Nuestro entorno ha cambiado radicalmente, pero seguimos disponiendo de un cerebro especialmente sensible a aquello que interpreta como amenazante. El problema aparece cuando esa capacidad hace que lo negativo ocupe mucho más espacio del que objetivamente le corresponde. Y hay personas que son especialmente vulnerables. Así lo indica la Dra. Cristina Jurado que resalta que algunos individuos tienen mayor tendencia a los pensamientos rumiativos y repetitivos

En ocasiones creen, además, que preocuparse continuamente por algo les ayudará a controlarlo o resolverlo. Sin embargo, puede ocurrir precisamente lo contrario: permanecer mentalmente en el centro del problema dificulta dirigir la atención hacia las posibles soluciones y puede alimentar "un círculo vicioso de pesimismo".

También existen circunstancias que pueden aumentar nuestra vulnerabilidad. La experta menciona, entre otros factores, una elevada afectividad negativa, la acumulación de estrés, haber atravesado un trauma, sufrir estrés asociado a una enfermedad o presentar determinados problemas de salud mental.

Esto explica por qué dos personas pueden exponerse a la misma noticia o atravesar un problema parecido y vivirlo de manera muy diferente. No todos partimos del mismo momento emocional ni contamos con los mismos recursos psicológicos. Pero, como decíamos, no debemos anclarnos en esta forma de ver la vida. Podemos mejorar.

Mujer pensativa en la ventana © Getty Images/Westend61

Cómo entrenar al cerebro para fijarse más en lo bueno

En primer lugar, debemos tener en cuenta que no se trata de repetirnos que todo va bien cuando no es así. Castejón insiste en que "entrenar el buen humor no significa forzarse a estar alegre ni negar lo que duele", sino desarrollar una mayor flexibilidad emocional y ampliar el foco de nuestra atención.

Una de las estrategias que propone consiste precisamente en entrenar dónde colocamos la atención. Si nuestro cerebro tiende a fijarse en lo que falta o en lo que ha salido mal, introducir deliberadamente el registro de pequeños avances o momentos satisfactorios del día puede ayudar a equilibrar esa tendencia.

No tienen que ser grandes acontecimientos. Haber disfrutado del café de la mañana, terminar algo que llevábamos días posponiendo, recibir una llamada inesperada, reírnos durante una conversación, caminar al sol o simplemente tener un rato tranquilo pueden convertirse en acontecimientos prácticamente invisibles si no les prestamos atención.

mujer joven con los brazos abiertos en la montaña© Getty Images

Pequeños gestos diarios para mejorar el estado de ánimo

Además de dirigir conscientemente la atención hacia aquello que funciona, existen hábitos cotidianos que pueden favorecer un estado emocional más equilibrado. Desde ZEM Wellness Clinic Altea recomiendan exponerse a la luz natural a primera hora, introducir movimiento físico de manera regular, cuidar el descanso, mantener un contacto humano significativo, reducir la sobreestimulación de las pantallas y realizar al menos una actividad placentera cada día. También pueden ser útiles pequeños rituales de desconexión de entre cinco y diez minutos durante jornadas especialmente intensas.

Y cuando los pensamientos negativos comienzan a ocuparlo todo, Castejón propone algunos "gestos de rescate": caminar algo más rápido durante unos minutos, subir unas escaleras, refrescar el rostro o las manos con agua fría o practicar una respiración en la que la exhalación sea más larga que la inhalación. Cuando la intensidad emocional haya disminuido, podemos plantearnos otra pregunta: "¿Estamos reaccionando ante un hecho presente o ante una interpretación anticipada?".

Son recursos sencillos, pero apuntan hacia una misma idea: no siempre podemos elegir qué sucede, pero sí podemos trabajar la manera en la que dirigimos nuestra atención y respondemos a ello.

mujer sonriente montando en bicicleta© Getty Images

Dar más espacio a las alegrías sin negar las penas

Quizá ahí se encuentre la lectura más interesante de la frase de Anatole France. "Exagerar" las alegrías no tiene por qué significar convertir cada pequeño acontecimiento agradable en algo extraordinario ni obligarnos a ser optimistas. Puede significar algo mucho más sencillo: conceder a lo bueno el tiempo suficiente para que también deje huella.

Si un problema merece diez minutos de conversación, quizá también los merezca aquello que nos ha hecho felices ese día. Si repasamos mentalmente una y otra vez un error, también podemos detenernos unos segundos en algo que hemos hecho bien. Y si nuestra atención se dirige automáticamente hacia aquello que falta, podemos entrenarla para reconocer también lo que permanece, funciona o nos hace sentir bien.

Porque los problemas no desaparecen por mirar hacia otro lado. Pero tampoco deberían borrar todo lo demás. Y quizá eso es precisamente lo que sigue haciendo vigente la frase de Anatole France: muchas veces no necesitamos empequeñecer artificialmente nuestras penas, sino aprender a conceder un poco más de espacio a nuestras alegrías.