FRASE DEL DÍA

Hermann Hesse, Nobel de Literatura, sobre las relaciones: "Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros"


El laureado poeta y escritor nos invita a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con los demás, y la psicóloga Lara Ferreiro nos habla de la importancia de poner límites y qué hacer si cedemos por miedo al enfado o el abandono


Mujer triste con su pareja detrás © Getty Images
12 de agosto de 2026 a las 13:01 CEST

"Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros". La frase de Hermann Hesse refleja, en apenas unas palabras, una reflexión que deberíamos tener muy en cuenta y que hoy sigue teniendo mucho sentido. Porque todos, en algún momento, podemos haber experimentado esa sensación: medir lo que decimos para que alguien no se enfade, aceptar algo que no queremos hacer, evitar una conversación por miedo a las consecuencias o incluso cambiar nuestros planes pensando más en la reacción de otra persona que en nuestros propios deseos.

Puede suceder con una pareja, pero también con un jefe, un amigo, un padre, una madre o cualquier persona cuya opinión haya adquirido un peso excesivo en nuestra vida. Y es precisamente ahí donde la frase de Hesse adquiere una interesante lectura psicológica. "En algunas relaciones, la opinión, la aprobación, el rechazo o la reacción de una persona pueden llegar a condicionar extraordinariamente nuestra conducta", explica la psicóloga Lara Ferreiro, autora de ¡Ni un capullo más!

De hecho, hay una pregunta que puede ayudarnos a detectar ese desequilibrio: cuando tomamos una decisión, ¿pensamos primero "qué quiero hacer" o "qué pasará si hago algo que no le gusta"?

Mujer pensativa con la mirada baja © Getty Images

¿Quién fue Hermann Hesse?

Hermann Hesse (1877-1962) fue un escritor, poeta y novelista alemán, posteriormente nacionalizado suizo, y una de las figuras más influyentes de la literatura europea del siglo XX. Nació en Calw, en el sur de Alemania, en el seno de una familia religiosa, y desde muy joven mostró una fuerte vocación literaria. Sus novelas exploran con frecuencia cuestiones como la identidad, la búsqueda de sentido, la espiritualidad, la libertad individual y el conflicto entre las expectativas sociales y los deseos personales. En 1946 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Entre sus obras más conocidas se encuentran Demian (1919), Siddhartha (1922), El lobo estepario (1927) y El juego de los abalorios (1943). Sus libros, marcados tanto por la filosofía occidental como por su interés por el pensamiento oriental y la psicología, alcanzaron una enorme popularidad entre las generaciones más jóvenes durante las décadas de 1960 y 1970. Hesse pasó buena parte de su vida en Suiza y murió en 1962, a los 85 años, dejando una obra que continúa siendo leída por su particular mirada sobre el individuo, el autoconocimiento y la complejidad de la existencia.

Mujer triste apoyada en una ventana© Getty Images

Qué quiso decir Hermann Hesse con esta frase

Para entender la frase de Hesse hay que hacer una importante precisión. Ferreiro señala que ese poder puede ser real o psicológico. Es real cuando existe una relación jerárquica o de dependencia, por ejemplo, ante un jefe, un progenitor del que dependemos económicamente o una pareja que controla los recursos, y psicológico cuando esa persona tiene una enorme capacidad para afectar a nuestra autoestima o a nuestra sensación de seguridad. Por ello, tampoco puede afirmarse que siempre hayamos "concedido" voluntariamente ese poder, especialmente cuando existen dinámicas de control o abuso.

Sin embargo, si dejamos de comportarnos con libertad y empezamos a anticiparnos continuamente a la reacción del otro, debemos reflexionar sobre lo que nos está pasando. "No se lo digo porque se enfadará", "mejor voy para que no me monte una escena" o "no digo que no porque después me retirará la palabra" son algunos de los ejemplos que pone la psicóloga.

Poco a poco, nuestras decisiones empiezan a organizarse alrededor de una prioridad: evitar el enfado, el rechazo, el desprecio o el abandono. Y es que el problema no está únicamente en tener miedo a perder a alguien, sino en cuánto estamos dispuestos a perder de nosotros mismos para impedirlo.

mujer seria con un helado en las manos caminando por la ciudad© Getty Images

¿Por qué algunas personas ceden más fácilmente?

No todos reaccionamos igual ante el conflicto. Según explica Lara Ferreiro, existen determinados perfiles que pueden tener más facilidad para entregar poder psicológico a los demás: personas con baja autoestima, una gran necesidad de aprobación, miedo al rechazo o al abandono, apego ansioso, dependencia emocional o una marcada tendencia a complacer.

En estos casos, el "sí" no siempre significa "quiero hacerlo". A veces significa "tengo miedo de lo que sucederá si digo que no". Que la otra persona se enfade, se aleje, deje de querernos o piense mal de nosotros puede parecernos un precio demasiado alto.

En el extremo contrario, explica la experta, pueden encontrarse personalidades dominantes, manipuladoras o con baja empatía. Y cuando ambos patrones coinciden, puede generarse una dinámica que se retroalimenta: "Cuanto más miedo tiene una persona a perder el vínculo, más puede ceder; y cuanto más cede, mayor espacio encuentra una personalidad controladora para avanzar".

Pareja joven feliz en la playa© Getty Images

Los tres perfiles ante los límites: ratones, delfines y leones

Ferreiro utiliza en terapia una comparación muy gráfica para explicar cómo nos relacionamos con los límites. Habla de "ratones", "delfines" y "leones".

Los "ratones" representan el perfil pasivo. Son personas a las que les cuesta decir lo que piensan, decir "no" o defender sus necesidades. Evitan el conflicto, ceden y se adaptan para que los demás estén bien. El problema es que pueden terminar sacrificándose constantemente y acumulando frustración. "Son personas que no pisan a nadie, pero que, precisamente por miedo al enfrentamiento, pueden acabar dejando que los demás las pisen", explica Ferreiro.

Los "leones", por el contrario, defienden su territorio, pero pueden hacerlo invadiendo el de los demás. Imponen, intimidan, presionan o utilizan su posición para conseguir lo que quieren. Y en el punto de equilibrio estarían los "delfines": el perfil asertivo. Son capaces de expresar qué quieren, qué necesitan y qué no están dispuestos a aceptar sin atacar al otro. Pueden decir "no" sin sentirse obligados a acompañarlo de veinte explicaciones.

dos compañeras de oficina discutiendo© Getty Images

Señales cotidianas de que quizá no estamos poniendo límites

El problema es que no siempre somos conscientes de que nuestros límites se han debilitado. A veces lo descubrimos a través de pequeños gestos cotidianos: aceptamos algo y después sentimos rabia, damos explicaciones interminables cuando decimos que no, sentimos culpa por descansar, respondemos inmediatamente a los mensajes por miedo a molestar, prestamos dinero aunque no queramos hacerlo o modificamos nuestros planes para evitar el enfado de alguien.

Incluso el resentimiento puede funcionar como una pista. Podemos pensar que estamos enfadados únicamente con el otro cuando, en realidad, una parte de nuestro malestar procede de haber aceptado repetidamente cosas que no queríamos hacer.

Por eso, Ferreiro propone que nos preguntemos si estamos eligiendo esto libremente o si estamos intentando evitar una consecuencia emocional. Porque hacer concesiones forma parte de cualquier relación sana. La diferencia está en que podamos elegirlas y, sobre todo, en que exista la posibilidad de negarnos sin sentir que con nuestro "no" ponemos en peligro el vínculo.

Mujer pensativa con cara triste© Getty Images

Poner límites no significa ser egoísta

Uno de los grandes obstáculos aparece cuando intentamos recuperar ese espacio perdido: la culpa. Decir que no a una comida familiar, negarnos a prestar el coche, no responder un mensaje de trabajo fuera de horario o pedir que no se opine sobre nuestra vida privada puede hacernos sentir que estamos decepcionando a alguien.

Sin embargo, un límite no es un ataque. "El límite es la frontera; el respeto es la manera en que la otra persona responde ante esa frontera", resume la psicóloga. Por ejemplo, podemos decir que no queremos hablar de nuestra vida sentimental en el trabajo. El límite es expresarlo; el respeto consiste en que los demás dejen de insistir.

Y aquí aparece otra idea importante: una persona respetuosa no tiene por qué conocer de antemano todos nuestros límites. Puede equivocarse. Lo significativo es qué ocurre después de que se los comuniquemos. Puede entenderlos, disculparse y corregirse o, por el contrario, discutirlos sistemáticamente, ridiculizarlos o intentar agotarnos hasta que terminemos cediendo.

pareja en crisis en la cocina de casa© Getty Images

Cómo recuperar el poder que hemos cedido

¿Y si llevamos años permitiendo determinadas conductas? También podemos cambiar. "Haber permitido algo anteriormente no nos obliga a permitirlo para siempre", recuerda Ferreiro. Podemos haber respondido durante años mensajes laborales a las once de la noche y decidir dejar de hacerlo. O haber prestado dinero muchas veces y negarnos la siguiente. "Un límite no pierde legitimidad porque llegue tarde".

Una estrategia especialmente útil consiste en introducir una pausa antes de responder. Ante una petición que sabemos que aceptaremos por impulso, podemos decir simplemente: "Déjame pensarlo y luego te digo algo". Ese pequeño espacio permite abandonar la reacción automática y tomar una decisión más deliberada. Después, señala la experta, hay que entrenar la asertividad "como si fuera un músculo", empezando por pequeños "no" y aprendiendo a soportar la incomodidad que puede aparecer después.

Porque quizá la enseñanza más actual de aquella frase de Hermann Hesse no sea que debamos dejar de sentir miedo, ni mucho menos dejar de necesitar a los demás. Como concluye Lara Ferreiro, "recuperar nuestro poder no consiste en dominar al otro, sino en volver a sentir que podemos decidir sobre nuestra propia vida sin que el miedo decida por nosotros".

Al final, poner límites tampoco consiste en querer menos. Consiste en aprender a querer sin desaparecer dentro de una relación y, como resume la psicóloga, en "no abandonarnos a nosotros mismos para que los demás estén contentos".