Tras el nacimiento de un hijo se suceden una serie de cambios en todos los ámbitos que van a hacer que esa mujer sea diferente para siempre. Este intenso proceso necesita de un acompañamiento cercano y efectivo que no siempre se produce.
Andrea Álvarez Clotet es psicóloga perinatal y nos ayuda a desentrañar qué necesita realmente una mujer en el periodo de posparto.
Es importante no atribuir todo únicamente a las hormonas. Una mujer que acaba de dar a luz también está atravesando una transformación profunda: está aprendiendo a cuidar de un bebé que depende completamente de ella, convive con el cansancio, la falta de sueño, los cambios en su cuerpo y, al mismo tiempo, está reconstruyendo su propia identidad
¿Cuál es el periodo de mayor vulnerabilidad emocional en la mujer durante el posparto?
No diría que existe un único momento de máxima vulnerabilidad. El posparto es un camino de luces y sombras, y cada etapa trae consigo retos diferentes. Más que una etapa concreta, hablamos de un proceso de adaptación tras lo que probablemente ha sido la mayor transformación de la vida de una mujer.
La llegada del bebé es solo una parte de esa transformación. Hay otros cambios de los que se habla mucho menos: la construcción de una nueva identidad como madre, pero también como mujer, pareja, hija o amiga; el impacto en los vínculos; el cambio de prioridades vitales; una forma distinta de habitar el cuerpo, de relacionarse con los demás y, en muchos casos, de entender la vida.
Es cierto que justo después del parto se produce un auténtico cóctel hormonal y emocional. Muchas mujeres experimentan el conocido baby blues: una mayor sensibilidad, llanto fácil, cambios de humor o una intensa labilidad emocional. Aunque suele ser un proceso transitorio, puede vivirse con mucho miedo, culpa y confusión, especialmente cuando choca con la imagen idealizada que muchas tenían de cómo sería la maternidad. Es frecuente escuchar frases como: «Debería ser el momento más feliz de mi vida. Mi bebé está sano y, sin embargo, no puedo parar de llorar. No me reconozco.»
¿Y qué sucede después de unas semanas con el bebé?
Con el paso de las semanas, el impacto hormonal va disminuyendo, pero aparecen otros desafíos. Es precisamente en este periodo cuando muchas mujeres están intentando adaptarse a una realidad completamente nueva y, si se desarrolla una depresión posparto, con frecuencia comienza a manifestarse en estas primeras semanas.
Y hay un momento del que se habla mucho menos y que, desde mi experiencia, merece un foco de atención: cuando ya han pasado varias semanas o meses. Al principio, el entorno suele estar muy presente, pendiente de la madre y del bebé. Pero poco a poco ese apoyo disminuye, mientras el cansancio acumulado, la falta de sueño, la carga mental y las exigencias del día a día siguen creciendo. Es entonces cuando muchas mujeres empiezan a sentir realmente el peso emocional de la maternidad, precisamente cuando desde fuera se espera que ya estén adaptadas y es cuando más solas se sienten.
Por eso, más que señalar un único periodo de riesgo, hablaría de una vulnerabilidad que acompaña todo el posparto, especialmente durante los dos primeros años, una etapa en la que la madre sigue inmersa en un profundo proceso de reorganización emocional, relacional e identitaria, mientras mantiene una intensa conexión con su bebé. Lo que cambia no es tanto la vulnerabilidad, sino su origen: al principio predominan los cambios hormonales y el impacto del nacimiento; después cobran más fuerza el agotamiento, la adaptación a la nueva identidad y, sobre todo, el contexto y el apoyo con el que esa mujer está transitando su maternidad.
Hay algo que me parece clave y es que la maternidad no hace a las mujeres más frágiles; las coloca en un periodo de enorme sensibilidad y plasticidad. Y precisamente por eso, la calidad del acompañamiento que reciban puede marcar una gran diferencia en su bienestar y en el de toda la familia.
Muchas veces la pareja no sabe lo que tiene que hacer ni cuál es la forma más adecuada para apoyar a la madre que está pasando por una transformación tan intensa. ¿Cuál es el consejo de oro para acompañarla de forma efectiva y afectuosa?
Si tuviera que dar un consejo de oro, sería este: presencia y escucha. Muchas veces pensamos que apoyar es encontrar la frase perfecta o resolver los problemas, y en realidad lo que más necesita una madre en el posparto es sentir que no está sola. Acompañar también significa observar. Preguntar cómo está ella, no solo cómo está el bebé. Escuchar sin juzgar, validar lo que siente, aunque no se entienda del todo y recordar que es una etapa de muchísimos cambios, físicos, emocionales y también de identidad.
Personalmente, me gusta invitar a las parejas a reflexionar desde donde surge ese deseo de paternidad/maternidad y cómo la visualizan. Me encuentro con muchas parejas que tienen una representación mental concreta de cómo será su paternidad, por ejemplo, con un niño ya de tres años en adelante con el que jugar a la pelota. Y luego se encuentran con una realidad muy diferente que no quieren o no pueden sostener. Con noches difíciles, una madre sumamente agotada, irritable, que necesita ser sostenida, que se siente desubicada con esta nueva realidad, con un bebé que demanda 24/7 horas al día, con familias que quieren vivir la llegada de ese bebé en primera persona sin entender que deben respetar ciertos límites que cuidan a la nueva unidad familiar, entre muchos otros cambios que suponen un reajuste emocional y logístico muy fuertes.
¿Cómo puede saber la pareja qué necesita la madre en cada momento?
Preguntándole directamente a la madre qué necesita, sabiendo que las necesidades irán cambiando día a día y necesitarán flexibilidad para irse adaptando continuamente e ir descubriendo qué les funciona como familia. Pero también convertir el apoyo en acciones concretas. A veces es mucho más útil hacerse cargo de una toma, preparar la comida, ocuparse de la casa o decirle "vete a dormir un rato, yo me encargo", que repetir constantemente "si necesitas algo, dímelo". Cuando una persona está agotada, incluso pedir ayuda puede resultar difícil.
Entender que debe asumir el rol de “sostén” familiar y que eso no le hace ser menos padre/madre. Es precisamente, asumir ese rol más “logístico” lo que facilita que la díada madre-bebé se pueda focalizar en la exterogestación de los primeros meses.
Además, permitirse un espacio para escuchar qué está necesitando también e identificar si necesita un acompañamiento emocional perinatal para transitar esta nueva etapa. Igualmente, rodearse de otras familias en la misma situación suele resultar muy terapéutico.
En definitiva, creo que el mejor acompañamiento combina empatía, presencia y corresponsabilidad. Que la madre sienta que no tiene que poder con todo sola es, probablemente, uno de los mayores factores de protección para su salud mental y emocional.
En ocasiones, las visitas para conocer al recién nacido son una obligación añadida a la reciente madre o familia. En lugar de esas visitas, ¿qué se puede hacer para brindar una ayuda más productiva y necesaria en esos momentos?
Creo que deberíamos cambiar la forma en la que entendemos las visitas en el posparto. Es completamente natural que familiares y amigos sientan ilusión por conocer al bebé, pero a veces olvidamos que quien también necesita ser cuidada es la madre y, en realidad, toda la familia está atravesando un enorme proceso de adaptación. Más que preguntarnos «¿cuándo puedo ir a conocer al bebé?», quizá deberíamos preguntarnos: «¿Qué puedo hacer para que esta familia esté un poco mejor hoy?». Ese pequeño cambio de perspectiva lo transforma todo.
A menudo, la ayuda más valiosa no consiste en sostener al bebé, sino en sostener a quienes lo están cuidando. Llevar comida preparada, hacer una compra, poner una lavadora, pasear al perro, recoger a un hermano mayor del colegio o encargarse de alguna tarea doméstica son gestos que alivian mucho más que una visita larga. Y, si los padres lo desean, también puede ser un gran regalo quedarse un rato con el bebé para que la madre pueda ducharse, descansar o simplemente tener unos minutos para ella.
Por eso me parece muy útil que las familias preparen un plan de posparto incluso antes del nacimiento. Igual que se elabora un plan de parto, también podemos pensar cómo queremos vivir las primeras semanas: si queremos visitas en el hospital o preferimos esperar, quiénes nos gustaría que estuvieran presentes en esos primeros días, en qué horarios nos sentiremos más cómodos o qué normas queremos establecer para proteger el bienestar del bebé y de la madre.
Si hay otros hijos pequeños, la madre puede sentirse culpable por no prestarles demasiada atención, ¿es buena idea que alguien de la familia pueda hacerse cargo de ellos en pequeños espacios de tiempo a lo largo del día?
Mientras la madre está de parto, lo más habitual es que los hermanos mayores se queden con algún familiar de confianza hasta que puedan reencontrarse con ella y conocer al nuevo bebé. En esos primeros días, la ayuda de la familia suele ser muy valiosa, siempre que se entienda como un apoyo y no como una forma de sustituir el papel de la madre.
Es muy frecuente que, durante el embarazo, muchas mujeres expresen una gran preocupación por cómo va a afectar la llegada del bebé al hijo mayor. Temen no poder dedicarle el mismo tiempo y aparecen sentimientos de culpa que son completamente comprensibles. Sin embargo, una vez nace el bebé, suelo observar algo muy curioso en la consulta. Esa culpa muchas veces baja un poco de intensidad, porque toda la atención de la madre pasa a estar orientada, de una forma muy instintiva, al cuidado y la supervivencia de su recién nacido. En ese momento, la ayuda de la pareja o de otros familiares deja de percibirse como un "extra" y se convierte en una necesidad real para poder sostener también las necesidades del hijo mayor.
Ahora bien, eso no significa que el hermano mayor se adapte de inmediato. De hecho, es bastante habitual que reclame aún más la presencia de su madre, especialmente si no está acostumbrado a quedarse con otras personas. Es una forma de expresar que también está viviendo un cambio importante y que necesita sentirse seguro.
Por eso, mi recomendación suele empezar incluso antes del nacimiento. Si sabemos que el hermano mayor va a quedarse con los abuelos, con un tío o con otra persona de confianza, es buena idea que esos espacios de cuidado ya existan durante el embarazo. Así, cuando llegue el bebé, no serán una novedad vivida como una separación, sino una rutina conocida.
Y, una vez en casa, aunque sea difícil encontrar tiempo, merece la pena intentar reservar pequeños momentos de conexión exclusiva con el hijo mayor: leer un cuento, acompañarlo a dormir, jugar diez minutos o simplemente compartir una conversación. No hace falta que sean grandes planes; muchas veces son esos pequeños momentos los que le transmiten el mensaje más importante: "sigues teniendo tu lugar y sigo estando para ti".
¿Cuáles son los comentarios que más invalidan las emociones de una madre reciente y que la hacen sentir mal, aunque no estén formulados con esa intención?
Todo comentario que minimice lo que la madre siente o que cuestione la forma en que está viviendo la maternidad puede ser profundamente invalidante. Frases como "no es para tanto", "tienes que disfrutarlo", "todas hemos pasado por eso" o "ya se te pasará" transmiten el mensaje de que sus emociones no son legítimas o que debería vivir esta etapa de otra manera.
Hay un tema especialmente sensible: la lactancia. Comentarios sobre si tiene poca leche, si el bebé se queda con hambre o si debería alimentar de otra forma pueden despertar muchísima culpa, impotencia y frustración. En un momento en el que la confianza en una misma todavía se está construyendo, poner en duda la capacidad de una madre para alimentar o cuidar a su bebé toca un lugar muy profundo.
Lo mismo ocurre con las opiniones sobre cómo sostiene a su bebé, cuánto lo coge en brazos, cómo duerme, cómo organiza su casa o incluso cómo está viviendo su relación de pareja. Son aspectos muy íntimos que, más que juicio, necesitan comprensión.
Creo que es importante recordar que acompañar a una madre reciente no consiste en darle consejos constantemente, sino en ofrecerle un espacio donde pueda sentirse segura. A veces una frase tan sencilla como "es normal que te sientas así", "te veo" o "lo estás haciendo lo mejor que puedes" tiene mucho más impacto que cualquier recomendación. La validación emocional no elimina las dificultades del posparto, pero sí hace que una mujer no tenga que atravesarlas sintiéndose sola o constantemente cuestionada.
La madre en el posparto pasa por oscilaciones hormonales que tienen reflejo en su carácter y en su energía. ¿Cómo apoyarla en esos momentos y qué es lo que nunca debería hacerse para que ella se sienta más confundida aún?
Es cierto que durante el posparto se producen importantes cambios hormonales y que estos pueden influir en el estado de ánimo y en la sensibilidad emocional de la madre. Pero creo que es importante no atribuir todo únicamente a las hormonas. Una mujer que acaba de dar a luz también está atravesando una transformación profunda: está aprendiendo a cuidar de un bebé que depende completamente de ella, convive con el cansancio, la falta de sueño, los cambios en su cuerpo y, al mismo tiempo, está reconstruyendo su propia identidad. Todo eso también explica por qué puede sentirse más sensible, más irritable o más vulnerable.
Nunca deberíamos hacer: reducir sus emociones a "las hormonas" o hacerle sentir que está exagerando. Aunque exista un componente hormonal, lo que esa mujer está viviendo es absolutamente real. Invalidar su experiencia solo consigue que dude aún más de sí misma.
A todo ello se suma otro aspecto del que se habla muy poco: el impacto emocional que tiene descubrir que el sostén que imaginaba durante el embarazo no siempre coincide con la realidad. Muchas mujeres llegan al posparto con la expectativa de sentirse cuidadas por su pareja, por su madre, por su familia o por su entorno más cercano, y se encuentran con una realidad muy distinta: una red de apoyo insuficiente, comentarios poco sensibles o la sensación de tener que poder con todo ellas solas. Ese desajuste entre lo esperado y lo vivido puede generar una profunda sensación de soledad, tristeza e incluso de decepción, precisamente en uno de los momentos en los que más vulnerables se sienten.
¿Cómo impacta el nacimiento del bebé en las emociones de madres cercanas?
El nacimiento de un bebé también moviliza emocionalmente a las generaciones anteriores. Para muchas madres y abuelas, ver a su hija convertirse en madre puede remover recuerdos, heridas, renuncias o experiencias de su propia maternidad. En ocasiones, de manera completamente inconsciente, viven las decisiones de la nueva madre como una comparación con lo que ellas hicieron o dejaron de hacer. Y, desde ese lugar, pueden aparecer críticas, consejos insistentes o dificultades para respetar los límites y las decisiones de la nueva familia.
No suele haber una intención de hacer daño; muchas veces son historias personales que se activan sin que la propia persona sea consciente. Pero cuando esto ocurre, quien acaba asumiendo el peso emocional suele ser la madre reciente, que además de adaptarse a su nueva maternidad, se encuentra gestionando las emociones no resueltas de su entorno.
Por eso es tan importante que cada generación pueda reconocer que la maternidad cambia con el tiempo y que existen muchas formas válidas de maternar. Acompañar a una madre no significa que nuestras experiencias desaparezcan, sino que seamos capaces de ponerlas al servicio de la escucha, y no de la comparación o del juicio.
Cuando hablamos de problemas de salud mental perinatal más graves y que requieren intervención externa, ¿cuál es la señal de alarma que debe activar al entorno sobre el estado materno?
No todo malestar emocional en el posparto significa que exista un trastorno. El posparto es una etapa de enormes cambios y es esperable que haya momentos de tristeza, cansancio, inseguridad o sensación de desbordamiento. La señal de alarma aparece cuando ese sufrimiento empieza a ocupar demasiado espacio en la vida de la madre y le impide sentirse conectada consigo misma, con su bebé o con su entorno.
Más que buscar una única señal, creo que debemos prestar atención a los cambios sostenidos en el tiempo: una tristeza profunda que no mejora, una ansiedad que la mantiene en alerta constante, una sensación de incapacidad como madre, una culpa intensa, una desconexión emocional con el bebé, una irritabilidad que genera mucho sufrimiento o la sensación de que ya no reconoce a la persona que es. También debemos estar atentos cuando una madre deja de cuidarse completamente, se aísla, expresa desesperanza o verbaliza pensamientos relacionados con no querer seguir, desaparecer o hacerse daño.
Pero hay una señal que para mí es fundamental: cuando una madre empieza a sufrir en silencio. Muchas mujeres siguen funcionando, siguen cuidando de su bebé y aparentemente "pueden con todo", mientras por dentro están atravesando una enorme angustia. Por eso es tan importante mirar más allá de lo visible y preguntar con verdadera presencia: "¿Cómo estás tú?".
El entorno tiene un papel clave porque muchas veces la propia madre no tiene la energía, la claridad o incluso la confianza para pedir ayuda. No se trata de diagnosticar ni de buscar problemas donde no los hay, sino de estar atentos, escuchar y no minimizar frases como "no puedo más", "no soy capaz" o "no estoy disfrutando nada".
Pedir ayuda profesional cuando es necesario no significa que una madre haya fallado; significa que está recibiendo el cuidado que merece en una etapa de enorme transformación. Cuidar la salud mental de una madre es también cuidar el vínculo con su bebé y el bienestar de toda la familia.













