Patricia Catalá es profesora titular de la Universidad Rey Juan Carlos, investigadora principal de MdMadre y experta en psicología perinatal. Durante sus años de experiencia profesional, ha constatado la gran soledad en la que viven muchas madres, especialmente en el posparto, donde el tiempo y la energía con la que se cuenta son muy limitados.
Fruto de esa experiencia es El eco de la maternidad (Ed. Bravo), un libro cercano y práctico del que Patricia Catalá es coautora junto a Cecilia Peñacoba. Su objetivo es acompañar a la mujer en el viaje transformador que supone ser madre, sin exigencias y dándole herramientas para encontrarse consigo misma.
Una madre puede dedicar todo un día a cuidar de su bebé y terminar con la sensación de no haber hecho nada importante, cuando en realidad ha sostenido una vida
"Como psicólogas y como madres, sabemos que se necesita sostén, pero también palabras que nombren con claridad lo que se vive, para no sentir que estamos solas en lo que experimentamos", se comenta al principio de la obra. ¿Qué tipo de sostén es el más reclamado por las mujeres que empiezan el viaje de la maternidad?
Lo que más necesitan las mujeres al convertirse en madres es sostén emocional. Muchas veces se les pregunta "¿cómo estás?", pero la dificultad aparece después: en la capacidad de sostener la respuesta. Lo que una madre siente no siempre es fácil de explicar. A veces aparece como cansancio, llanto, confusión o incluso silencio, y no siempre encuentra un espacio donde vivir todo eso sin sentirse juzgada. Ese sostén pasa, sobre todo, por sentirse escuchada y comprendida, sin que nadie intente decirle cómo debería vivir la maternidad.
Porque una madre no necesita que le den todas las respuestas; necesita sentir que puede expresar lo que está viviendo con libertad y que alguien permanece a su lado, incluso cuando lo que siente resulta incómodo. Cuando una mujer se siente respetada en sus decisiones y acompañada sin juicio, afronta la maternidad con mucha más seguridad. Al final, cuidar a una madre también es una forma de cuidar a su bebé.
En el libro se habla mucho de la conexión interior, ¿es una forma de que la mujer olvide la presión externa por alcanzar el imposible de la madre perfecta, que se ha agudizado por la presencia de las redes sociales?
Más que olvidarla, se trata de que esa presión deje de dirigir las decisiones de la madre. Hoy reciben consejos por todas partes: de las redes sociales, del entorno e incluso de personas que apenas conocen. Con tanta información y tantas opiniones, es fácil acabar pensando que siempre hay alguien que lo está haciendo mejor.
La conexión interior consiste en volver a escucharse y confiar más en una misma. Preguntarse qué necesita ella, qué necesita su bebé y qué tiene sentido para su familia, en lugar de intentar responder a expectativas imposibles. Las redes pueden informar e incluso acompañar, pero también favorecen la comparación constante. Cuando una madre deja de buscar fuera la forma "correcta" de maternar y empieza a confiar en lo que va descubriendo junto a su hijo, vive la maternidad con más calma y autenticidad.
"La maternidad no borra lo que eres, sino que te invita a descubrir nuevas capas de tu ser", aclaráis en la obra. Sin embargo, parece que la sociedad te empuja a ser la de antes en el menor tiempo posible, sin desvelar la realidad: que nunca volverás a ser esa persona...
Es algo que hemos escuchado una y otra vez en las madres que entrevistamos y en los grupos que acompañamos. Muchas pensaban que, después del parto, poco a poco volverían a ser las de antes. Sin embargo, descubren que no han vuelto atrás porque, sencillamente, ya no son la misma persona. Eso no significa que hayan perdido su identidad. Siguen siendo ellas, pero la maternidad transforma la forma de mirar el mundo, las prioridades y también la relación con una misma. Es un cambio profundo que merece tiempo y respeto, no prisas por recuperar una versión anterior de quien eras.
El problema es que vivimos en una sociedad que valora mucho la productividad y muy poco los cuidados. Una madre puede dedicar todo un día a cuidar de su bebé y terminar con la sensación de no haber hecho nada importante, cuando en realidad ha sostenido una vida. Quizá por eso muchas sienten que tienen que justificar continuamente sus decisiones, cuando cuidar nunca debería necesitar justificación.
En el libro, cada capítulo se acompaña de ejercicios mediante los cuales la mujer puede ir reflexionando acerca de lo que le está sucediendo. ¿Qué beneficios tiene para ella hacer esta introspección con respecto a la maternidad?
Cuando nace un bebé, toda la atención se dirige hacia él. Es algo natural, pero muchas veces la madre queda en un segundo plano, incluso para sí misma. Los días pasan tan deprisa que apenas encuentra un momento para preguntarse cómo está o qué necesita.
Los ejercicios del libro nacen precisamente para ofrecer ese espacio de pausa. No buscan que una madre encuentre la respuesta perfecta, sino que pueda escucharse un poco más. A veces basta con detenerse unos minutos para comprender que lo que está sintiendo tiene sentido y que no está sola en esa experiencia.
Cuando una mujer entiende mejor lo que le está pasando, le resulta más fácil tratarse con menos exigencia y tomar decisiones más coherentes con lo que ella y su familia realmente necesitan. En una etapa en la que todo invita a mirar hacia fuera; parar un momento para mirarse a una misma también es una forma de cuidado.
"Sentirte triste, confundida o desbordada no te hace menos madre. Te hace más real", subraya el libro. Aunque la salud mental perinatal está mucho más reconocida socialmente que hace unos años, ¿qué falta para que las mujeres tengan el apoyo que necesitan en una etapa tan intensa y transformadora de sus vidas?
Hemos avanzado mucho al hablar de salud mental perinatal, pero todavía queda un paso importante: dejar de normalizar el sufrimiento de las madres. Con demasiada frecuencia se minimiza su malestar con frases como "ya se te pasará" o "es normal después de tener un bebé", y eso hace que muchas mujeres no reciban el apoyo que necesitan. El posparto es una etapa de enormes cambios y de una gran exigencia.
Muchas madres pasan meses volcadas en cuidar de su bebé sin encontrar un momento para preguntarse cómo están ellas. No es raro que, tiempo después, miren atrás y piensen: "Ahora entiendo que no estaba bien y nadie lo vio, ni siquiera yo". Pero también hace falta un cambio como sociedad. Seguimos valorando mucho más la productividad que los cuidados, cuando cuidar sostiene la vida. Mientras no reconozcamos el valor de ese trabajo y la importancia de cuidar también a quien cuida, muchas madres seguirán sintiendo que tienen que poder con todo solas.
Para muchas mujeres, el apego con sus hijos no es un sentimiento automático, ¿qué les podemos decir para evitar la culpabilidad?
Les diríamos que no todas las madres sienten lo mismo al conocer a su bebé, y que eso es completamente normal. Hay mujeres que sienten un vínculo muy intenso desde el primer momento y otras que necesitan más tiempo para conocerse, adaptarse y construir esa relación. Ninguna de esas experiencias las convierte en mejores o peores madres. No sentir un flechazo inmediato no significa querer menos a un hijo ni dice nada sobre la capacidad de una mujer para cuidarlo.
El vínculo no siempre aparece de golpe; muchas veces crece poco a poco, en los cuidados cotidianos, en las noches compartidas, en la forma de mirarse y de ir conociéndose. La maternidad no tiene un único ritmo ni una única manera de sentirse. Cada madre y cada bebé construyen su propia historia, y saber eso puede aliviar mucha culpa.
Las madres suelen dejarse para lo último y, sin embargo, en el libro se apunta "cuando comenzamos a tratarnos con la misma ternura que damos a nuestros hijos, algo cambia". ¿Qué pasa entonces?
Muchas madres sienten que nunca es suficiente. Si descansan, se sienten culpables. Si trabajan, también. Siempre parece que podrían hacer un poco más o hacerlo mejor. Cuando empiezan a tratarse con la misma comprensión con la que cuidan a sus hijos, cambia la forma en la que viven la maternidad. Dejan de exigirse ser perfectas y empiezan a entender que maternar también es aprender. Y aprender implica equivocarse, dudar, cambiar de opinión y volver a intentarlo. Con nuestros hijos solemos tener muy claro qué hacer cuando se caen o se equivocan. Les damos la mano, los consolamos y les recordamos que nuestro amor no depende de que lo hagan todo bien. Somos ese lugar al que vuelven cuando necesitan consuelo, seguridad o confianza.
Sin embargo, cuando somos nosotras las que nos equivocamos, muchas veces nos tratamos con una dureza que nunca tendríamos con ellos. Quizá uno de los grandes aprendizajes de la maternidad sea precisamente ese: aprender a sostenernos con la misma ternura con la que sostenemos a nuestros hijos. Porque si ellos merecen sentirse queridos incluso cuando se equivocan, ¿cómo no vamos a ofrecernos nosotras ese mismo amor y esa misma comprensión?










