La reflexión de Ana Peleteiro sobre la pareja poco antes de dar a luz, según una psicóloga: "Es uno de los cambios más exigentes para una relación"


La deportista acaba de convertirse en madre de su segundo hijo con Benjamin Compaoré, un niño al que han llamado León


Ana Peleteiro y Benjamin Compaoré, unos días antes de convertirse de nuevo en padres© apeleteirob
2 de julio de 2026 a las 13:02 CEST

“Por muy feliz que sea nuestro día a día, qué necesarias son estas citas a solas: para reencontrarnos, mirarnos con calma y disfrutar de ese “nosotros” que lo empezó todo… antes de volver a hacer crecer nuestra familia una vez más”.  Ana Peleteiro hacía esta romántica y sincera reflexión pocos días antes de dar a luz. "Hace mucho tiempo que dejamos de ser solo tú y yo… Y qué bonita es la vida desde entonces, ¿verdad? 🤍", apuntaba también en sus redes sociales la deportista, que acaba de convertirse de nuevo en mamá.

 Ahora, la llegada de León, su esperado "bebé arcoíris", ha completado el latido que faltaba en casa, pero también abre un nuevo capítulo para la pareja. Y es que, cuando la familia se amplía, el mapa del amor se redibuja: ¿cómo adaptarse al torbellino de los primeros días sin perder la conexión con el otro? Mantener vivo ese refugio a dos, reencontrarse entre pañales y aprender a transitar el caos de los primeros momentos son los grandes retos de una paternidad que, aunque idílica, exige cuidar con mimo los cimientos de la relación, tal y como nos cuenta la psicóloga Lara Ferreiro.

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Lara Ferreiro, psicóloga

¿Por qué es tan importante que una pareja con hijos mantenga momentos a solas y cómo influyen en la estabilidad emocional familiar?

La calidad de la relación de pareja determina el clima emocional de toda la familia. Cuando la pareja está bien, la familia funciona mejor. Hay más paciencia, más complicidad y una mayor sensación de calma en casa. En cambio, cuando la relación se descuida y la desconexión se instala, esa tensión acaba afectando a todos los miembros de la familia, especialmente a los hijos.

La llegada de un bebé es uno de los cambios más maravillosos, pero también uno de los más exigentes para una relación. Diversos estudios han demostrado que la satisfacción de pareja disminuye entre un 40 % y un 67 % durante los primeros años tras convertirse en padres, y aproximadamente dos de cada tres parejas reconocen que su relación se resiente después de tener hijos.

No es que se quieran menos. Lo que ocurre es que aparece el cansancio, la falta de tiempo, la carga mental y la sensación de vivir permanentemente en modo supervivencia. Muchas parejas me dicen en consulta: "Nos queremos, pero ya no tenemos tiempo para nosotros". Y ahí es donde suele empezar el problema.

Llegan preocupadas porque creen que ya no se quieren o que han perdido la conexión, cuando en realidad están atravesando un proceso completamente normal de adaptación a la maternidad y la paternidad.

A todo ello se suma un aspecto del que se habla muy poco: la sexualidad. Diversos estudios muestran que entre el 60 % y el 70 % de las parejas experimentan un descenso significativo de las relaciones sexuales durante el primer año de vida del bebé. El cansancio, la falta de sueño, los cambios hormonales, la recuperación física de la madre y la sobrecarga mental hacen que el deseo pase a un segundo plano.

La pareja deja de cuidarse y se convierte en una auténtica empresa de logística familiar: quién lleva a los niños al colegio, quién hace la compra o quién se ocupa de las actividades extraescolares.

Además, los niveles de estrés aumentan de forma considerable. Algunas investigaciones señalan que los padres de niños pequeños presentan hasta un 30 % más de estrés que las parejas sin hijos. El agotamiento y la privación de sueño hacen que aumenten los conflictos relacionados con el reparto de tareas, la educación de los hijos, la economía familiar y la falta de tiempo para la relación.

De hecho, los estudios indican que los conflictos de pareja pueden incrementarse hasta un 40 % durante los primeros años de crianza. No se trata de que haya menos amor, sino de que hay más cansancio, menos paciencia y una sensación permanente de no llegar a todo.

Por eso es tan importante reservar momentos a solas, yo lo llamo “los momentos rosas”. No hace falta un gran viaje ni una escapada romántica. A veces basta con un paseo, una cena o una conversación sin interrupciones. Son pequeños espacios que permiten volver a conectar y recordar que, además de padres, siguen siendo pareja.

También es fundamental proteger a la pareja de las interferencias externas. La llegada de un hijo modifica el equilibrio de toda la familia y, en ocasiones, aparecen tensiones con la familia política. Las diferencias sobre la crianza, las opiniones no solicitadas o la excesiva implicación de algunos familiares, especialmente de las suegras, pueden convertirse en una importante fuente de conflicto.

Por eso siempre digo que dedicar tiempo a la pareja no es un acto de egoísmo, sino una inversión en el bienestar de toda la familia. Al fin y al cabo, los hijos aprenden a amar observando cómo se aman sus padres.

Ana Peleteiro, unos días antes de dar a luz a su segundo hijo© apeleteirob

¿Qué ocurre psicológicamente cuando la pareja recuerda y cuida ese “nosotros” que existía antes de ser padres?

Cuando una pareja cuida ese "nosotros", recuerda algo esencial: que antes de ser padres fueron dos personas que se eligieron. La maternidad y la paternidad transforman profundamente la vida. Las responsabilidades aumentan, las prioridades cambian y la pareja corre el riesgo de dejar de ser una prioridad. Sin darse cuenta, muchas personas empiezan a hablar únicamente de horarios, deberes, pediatras y tareas pendientes.

Además, convertirse en padres también supone una auténtica revolución psicológica para hombres y mujeres. No solo cambia la rutina, también cambia la identidad, el estado de ánimo y la manera de relacionarse.

En las mujeres es frecuente experimentar una mayor carga mental, ansiedad, culpa, sensación de pérdida de libertad, irritabilidad, agotamiento emocional e incluso síntomas depresivos. Se estima que entre un 10 % y un 20 % de las madres desarrollan depresión posparto y muchas otras experimentan el conocido "baby blues", caracterizado por llanto fácil, cambios de humor y una gran sensibilidad emocional.

Además, muchas mujeres atraviesan lo que podríamos llamar un "duelo corporal posparto". El embarazo y el parto transforman profundamente el cuerpo y, en ocasiones, la relación que la mujer tiene consigo misma. Cambian el peso, el abdomen, el pecho, aparecen cicatrices, estrías, cansancio físico y una sensación de no reconocerse del todo frente al espejo.

Muchas madres sienten una enorme presión por recuperar rápidamente su cuerpo anterior y vuelven a compararse con la mujer que eran antes de convertirse en madres. Sin embargo, ese cuerpo ya no es exactamente el mismo porque tampoco lo es su identidad. La maternidad supone una auténtica reconstrucción física, emocional y psicológica.

Por eso, una parte importante del proceso de adaptación consiste en aprender a reconciliarse con este nuevo cuerpo y entender que las transformaciones físicas no representan una pérdida, sino la huella de una enorme transición vital.

Los hombres también atraviesan un importante proceso de adaptación del que se habla mucho menos. Algunos estudios indican que hasta un 10 % de los padres pueden desarrollar depresión posparto paterna. Es habitual que aparezcan síntomas como estrés, ansiedad, sensación de incompetencia, miedo a no estar a la altura, dificultades para adaptarse al nuevo rol, mayor irritabilidad y sentimientos de desplazamiento dentro de la relación.

Muchas parejas me dicen en consulta: "Nos queremos, pero ya no tenemos tiempo para nosotros". Y ahí es donde suele empezar el problema

Lara Ferreiro, psicóloga

¿Cómo puede prepararse emocionalmente una pareja?

En primer lugar, aceptando que no tienen que ser padres perfectos. La perfección es una de las mayores fuentes de sufrimiento en la maternidad y la paternidad. Habrá cansancio, momentos de desbordamiento y días difíciles, y eso es completamente normal.

En segundo lugar, es fundamental pedir ayuda y crear una red de apoyo. Muchas parejas creen que tienen que poder con todo ellas solas, cuando en realidad la ayuda de familiares, amigos o profesionales puede marcar una enorme diferencia.

También recomiendo hablar mucho antes de que nazca el bebé: cómo se repartirán las tareas, qué necesidades tiene cada uno, qué les preocupa y cómo pueden apoyarse mutuamente. La comunicación es el gran factor protector de la pareja en esta etapa.

Y, por último, les diría algo que repito mucho en consulta: no olvidéis cuidar la relación. Aunque solo sean diez minutos al día, intentad seguir siendo pareja además de padres. La familia se sostiene sobre el vínculo de dos personas que también necesitan sentirse vistas, cuidadas y acompañadas.

¿Cómo se transforma la identidad de la pareja cuando la familia crece?

Cuando van llegando los hijos se vive una auténtica revolución en la identidad de la pareja. El nuevo rol, aunque es profundamente enriquecedor, también puede llegar a ocuparlo todo. Esto es conocido como la reorganización de la identidad familiar. La pareja deja de pensar únicamente en sus necesidades y empieza a funcionar en torno al bienestar de los hijos.

El problema aparece cuando la identidad de "mamá" y "papá" acaba absorbiendo por completo la identidad de pareja. Muchas personas llegan a consulta diciendo: "Nos queremos, pero hemos dejado de ser nosotros". Se convierten en excelentes padres, pero dejan de ser pareja. Las conversaciones giran únicamente en torno a los niños, la logística familiar y las responsabilidades diarias. La espontaneidad, la intimidad y la complicidad quedan relegadas a un segundo plano.

Este fenómeno puede generar lo que llamamos desconexión silenciosa. No hay una gran crisis ni falta de amor, simplemente la relación se va quedando sin espacios para nutrirse emocionalmente. Poco a poco, la pareja puede empezar a sentirse más como socios de crianza o compañeros de piso que como una relación sentimental.

Ana Peleteiro y Benjamín Camaporé presenta a su recién nacido, León© apeleteirob
Ana Peleteiro y Benjamín Camaporé presenta a su recién nacido, León

¿Qué consejos daría para evitar que el rol de padres eclipse el rol de pareja?

La clave está en recordar que los hijos son una parte muy importante de la vida, pero no toda la vida. Muchas parejas caen, sin darse cuenta, en la llamada "parentalización de la relación", un fenómeno en el que toda la energía emocional se dirige hacia los hijos y la pareja queda relegada a un segundo plano.

Es importante reservar pequeños espacios para la relación, aunque solo sean diez o quince minutos al día. No se trata de la cantidad de tiempo, sino de la calidad de la conexión. Una conversación antes de dormir, un café juntos o un abrazo de unos minutos pueden convertirse en auténticos factores protectores del vínculo.

También es fundamental mantener conversaciones que no giren únicamente en torno a los niños. Muchas parejas llegan a consulta y se dan cuenta de que hace meses que no hablan de sus sueños, de sus preocupaciones o de cómo se sienten. Siguen viviendo juntos, pero han dejado de conocerse.

Seguir haciendo planes como pareja es otro de los grandes antídotos contra la desconexión. Una cena, un paseo, una escapada o simplemente ver una película juntos ayuda a recordar que, además de padres, siguen siendo dos personas que se eligieron.

También es importante celebrar pequeños rituales de pareja. Los rituales crean seguridad emocional y refuerzan el sentimiento de pertenencia. Besarse antes de salir de casa, cenar juntos los viernes o preguntarse cada noche cómo ha ido el día son pequeños gestos que fortalecen enormemente la relación.

Otro aspecto esencial es interesarse por cómo está el otro más allá de su papel de padre o madre. Preguntar: "¿Cómo estás de verdad?", "¿Qué necesitas?" o "¿Hay algo que te preocupa?" ayuda a que la otra persona se sienta vista y emocionalmente acompañada.

Y, por último, es importante seguir viendo a la persona que hay detrás de ese rol. Detrás de la madre y del padre siguen estando el hombre y la mujer, con sus miedos, sus necesidades, sus ilusiones y sus heridas. Porque un hijo necesita unos buenos padres, pero también necesita ver a una pareja que se cuida, se respeta y sigue encontrando razones para elegirse cada día. La clave está en entender que la identidad de pareja no desaparece cuando llegan los hijos; simplemente necesita adaptarse a una nueva etapa. Ser padres y ser pareja no son roles incompatibles. De hecho, cuanto más cuidada está la relación de pareja, más fuerte y estable suele ser el sistema familiar.

Detrás de la madre y del padre siguen estando el hombre y la mujer, con sus miedos, sus necesidades, sus ilusiones y sus heridas

Lara Ferreiro, psicóloga

¿Qué estrategias ayudan a sostener el equilibrio emocional cuando la vida se vuelve más intensa y exigente?

  • Aceptar que habrá días malos. No todas las jornadas tienen que ser productivas o felices.
  • Priorizar lo importante y soltar lo accesorio. En épocas de mucha exigencia, no todo merece la misma energía.
  • Crear pequeños rituales de bienestar. Un café tranquilo, leer diez minutos o escuchar música pueden convertirse en anclas emocionales.
  • Aprender a vivir más despacio. No responder a todo inmediatamente ni intentar hacerlo todo a la vez.
  • Identificar las señales de saturación. Irritabilidad, llanto fácil, olvidos o cansancio extremo son avisos del cuerpo.
  • Normalizar las emociones incómodas. Sentir miedo, frustración o agobio no significa que lo estemos haciendo mal.
  • Tener un espacio para desahogarse. Hablar con alguien de confianza o escribir lo que sentimos ayuda a descargar tensión.
  • Dejar de intentar controlarlo todo. La incertidumbre forma parte de la vida y luchar contra ella genera más ansiedad.
  • Poner el foco en lo que sí depende de nosotros. Diferenciar entre lo controlable y lo incontrolable aporta calma.
  • Reducir la presión por tomar decisiones perfectas. La mayoría de las decisiones pueden corregirse y ajustarse.
  • Permitirnos momentos de disfrute sin sentirnos culpables. El placer también es una necesidad psicológica.
  • Conectar con la naturaleza. Un paseo al aire libre ayuda a regular el sistema nervioso y disminuir el estrés.
  • Recuperar actividades que nos recuerden quiénes somos. Leer, pintar, bailar o cualquier afición que conecte con nuestra identidad.
  • Practicar la gratitud cotidiana. Entrenar la mirada para detectar las pequeñas cosas que sí funcionan.
  • Ser más amables con nuestros errores. Equivocarse no es fracasar; es formar parte del proceso de adaptación.
  • Crear una "red de emergencia emocional". Tener tres o cuatro personas a las que poder recurrir en momentos difíciles.
  • Revisar nuestro diálogo interno. Cambiar el "no puedo más" por "estoy pasando una etapa difícil y necesito ayuda".
  • Introducir pequeñas dosis de humor y ligereza. El cerebro también necesita momentos de desconexión y diversión.
  • Aprender a vivir un día cada vez. Anticipar constantemente el futuro aumenta la sensación de agobio.
  • Buscar ayuda profesional antes de llegar al límite. La salud mental también necesita prevención y cuidados.

 ¿Por qué es tan necesario “mirarse con calma” cuando la vida familiar está llena de ruido, rutinas y demandas constantes?

Porque en las familias hay mucho movimiento, pero muy poca pausa. Estamos pendientes de los niños, del trabajo y de las obligaciones, pero pocas veces nos detenemos a observar cómo está la persona que tenemos al lado. Mirarse con calma es un acto de presencia emocional. Es dejar de ser únicamente dos personas que gestionan una casa para volver a ser dos personas que se reconocen.

Además, las personas cambian. La persona de la que nos enamoramos hace diez años ya no es exactamente la misma, y nosotros tampoco. Si no paramos de vez en cuando para volver a descubrirnos, corremos el riesgo de convivir con una versión antigua del otro. Estas pausas también previenen el desgaste emocional, porque permiten detectar antes las necesidades, las heridas y las preocupaciones del otro.

La verdadera intimidad no consiste en pasar muchas horas juntos, sino en sentirse visto por la otra persona. Y, en medio del ruido de la vida, todos necesitamos a alguien que siga preguntándonos: "¿Cómo estás de verdad?"