Hacía tiempo que en el Principado no se celebraba una boda con tanta expectación como la de Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock. El príncipe soberano tenía 53 años, había sucedido a su padre en 2005 y por fin había llegado el momento de que iniciara una nueva etapa en su vida. Por eso, como manda la tradición monegasca, las celebraciones duraron tres días —en los que se invirtieron más de 45 millones de euros— y hubo dos conciertos, una cena de gala en la Ópera, una boda civil y otra religiosa. Esta, precisamente, tuvo lugar el 2 de julio de 2011; han pasado ya 15 años y es la que recordaremos hoy.
Una boda y muchas lágrimas
El enlace religioso, oficiado por el obispo Bernard Barsi, fue celebrado en el Patio del Palacio Grimaldi, una bella construcción que data del siglo XIII. Llegó un día después de la unión civil, que tuvo lugar el 1 de julio en el Salón del Trono del mismo palacio. Más de 3.500 curiosos se agolparon a las puertas del Palacio. Quería verlo todo: a los 400 invitados, entre los que estaban miembros de las cinco casas reales europeas -menos la española-, numerosos deportistas (recordemos que ella había sido nadadora), personalidades del mundo de la moda como Karl Lagerfeld, Roberto Cavalli o Naomi Campbell, y actores como Gerard Butler. Y también a la pareja, claro.
El príncipe Alberto eligió para el gran día el uniforme de verano de la Guardia de Palacio. Charlene, diez años menor que él, se decantó por un maravilloso vestido de Giorgio Armani que quedó desvelado cuando llegó del brazo de su padre, Michael Kenneth Wittstock, y siete damas de honor vestidas con el traje tradicional de Mónaco.
Charlene estaba visiblemente nerviosa y emocionada, tanto que las lágrimas llegaron a convertirse en las otras protagonistas del enlace. Lo cierto es que desaparecieron cuando terminó la ceremonia y, ya junto a su marido, esbozó una sonrisa relajada. Ya en el balcón del palacio sellaron su unión con un romántico beso que compartieron ante la multitud.
Bordados brillantes para un vestido inolvidable
La nueva princesa de Mónaco eligió para su gran día un diseño de corte minimalista y con escote Bardot, el mismo que años después utilizaría Meghan Markle en su boda con el príncipe Harry. Este se trata de un corte muy favorecedor, puesto que marca la clavícula y estiliza la figura. El vestido contaba, además, con cuerpo entallado y falda recta hasta los pies, finalizada en una gran cola que aportaba una dosis extra de teatralidad cuando se movía.
Esta delicada creación estaba confeccionada en un tejido de seda duquesa en tono blanco roto de acabado ligeramente satinado y estaba embellecida mediante un precioso bordado floral frontal bordado con cerca de 40.000 cristales de Swarovski.
Sin duda, Charlene supo conseguir, junto al icónico diseñador italiano, el objetivo de toda novia, especialmente una perteneciente a la realeza: crear un modelo favorecedor, que potencie su figura y trascienda a la historia más allá de modas y tendencias.
Un velo de tul y sin tiara
Charlene no renunció al complemento preferido de las novias más clásicas y atemporales, ese que marca la diferencia por completo: el velo. En su caso, llevó un diseño en tul de seda que cubría su rostro a su llegada al templo y caía por la espalda más allá de la larga cola del vestido.
Sin embargo, sí prescindió de la tiara. Aunque estas joyas y las bodas de la realeza suelen ir de la mano, a diferencia de otras casas reales europeas, la familia real de Mónaco no tiene una larga tradición en el uso de tiaras en las bodas. Las ceremonias nupciales en el Principado suelen ser más modernas y menos marcadas por el estricto protocolo asociado a las monarquías más tradicionales. Además, hay que destacar que la familia Grimaldi no cuenta con una selección tan amplia como la británica o la española. Por eso Charlene complementó su peinado con un favorecedor broche floral. Se trataba de un diseño de diamantes y cristales de Swarovski, que colocó estratégicamente en su recogido bajo y pulido.
Los detalles del ramo
Giorgio Armani no solo creó el vestido de novia de Charlene de Mónaco, también su ramo, aunque fueron los jardineros del príncipe Alberto quienes le dieron forma. Estaba realizado en tonos blancos y predominaban las orquídeas y los lirios del valle. Estaba diseñado con una pequeña cascada para que encajara con la silueta esbelta de la novia.
La Princesa, que a día de hoy es una de las royals que más arriesga en cuanto a su cabello, optó por un recogido muy clásico para su gran día. Lució su melena rubia en un moño bajo con raya lateral y volumen en la coronilla.
Su segundo vestido de novia
Hoy en día, prácticamente todas las influencers deciden cambiarse y lucir un segundo vestido de novia tras la ceremonia, pero las primeras en popularizar esta tendencia fueron las royals, y Charlene no fue menos. Tras su aplaudido diseño de Giorgio Armani que lució en la ceremonia religiosa, cambió de look para acudir a la cena de gala celebrada en la Opera Garnier.
Llevó un diseño de Alta Costura del diseñador italiano, es decir, de su línea Giorgio Armani Privé. Se caracterizaba por mostrar cuello a la caja, detalles de transparencias y falda de volantes en capas con detalles de pedrería bordados. Igualmente, prescindió de joyas.
También cambió el tocado, dejando a un lado la pieza floral del primer look por una diadema rígida que emulaba una lluvia de estrellas en tono plateado. Además, sorprendió al completar con un bolsito de mano rígido y pequeñito y sustituyó sus salones por unos zapatos de tacón estilo peeptoe.












