Entre negarse a ver la realidad y reconocer que estábamos equivocados hay una línea fina, casi imperceptible, que nos vincula con la frustración, la decepción, la tristeza, la resignación y el enfado. Nos cuesta reconocer que nos hemos confundido, que nada es como habíamos pintado, y según la experta en desarrollo cognitivo Catalina Hoffman, la razón de que esto pase está en nuestro cerebro. "Creo que, muchas veces, no nos cuesta reconocer que estamos equivocados por falta de capacidad para entender lo que sucede, sino porque aceptar que nuestra percepción no era correcta nos obliga a recolocarnos emocionalmente", comienza diciendo nuestra experta.
"Cuando imaginamos cómo va a ser una relación, un proyecto o una etapa de nuestra vida, empezamos a construir una historia en nuestra mente. Y esa historia no solo contiene expectativas, sino también ilusiones, deseos y una idea de cómo nos gustaría que fueran las cosas", explica la también experta en entrenamiento cerebral. "Cuando la realidad contradice esa imagen, aparece una incomodidad. Tenemos que reconocer que quizá nos habíamos equivocado, que algo no va a suceder como esperábamos o que necesitamos cambiar de dirección. Y eso puede resultar difícil, porque no solo cuestionamos lo que pensábamos, sino también la ilusión que habíamos depositado en ello", sostiene.
"Por eso, a veces preferimos seguir defendiendo nuestra primera interpretación antes que detenernos a revisar lo que está ocurriendo", agrega. Pero a modo alentador recuerda: "reconocer que nos hemos equivocado no significa haber fracasado. Significa que tenemos la capacidad de aprender, adaptarnos y construir una visión más realista de lo que vivimos".
Por qué idealizamos situaciones (a pesar de las señales)
Cuando uno se aventura a reconocer que se ha equivocado, antes tiene que asumir que ha ido ignorando ciertas señales a su alrededor. "Cuando deseamos mucho que algo funcione, es fácil que prestemos más atención a las señales que confirman nuestras expectativas y que restemos importancia a aquellas que las cuestionan", explica Hoffmann. "No siempre lo hacemos de forma consciente. A veces, simplemente, nos resulta más agradable imaginar el resultado que deseamos que detenernos a considerar otras posibilidades", detalla.
Explica que "también idealizamos porque necesitamos ilusión, y la ilusión es una parte importante de nuestra vida. Nos ayuda a avanzar, a crear proyectos y a establecer vínculos". Entonces, cuando por fin consigamos admitir que hemos nos hemos confundido, ¿dejaremos automáticamente de ilusionarnos? Catalina lo tiene claro: "No, solo aprenderemos a distinguir lo que deseamos que suceda de lo que realmente está sucediendo". La creadora del método Neurofitness nos brinda un consejo importante: "La clave está en no utilizar nuestras expectativas para dejar de escuchar la información que tenemos delante".
El miedo a las consecuencias de admitir un error
Además de lo anterior, puede ser que nos resistamos a aceptar una equivocación porque hacerlo implique atravesar una pérdida. Y así, según Catalina, "cuando aparecen señales que contradicen esa expectativa, podemos empezar a justificarlas: pensamos que es algo temporal, que las cosas cambiarán o que quizá estamos interpretando mal lo que sucede. En ocasiones, necesitamos un tiempo para comprenderlo y eso es completamente humano. El problema aparece cuando esas explicaciones se convierten en una manera de evitar indefinidamente lo que estamos viendo".
"Desde mi perspectiva, es importante aprender a observar sin juzgarnos. En lugar de preguntarnos por qué seguimos insistiendo en algo que no funciona, podemos preguntarnos qué nos está costando tanto soltar. Quizá sea el miedo a empezar de nuevo, la decepción o la dificultad para reconocer cuánto hemos invertido emocionalmente".
Comprender qué nos mantiene ahí es el primer paso para dejar de repetir una historia que ya no se corresponde con nuestra realidad.
Qué ocurre a nivel cerebral para que nos cueste asumir una equivocación
"Nuestro cerebro no funciona como una cámara que registra la realidad de forma completamente objetiva", explica la también compositora de música binaural. Nos cuenta que interpreta la información que recibe y la relaciona con nuestras experiencias, recuerdos, emociones y expectativas.
"Cuando aparece información que contradice algo en lo que creemos profundamente, podemos experimentar una sensación de incomodidad. En psicología, este fenómeno se relaciona con la disonancia cognitiva: la tensión que surge cuando nuestras creencias, nuestras decisiones o nuestras acciones entran en conflicto con la información que tenemos", argumenta la especialista. ¿Sus posibles soluciones?
- Aprender a diferenciar entre los hechos, nuestras interpretaciones y nuestras expectativas. La experta propone formular tres preguntas: "¿qué está ocurriendo realmente?", "¿qué estoy interpretando a partir de lo que ocurre?" y "¿qué me gustaría que estuviera ocurriendo?".
- Aprender a tolerar la incomodidad de no tener todas las respuestas. A veces queremos resolver rápidamente lo que sentimos porque la incertidumbre nos resulta difícil. Sin embargo, darnos tiempo para observar, sin tomar decisiones precipitadas ni buscar inmediatamente una explicación tranquilizadora, puede ayudarnos a comprender mejor una situación.
- Revisar nuestras propias conclusiones con curiosidad. Podemos preguntarnos qué información contradice nuestra interpretación, qué le diríamos a alguien querido que estuviera viviendo lo mismo o qué consejo daríamos si no estuviéramos emocionalmente implicados.
- Entrenar la flexibilidad cognitiva: la capacidad de revisar nuestras ideas cuando aparecen nuevos datos y de aceptar que cambiar de opinión también forma parte del aprendizaje.
Cuando tenemos mucho que perder emocionalmente, puede resultarnos más difícil valorar una situación con distancia.
Catalina Hoffmann nos regala una reflexión final: "Aceptar la realidad no significa que tenga que gustarnos, que no nos duela o que tengamos que resignarnos. Significa dejar de gastar toda nuestra energía intentando que las cosas sean diferentes de lo que son para poder decidir qué queremos hacer a partir de ahí. No siempre podemos elegir lo que sucede, pero sí podemos aprender a observarlo con mayor claridad y responder de una manera más consciente. A veces, el primer paso para avanzar no es encontrar una nueva respuesta, sino atrevernos a mirar de frente la que ya tenemos delante".









