Llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul, lanzar el ramo de novia o contar con un grupo de damas de honor que luzcan vestidos coordinados. Hay tradiciones nupciales en las bodas tan arraigadas que no solemos plantearnos de dónde vienen o qué significado tenían en sus orígenes. Y lo cierto es que algunas esconden historias de lo más curiosas. Es el caso de las damas de honor, cuya presencia junto a la novia se ha relacionado durante siglos con una superstición que poco tiene que ver con la moda: la creencia de que vestir de manera idéntica podía proteger a la protagonista del enlace de los malos espíritus.
Una superstición que nos hace viajar en el tiempo
Aunque hoy las damas de honor suelen elegir vestidos que comparten una misma tonalidad o estilo, hubo un tiempo en el que la tradición contemplaba que lucieran atuendos prácticamente idénticos a los de la novia. Y no era precisamente por una cuestión estética. Según recoge el Victoria and Albert Museum de Londres, esta costumbre se ha relacionado tradicionalmente con la antigua Roma, donde se sitúan sus posibles orígenes, aunque no existen pruebas concluyentes que permitan establecer cuándo comenzó exactamente.
La explicación resulta de lo más singular. Según esta creencia, los malos espíritus podían intentar perjudicar a la futura esposa, por lo que rodearla de mujeres vestidas de manera similar ayudaría a confundirlos. Al no poder distinguir quién era realmente la novia, las fuerzas malignas no sabrían a quién dirigirse. De esta manera, lo que hoy entendemos como una bonita muestra de complicidad entre amigas tenía, según la tradición, un significado mucho más profundo: proteger a la novia en uno de los momentos más importantes de su vida.
No solo se trataba de ahuyentar a los malos espíritus
Pero esta curiosa costumbre también tenía una explicación más terrenal. La semejanza entre los atuendos se ha vinculado con la intención de proteger a la novia frente a posibles amenazas humanas, como los intentos de secuestro. Tal y como recoge el museo londinense, algunas interpretaciones relacionan esta práctica con los desplazamientos que podían realizarse entre pueblos la noche anterior a la boda. En esas circunstancias, ir acompañada de varias mujeres vestidas de forma parecida habría servido, según la tradición, para dificultar que cualquier desconocido pudiera identificarla.
Más allá de estas explicaciones, que forman parte de las creencias transmitidas a lo largo del tiempo, todas comparten una misma idea: las damas de honor no eran simples acompañantes, sino figuras asociadas a la protección y al apoyo de la futura esposa.
En el siglo XIX las damas de honor también llevaban velo
Con el paso del tiempo, la costumbre fue evolucionando, aunque la semejanza entre los estilismos se mantuvo durante generaciones. De hecho, en la Inglaterra de principios de 1800, las damas de honor e incluso algunas invitadas también podían llevar velo, un accesorio que hoy identificamos especialmente con la novia.
Esta estética coordinada continuó presente en las celebraciones del siglo XIX, cuando los vestidos similares se convirtieron también en una manera de expresar elegancia, armonía y pertenencia a un mismo grupo. Pero lo más bonito es que, durante aquella época, la tradición adquirió además un significado especialmente emotivo. La semejanza entre los vestidos simbolizaba el vínculo de la novia con las mujeres que formaban parte de su vida antes de comenzar una nueva etapa matrimonial.
Hoy, las damas de honor ya no comparten vestidos para proteger a la novia de supuestas amenazas sobrenaturales. Su papel está mucho más relacionado con el cariño, la amistad y el deseo de acompañarla en un día inolvidable. Y aunque los diseños idénticos siguen teniendo su lugar, cada vez es más habitual que cada una luzca un vestido diferente dentro de una misma gama cromática —aunque en España comienza a estar en desuso, sigue siendo muy popular en países como Estados Unidos— , para que cada una escoja aquel con el que más favorecida se sienta.








