Empezar algo nuevo suele venir acompañado de una mezcla curiosa de ilusión y miedo. Puede ser cambiar de trabajo, hablar en público, viajar solo, aprender un deporte o tomar una decisión que llevamos tiempo posponiendo. Incluso cuando sabemos que tenemos las capacidades necesarias, aparece esa sensación que invita a dar un paso atrás. Un fenómeno que guarda relación con la manera en la que nuestro cerebro ante aquello que todavía no conoce.
El concepto puede parecer extraño, pero Francisco Díaz García (@dr.diazneuro), médico especialista en Neurofisiología Clínica y Trastornos del Sueño, nos ayuda a entender cómo este órgano se anticipa a lo que puede ocurrir cuando se encuentra ante determinadas situaciones nuevas. En este sentido, señala que debemos entender que el cerebro tiene sus propios mecanismos para anticiparse a lo que podría suceder y, en ocasiones, esa capacidad de previsión hace que la alarma aparezca antes de que exista un peligro real.
Pero sentir miedo ante algo nuevo no significa necesariamente que no estemos preparados. Como explica Francisco Díaz, "nuestro cerebro funciona anticipándose continuamente a lo que puede ocurrir". Cuando nos encontramos ante una situación nueva, incierta o que interpretamos como potencialmente amenazante, "puede activar una respuesta defensiva incluso antes de saber si existe realmente un peligro”.
Desde un punto de vista evolutivo, esta reacción tiene una explicación: "Para sobrevivir ha sido más útil disponer de un cerebro capaz de anticiparse a una posible amenaza que esperar a comprobar que el peligro era real", señala el médico. Por eso, continúa, "podemos estar perfectamente capacitados para hacer algo y, aun así, sentir miedo antes de hacerlo".
Qué ocurre en el cerebro cuando tenemos miedo
Cuando aparece el miedo, no existe una única zona cerebral que se encargue de producirlo. El experto cuenta que "no existe un único ‘centro del miedo’, sino distintas regiones que trabajan conjuntamente". Entre ellas, se encuentra la amígdala. "Podemos imaginarla como parte del sistema de alarma del cerebro. Ayuda a detectar aquello que puede representar una amenaza y a poner en marcha respuestas defensivas", apunta el especialista.
Cuando esa alarma se activa, el cuerpo se prepara para responder. "Aumenta el estado de alerta, puede acelerarse el corazón y la respiración, aparece tensión muscular y nuestra atención se dirige especialmente hacia aquello que podría representar un peligro", señala el experto, detallando ciertas sensaciones incómodas que, en cambio, cumplen la función de protegernos.
Amígdala, hipocampo y corteza prefrontal
Para entender de una manera sencilla qué ocurre en el cerebro cuando sentimos miedo, Francisco Díaz propone imaginar tres estructuras que mantienen una comunicación constante: la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal. Así, "la amígdala participa en la alarma (nos señala que puede haber peligro’). El hipocampo aporta memoria y contexto ('qué ocurrió otras veces y en qué circunstancias'), y la corteza prefrontal ayuda a valorar toda esa información y regular nuestra conducta, invitándonos a pensar cuestiones como 'estoy sintiendo miedo, pero ¿realmente estoy en peligro y cómo debo responder?’”.
Es, evidentemente, una simplificación de un funcionamiento más enrevesado. El propio médico lo advierte: “El cerebro es muchísimo más complejo y estas regiones realizan muchas otras funciones”. Aun así, la comparación permite entender algo fundamental: podemos sentir miedo y, al mismo tiempo, disponer de la capacidad para valorar la situación y decidir seguir adelante.
Por qué evitar lo que nos da miedo nos hace sentir mejor
Hay una razón por la que tendemos a esquivar aquello que nos produce miedo, al menos, a corto plazo. Como señala el médico: "Evitar funciona extraordinariamente bien a corto plazo, pues si algo me produce miedo y decido no hacerlo, normalmente mi ansiedad disminuye casi inmediatamente”. Ese alivio puede resultar tan inmediato que el cerebro aprende de él a modo de estrategia.
Sin embargo, el problema aparece cuando esa respuesta se convierte en la única manera de afrontar aquello que nos genera temor: "Si siempre evitamos, nuestro cerebro nunca recibe la oportunidad de comprobar qué habría sucedido realmente", señala el médico. De esta manera, “mantenemos la predicción de peligro porque no hemos generado una experiencia nueva que permita actualizarla”.
Qué ocurre cuando finalmente nos enfrentamos al temor
Aquí aparece una de las claves para entender por qué enfrentarse progresivamente a determinadas situaciones puede modificar lo que hemos aprendido sobre ellas. Antes de actuar, el cerebro realiza una predicción: quizá algo salga mal, quizá no podamos manejarlo o quizá ocurra aquello que estamos tratando de evitar: "El cerebro había realizado la predicción de peligro, de 'no voy a poder manejarlo' o ‘algo malo va a suceder'”, explica Francisco Díaz. Pero cuando finalmente hacemos aquello que temíamos y el resultado no coincide con nuestra expectativa, aparece una información nueva: "Si finalmente lo hacemos y aquello que anticipábamos no ocurre, existe una diferencia entre lo que esperábamos que sucediera y lo que realmente ha sucedido”. Y esa diferencia resulta relevante porque "proporciona al cerebro información nueva y permite modificar progresivamente lo aprendido".
El ejemplo del surf ayuda a entenderlo. Una persona que nunca ha surfeado puede pensar que no será capaz de desenvolverse en el agua y sentir miedo antes incluso de intentarlo. "Imaginemos a alguien que quiere aprender a hacer surf pero piensa que no será capaz de manejar la situación. Entra al agua y probablemente sigue sintiendo miedo, su sistema de alarma continúa funcionando. Sin embargo, permanece allí y descubre que puede desenvolverse mucho mejor de lo que esperaba. Esa experiencia proporciona información que antes no tenía", comenta el especialista.
Francisco Díaz utiliza otra imagen para explicar cómo puede cambiar esa respuesta del cerebro con la experiencia. "Podemos imaginarlo como una alarma de incendios demasiado sensible”. En ese caso, el problema no es necesariamente que el sistema de alarma esté funcionando mal, sino que todavía no ha aprendido a distinguir correctamente entre una amenaza real y una situación que no lo es. Así lo detalla el neurofisiólogo: "La alarma no está estropeada, sino que está haciendo aquello para lo que fue diseñada, avisarnos ante una posible amenaza". Pero, añade: "una alarma que se activa cada vez que hacemos una tostada necesita aprender a discriminar mejor cuándo existe realmente un incendio".
Algo parecido puede suceder con el miedo. "Con la experiencia, el cerebro puede hacer algo parecido". La amígdala participa en la respuesta de alarma, mientras que otras estructuras ayudan a incorporar la nueva información: el hipocampo ayuda a incorporar lo ocurrido y el contexto en el que ocurrió, y diferentes regiones de la corteza prefrontal participan en la valoración y regulación de la respuesta". Así, poco a poco, "podemos aprender que una situación que inicialmente parecía muy amenazante es, en realidad, manejable".
Hacer algo aunque todavía tengamos miedo
Una de las ideas más interesantes de esta explicación es que enfrentarse a un miedo no significa necesariamente conseguir que desaparezca. De hecho, "el objetivo no tiene por qué ser llegar a sentir cero miedo". El cerebro tampoco borra necesariamente todo lo aprendido anteriormente. Como comenta el doctor, "puede generar un nuevo aprendizaje de seguridad que compita con la expectativa de amenaza previa”.
Por eso, que un miedo vuelva a aparecer en un determinado momento no significa necesariamente que hayamos vuelto al punto de partida. “Alguien puede haber superado un miedo y volver a sentirlo puntualmente en otro momento o contexto. Eso no significa necesariamente que haya vuelto al principio”. Y aquí se encuentra una de las claves de todo el proceso: "No siempre dejamos de tener miedo y entonces hacemos algo. Muchas veces hacemos algo a pesar de ello, y es precisamente esa experiencia la que proporciona al cerebro la información necesaria para aprender que aquello era más seguro o manejable de lo que había anticipado", explica.
No todos los miedos deben afrontarse
Eso no significa que enfrentarse al miedo sea siempre la respuesta adecuada. El miedo también cumple una función protectora y puede alertarnos de situaciones que realmente implican un peligro. "Es una respuesta adaptativa y existen situaciones en las que nos está alertando de un peligro real. No tendría sentido enseñar a alguien a ignorarlo", señala Francisco Díaz.
La diferencia está en aquellas circunstancias razonablemente seguras en las que existe una distancia importante entre el riesgo objetivo y la amenaza que anticipamos. En esos casos, evitar de manera constante puede contribuir a mantener la expectativa de peligro. "Evitar continuamente puede mantener esa expectativa, mientras que afrontar progresivamente la situación puede proporcionar al cerebro experiencias nuevas con las que actualizarla".
Al final, sentir miedo antes de hacer algo nuevo no significa necesariamente que no tengamos las herramientas para hacerlo. Podemos estar perfectamente capacitados para afrontar una situación y, aun así, notar cómo nuestro sistema de alarma se activa ante la incertidumbre. El objetivo, por tanto, no consiste en conseguir que esa alarma desaparezca por completo, sino en aprender a distinguir cuándo realmente existe un peligro.












