Todos hemos sentido alguna vez esa extraña sensación. Aparece antes de una primera cita, una entrevista de trabajo, una exposición importante o si pensamos en algo que nos preocupa. También cuando estamos atravesando una etapa de más estrés o con más preocupaciones. De repente, el estómago parece llenarse de pequeñas mariposas, como un cosquilleo acompañado de nervios.
Aunque solemos asociarlo al amor, la realidad es que puede ocurrir en cualquier situación que nos importe especialmente. Y lo más curioso es que esta metáfora tiene una explicación. La ciencia sabe hoy que existe una conexión directa entre el cerebro y el intestino que explica perfectamente por qué las emociones pueden sentirse en la barriga.
Las mariposas en el estómago son reales
La bióloga y divulgadora científica Tamara Pazos, colaboradora de Activia, utiliza precisamente este ejemplo para ilustrar la estrecha relación entre el cerebro y el sistema digestivo. "Cuando tenemos una cita y nos ponemos nerviosos, sentimos mariposas en el estómago", señalaba la investigadora.
La explicación está en que el "cerebro y el intestino mantienen una conversación constante". No funcionan como órganos independientes, sino como partes de una misma red que intercambia información de manera continua.
La razón es que el sistema digestivo está conectado directamente con el sistema nervioso a través de una compleja red de neuronas conocida como sistema nervioso entérico, hasta el punto de que a menudo se le ha llamado "segundo cerebro". Según Pazos, la evolución ha invertido una enorme cantidad de recursos en esta red neuronal intestinal porque desempeña funciones esenciales para nuestra supervivencia.
Existe una autopista que conecta el intestino con el cerebro
Uno de las protagonistas de esta comunicación es el nervio vago, una larga estructura nerviosa que conecta el cerebro con distintos órganos internos, incluido el intestino.
Durante años se pensó que el cerebro era quien enviaba órdenes al intestino. Sin embargo, hoy sabemos que buena parte de la comunicación circula en sentido contrario. De hecho, alrededor del 80 % de las señales circulan desde el intestino hacia el cerebro.
Esto significa que nuestro cerebro está recibiendo constantemente información sobre lo que ocurre en el sistema digestivo. Y esa información influye en cómo nos sentimos.
Cuando estamos tranquilos, apenas somos conscientes de ello. Pero cuando aparece una emoción intensa, esa comunicación se vuelve mucho más evidente.
Qué ocurre en el cuerpo cuando estamos nerviosos
Cuando nos enfrentamos a una situación importante, el cerebro activa una respuesta de alerta que forma parte de nuestra biología desde hace miles de años.
Da igual que hoy el desafío sea hablar en público, conocer a alguien o esperar una noticia importante. El organismo responde movilizando recursos para prepararse.
Así, cuando el cerebro interpreta que nos enfrentamos a una situación importante, aunque no sea peligrosa, activa una cascada de respuestas fisiológicas. Aumenta la atención, se liberan hormonas relacionadas con el estrés y se modifica la actividad de distintos órganos, incluido el intestino. Como consecuencia, los movimientos intestinales pueden acelerarse temporalmente.
Por eso algunas personas sienten retortijones, molestias digestivas o incluso la necesidad urgente de ir al baño antes de una situación que les genera nervios.
La comunicación, como vemos, es bidireccional.
Nudo el el estómago, presión en el pecho, mariposas...
Esta explicación está ampliamente desarrollada por el neurocientífico Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro Los sentidos.
En esta obra, Morgado recuerda que el cerebro no vive aislado del resto del organismo. Al contrario, recibe de forma constante información procedente de los músculos, la piel, las articulaciones y también de las vísceras y órganos internos. Gracias a esas señales, el cerebro sabe en todo momento qué ocurre dentro del cuerpo y puede ajustar tanto nuestras respuestas fisiológicas como nuestras emociones.
El autor explica que existe un auténtico "sentido interno" que nos permite percibir el estado de nuestro organismo. Aunque no siempre somos conscientes de ello, el cerebro monitoriza continuamente aspectos como la tensión muscular, el ritmo cardíaco, la respiración o la actividad digestiva, e integra toda esa información en nuestra experiencia consciente.
Por eso las emociones no se viven únicamente en la cabeza. También se sienten en el cuerpo. Cuando tenemos miedo, el cerebro interpreta una serie de cambios fisiológicos que pueden traducirse en un nudo en el estómago. La tristeza puede acompañarse de una sensación de presión en el pecho o de falta de energía. Y la ilusión, la anticipación o los nervios propios de una situación importante pueden alterar momentáneamente el funcionamiento digestivo y provocar ese característico cosquilleo abdominal que describimos como mariposas en el estómago.
En definitiva, las mariposas no aparecen porque el estómago tenga emociones propias, sino porque el cerebro está interpretando las señales que recibe del cuerpo. Son una muestra más de que mente y organismo forman un sistema profundamente conectado en el que lo que pensamos influye en lo que sentimos físicamente, y viceversa.
Por qué ocurre especialmente cuando nos enamoramos
El enamoramiento reúne varios ingredientes que favorecen esta reacción. Por un lado, existe una fuerte carga emocional. Por otro, aparece la incertidumbre. No sabemos qué piensa la otra persona, cómo responderá o qué sucederá después.
El cerebro interpreta esa mezcla de emoción, expectativa y novedad como algo especialmente relevante. Como consecuencia, se activan mecanismos fisiológicos muy parecidos a los que aparecen en situaciones de estrés. La diferencia es que, en este caso, solemos percibir las sensaciones como agradables.
Por eso muchas personas recuerdan perfectamente las famosas mariposas de sus primeros enamoramientos.
Mariposas en el estómago, mucho más que una expresión
Durante décadas pensamos que las emociones eran procesos exclusivamente mentales. Sin embargo, la neurociencia está demostrando que el cuerpo participa activamente en todo lo que sentimos. Las mariposas en el estómago son uno de los ejemplos más cotidianos de esta conexión.
Por eso, la próxima vez que aparezcan antes de una cita, una entrevista o una conversación importante, recuerda que no son producto de tu imaginación. Son la prueba de que tu cerebro y tu intestino están hablando entre ellos. Y de que las emociones, a veces, empiezan mucho antes de llegar a la cabeza.










