Aprender algo nuevo rara vez es un camino recto. Ya sea tocar un instrumento, empezar a practicar un deporte, hablar un idioma o enfrentarse a un proyecto que nunca habíamos hecho antes, es normal equivocarse, sentirse torpe al principio e incluso pensar que quizá no se nos da bien. La diferencia está, muchas veces, en lo que hacemos después de ese primer tropiezo. Podemos interpretar el error como una prueba de nuestra incapacidad, o entenderlo como parte inevitable del proceso de aprendizaje.
La doctora en Medicina, neurocientífica, profesora de universidad y conferenciante Elena Gallardo (@dra_elena_gallardo) pone el foco precisamente en esa diferencia y en cómo nuestros pensamientos, nuestra atención y la manera en que interpretamos lo que nos sucede pueden influir en el aprendizaje. Según ella, "quejarse de vez en cuando es una reacción normal. Podemos expresar nuestro malestar, señalar algo que no funciona o simplemente compartir una experiencia desagradable".
El problema, explica, aparece cuando "la queja deja de ser una respuesta puntual y se convierte en una forma habitual de dirigir nuestra atención hacia lo que falta, lo que ha salido mal o aquello que creemos que debería ser diferente”.
Quejarse no es el problema: convertirlo en un patrón, sí
Para entenderlo, la especialista propone imaginar a alguien que está aprendiendo a tocar un instrumento y, después de varios intentos, continúa cometiendo el mismo error. "Puede interpretar la situación como una prueba de que no tiene talento y centrar su atención en todo aquello que todavía no consigue hacer. Pero también puede pensar esa parte todavía le cuesta y va a probar de otra manera. La dificultad es la misma. Lo que cambia es la percepción y, sobre todo, hacia dónde se dirige la atención después del error”.
Y aquí entra en juego uno de los conceptos fundamentales de la neurociencia: la neuroplasticidad, un concepto que explica la experta: "El cerebro tiene una enorme capacidad de adaptación y aprendizaje llamado neuroplasticidad. Digamos que tenemos el superpoder de expandir las habilidades y competencias de nuestro cerebro y esto sólo depende de la práctica reiterada que nos propongamos”. Como señala la doctora, "La experiencia repetida puede modificar la forma en que procesamos la información, cómo percibimos nuestra realidad y, por consiguiente, aquello a lo que prestamos atención".
Pensemos, por ejemplo, en alguien que decide aprender a hacer crochet, empezar a pintar o apuntarse por primera vez a clases de pádel. Los primeros intentos probablemente estarán llenos de errores: un punto que no sale, un dibujo que no se parece a lo que imaginábamos o un movimiento deportivo que cuesta coordinar. Es precisamente en esa fase inicial, cuando todavía no dominamos la habilidad, donde nuestra manera de interpretar la dificultad puede marcar la diferencia entre seguir practicando o abandonar.
Por eso, añade la experta, la atención también puede acabar especializándose en aquello que buscamos de manera reiterada. En este sentido, "si una persona se acostumbra a buscar de manera constante problemas, amenazas, errores o aspectos negativos, puede hacerse progresivamente más sensible a detectar ese tipo de información porque se lo damos en abundancia dirigiendo por tanto la atención en esa parcela".
Elena Gallardo lo resume con una idea especialmente gráfica: "Digamos que nuestro cerebro se vuelve más eficiente en aquello que practica de manera repetida sin entrar a juzgar si aquello que hace es más o menos positivo". Por eso podríamos decir que, de cierta manera, las personas que más se quejan encuentran errores más rápido y, por lo tanto, pueden solucionarlos antes, aprendiendo más rápido.
Menos espacio mental para buscar soluciones
Sin embargo, esa misma explicación tiene una "cara B": una actitud de negatividad persistente puede terminar interfiriendo en determinados procesos relacionados con el aprendizaje. La razón está, en parte, en nuestros recursos atencionales: "La atención es limitada y necesitamos utilizarla para seleccionar información relevante, mantener nuestros objetivos y detectar qué podemos modificar cuando algo no funciona".
Así, "si una parte importante de esos recursos está ocupada por la preocupación, la frustración o la búsqueda de aquello que confirma que las cosas van mal, queda menos espacio mental para explorar alternativas”. Aprender requiere precisamente esa capacidad para explorar, probar diferentes caminos y modificar lo que no funciona.
Pero aún hay más. Elena Gallardo advierte: "El aprendizaje exige flexibilidad cognitiva. Para adquirir una habilidad nueva tenemos que aceptar que al principio cometeremos errores, modificar estrategias, incorporar información nueva y revisar nuestras propias conclusiones". ^El problema aparece cuando cada dificultad se convierte en una conclusión definitiva sobre nosotros mismos: "Si ante cada dificultad nuestra respuesta automática es tirar la toalla, corremos el riesgo de convertir un obstáculo concreto en una conclusión general sobre nuestras capacidades".
Y hay algo más que conviene recordar cuando queremos incorporar una habilidad o un hábito a nuestra vida adulta: "Cabe recordar que la adquisición de cualquier hábito en la persona adulta conlleva de media seis meses con una práctica constante por lo que posiblemente al principio el proceso resulte incómodo, a la mitad desordenado para que, finalmente, sea exitoso".
El diálogo interno también cuenta
La forma en la que nos hablamos cuando algo no sale como esperábamos también forma parte de esta ecuación. "Un aspecto muy destacado en la gestión de la frustración y adquisición de nuevas habilidades es también la estrecha relación que existe en nuestro cerebro entre las áreas del lenguaje y las emocionales”, explica Elena Gallardo. Al fin y al cabo, no solo escuchamos las palabras de quienes nos rodean: "Nuestro cerebro también está constantemente generando un diálogo interno". Ese diálogo interior influye en la manera en que interpretamos una experiencia, "y puede influir en nuestro estado emocional y en nuestra disposición para afrontar una situación", apunta la doctora.
De ahí que no sea exactamente lo mismo enfrentarse a una dificultad diciéndonos que somos incapaces de superarla que asumir que todavía no sabemos hacerlo. Como explica Elena Gallardo: "Las redes cerebrales relacionadas con el lenguaje interactúan estrechamente con sistemas implicados en la emoción, la motivación y la regulación de la conducta. Por eso no es completamente indiferente que ante un reto nos digamos 'esto es imposible para mí' o 'esto todavía no sé hacerlo'".
Eso sí, la especialista hace una precisión importante: "No se trata de que una frase positiva vaya a cambiar mágicamente nuestro cerebro, sino de que el lenguaje con el que interpretamos una experiencia puede contribuir a modificar la forma en que la valoramos y respondemos ante ella". Por eso, recomienda prestar atención también a la manera en que nos acompañamos durante los momentos de dificultad: "Es muy importante dedicarnos palabras amables, de aliento y motivación a nosotros mismos cada vez que vamos a enfrentar un nuevo reto o proyecto al igual, también, que resulta fundamental rodearnos de personas que nos contagien también de palabras de ánimo y tengan entrenada una mentalidad positiva y resiliente".
Qué ocurre cuando el estrés entra en escena
La queja constante y la anticipación negativa pueden ir acompañadas, además, de una activación emocional sostenida. "El estrés añade otra pieza a este proceso. Cuando una persona mantiene durante mucho tiempo una preocupación constante o una interpretación negativa de lo que sucede, puede permanecer en un estado de activación elevado", explica Elena Gallardo.
No obstante, las consecuencias del estrés pueden variar según su duración y permanencia: “El estrés puntual forma parte de una respuesta adaptativa y puede incluso favorecer determinados procesos cognitivos. Sin embargo, cuando es intenso, repetido y mantenido en el tiempo, puede interferir con los centros cerebrales de la atención, la memoria y la regulación emocional, alterando estos".
La conclusión, para la doctora, no es que quejarse ocasionalmente vaya a impedirnos aprender, sino que determinados patrones mantenidos pueden crear un contexto menos favorable: "Con todo lo anterior, mantener un patrón persistente de queja, negatividad y estrés genera unas condiciones menos favorables para el aprendizaje afectando a la atención, a la regulación emocional como es la tolerancia a la frustración, entre otras, así como habilidades más elevadas como son la flexibilidad necesaria para buscar soluciones nuevas, así como la resistencia mental".
Anticipar los problemas no siempre es negativo
Hay, además, una diferencia importante entre prever una dificultad y esperar sistemáticamente que todo salga mal: "Anticipar dificultades no es necesariamente negativo. Todo lo contrario. De hecho, cuando estas dificultades son objetivas y realistas, resulta fundamental verlas con anticipación y esto forma parte de la capacidad lógica avanzada de nuestro cerebro", explica Elena Gallardo, y además, aclara: "Esta capacidad puede ayudarnos a prepararnos mejor y a desplegar el valor de la planificación (otra función cerebral avanzada)”, continúa la experta.
“Es decir, si sabemos que una tarea será complicada, sabemos que tenemos que dedicarle más tiempo, buscar ayuda de forma anticipada, diseñar una estrategia y, simplemente, organizarnos mejor. Cuanto mayor es nuestra capacidad para organizar nuestro tiempo y resolver tareas, menos estrés sufrimos y más felices somos".
Claro que, también hay peligro en esta anticipación. "Una cosa bien distinta sería anticipar obstáculos y dificultades de manera sistemática esperando que todo salga mal”, señala la doctora. “Aquí volvemos al punto anterior. Si este patrón y conducta lo alimentamos de manera reiterada, navegaremos por la vida con una lente que ve antes lo negativo que lo positivo, lo cual también está muy asociado a sentir miedo de forma generalizada por todo aquello que se escapa de nuestro control". Para Elena Gallardo, "Esto precisamente es la antítesis de la iniciativa, el arrojo, el crecimiento personal y el emprendimiento”.
El cerebro puede aprender también a tolerar la incomodidad
La experta recurre a un ejemplo para explicar cómo esta anticipación puede afectar a la manera en que nos enfrentamos a nuevos retos. “Podría citar numerosos ejemplos. Imaginemos a alguien que va a comenzar un proyecto nuevo y, antes de dar el primer paso, ya está pensando en todos los errores que puede cometer, en lo que los demás harán mejor o en las posibilidades de fracasar”.
En ese escenario, “Esa anticipación puede aumentar la sensación de amenaza incluso antes de que exista un problema real. Y cuando el cerebro interpreta una situación como amenazante, cambia la prioridad de sus recursos”. Elena Gallardo añade una cuestión especialmente relevante: "Además, aquí cabe recordar que nuestro cerebro no distingue una situación real de una ficticia de tal forma que, en la medida que le demos en abundancia una situación hipotética de amenazas, obstáculos y dificultades, acabará vislumbrando ese escenario como si fuera real y, en definitiva, creyéndoselo”.
Frente a ello, aprender también implica exponernos a cierta incomodidad. El eterno pensamiento de que los errores son lecciones, se confirma: "Existe un miedo generalizado al fracaso en nuestra sociedad. Sin embargo, cada vez que hacemos algo incómodo, aunque alineado con nuestro bienestar y propósito, no solo estamos tomando una decisión sino estamos activando redes cerebrales de gran interés que están implicadas en el control cognitivo, la persistencia y la evaluación del esfuerzo".
La doctora lo resume así: "La fuerza de voluntad se entrena y la neurociencia nos explica cómo lograrlo”. En este proceso, "Estas redes neuronales que se activan residen todas ellas en las áreas más evolucionadas de nuestro cerebro con especial participación de la corteza prefrontal”.
El papel de la corteza prefrontal y el hipocampo
La corteza prefrontal es, según explica Elena Gallardo, especialmente relevante en este proceso. Esta región "no va a estar activada por defecto, requiere de consciencia por nuestra parte, esfuerzo, atención y entrenamiento”. Y añade: “Lo más maravilloso de ello es que cuando logramos activarla, conseguimos desactivar la parte más emocional de nuestro cerebro responsable de nuestra volatilidad emocional, de la irrupción de pensamientos negativos y de la constante rumiación cerebral que empaña nuestra determinación en la vida y nuestro progreso en general". La especialista utiliza una imagen sencilla para explicarlo: "Digamos que nuestro cerebro más lógico (corteza prefrontal) y cerebro emocional (áreas límbicas) funcionan como un circuito on/off. Cuando uno está encendido, el otro permanece apagado"
Por eso, insiste en que el error no debería convertirse automáticamente en una razón para abandonar: "Es muy importante probar, equivocarnos, recibir información, corregir y volver a intentarlo". Cuando nos equivocamos, explica la experta, el cerebro compara lo que esperaba que ocurriera con lo que finalmente ha sucedido: “Es lo que se conoce como error de predicción y trae consigo múltiples ventajas”.
La diferencia está en cómo interpretamos esa información. Si la equivocación la tomamos como una amenaza, nuestro cerebro se tensa, se estresa, lo evita y acabará repitiendo lo ya conocido". En cambio, "si lo tomamos como información, nuestro cerebro se adapta, se expande, explora nuevas oportunidades y aprende. La diferencia no está en el error, está en la percepción que se construye sobre el error. Y esta percepción también se entrena".
En ese proceso, una mente demasiado centrada en el fracaso puede perder recursos que necesitaría para descubrir nuevas soluciones. Cuando avanzamos hacia un objetivo, la corteza prefrontal participa en mantener nuestra atención dirigida hacia aquello que queremos conseguir: "Mantendrá muy afinada la atención en los objetivos y posibles señales, controlando así respuestas automáticas, valorando alternativas, toma de decisiones y regulación de nuestra conducta". Como añade la especialista, "es una de las regiones que nos ayuda a mantener el rumbo cuando aparecen distracciones, emociones intensas o dificultades".
Junto a ella, el estrés vuelve a desempeñar un papel relevante. "Puede alterar este equilibrio. Ante una amenaza, el organismo activa sistemas destinados a prepararnos para responder rápidamente. Esa respuesta es útil cuando necesitamos reaccionar ante un peligro inmediato". Pero, cuando esa activación deja de ser puntual, las consecuencias pueden ser negativas: "Si el estado de alerta se mantiene durante demasiado tiempo, puede resultar más difícil utilizar de manera óptima las funciones cognitivas que requieren reflexión, planificación y flexibilidad".
Aun así, el entrenamiento puede modificar nuestra manera de responder ante esas situaciones. Nos permitirá actuar con suficiente "resiliencia, control de la conducta (control inhibitorio) y determinación sabiendo que un nuevo aprendizaje y oportunidad están por llegar y nuestro cerebro ya está preparado para identificarlo”.
Por si pareciera poco, el hipocampo es otra región que la doctora considera fundamental en todo este proceso: "Es la región por excelencia de la memoria e incorporación de nueva información”. En este caso, "dependerá de la intensidad del aprendizaje, la carga emocional asociada a esta y el esfuerzo destinado, para que la memoria de este nuevo aprendizaje sea mayor o menor”.
No se trata de ser optimistas todo el tiempo
Con todo, la conclusión de Elena Gallardo introduce un matiz fundamental: no estamos hablando de etiquetar a las personas como optimistas o pesimistas ni de asumir que una actitud negativa determina la capacidad intelectual. “En definitiva, la relación entre corteza prefrontal, hipocampo y sistemas de respuesta al estrés ayuda a entender por qué nuestro estado emocional puede influir en nuestra capacidad para aprender”, señala la especialista.
La experta también insiste en que "si estamos intentando adquirir una habilidad mientras una parte importante de nuestros recursos mentales está dedicada a anticipar amenazas, preocuparnos por el resultado o juzgarnos por cada error, la tarea cognitiva se vuelve más exigente”. Pero Elena Gallardo insiste en que no debemos convertir esta explicación en una etiqueta: "Esto no significa, sin embargo, que una persona pesimista tenga una menor capacidad intelectual ni que esté condenada a aprender peor. No existe una relación tan simple entre negatividad y capacidad de aprendizaje".
Lo que sí puede cambiar, según la doctora, es el escenario en el que tiene lugar ese aprendizaje: "El contexto cognitivo y emocional en el que tiene lugar ese aprendizaje y la dirección que toman los siguientes pasos para el verdadero progreso de la persona”. Puede que ahí esté la idea más útil para cualquiera que esté intentando aprender algo nuevo: no necesitamos hacerlo todo bien desde el principio, sino permitirnos seguir intentándolo después de hacerlo mal.



















