Hay personas que lo explican todo. Si llegan cinco minutos tarde, cuentan con detalle qué ocurrió. Si toman una decisión, sienten la necesidad de justificarla. Si cambian de plan, aclaran por qué. Y lo hacen incluso cuando nadie se lo ha pedido.
¿Te has reconocido alguna vez en esta situación? ¿O quizá conoces a alguien que siempre parece tener que dar una explicación por todo? Aunque, a priori, parezca responder a una manera de ser educada, considerada o incluso transparente, lo cierto es que la psicología observa que, en algunos casos, detrás de esta tendencia hay dinámicas emocionales que conviene analizar.
¿Por qué ocurre? ¿De dónde nace esa necesidad de justificar constantemente lo que hacemos? ¿Tiene que ver con la inseguridad, con el miedo al conflicto o con el deseo de agradar?
Para entenderlo mejor hablamos con varios psicólogos: el experto José Martín del Pliego y con Jesús Matos, director del Máster de Psicología Integral del Bienestar de ISEP (Instituto Superior de Estudios Psicológicos). Ambos coinciden en que explicar lo que hacemos forma parte de la vida social.
Ahora bien, también advierten de que, cuando se convierte en una necesidad constante, puede revelar algo más.
Explicar por qué hacemos algo cumple varias funciones. Por ejemplo, ayuda a reducir malentendidos, facilita la cooperación y contribuye a mantener relaciones estables.
Dar explicaciones es algo natural en la vida social
Por un lado, conviene aclarar algo importante: explicar nuestras decisiones o nuestros actos no es en sí mismo algo negativo. De hecho, forma parte del funcionamiento normal de las relaciones humanas, como adelantábamos al comienzo del artículo.
Tal como señala Jesús Matos, “dar explicaciones sobre lo que hacemos es un comportamiento muy común en la interacción social”. No hay que olvidar que somos una especie profundamente social y que gran parte de nuestra vida consiste en coordinar nuestras acciones con otras personas.
En ese contexto, explicar por qué hacemos algo cumple varias funciones. Por ejemplo, ayuda a reducir malentendidos, facilita la cooperación y contribuye a mantener relaciones estables.
Además, desde la psicología social se sabe que las personas tendemos a justificar nuestras decisiones para gestionar la imagen que proyectamos ante los demás. Este fenómeno se conoce como gestión de la impresión (Leary & Kowalski, 1990).
En palabras de Matos, “explicar nuestras acciones también puede servir para mantener la coherenciaentre lo que hacemos y cómo queremos ser percibidos”. Es decir, cuando nuestras conductas pueden interpretarse de varias maneras, dar una explicación ayuda a guiar la interpretación de los demás.
Por ejemplo, justificar un retraso o aclarar por qué hemos tomado una decisión concreta puede prevenir conflictos innecesarios.
Por tanto, explicar lo que hacemos no es algo problemático. El punto clave no está en cuántas veces lo hacemos, sino en para qué lo hacemos.
Dar muchas explicaciones para calmar la ansiedad
Sin embargo, hay situaciones en las que las explicaciones dejan de ser simplemente una herramienta de comunicación y pasan a cumplir otra función: reducir la ansiedad o evitar el juicio de los demás. Y ahí es donde empieza a cambiar la lectura psicológica.
Jesús Matos explica que el problema aparece “cuando las explicaciones dejan de servir para informar y pasan a utilizarse principalmente para evitar críticas, reducir la ansiedad o buscar constantemente aprobación”.
En estos casos, la persona puede sentir una especie de urgencia por justificar lo que hace. No dar explicaciones genera incomodidad o incluso miedo.
De hecho, algunas señales pueden indicar que el comportamiento está relacionado con inseguridad. Por ejemplo, sentir la necesidad de justificar cualquier decisión, experimentar culpa si no se da una explicación o anticipar constantemente que los demás van a pensar mal.
La investigación en psicología muestra que las personas con alta sensibilidad a la evaluación social tienden a anticipar juicios negativos de los demás y, como consecuencia, adoptan estrategias defensivas como disculparse o justificarse con frecuencia
También puede ocurrir que, después de una conversación, la persona siga dándole vueltas durante horas a lo que dijo. ¿Habrá sido suficiente la explicación? ¿Habrá quedado claro? ¿Habrá molestado a alguien?
En ese momento, la explicación deja de ser un acto de comunicación y pasa a convertirse en una forma de regular la ansiedad interpersonal.
Como aclara Matos, "la investigación en psicología muestra que las personas con alta sensibilidad a la evaluación social tienden a anticipar juicios negativos de los demás y, como consecuencia, adoptan estrategias defensivas como disculparse o justificarse con frecuencia (Downey & Feldman, 1996). De forma similar, en la ansiedad social es habitual que las personas intenten controlar cómo son percibidas por los demás, lo que puede llevar a explicaciones excesivas o defensivas (Clark & Wells, 1995)".
La necesidad de explicar todo para no perder el vínculo
Desde otra perspectiva, el psicólogo José Martín del Pliego observa que esta tendencia suele estar relacionada con la forma en que aprendemos a proteger nuestros vínculos afectivos.
Según explica, muchas personas que sobreexplican lo hacen porque, en algún momento de su vida, han sentido que debían esforzarse mucho para mantener la relación con los demás.
“Sobreexplicamos porque intentamos que el otro no se enfade, que no se vaya, que se quede ahí”, explica.
Es decir, la explicación no busca únicamente que el otro entienda lo que ocurre. En realidad, intenta asegurar que la relación se mantenga intacta.
Por eso, cuando alguien tiene esta tendencia puede sentir que, si no explica bien sus motivos, corre el riesgo de que el otro se enfade o se distancie.
Detrás de esa hiperjustificación suele aparecer la idea inconsciente de que el vínculo podría romperse si no damos suficientes razones.
Muchas personas que sobreexplican lo hacen porque, en algún momento de su vida, han sentido que debían esforzarse mucho para mantener la relación con los demás
El origen suele estar en experiencias tempranas
Además, según Martín del Pliego, este patrón suele tener sus raíces en los primeros años de vida.
“Esto no comienza cuando uno es adulto. Muchas veces empieza cuando uno es pequeño y siente que, para mantener la relación con el otro, tiene que sobreesforzarse”, explica.
Cuando esto ocurre, el sistema nervioso aprende una forma concreta de relacionarse con los demás. En lugar de atender primero a las propias necesidades, la persona se acostumbra a priorizar lo que esperan los otros.
“Se graba la percepción de que, para mantener la relación, tengo que atender más a lo que el otro quiere que a lo que necesito yo”, señala el psicólogo.
Con el paso del tiempo, este patrón se convierte en una forma habitual de actuar.
Así, lo que en su origen fue una estrategia de adaptación emocional termina transformándose en un rasgo de personalidad.
Común en personas con perfil autocrítico
Asimismo, esta tendencia suele estar relacionada con el deseo de agradar y de evitar conflictos.
En muchas ocasiones, las personas que explican demasiado tienen un perfil muy autocrítico. Se juzgan con frecuencia y sienten que deben actuar de forma correcta para no decepcionar a los demás.
“Intentan ser adecuados y correctos para no decepcionar”, explica Martín del Pliego.
El problema es que, cuando este patrón se intensifica, la persona puede acabar ignorando lo que realmente siente o necesita.
Las explicaciones entonces funcionan como una especie de mecanismo de protección: si explico bien lo que hago, el otro no se enfadará, insiste el experto. Sin embargo, esta dinámica puede resultar agotadora con el tiempo.
Es habitual justificar más nuestras decisiones en entornos jerárquicos, como el trabajo o frente a figuras de autoridad. En cambio, con amigos cercanos o con personas con las que nos sentimos seguros solemos explicar menos.
Por qué a veces explicamos más en unos contextos que en otros
Ahora bien, también es importante entender que no siempre nos comportamos igual en todas las situaciones.
Según explica Jesús Matos, es completamente normal que una persona dé más explicaciones en unos contextos que en otros.
La psicología social ha mostrado desde hace décadas que nuestras conductas dependen en gran medida de la situación.
Por ejemplo, es habitual justificar más nuestras decisiones en entornos jerárquicos, como el trabajo o frente a figuras de autoridad. En cambio, con amigos cercanos o con personas con las que nos sentimos seguros solemos explicar menos.
También es frecuente justificar más nuestras acciones en relaciones donde anticipamos críticas o conflictos.
Por tanto, estas diferencias no indican incoherencia ni falta de personalidad.
“En la mayoría de los casos reflejan simplemente la capacidad humana de adaptar el comportamiento a las demandas sociales de cada situación”, explica Matos.
Solo podría hablarse de un patrón problemático si la necesidad de justificarse aparece de forma intensa y constante en la mayoría de contextos.
Si alguien detecta esa necesidad de agradar, puede utilizarla a su favor. De hecho, las personas con tendencias manipuladoras suelen percibir con facilidad cuándo alguien necesita mantener el vínculo a toda costa.
Las consecuencias de explicar demasiado
En este sentido, cuando esta tendencia se mantiene durante mucho tiempo y se da en todas las ocasiones, puede generar consecuencias en la forma de relacionarnos con los demás.
Según Martín del Pliego, cuando una persona da demasiadas explicaciones puede transmitir sin querer una posición de inferioridad en la relación. “Cuando das muchas explicaciones, el otro se siente un peldaño por encima”, señala. Y esto puede abrir la puerta a dinámicas poco equilibradas.
Si alguien detecta esa necesidad de agradar, puede utilizarla a su favor. De hecho, las personas con tendencias manipuladoras suelen percibir con facilidad cuándo alguien necesita mantener el vínculo a toda costa.
Además, el impacto no se limita a las relaciones. Cuando una persona evita poner límites para no generar conflicto, puede acabar acumulando frustración.
“Al final haces muchas cosas que no quieres hacer o callas respuestas que te gustaría dar para que el otro no se enfade”, explica el psicólogo.
Como señalaba, con el tiempo, esa acumulación emocional puede generar un gran desgaste.
La importancia de aprender a poner límites
Por eso, uno de los aspectos más importantes para cambiar este patrón tiene que ver con el aprendizaje de los límites. Y la buena noticia es que poner límites es algo que se puede entrenar.
Según Martín del Pliego, el primer paso consiste en desarrollar lo que él denomina honestidad emocional. Es decir, aprender a reconocer lo que sentimos cuando una conducta de otra persona nos afecta.
Cuando uno aprende a poner límites aumenta la autoestima y también mejora la forma en que los demás nos tratan
“Cuando uno es honesto emocionalmente consigo mismo puede percibir que lo que ha hecho el otro le ha hecho sentir mal”, explica.
A partir de ahí, la persona puede empezar a expresar sus necesidades y a marcar límites más claros.
Por qué poner límites puede resultar incómodo al principio
Este proceso no siempre resulta fácil. Y es que muchas personas que comienzan a poner límites experimentan una sensación incómoda. No se sienten tranquilas ni seguras al principio. Según explica Martín del Pliego, esto es completamente normal.
“Cuando una persona empieza a poner límites se siente más activada, más incómoda”, señala. El motivo es que el sistema emocional está acostumbrado a evitar el conflicto. Cambiar ese patrón genera tensión.
Pero, poco a poco, empiezan a aparecer cambios. Las relaciones se vuelven más equilibradas y los demás empiezan a mostrar más respeto.
“Cuando uno aprende a poner límites aumenta la autoestima y también mejora la forma en que los demás nos tratan”, afirma.
Y quizá ahí esté la clave: entender que dar explicaciones puede ser útil para comunicarnos mejor, pero no debería convertirse en una necesidad constante para sentirnos aceptados.

















