Un inmenso acueducto romano y un bonito pueblo azul maravillan a quien camina por las montañas de Valencia


Una senda circular permite pasear por el canal más largo de Hispania y asomarse al corazón medieval de una población conocida por su color como 'la Chaouen española'. Por el camino, además, se descubren antiguas cuevas, cascadas y playas fluviales.


Acueducto romano de Peña Cortada, entre Chelva y Calles, Valencia.© ©andrés campos
8 de mayo de 2026 a las 18:00 CEST

En la comarca de Los Serranos o del Alto Turia, a una hora de viaje de la capital valenciana, los senderistas descubren ojipláticos el fabuloso acueducto romano de Peña Cortada, que salva los abruptos barrancos del interior de la región apoyándose en monumentales arquerías y atraviesa las montañas como si, en vez de roca caliza, fueran de mantequilla. Hasta 2019 se creía que fue construido para llevar agua a Sagunto, pero entonces el arqueólogo y doctor en arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia Miquel R. Martí Maties hizo pública una sorprendente teoría, que es la que hoy todo el mundo acepta: que moría en el actual centro de Valencia, a nivel del mar. Solo se conservan 28,6 kilómetros de restos evidentes, pero su longitud era de casi 100, o sea que era el mayor acueducto de Hispania y el sexto más largo del mundo romano.

Acueducto de Peña Cortada
Acueducto de Peña Cortada

¿Y para qué se tomaron los romanos la molestia de construir un acueducto tan inmenso, si el río Turia llevaba y lleva agua naturalmente desde la montaña hasta la ciudad? Pues para garantizar un suministro constante –no sujeto a vaivenes estacionales–, de mayor calidad –el agua salía de un manantial serrano– y con más presión –por razones físicas que no hace falta explicar a los lectores inteligentes–. Además, a los romanos les molaba demostrar que eran capaces de hacer posible lo imposible y de dejarlo bien hecho para siempre, para impresionar no solo a sus contemporáneos, sino a los hombres y mujeres del futuro, incluidos los senderistas que hoy avanzan boquiabiertos por este canal llanísimo excavado en la roca, tan a gusto ellos y tan augusto él.

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Una excursión a una hora y cuarto de Valencia

El tramo mejor conservado y más espectacular del acueducto se encuentra en la rambla de Alcotas, entre Calles y Chelva, a 74 kilómetros de Valencia, y allí se llega cómodamente en coche subiendo por la carretera CV-35 hasta la segunda población y luego siguiendo las indicaciones del navegador hasta el aparcamiento de Peña Cortada. Los dos últimos kilómetros se conduce por una pista de tierra en buen estado, entre campos de almendros. 

Corte en la roca que da nombre al acueducto romano de peña cortada, entre chelva y calles, valencia © ©andrés campos
Corte en la roca que da nombre al acueducto romano de peña cortada.

Después de estacionar y coger todo lo necesario para andar a pleno sol en la Comunidad Valenciana –gorro, crema protectora y dos litros de agua por persona–, solo hay que caminar cinco minutos cuesta arriba por un sendero evidente y otros diez a mano derecha por el vaso horizontal del canal romano para hacer la foto perfecta del acueducto de Peña Cortada, la que aparece con tropecientos likes en todas las redes sociales. Y es que, de pronto, se descubre en mitad del monte, rodeado de riscos verticales en los que milagrosamente arraigan pinos carrascos, coscojas, madroños y sabinas negrales, un puente-acueducto o arcuatio de 36 metros de longitud y 20 de altura, que salva de tres zancadas el barranco de la Cueva del Gato y que da una pizca de vértigo y emoción al paseo. Cruzarlo no entraña ningún peligro porque tiene dos metros de ancho, pero impone respeto y exige llevar bien agarrados de las manos a los niños y ceder el paso a quien haya empezado a atravesarlo primero.

Acueducto romano de Peña Cortada, Chelva
Acueducto romano de Peña Cortada, Chelva

La que se atraviesa acto seguido es la Peña Cortada propiamente dicha, donde, para encauzar el agua, los romanos practicaron un corte vertical de 20 metros, como con un cuchillo gigante. Marte, con sus armas, y Júpiter, con sus rayos, no hubieran cortado la roca más limpia y profundamente. Luego hay varios túneles con respiraderos que ahora sirven como miradores y hay, en uno de ellos, el tufillo inconfundible y las cagarrutas de las cabras monteses, que lo deben usar como guarida. Poco más adelante, se llega a un mirador que domina a vista de pájaro la rambla de Alcotas y donde los excursionistas con más prisa o menos en forma se dan la vuelta. Venir desde el aparcamiento hasta aquí y volver por el mismo camino es un paseíto de solo una hora. La alternativa para los más andarines es continuar por el canal romano y fuera de él –sin perder de vista las marcas blancas y amarillas del sendero PR-CV 92– hasta Calles y después subir hasta Chelva –ya sin dichas marcas, pero también sin ninguna dificultad para orientarse– por la abrupta ribera del río Tuéjar, afluente del Turia, viendo cuevas de tiempos de los moros, una antigua fábrica de luz, cascadas y pozas como las de la Playeta que, en cuanto aprieta el calor, son perfectas para darse un chapuzón. Solo falta entonces atravesar Chelva de abajo arriba y seguir la pista de tierra ya conocida, entre campos de almendros, para volver al aparcamiento donde se dejó el coche. Este es un itinerario circular de 14 kilómetros y unas cuatro horas de duración, sin contar paradas contemplativas, selfis en lo alto del puente-acueducto y baños en el río Tuéjar.

Acueducto romano de Peña Cortada
Acueducto romano de Peña Cortada

Chelva: la Chaouen española y la ruta de las Tres Culturas

Otro día –o el mismo, si solo se hace la excursión de una hora–, hay que dedicarlo a visitar Chelva, la capital de Los Serranos o del Alto Turia, que no es blanca, como otros bonitos pueblos de la comarca –Chulilla, Alpuente, Sot de Chera…–, sino azul. Azules son sus fuentes y lavaderos. Y azules son casi todos los alféizares, umbrales, jambas y dinteles de las casas de sus barrios históricos, los laberínticos y empinados núcleos andalusí, cristiano, judío y morisco que se arraciman en la parte baja de la población. 

Uno de los siete lavaderos de Chelva
Uno de los siete lavaderos de Chelva

Dicen que fueron los bereberes los que trajeron a Chelva en el siglo XI el gusto por este color desde su Chaouen natal, la famosa ciudad azul marroquí de las montañas del Rif.  Todo pudiera ser. El caso es que la llaman la Chaouen española.

Antiguo barrio cristiano de Ollerías, Chelva
Antiguo barrio cristiano de Ollerías, Chelva

En la plaza Mayor de Chelva, delante de la Casa Consistorial azul, hay un panel que explica cómo ver los barrios susodichos siguiendo la ruta de las Tres Culturas. Es un paseo circular breve, de menos de un kilómetro y medio, pero que exige dos o tres horas de máxima atención para fotografiar los cien rincones que se descubren y para orientarse bien, algo difícil a pesar de las muchas señales que hay. Tan liosa era y es la Chelva medieval. Por suerte para los paseantes, la oficina de turismo está al lado de la Casa Consistorial y, en la esquina de la plaza Mayor con la calle José Manteca, donde empieza el paseo, hay un código QR para descargarse de Wikiloc la ruta oficial.

Calle de Chelva
Calle de Chelva

El primer barrio histórico que se recorre es el andalusí, el de Benacacira, que conserva el trazado y la atmósfera de la que fue medina musulmana en los siglos XI y XII. Luego se visitan el de Ollerías –un núcleo formado por los cristianos a lo largo del siglo XIV que debe su nombre a los muchos hornos o alfares que allí había– y el del Azoque, la isla diminuta, recoleta, misteriosa, con puertas de entrada y salida, donde vivían los judíos. Y, para acabar, se pasea por el barrio morisco del Rabal o del Arrabal, donde estaba la mezquita de Benaeça y sigue estando, convertida en ermita de la Santa Cruz. 

Ermita de Santa Cruz, antigua mezquita Benaeça, Barrio morisco del Arrabal
Ermita de Santa Cruz, antigua mezquita Benaeça, Barrio morisco del Arrabal

Este último barrio es el más bello de Chelva. De él salen muchas de las fotos que se publican en Instagram y TikTok. En la calle de Nuestra Señora de Loreto hay un rincón con un pasadizo, un arco de herradura y dos fachadas azules –una celeste y otra turquesa– que es un potentísimo imán de móviles y cámaras fotográficas.

Antiguo barrio musulmán de Benacacira, Chelva
Antiguo barrio musulmán de Benacacira, Chelva

Casas rurales azules y comida de otros colores

Chelva es también un excelente lugar para descansar y reponer energías después de andar por el monte siguiendo el serpenteante acueducto y por los enrevesados barrios históricos de la población detrás del recuerdo de moros, judíos y cristianos. Para lo primero hay dos casas rurales perfectas: La Antigua (tel.: 693 00 36 08), en el barrio del Arrabal, y Casa Azul (casaazulweb.com), en el de Benacacira. No hace falta decir de qué color son. Para lo segundo, para recargar las pilas, el senderista puede y debe comerse unos callos chelvanos en Tasca Plazi (Plaza Mayor, 6) y, de postre, unos rollicos de anís del horno La Espiga (José Manteca, 4). En Chelva no hay ninguna especialidad gastronómica azul. Lástima. Como sabiamente observó Mark Darcy (Colin Firth), al ver la sopa que había preparado su querida Bridget Jones: “A mi entender, hay poca comida en el mundo de color azul".

Fuente en el antiguo barrio cristiano de Ollerías de Chelva
Fuente en el antiguo barrio cristiano de Ollerías de Chelva

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