Puede permanecer oculto durante años, silencioso bajo la arena. De hecho, sus huevos pueden esperar hasta dos décadas enterrados en el suelo del desierto. Pero cuando las condiciones cambian, lluvias, vegetación nueva y abundancia de alimento, ocurre algo extraordinario: millones de langostas comienzan a nacer al mismo tiempo.
En pocas semanas, lo que empezó como pequeños insectos incapaces de volar puede transformarse en uno de los fenómenos naturales más impresionantes del planeta.
Así lo muestra el documental Planeta Tierra, narrado por David Attenborough, que captó en Mauritania el momento en el que estos insectos se convierten en un enjambre gigantesco capaz de cubrir el cielo.
Huevos que esperan años bajo la arena
No existe otra especie que responda tan rápido a los periodos de abundancia como la langosta del desierto.
Sus huevos pueden permanecer enterrados en el suelo hasta 20 años esperando el momento adecuado para eclosionar. Cuando llegan las lluvias y la vegetación comienza a crecer, miles de crías emergen al mismo tiempo.
En esta primera fase se las conoce como "hoppers" o saltadoras, porque todavía no pueden volar. Se desplazan caminando o saltando, siguiendo el olor de la hierba que empieza a brotar, en busca de nuevas zonas donde alimentarse. Ellas no nacen para pasar penurias.
Normalmente tardan unas cuatro semanas en convertirse en adultas, pero si las condiciones son perfectas su desarrollo puede acelerarse.
El momento en que nace el enjambre
Cuando la vegetación empieza a escasear en una zona, las langostas adultas liberan feromonas, señales químicas que indican al resto del grupo que es momento de desplazarse para seguir alimentándose.
Es entonces cuando ocurre algo espectacular.
Pequeños grupos comienzan a unirse entre sí. Y cuando varios enjambres se encuentran, se fusionan formando auténticas plagas vivientes.
Según explica Attenborough en el documental, estos enjambres pueden alcanzar varios miles de millones de individuos y extenderse hasta unos 64 kilómetros.
Cada langosta adulta puede comer el equivalente a su propio peso cada día, y un enjambre entero es capaz de devorar cientos de toneladas de vegetación en muy poco tiempo.
Siguen al viento… y a la lluvia
Una vez formados, los enjambres tienen que seguir moviéndose.
Viajan a merced del viento, la forma de vuelo que menos energía les exige. Eso significa que tienden a desplazarse hacia zonas de baja presión, lugares donde el viento se encuentra con la lluvia y donde es más probable que vuelva a crecer la vegetación.
Mientras avanzan, pueden recorrer enormes distancias y consumir prácticamente todo lo comestible que encuentran a su paso.
En algunas ocasiones estos desplazamientos se convierten en plagas capaces de devastar cultivos enteros, como ocurrió durante la gran invasión de langostas de 2003-2005 en África occidental y septentrional, que afectó seriamente a la seguridad alimentaria de varios países.
Uno de los espectáculos más impresionantes del planeta
A pesar de su capacidad destructiva, los grandes enjambres de langostas también representan uno de los fenómenos naturales más asombrosos de la Tierra.
Miles de millones de insectos moviéndose al unísono generan un sonido constante, como un rugido en el cielo. Una especie de Fórmula 1 de la naturaleza.
Pero el espectáculo no dura para siempre.
Cuando la vegetación desaparece y el alimento se agota, el gigantesco enjambre se dispersa. Y el ruido de mil millones de alas batiendo en el aire desaparece dejando tan solo silencio, es entonces, cuando en el desierto se vuelve a escucharse solo una cosa: el sonido del viento.








