Ariana Grande ha decidido parar. Después de años en los que ha encadenado discos, rodajes, promociones y conciertos, la cantante y actriz ha terminado su gira Eternal Sunshine Tour y ha anunciado que se alejará durante un tiempo de la exposición pública. Una decisión que ella misma ha querido dejar claro que no ha sido impulsiva ni fruto de un mal momento puntual, sino algo que llevaba tiempo pensando.
Grande se despidió de sus seguidores visiblemente emocionada en su último concierto, celebrado el 1 de septiembre en el O2 Arena de Londres. La artista cerraba así una gira de 41 conciertos y comenzaba una etapa en la que quiere reducir su presencia pública y establecer límites después de años sometida a una enorme exposición mediática. La propia cantante ha insistido en que los seres humanos también necesitan descansar.
La decisión cobra otra dimensión al observar la historia reciente de la artista. Ariana Grande ha hablado en distintas ocasiones de los problemas de ansiedad, depresión y estrés postraumático que experimentó después de algunos de los episodios más difíciles de su vida, como la muerte de su expareja Mac Miller en 2018 o la de su abuela el pasado año. Ahora, sin embargo, conviene no interpretar su retirada como una consecuencia directa de aquellos acontecimientos ni convertir el descanso en un diagnóstico. Como decíamos, ella misma ha explicado que se trata de una decisión meditada, tomada "desde un lugar reflexivo y empoderado".
Pero su caso plantea una pregunta que va mucho más allá de Ariana Grande: ¿por qué podemos seguir adelante durante años después de atravesar situaciones muy difíciles y llegar, en un momento determinado, a sentir que necesitamos parar?
La psicóloga general sanitaria Carmen Núñez explica qué ocurre cuando el cuerpo y la mente llevan demasiado tiempo sosteniendo una elevada carga emocional y por qué una pausa, cuando está bien acompañada, puede convertirse en parte del proceso de recuperación.
¿Por qué llega un momento en el que necesitamos parar?
"El cuerpo no se recupera del esfuerzo mientras el esfuerzo sigue", señala Carmen Núñez. Y esta idea permite entender por qué unas vacaciones o dormir algunas horas más no siempre son suficientes cuando llevamos demasiado tiempo sometidos a una exigencia continua.
Según explica la psicóloga, para recuperarnos necesitamos desconectar también mentalmente de aquello que nos mantiene activados. "Lo que permite recuperarse no es dormir más horas ni tener el fin de semana libre, sino algo que en investigación se llama desconexión psicológica: dejar de estar mentalmente ocupado con la tarea".
Cuando esa desconexión nunca llega, la carga continúa acumulándose. Y puede aparecer algo diferente al cansancio habitual. "Lo que se ve entonces no es cansancio, es desregulación del eje del estrés, el sistema que debería subir la activación por la mañana y bajarla por la noche. En fases avanzadas de agotamiento ese ritmo se aplana: la persona no arranca de día y no se apaga de noche", explica.
Hay, además, un fenómeno que puede resultar desconcertante: a veces nos encontramos peor precisamente cuando la situación difícil termina. "El desplome casi nunca llega en el pico de exigencia, sino justo después, cuando la demanda baja. Mientras hay que rendir, el organismo sostiene. Cuando ya no hace falta, aparece todo lo que estaba pospuesto", apunta Núñez.
Un trauma puede reaparecer años después
Haber continuado trabajando, cuidando de la familia, viajando o cumpliendo con nuestras obligaciones después de un acontecimiento traumático no significa necesariamente que lo hayamos procesado.
"Se puede trabajar, ocuparse de los demás durante años con el material sin elaborar debajo. Eso no es superarlo, es haberlo aplazado con éxito", advierte Carmen Núñez.
De hecho, el trastorno de estrés postraumático, que padece Grande, además, puede presentar una expresión retardada. "El DSM-5-TR contempla el trastorno de estrés postraumático 'con expresión retardada', que se aplica cuando la totalidad de los criterios no se cumplen hasta al menos seis meses después del acontecimiento, aunque algunos síntomas hayan aparecido antes. No es raro ni indica que la persona lo hiciera mal".
¿Y por qué puede suceder? La psicóloga explica que el recuerdo traumático no siempre se almacena como cualquier otro recuerdo autobiográfico. Puede conservar una importante carga sensorial y emocional y quedar peor contextualizado temporalmente. Por eso determinados estímulos pueden volver a activarlo.
"Cuando se reactiva no viene con la etiqueta de 'esto ya pasó': viene con la misma intensidad corporal del momento original", señala. Aniversarios, lugares, determinados sonidos, olores o incluso una situación que guarde alguna semejanza con aquella experiencia pueden convertirse en desencadenantes.
Y, paradójicamente, también puede ocurrir cuando finalmente nos detenemos. "Un cambio vital, una pérdida nueva o simplemente el momento en que uno por fin se para puede abrir esa puerta".
Estrés, depresión y ansiedad también afectan a nuestra capacidad para decidir
Por otro lado, también hay que tener presente que cuando atravesamos un periodo de gran desgaste psicológico no solo cambia cómo nos sentimos. También puede cambiar cómo trabajamos, cómo tomamos decisiones e incluso nuestra capacidad para disfrutar de aquello que antes nos gustaba.
Carmen Núñez distingue tres ámbitos. En primer lugar, el rendimiento: "Los cuadros depresivos afectan de forma medible a la atención sostenida, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento y la función ejecutiva". Es decir, puede costarnos concentrarnos, organizarnos o mantener la atención en tareas que anteriormente realizábamos sin dificultad.
En segundo lugar están las decisiones. "Cuando hay ansiedad y ánimo bajo, el margen se estrecha. Se decide para reducir la amenaza inmediata, no para construir a largo plazo". Esto puede provocar dos reacciones aparentemente opuestas: actuar impulsivamente o quedarse completamente paralizado ante decisiones que antes parecían sencillas.
Y finalmente está el disfrute. Aquí Núñez introduce una distinción especialmente interesante entre "querer" y "gustar". "En la anhedonia lo que suele estar dañado primero es el querer, el impulso de iniciar", explica.
Por eso alguien puede decir que "ya nada le llena" cuando, en realidad, el problema puede estar en que no encuentra el impulso necesario para empezar a hacer aquello que antes disfrutaba. Una vez que lo hace, todavía puede experimentar cierto placer. Esta diferencia también tiene implicaciones terapéuticas: en determinados casos el trabajo se dirige precisamente a recuperar progresivamente la activación y la iniciativa.
El duelo y la depresión pueden aparecer al mismo tiempo
Las pérdidas añaden otra capa de complejidad. Sentir un dolor intenso después de la muerte de alguien querido no significa padecer un trastorno psicológico. El duelo necesita tiempo y no existe una única manera correcta de atravesarlo.
Sin embargo, actualmente el DSM-5-TR reconoce el trastorno de duelo prolongado con criterios específicos. "Lo que se valora no es la intensidad del dolor, sino que el anhelo y la preocupación por la persona fallecida sigan bloqueando la vida cotidiana mucho después de la pérdida", explica Núñez.
Además, aclara una confusión frecuente: duelo y depresión pueden coexistir. "Ya no existe la exclusión por duelo, es decir, se puede diagnosticar un episodio depresivo durante un duelo. Duelo y depresión pueden convivir, y distinguirlos es trabajo clínico, no una cuestión de tiempo transcurrido".
¿Qué significa realmente "sanar"?
Pero volvamos al anuncio de Ariana Grande y su decisión de parar para sanar. ¿Qué significa realmente esta palabra desde el punto de vista psicológico? "No significa volver a ser quien eras, ni dejar de sentir dolor al recordar", advierte Carmen Núñez.
En el caso de una experiencia traumática, sanar significa conseguir integrar lo sucedido en nuestra propia historia. "Que pase de ser algo que te invade sin permiso a ser algo que puedes evocar cuando decides, contar de forma ordenada y situar en tu biografía".
Una de las señales de que ese proceso está avanzando aparece cuando el recuerdo deja de desencadenar automáticamente una reacción emocional o fisiológica desbordante. "La persona puede hablar de lo que pasó sin que el cuerpo se le dispare, y puede también no hablar de ello".
Poner palabras a lo ocurrido puede formar parte de este proceso. Núñez recuerda los estudios sobre etiquetado afectivo, que han observado cómo identificar y nombrar las emociones puede ayudar a modular la respuesta emocional.
"Nombrarlo no es un adorno del proceso, es parte del mecanismo", señala. Y de ahí una diferencia fundamental: parar y sanar no son exactamente lo mismo. "Descansar quita el cansancio, no elabora lo vivido".
Alejarse del foco también puede formar parte de la recuperación
En el caso de Ariana Grande existe otro elemento difícil de imaginar para quienes no viven bajo una exposición pública permanente: sentirse observado prácticamente todo el tiempo.
Durante los últimos años, cada aparición de la cantante ha generado comentarios sobre su aspecto, su peso, sus relaciones o su estado de salud. Su representante explicó al anunciar el parón que la artista quería alejarse temporalmente del trabajo y las apariciones públicas después de un "escrutinio público interminable y constante".
"En perfiles donde el producto es la propia persona, el sistema nervioso trabaja anticipando la mirada ajena incluso cuando no hay nadie mirando: se revisa cómo se ha dicho algo, cómo se ha salido en una foto, qué se ha interpretado", explica Carmen Núñez.
Esta vigilancia permanente puede dificultar precisamente la desconexión que necesitamos para recuperarnos. "Retirar el foco durante un tiempo es, muchas veces, la única forma de que ese estado de alerta baje".
Pero no todos los parones son necesariamente reparadores. "La condición es que la pausa tenga contenido", puntualiza la psicóloga. El descanso puede resultar beneficioso cuando existe acompañamiento profesional si se necesita, vínculos personales y una rutina cotidiana que ayude a recuperar estabilidad.
En cambio, "un parón que es solo desaparecer, con aislamiento y sin nadie que sostenga, tiende a empeorar la situación, porque el aislamiento es uno de los factores que lo mantienen".
Y existe otra posibilidad que conviene reivindicar: no esperar a estar completamente desbordados para parar. "Una pausa preventiva, decidida cuando aún se puede decidir, es la versión sana de esto. Interpretar automáticamente que quien para está enfermo es parte del problema".
Las señales que indican que no es solo cansancio
¿Cómo saber si necesitamos simplemente descansar o si ha llegado el momento de pedir ayuda profesional? Carmen Núñez propone una diferencia muy sencilla: "El cansancio mejora con descanso; esto no".
Si después de un fin de semana, unas vacaciones o varios días tranquilos seguimos sintiéndonos igual, conviene prestar atención. Sobre todo si durante más de dos o tres semanas aparecen alteraciones persistentes del sueño, pérdida del impulso para realizar actividades que antes disfrutábamos, problemas de concentración o para tomar decisiones, irritabilidad o llanto frecuentes, síntomas físicos persistentes sin una causa médica que los explique, consumo de alcohol u otras sustancias para dormir o "apagarse", o un progresivo aislamiento de las personas importantes.
Hay, finalmente, una señal ante la que no se debe esperar para comprobar si pasa: pensar que no merece la pena seguir viviendo. "Ahí no hay margen de observación; se pide ayuda ese mismo día, en el propio profesional de referencia o en urgencias", concluye Carmen Núñez.












