Dicen que lo que ocurre en verano es como si no hubiera ocurrido. En realidad, lo dicen en la tele, perdón, y eso tal vez sea porque, como saben, lo que pasa en la pequeña pantalla, es decir, lo que se ve y se cuenta en plató, es como si sucediera en un mundo paralelo, a veces, mentiroso —o idílico— en el sentido más fantasioso del término. Porque lo que ocurre en verano sí importa. Y mucho. Es cuando las obligaciones se relajan y los deseos se acentúan —con lo complicado que es lidiar con ellos—; es cuando vivimos 24 horas con nuestras parejas, con los niños… Es decir, convivimos. Y es cuando todo lo vivimos a flor de piel, especialmente porque la piel está (más) en contacto con el sol, el aire, la naturaleza… El verano de esta pareja ha sido —y no solo por lo que hemos visto en las imágenes, sino por lo que nos transmiten más allá de sus gestos— un verano fabuloso.
De amor, de compañerismo, de relax, de tranquilidad, de calma, de sosiego, de distensión, de familia y de pareja. Y no porque en su vida cotidiana no sea así, sino porque casi siempre han sido tan celosos de su intimidad que no han sido tan "naturales" a la hora de comportarse en público. O al albur de todas las miradas, y especialmente las de la prensa. Ahora, entre tablas de surf y olas, niños, castillos de arena y abrazos —muchos—, apuran en Cádiz los últimos días de agosto.
Amaia Salamanca y Rosauro Varo nos muestran lo enamorados que están una vez más. Aunque, vamos a ver, no nos lo muestran, corregimos: sería más adecuado decir que no tienen reparo en manifestarse cariño en un lugar como la playa, donde pueden ser fotografiados. Esa sería en realidad la información, aunque la noticia sea que, como muy pocas veces antes, la actriz y el empresario se abandonan a las muestras de confianza y amor entre ambos, ahora a plena luz del día.
Siempre celosos de su intimidad, la pareja ha relajado su habitual hermetismo para dejarse llevar por el cariño en público. Unas imágenes que culminan un verano en el que también han viajado a Edimburgo y Vizcaya
Porque hace unas semanas ya lo hicieron. En el concierto de Taburete en la Starlite, confundidos entre el público, coreando las canciones de la banda madrileña, rodeados de amigos como Victoria Federica o Manuel Díaz, El Cordobés, con su mujer, Virginia Troconis… entre abrazos y besos, como una pareja cualquiera en una noche especial. O mejor dicho, como una pareja por la que 16 años de unión y tres hijos de por medio —Olivia, Nacho y Mateo— no hubieran pasado.
Es decir, como dos recién enamorados. Una pareja que ha hecho crecer su amor a lo largo de los años, creando la familia que siempre soñaron y sabiendo divertirse juntos como su volviese a ser el primer día de su historia de amor. Un amor tan consolidado que nunca he tenido intención de pasar por el altar. "No me he casado porque no lo veo necesario. Hay algo en eso de ser tu hombre o tu mujer que me parece que es posesión, como que te ata, y a mí no me gusta. A mí me mola que sea para toda la vida porque lo estamos construyendo, no porque lo hayamos firmado", declaró la actriz hace dos años en el podcast A solas con....de Vicky Martín Berrocal.
Luego, los vimos también, a primera hora de la mañana, yendo a Edimburgo con Olivia, porque la mayor de la casa va a comenzar sus clases en Escocia, y cómo no, de camino a ese rincón de Vizcaya donde, como siempre, desde hace décadas, Amaia Salamanca vuelve a ser solamente "Amaia": Abadiño, donde reconecta con sus raíces y su historia familiar más que en otro sitio y donde este año ha celebrado su 40 cumpleaños.










