Han pasado ya 10 años desde que Lulu Figueroa y Adrián Saavedra se dieron el 'sí, quiero' en Jerez de la Frontera. El 3 de septiembre de 2016, después de seis años de relación, la pintora y el historiador celebraban una boda marcada por los detalles personales, los recuerdos familiares y una estética que se alejaba de las fórmulas más convencionales. Una década después, su vestido continúa siendo uno de los elementos más reconocibles de aquel día. Y ella lo tiene claro: no cambiaría prácticamente nada. "Me volvería a poner ese vestido mil veces. A lo mejor si hoy me lo pusiera otra vez el pelo estaría suelto, o me maquillaría los labios en otro color o los zapatos serían diferentes. Pero no cambiaría nada de mi vestido", cuenta ahora Lulu Figueroa a ¡HOLA! Novias.
Una boda familiar en Jerez
Para celebrar su enlace, Lulu y Adrián escogieron Jerez de la Frontera, una tierra estrechamente ligada a la familia de la novia y a muchos de sus recuerdos de infancia. El escenario fue la finca Santiago, perteneciente a su familia materna y un lugar en el que había pasado largas temporadas junto a sus primas Alejandra, Eugenia y Claudia Osborne y Ana Cristina Portillo, hijas de Sandra Domecq.
Tanto la ceremonia como la posterior celebración se desarrollaron al aire libre. Un grupo de cuerda acompañó algunos de los momentos más importantes: la Sarabande de Händel sonó durante la llegada de los novios y la Obertura 1812, de Tchaikovsky, al finalizar la ceremonia. También hubo momentos especialmente emotivos. Los hermanos de Lulú leyeron un poema dedicado a los recién casados —"Casi me hicieron llorar, fue muy bonito", reconocería después— y fueron ellos quienes regalaron a la pareja las alianzas.
Un vestido creado en solo tres meses
Si hay una pieza que sigue definiendo aquella boda una década después, es el vestido de novia. Lulu confió en Cristina Martínez-Pardo Cobián, alma de Navascués, para crear un diseño que respiraba a gritos su personalidad: de organza tundra, con bordados de hilo de seda y flores en relieve de color rosa. "Quería que fuera mi vestido y que transmitiera cómo soy yo; por eso tenía muy claro que iba a tener flores bordadas". Lulu arriesgó y triunfó y, a día de hoy, no se arrepiente de su decisión.
Aquellas flores escondían, además, un significado especialmente sentimental que permite entender mejor por qué el vestido sigue representándola diez años después. "El vestido fuimos haciéndolo entre Cristina y yo, con los colores que me gustaban y más me favorecían, y el bordado de flores estaba inspirado en un mantón que me regaló hace tiempo mi abuela Ana Cristina", nos cuenta. El recuerdo de su abuela materna quedaba así integrado en el diseño de una manera discreta, sin necesidad de recurrir a una pieza heredada.
El proceso de creación de un vestido de novia es emocionante y retador a partes iguales y para ella no fue una excepción: "Me encantó el proceso. Solo teníamos tres meses, pero lo preferí así. Cuando hay mucho tiempo, corres el riesgo de cambiar de opinión y, la verdad, Cristina me conocía muy bien y el vestido fue creándose solo entre nosotras". ¿El resultado? El esperado por Lulu: romántico y bucólico, con el que consiguió captar todas las miradas y con el que todavía, diez años después, sigue siendo inspiración para todas las novias que se enfrentan a una de las decisiones más importantes de su vida.
Un ramo recogido aquella misma mañana
Las flores volvieron a tener protagonismo en el ramo. Estaba realizado con buganvillas recogidas aquella misma mañana en la finca Santiago, con las que Enea creó una composición estrechamente conectada con el lugar en el que se celebraba el enlace.
La elección tenía además un componente sentimental: su madre, Lucila Domecq, también había recurrido a flores recogidas en el campo para su propio ramo de novia. Lulu quiso repetir aquel gesto y, después de la ceremonia, repartió las flores del suyo entre sus damas de honor.
Fueron siete las mujeres que desempeñaron ese papel: sus primas Claudia Osborne y Ana Cristina Portillo; Elena y Marina, hermanas de Adrián; y sus amigas Raquel Sánchez, Alejandra Domínguez y Mar Crespo. Todas vistieron de rosa.
Una joya de su abuela y dos ausencias importantes
La artista completó su vestido con un moño de bailarina texturizado y unos zapatos de salón de tacón a juego, en color rosa. Aunque el resultado no pudo ser más perfecto, ella misma nos confiesa que si hoy se lo pusiera otra vez, llevaría el pelo suelto, se maquillaría los labios de otro color o los zapatos serían diferentes.
Las joyas también tuvieron un significado especial. Además de su anillo de compromiso, un solitario de Tiffany & Co., para la boda se creó un earcuff inspirado en una estrella fugaz que combinaba oro blanco y rosa, diamantes y zafiros rosas de Madagascar.
Pero hubo una pieza todavía más sentimental. Su abuela paterna, Aline Griffith, condesa viuda de Romanones, le prestó una joya de su colección para que la llevara aquel día, aunque nunca trascendió cuál había sido la elegida. Aline no pudo desplazarse hasta Jerez debido a su avanzada edad. Tampoco pudo acompañar a Lulu su padre, Álvaro Figueroa, conde de Romanones, que se encontraba recuperándose del ictus que había sufrido.









