Vicky Martín Berrocal reivindica bajar el ritmo en vacaciones y los psicólogos la aplauden: "Ahora me apetece parar"


La diseñadora nos invita a entender el descanso no como tiempo perdido, sino como una forma de autocuidado que también merece un lugar en nuestras prioridades.


Vicky Martín Berrocal© Getty Images
4 de agosto de 2026 a las 18:35 CEST

Oficialmente, las vacaciones son ese momento del año en el que dejamos de mirar el reloj, pero no siempre conseguimos dejar de correr por dentro. Después de meses marcados por las obligaciones, los proyectos y la sensación permanente de tener que llegar a todo, muchas personas descubren que desconectar no resulta tan sencillo como parecía. Parar exige un cambio de ritmo físico, pero también mental, y eso requiere un aprendizaje que no siempre hemos desarrollado.

Vicky Martín Berrocal se adelanta al verano con un caftán blanco en Capri, Italia, 2026.© vickymartinberrocal

Esa es precisamente la reflexión que comparte Vicky Martín Berrocal en una publicación en sus redes sociales, donde anuncia el comienzo de sus vacaciones con un mensaje muy alejado del típico propósito de "aprovechar el verano al máximo". Tras definir el último año como apasionante y profundamente satisfactorio, reconoce que también ha sido un periodo de crecimiento personal, en el que ha aprendido a escucharse, a priorizarse y a cuidarse "como nunca antes". Además, destaca otra decisión que considera determinante: haber dejado de fumar, uno de los cambios de los que se siente más orgullosa.

Sin embargo, el mensaje va mucho más allá del balance personal. La diseñadora reivindica el derecho a parar sin culpa. Confiesa que ahora le apetece aburrirse, despertarse sin despertador, comer cuando tenga hambre, leer, pasear o, simplemente, quedarse en casa sin la sensación de estar perdiéndose algo. Una idea que cuestiona la presión social que convierte incluso las vacaciones en una carrera por hacer más planes, visitar más lugares o exprimir cada minuto libre.

Vicky Martín Berrocal se adelanta al verano con un caftán blanco en Capri, Italia, 2026.© vickymartinberrocal

Un verano para recuperar espacios de silencio

Su reflexión conecta con una necesidad cada vez más extendida: recuperar espacios de silencio en una sociedad que premia la hiperactividad. "Quizá este verano el mejor lugar no sea el destino de moda. Quizá sea tu casa. Tu familia. Tu sofá. Tu silencio", escribe. Una invitación a entender el descanso no como tiempo perdido, sino como una forma de autocuidado que también merece un lugar en nuestras prioridades.

¿Por qué nos cuesta tanto desconectar incluso cuando llegan las vacaciones? ¿Qué beneficios psicológicos tiene permitirse no hacer nada? ¿Es realmente saludable aburrirse de vez en cuando? Para responder a estas preguntas hemos hablado con Alfredo Rodríguez Muñoz, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, director del Departamento de Psicología Social, del Trabajo y Diferencial y experto en sueño, bienestar y salud laboral, quien explica por qué desconectar durante las vacaciones no es un lujo, sino una necesidad para proteger la salud mental y recuperar los recursos psicológicos que el estrés cotidiano va consumiendo.

Mujer feliz en un coche viajando en vacaciones© Getty Images

¿Por qué son tan fundamentales las vacaciones?

Las vacaciones son importantes porque interrumpen temporalmente el ritmo de exigencia y disponibilidad permanente en el que solemos vivir. Durante buena parte del año respondemos a horarios, obligaciones, mensajes y necesidades ajenas. "Las vacaciones nos devuelven algo esencial para el bienestar: la posibilidad de decidir qué hacemos con nuestro tiempo", afirma. 

No es solo una intuición. Tal como nos cuenta el especialista en psicología, un estudio de 2025 concluyó que las vacaciones producen una mejora considerable del bienestar. Aunque parte de ese efecto disminuye al regresar a la rutina, los autores estimaron que los beneficios pueden tardar alrededor de seis semanas en desaparecer por completo. No es una duración universal, pero sí indica que el efecto positivo puede prolongarse más de lo que se pensaba. La desconexión mental y la actividad física fueron dos de los elementos más relacionados con una mejor recuperación.

También recuerda que el periodo estival nos permite observar nuestra vida desde cierta distancia. A veces no sabemos lo cansados que estamos hasta que paramos. Sin embargo, no hacen milagros: unas semanas no pueden reparar por completo una forma de vida que nos desgasta durante todo el año. Las vacaciones no deberían ser el único lugar de nuestra vida en el que nos permitimos vivir.

mujer sentada en la playa relajada© Adobe Stock

¿Qué le pasa a nuestro cerebro cuando paramos y descansamos?

El cerebro no se apaga cuando descansamos, cambia de modo de funcionamiento. Cuando estamos ocupados, la atención se concentra en resolver tareas, tomar decisiones y responder a estímulos externos. Al parar, disminuye esa exigencia y cobran protagonismo procesos más espontáneos: recordar, ordenar experiencias, imaginar el futuro o conectar ideas que aparentemente no tenían relación. También se reduce progresivamente el estado de alerta y recuperamos recursos mentales y emocionales.

"Descansar significa liberar al cerebro durante un tiempo de la obligación de responder. Cuando dejamos de exigirle que produzca constantemente, le damos la oportunidad de ordenar e integrar lo que hemos vivido", explica. 

Mujer relajada junto a una piscina© Getty Images

¿Y si no somos capaces de desconectar?

A veces podemos cambiar de paisaje sin cambiar de ritmo interior. "Hay personas que llegan a la playa, pero continúan repasando pendientes, anticipando problemas, comprobando el teléfono o intentando aprovechar cada minuto. Sustituyen la agenda cotidiana por otra agenda vacacional igualmente exigente: hay que visitar todo, hacer fotografías, comer en los mejores lugares y conseguir que cada día sea memorable", señala Alfredo Rodríguez Muñoz.

No desconectar inmediatamente no significa que las vacaciones hayan fracasado. El organismo necesita un periodo de transición, no sabemos pasar de la aceleración a la calma simplemente porque hayamos cerrado una maleta. "Algunos estudios plantean que en promedio tardamos una semana en poder desconectar realmente", indica. 

El problema aparece cuando la inquietud se mantiene, somos incapaces de disfrutar sin sentir culpa o necesitamos buscar estímulos constantemente. En esos casos, "las vacaciones no crean necesariamente el malestar. Muchas veces lo que hacen es dejarlo al descubierto. Cuando desaparece el ruido exterior, empezamos a escuchar lo que llevábamos meses evitando", alerta el catedrático de psicología.

Mujer tumbada en la arena de la playa relajada© Getty Images

¿Por qué hay personas que no consiguen dejar de pensar en el trabajo?

A esta pregunta nos responde que desconectar no es únicamente una cuestión de voluntad. Influyen las responsabilidades laborales y familiares, las preocupaciones económicas, la dificultad para delegar y la certeza de que los problemas seguirán esperando al regreso. No descansa igual quien sabe que todo puede esperar que quien teme encontrarse después con una montaña de obligaciones.

También intervienen el perfeccionismo, la necesidad de control y la identificación excesiva con la productividad. En los casos más extremos puede aparecer la adicción al trabajo: no consiste simplemente en trabajar muchas horas o disfrutar del trabajo, sino en sentir una necesidad interna difícil de controlar de estar trabajando continuamente. Cuando la persona intenta parar, pueden aparecer inquietud, irritabilidad o culpa, como si descansar fuese una irresponsabilidad. 

Algunas personas han aprendido a valorar el día, y, en cierto modo, a valorarse a sí mismas, por la cantidad de cosas que han hecho. Cuando no tienen una tarea, no sienten libertad, sino la incómoda sensación de estar perdiendo el tiempo. "Si llevamos años midiendo nuestro valor por lo que producimos, dejar de hacer puede hacernos sentir culpables", advierte este experto. 

A esto se suma el teléfono, que ha eliminado prácticamente todos los tiempos muertos. Ya no esperamos, no contemplamos y apenas dejamos que la mente divague. Nos hemos acostumbrado tanto a estar ocupados que, cuando por fin tenemos tiempo, no siempre sabemos qué hacer con él. Para algunas personas, descansar no resulta difícil porque no estén cansadas, sino porque han aprendido a sentirse culpables cuando no están produciendo.

Turista sentada en un columpio de madera disfrutando de un momento de felicidad © Getty Images

Consejos para aprender a parar y aburrirse en vacaciones

Lo primero sería no convertir el descanso en una nueva obligación. Cuanto más nos exigimos relajarnos, disfrutar y aprovechar cada instante, más difícil resulta conseguirlo. No todos los días de vacaciones tienen que ser inolvidables.

Conviene dejar deliberadamente algunos espacios sin organizar y reducir la estimulación de forma gradual: pasear sin auriculares, alargar una sobremesa, mirar el paisaje o pasar un rato sin consultar el teléfono. Al principio puede aparecer inquietud. No significa que estemos perdiendo el tiempo, sino que nuestro cerebro se ha acostumbrado a recibir novedades constantemente.

Mujer en un hotel en vacaciones© Getty Images

De hecho, un conocido estudio publicado en Science mostró hasta qué punto nos incomoda la ausencia de estímulos. Los participantes debían permanecer entre 6 y 15 minutos sin ninguna actividad, simplemente a solas con sus pensamientos. En una de las pruebas, algunas personas prefirieron administrarse una pequeña descarga eléctrica antes que continuar sin hacer nada. 

También conviene permitir que aparezca cierto aburrimiento sin correr a anestesiarlo con el teléfono. Aburrirse significa que, por un momento, nada exterior reclama por completo nuestra atención. Ese espacio permite que la mente divaguerecupere recuerdos, imagine posibilidades y vuelva sobre los problemas desde ángulos diferentes. Es lo que se conoce como incubación: dejamos de buscar conscientemente una respuesta y pueden surgir asociaciones nuevas.

Por eso algunas ideas aparecen caminando, duchándonos o mirando por la ventana. La investigación reciente sugiere que no es el aburrimiento extremo lo que más favorece este proceso, sino las actividades sencillas y moderadamente estimulantes: ocupan una parte de nuestra atención, pero dejan suficiente libertad para que la mente divague. A veces nos aburrimos porque no está pasando nada fuera, pero precisamente entonces pueden empezar a pasar cosas dentro.

No se trata de idealizar el aburrimiento permanente, sino de recuperar la tolerancia a los momentos en los que aparentemente no sucede nada. No siempre necesitamos hacer más para sentir que estamos viviendo, a veces necesitamos dejar de hacer para volver a sentir.