La psicología dice que las personas que piensan en voz alta regulan mejor sus emociones
La psicóloga sanitaria Izaskun Basterra explica por qué verbalizar lo que pensamos puede ayudarnos a procesar una emoción y responder de manera menos impulsiva.
Llegas a casa después de una discusión y, cuando por fin estás sola, empiezas a reconstruir lo sucedido. "No tendría que haber contestado así", "en realidad, lo que me ha molestado ha sido esto", "mañana hablaré con él con más calma". No hay nadie escuchando, pero mantienes una conversación contigo misma en voz alta que, lejos de ser absurda, puede estar ayudándote a entender qué te ocurre.
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"Hablar con uno mismo forma parte del funcionamiento habitual del pensamiento humano", explica Izaskun Basterra, psicóloga sanitaria. Es algo que hacemos casi todos, aunque nos dé cierto apuro reconocerlo. Y aparece especialmente cuando necesitamos procesar una situación emocional, por ejemplo, después de una discusión a la que seguimos dando vueltas.
Lo interesante es que esas palabras que pronunciamos casi sin darnos cuenta pueden cumplir una función. Expresar en voz alta lo que sentimos nos obliga a convertir ese revoltijo de pensamientos y emociones en un discurso más organizado. Y ese pequeño cambio puede influir en cómo reaccionamos.
Poner palabras a una emoción puede cambiar nuestra reacción
Cuando estamos muy enfadados, preocupados o nerviosos es fácil actuar desde la emoción del momento. Contestamos un mensaje inmediatamente, damos por hecho lo que otra persona está pensando o tomamos una decisión que, unas horas después, vemos de otra manera.
Verbalizar lo que nos ocurre introduce un paso intermedio entre sentir y actuar. "Si utilizamos un diálogo interno positivo, es más fácil reducir la intensidad emocional, poner nombre a lo que sentimos, en cierto modo procesarlo, y responder de manera menos impulsiva", señala Basterra.
Y es que no es lo mismo sentir simplemente "estoy fatal" que escucharnos decir: "Estoy enfadada porque esperaba otra respuesta" o "Estoy nerviosa porque mañana tengo una reunión importante". En el segundo caso estamos identificando qué sentimos y por qué.
Además, según explica la especialista, cuando hablamos con nosotros mismos se activan no solo zonas relacionadas con el lenguaje, sino también estructuras vinculadas con la atención, la memoria de trabajo y las funciones ejecutivas, las mismas capacidades que intervienen a la hora de planificar, resolver problemas o controlar nuestros impulsos. Al poner palabras a los pensamientos, el cerebro puede organizar y procesar mejor la información.
Imaginemos que hemos cometido un error en el trabajo. Podemos pasar el camino de vuelta a casa repitiéndonos: "Siempre lo hago todo mal, soy un desastre". O podemos reconocer lo sucedido de otra manera: "Me he equivocado, estoy preocupada por las consecuencias, pero mañana veré cómo solucionarlo". La situación es la misma. El diálogo, no.
Basterra explica que hablarnos de forma amable y darnos ánimo puede favorecer la motivación y la confianza. "No tiene el mismo efecto hablarse con apoyo y comprensión que hacerlo desde la autocrítica", señala.
Por eso, más que preguntarnos si hablar solos es bueno o malo, quizá resulte más interesante escuchar qué nos estamos diciendo cuando nadie más nos oye. Porque ese discurso puede convertirse en una forma de acompañarnos ante una dificultad, pero también en una sucesión de reproches que alimenta el malestar.
También puede ayudarnos cuando tenemos que decidir
Hay otra situación en la que solemos recurrir espontáneamente a las palabras: cuando no sabemos qué hacer. "Por un lado podría aceptar este trabajo, pero por otro tendría que renunciar a aquello...". Decirlo en voz alta puede parecer simplemente pensar hablando, pero obliga a construir un razonamiento.
"Verbalizar una idea obliga a organizar la información, considerar alternativas y llevar a cabo un proceso más reflexivo", explica Basterra. De ahí que pueda ser una herramienta útil cuando tenemos que tomar decisiones.
Ponte en alerta si pierdes control sobre las voces
Hay, finalmente, un dato a tener en cuenta. Una cosa es discutir con nosotros mismos, animarnos o ensayar una conversación sabiendo perfectamente que somos nosotros quienes estamos hablando. Otra distinta es percibir voces como ajenas o creer que proceden de alguien o algo externo.
Mientras existe conciencia y control sobre ese diálogo, Basterra explica que se trata de una conducta normal y que incluso puede resultar adaptativa.
En cambio, conviene consultar con un profesional si aparecen voces que se perciben como ajenas, existe un sufrimiento intenso, se producen cambios importantes en el comportamiento o el contacto con la realidad, o esta conducta aumenta bruscamente y comienza a afectar al trabajo, las relaciones o la vida cotidiana.