Tony Leblanc fue uno de los cineastas más aclamados del séptimo arte español y, consolidado como el 'rey' del cine de comedia de nuestro país, marcó el ritmo de la gran pantalla durante la década de los 60, con más de 150 títulos firmados o protagonizados por él. Además, el también actor fue uno de los rostros más reconocidos de la televisión hasta su fallecimiento en el año 2012 a sus 90 años a causa de un paro cardíaco y, a pesar de ser uno de los nombres más importantes del ámbito cultural de España, fue especialmente celoso de su ámbito personal y trató de mantenerlo lo más alejado del foco mediático posible.
Ahora, catorce años después de su muerte, su nieto Richy ha roto su silencio en el programa Y ahora Sonsoles para recordar al que fue una de las mayores figuras del cine —más allá también de nuestras fronteras— para descubrir cómo era una vez las cámaras dejaban de rodar; algo, hasta ahora, inédito, puesto que su familia siempre se ha mostrado inquebrantablemente hermética.
Las palabras de Richy Leblanc
Con un inquebrantable respeto y muy emocionado por recordar a su abuelo, Richy se ha sentado con Sonsoles Ónega tras años alejado de la televisión para descubrir el lado más desconocido de Tony Leblanc, subrayando que el arte le atravesó mucho más allá de la actuación. Comenzando desde, literalmente, el principio, el nieto del actor ha explicado que su bisabuela "rompió aguas en el Museo del Prado" y "luego ya hizo toda su vida ahí", recordando esta etapa incluso cuando fue profesor de claqué.
Bailarín, actor y cineasta no fueron sus únicas facetas artísticas, también marcaba el ritmo con las decenas de pasodobles que compuso. "Él tenía ese talentazo para un montón de cosas", ha asegurado Richy ante una asombrada Sonsoles. "Hizo discos como Paloma, Palomita, Palomera", ha explicado, indicando que "el más famoso es el de Cántame un pasodoble español".
Sin embargo, la parte más emocionante de su conversación ha tenido lugar cuando Richy ha recordado su infancia junto a su abuelo, la cual estuvo marcada por las graves secuelas con las que Tony Leblanc lidió tras su accidente de tráfico en 1983. "La época en la que yo era niño, yo crecí viendo a mi abuelo recuperándose con muchas pastillas para los dolores", asegura, subrayando de "duro" el ver a un ser querido atravesar esa situación.
Sin embargo, Tony pareció recuperar parte de su brillo gracias a Santiago Segura, quien le llamó para su ópera prima, la saga de Torrente, quien también ha participado por sorpresa en esta conversación, recordando con orgullo a su ídolo. "Él estaba todo el rato 'Santiago, estoy muy agradecido. Tú me has resucitado para el cine'", ha confesado el cineasta.
Una vida de película
Tony Leblanc —de nombre original Ignacio Fernández Sánchez— es considerado una de las grandes leyendas de toda la historia del cine de nuestro país. Nació el 7 de mayo de 1922 en el Museo del Prado (Madrid), tal y como afirmaba en su autobiografía, donde subrayaba que pasó los primeros instantes de su vida en la sala de tapices de Goya del mencionado museo, ya que se trataba del lugar de trabajo de su padre —quien desempeñaba las funciones de vigilante nocturno—.
Fue ahí donde tuvo él su primer oficio como ascensorista, el cual comenzó a sus 12 años, antes de descubrir sus dos grandes pasiones —la actuación y el boxeo, aunque fue campeón como bailarín de claqué— y decidir apostar por sus sueños. En cuanto al deporte, se proclamó campeón de los pesos ligeros amateurs de Castilla; mientras que su debut como actor trabajó para la compañía de Celia Gámez y, más tarde, en la de Nati Mistral —con quien mantuvo una relación amorosa antes de casarse con la bailarina sevillana Isabel Páez de la Torre, con quien estuvo casado 63 años y con quien tuvo 8 hijos—.
Fue a finales de la década de los 40 —aunque fue hasta los años 60 cuando comenzó a ganar reconocimiento— cuando dio el salto a la gran pantalla consolidándose como el galán idílico al que no le falta el sentido del humor, destacando el cine de comedia como su fuerte principal. Las chicas de la Cruz Roja, Amor bajo Cero, El día de los enamorados o Los tramposos fueron algunos de los títulos más destacados de su filmografía —los tres primeros protagonizados junto a su eterna compañera de carrera, Concha Velasco—, compuesta por más de un centenar de películas.
En 1976, con el estreno de Tres suecas para tres Rodríguez —firmada por Pedro Lazaga—, parecía que sería la última vez que Tony Leblanc protagonizaría un filme para la gran pantalla. Sin embargo, dos décadas después, en 1998 —15 años después del gravísimo accidente que le dejó impactantes secuelas—, reaparecía de la mano de Santiago Segura en el proyecto que cambió la trayectoria del joven cineasta, la saga de Torrente, donde interpretó al padre del protagonista en las cuatro primeras películas de esta historia —la última fue estrenada en el 2011, un año antes de su fallecimiento—.
No solo fue uno de los actores más queridos por el público, sino que fue uno de los más aclamados por la crítica y así lo respalda el palmarés que lleva su nombre. Tony Leblanc recibió su primer premio Goya en 1993, cuando la Academia Española de las Artes y las Ciencias Cinematográficas lo reconoció con el galardón Honorífico al conjunto de su carrera. Cuatro años después, volvía a subirse en el escenario de la gran noche del cine español a mejor actor de reparto por Torrente, el brazo tonto de la ley. También recibió La Medalla al Mérito en el Trabajo (1980), la Medalla de Oro al Círculo de Bellas Artes o el Premio de Interpretación del Sindicato del Espectáculo, entre otros.









