José Luis Martínez-Almeida contó en una entrevista con Vicky Martín Berrocal que tiene una manía muy concreta cuando se sienta a comer: ordenar la mesa. Cubiertos, platos, vasos. Incluso en comidas tan protocolarias como las del Palacio Real, el alcalde de Madrid reconocía que acaba colocando todo a su manera porque necesita esa sensación de orden.
La escena resulta curiosa, pero también muy reconocible. Quizá no todos ordenamos los cubiertos antes de comer, pero muchas personas tienen pequeños rituales antes de sentarse a la mesa: colocar el vaso en un lado concreto, cortar la comida de una forma determinada, mirar el plato antes de empezar o necesitar que todo esté "en su sitio" para poder disfrutar.
Por eso, es inevitable que nos preguntemos: ¿son simples manías o dicen algo de nuestra relación con el control? David Berniger, psicólogo nutricionista, fundador de Clínica Berniger y creador del Método Ankshu (un sistema integral de transformación física y emocional), nos lo explica. "Muchas veces es simplemente un hábito, igual que hay personas que siempre se sientan en el mismo lugar o colocan el vaso en una posición determinada", señala. El problema aparece cuando ese gesto se vuelve imprescindible para sentirse bien o surge con más fuerza en etapas de estrés.
La comida empieza antes del primer bocado
Para Berniger, sentarse a comer no empieza cuando cogemos el tenedor, sino mucho antes. "En consulta suelo decir que la comida empieza mucho antes del primer bocado. Empieza en cómo nos sentamos, en cómo respiramos y en el estado mental con el que llegamos a la mesa", explica.
Cuando una persona atraviesa un momento de incertidumbre, el cerebro busca pequeñas señales de seguridad. Ordenar los cubiertos, colocar el vaso o ajustar el plato puede convertirse en una forma sencilla de recuperar calma. El gesto en sí no tiene por qué ser preocupante. La clave está en cómo lo vivimos. "Lo importante no es el gesto, sino la libertad con la que lo vivimos. Si un día no podemos hacerlo y no pasa nada, hablamos de un hábito. Si genera ansiedad o incomodidad, merece la pena preguntarse qué necesidad emocional está cubriendo", apunta.
La relación con la comida no se entiende solo mirando el menú. A veces se ve mejor en los detalles pequeños. Berniger cuenta que, tras años acompañando a personas en procesos de cambio, ha aprendido a observar esos gestos que suelen pasar desapercibidos. "Hay quien corta todo en trozos idénticos antes de empezar, quien necesita dejar siempre el plato completamente limpio, aunque ya esté saciado, quien pesa cada alimento con una precisión absoluta o quien come tan deprisa que apenas recuerda lo que ha ingerido", explica.
También está el otro extremo. Esas personas que comen con el móvil en la mano, contestan mensajes, o ven una serie y terminan el plato sin haber conectado con lo que estaba ocurriendo.
El experto insiste en que estas conductas no son buenas ni malas por sí mismas. Funcionan como pequeñas pistas. Pueden hablar de estrés, ansiedad, autocuidado, prisa o necesidad de control. Y cuando se entiende qué hay debajo, el cambio se vuelve mucho más profundo.
Los beneficios de comer con atención plena
Comer con presencia o atención plena (lo que se conoce como "mindful eating") parece una idea sencilla, pero muchas personas llegan a la mesa con la cabeza todavía en otra parte. El cuerpo se sienta delante del plato, pero la mente sigue en el trabajo, en el móvil o en la lista de cosas pendientes. "Vivimos con tanta prisa que muchas personas empiezan a comer antes incluso de que su mente haya llegado a la mesa", señala Berniger. Por eso, algunos gestos pueden ayudar.
Sentarse unos segundos, respirar, dejar el teléfono a un lado o mirar el plato antes de empezar cambian el ritmo. No hace falta convertir la comida en una ceremonia complicada. Basta con darle unos minutos de atención. En mi caso, por ejemplo, cuando me inicié en el mundo de la meditación, probé las prácticas de comer con atención plena masticando despacio y usando todos los sentidos para saborear y me ayudaron mucho a mejorar la digestión y la ansiedad. Pero incluso el simple hecho de colocar en orden los cubiertos puede ayudarnos a esa conexión con el presente.
Cuando comemos con más presencia, solemos percibir mejor el sabor, disfrutamos más y reconocemos antes la saciedad. En el Método Ankshu, resume Berniger, no solo importa qué comes, sino también desde qué estado físico y emocional lo haces.
Cuándo un ritual deja de ser una ayuda
La palabra clave, según el psicólogo nutricionista, es flexibilidad. Un ritual saludable acompaña, pero no manda. Podemos hacerlo, cambiarlo o saltárnoslo un día sin que eso nos altere demasiado. En cambio, cuando una persona siente que no puede comer si la mesa no está perfecta, si los cubiertos no están en un orden concreto o si necesita repetir una conducta para tranquilizarse, el ritual empieza a convertirse en obligación. "Siempre digo que los hábitos saludables deberían darnos más libertad, no menos", explica Berniger.
La diferencia es importante. Ordenar los cubiertos puede ser una costumbre, una forma de empezar la comida con calma o incluso un pequeño gesto heredado de una etapa concreta, como le ocurre a Almeida con su época de opositor. Pero si ese gesto se vuelve rígido, genera ansiedad o condiciona la comida, conviene mirar un poco más allá. Quizá estemos intentando ordenar una emoción a través de otra acción.








