El miedo a la bata blanca, al dolor o a lo desconocido pueden retrasar la visita al odontólogo tanto en niños como en mayores. No es una situación deseable desde el punto de vista de la salud, especialmente en población pediátrica, donde las afecciones pueden complicarse más rápido.
Hablamos con la Dr. Irene Esteve, odontóloga y experta en estética dentofacial, para que nos aclare cómo superar esa odontofobia en niños y adolescentes.
Funciona muy bien pactar una señal de stop, levantar la mano, y respetarla de verdad la primera vez que la usa: ahí comprueba que manda él
¿Qué es lo que más temen los niños cuando saben que tienen que ir al dentista?
Lo desconocido, por encima de todo. Un niño no teme el empaste, teme no saber qué le van a hacer, cuánto va a durar y si le va a doler. A eso se suma la sensación de perder el control: está tumbado, con la boca abierta, sin poder hablar y con alguien muy cerca de su cara. Los ruidos y los olores de la clínica hacen el resto, porque son muy reconocibles y el cerebro los asocia enseguida con algo desagradable.
Y hay un factor del que hablo mucho con los padres: buena parte del miedo llega de casa. Si el niño ha oído "si no te lavas los dientes, te va a doler en el dentista", o si alguien de la familia cuenta delante de él lo mal que lo pasó, ya viene con el miedo en el cuerpo antes de entrar. Nunca hay que usar al dentista como amenaza o como castigo.
¿A qué edad suele empezar ese miedo?
Hay que distinguir dos cosas. En los más pequeños, hasta los dos o tres años, lo que vemos no es miedo al dentista, sino la reacción normal ante un desconocido y ante la separación de sus padres: lloran igual en la revisión del pediatra. El miedo propiamente dicho suele aparecer en edad preescolar, entre los tres y los seis años, que es cuando ya entienden el relato de los adultos, anticipan y, si han pasado por una experiencia dolorosa, la recuerdan.
En la adolescencia el miedo cambia de forma: se vuelve más social y más estético; les preocupa que se les vea la boca, que se les juzgue, la anestesia o los aparatos. Como madre de dos hijos, sé que se transmite sin querer, incluso con el tono de voz. Por eso, la mejor prevención es que el niño conozca la consulta muy pronto, cuando no le duele nada.
¿Qué técnicas se utilizan para que el niño o el adolescente superen ese miedo a la consulta dental?
La primera y más eficaz es "explicar, enseñar y hacer": se le cuenta lo que vamos a hacer con palabras que entienda, se le enseña el instrumento, se prueba en su mano o en su uña y solo después se hace. Nada de sorpresas. El lenguaje importa muchísimo: nunca decimos aguja ni taladro, y nunca prometemos que no va a notar nada, porque si lo nota habremos perdido su confianza para siempre.
Funciona muy bien pactar una señal de stop, levantar la mano, y respetarla de verdad la primera vez que la usa: ahí comprueba que manda él. Después, citas cortas, a primera hora, empezando por lo más sencillo para ir acumulando experiencias buenas; refuerzo positivo, distracción con música o pantallas, y unos padres presentes pero tranquilos. Yo lo digo siempre: al paciente con miedo no se le convence, se le acompaña. Con los niños, todavía más.
¿Hay algunas situaciones que provocan más dolor o sensibilidad oral en los niños?
Sí, y conviene conocerlas porque explican muchos llantos que se interpretan como caprichos. La propia erupción dentaria molesta, sobre todo la de los molares. Las aftas y las infecciones víricas de la boca, como la gingivoestomatitis, provocan un dolor intenso durante unos días. Hay niños con una alteración del esmalte, la hipomineralización incisivo-molar, cuyos molares salen frágiles y muy sensibles al frío y al cepillado; son dientes que duelen antes y en los que anestesiar es más difícil, así que si no se detecta a tiempo el niño acumula malas experiencias.
También aumentan la sensibilidad la respiración bucal, que reseca e inflama las encías, ciertos tratamientos médicos que provocan llagas o sequedad de boca, y algunas discapacidades en las que hay hipersensibilidad sensorial, reflujo o bruxismo. En todos estos casos el abordaje debe ser el de un odontopediatra, que es quien tiene la formación específica.
¿Suele retrasar este miedo las revisiones o intervenciones necesarias en la edad pediátrica?
Muchísimo, y con un agravante: el niño no pide cita, la piden los padres. Cuando el miedo del niño se junta con la agenda familiar o con el miedo del propio adulto, la revisión se va aplazando hasta que aparece el dolor. Y ese es el peor escenario posible, porque la primera visita acaba siendo de urgencia, con un niño dolorido y un tratamiento que no se puede posponer.
Además, en los dientes de leche la caries avanza más rápido, porque el esmalte es más fino, así que lo que en septiembre era una mancha puede ser en diciembre un nervio afectado. Por eso insisto tanto en la revisión de la vuelta al cole: los dientes de leche no son un ensayo, son la guía de los definitivos, y descuidarlos porque "se van a caer igual" es uno de los errores más frecuentes que veo.
¿En qué casos está indicado que el niño reciba sedación o cualquier otra técnica que aminore su estrés y su miedo en la consulta?
La sedación no es el primer recurso ni un atajo para ir más rápido: es una herramienta para cuando las técnicas de manejo de la conducta no bastan y el niño necesita un tratamiento que no puede esperar. Se plantea, valorada siempre por un odontopediatra, en niños con ansiedad muy alta que impide trabajar con seguridad, en los muy pequeños con varios dientes afectados, cuando hay que hacer intervenciones largas o quirúrgicas, en pacientes con discapacidad o condiciones que dificultan la colaboración y en casos de reflejo nauseoso muy marcado.
¿Qué condiciones de seguridad precisa la sedación en consulta odontológica para niños?
Prefiero responder a esto con prudencia, porque los requisitos concretos los fija la normativa sanitaria y varían según la técnica y la comunidad autónoma. Como criterio general, una sedación pediátrica exige una valoración médica previa del niño, con su historia clínica y sus alergias; un consentimiento informado explicado y firmado por los padres; el ayuno que corresponda a la técnica; y un profesional cualificado para administrarla, que en la sedación profunda y en la anestesia general debe ser un anestesiólogo.
Además, monitorización durante todo el procedimiento, oxígeno y equipo de reanimación disponibles, personal formado en soporte vital pediátrico, una zona de recuperación y unos criterios claros de alta. Mi consejo a las familias es que pregunten sin ningún reparo quién va a sedar a su hijo, con qué técnica y con qué medios.
¿Cómo es el abordaje con niños con discapacidad o neurodivergentes para los que la consulta dental puede ser un reto más difícil? ¿Aconsejas profesionales especializados en esta población?
Sí, lo aconsejo sin dudarlo: hay odontopediatras con formación específica en pacientes con necesidades especiales y unidades hospitalarias preparadas para ello, y es donde mejor van a estar.
¿Cuáles son las intervenciones odontológicas más frecuentes en edad pediátrica?
Lo más frecuente, con diferencia, es lo preventivo: revisiones, limpiezas, aplicaciones de flúor y selladores en los molares definitivos, que son surcos donde la caries entra con facilidad. Después vienen los empastes en molares de leche, y cuando la caries ha llegado al nervio, las pulpotomías y las coronas pediátricas, que permiten conservar la pieza hasta que le toque caerse. También son habituales las extracciones de dientes temporales y los mantenedores de espacio, que evitan que los dientes vecinos se desplacen y compliquen la salida del definitivo.
Otro clásico es el traumatismo en los incisivos: caídas, bicicleta, deporte. Y por último la ortodoncia. La primera valoración suele hacerse a partir de los seis o siete años, cuando erupcionan los primeros molares permanentes, porque detectar pronto una mordida que no encaja permite intervenir mientras el hueso todavía está creciendo, y entonces todo es mucho más sencillo.










