Siempre hemos asociado la longevidad a hábitos como seguir una alimentación equilibrada, hacer ejercicio o dormir bien. Sin embargo, en los últimos años la ciencia ha puesto el foco en otro factor que, aunque menos visible, también desempeña un papel importante en nuestra salud: las relaciones que mantenemos con los demás. No se trata solo de sentirnos acompañados, sino de cómo esos vínculos pueden influir en nuestro bienestar físico y emocional a lo largo de toda la vida.
"El ser humano es un ser social por naturaleza. Necesitamos de la relación con el otro no solo para sentirnos bien, sino, en un sentido muy literal, para sobrevivir", explica la Dra. Lucía Torres Jiménez, psiquiatra y directora médica de Tranquilamente (@tranquilamente.madrid). La especialista recuerda que esta necesidad aparece desde el mismo momento en que nacemos: "Pertenecemos a una especie en la que un recién nacido no podría mantenerse con vida sin la presencia continuada de otra persona que lo alimente, lo proteja y regule sus estados físicos y emocionales".
El ser humano depende de los demás toda su vida
Esa dependencia inicial no desaparece con el tiempo, sino que evoluciona. Como explica la psiquiatra, "durante la infancia, la existencia de vínculos de referencia suficientemente seguros —maternos, paternos o de otros cuidadores— resulta determinante para el desarrollo psicológico. A través de ellos aprendemos a calmarnos, a confiar, a explorar el mundo y a sentir que tenemos un lugar en él".
Con la llegada de la adolescencia comienza una nueva etapa. "La seguridad deja de estar concentrada exclusivamente en el núcleo familiar y comienza a distribuirse en una red más amplia de amigos, compañeros, parejas, profesores, grupos de pertenencia, intereses y proyectos", señala la psiquiatra. En ese proceso, añade, "madurar supone ir descubriendo que ninguna persona puede contenerlo todo ni responder a todas nuestras necesidades".
La relación entre los vínculos afectivos y la longevidad según la ciencia
La importancia de las relaciones sociales no se limita al plano emocional. La Dra. Lucía Torres Jiménez recuerda que diferentes investigaciones han observado una asociación entre la calidad de los vínculos y una mayor supervivencia.
Como explica la especialista, un metaanálisis publicado en PLOS Medicine, que reunió 148 estudios y más de 300 mil participantes, encontró que las personas con relaciones sociales más sólidas presentaban aproximadamente un 50% más de probabilidades de supervivencia durante los periodos estudiados que aquellas con vínculos más débiles. La magnitud de esa asociación, añade, era comparable a la de otros factores clásicos relacionados con la salud.
La psiquiatra también hace referencia a una revisión más reciente, publicada en Nature Human Behaviour y basada en 90 estudios de cohortes, que observó que el aislamiento social se asociaba con un aumento del 32% del riesgo de mortalidad por cualquier causa, mientras que la soledad percibida se relacionaba con un incremento del 14%.
Eso sí, la doctora insiste en una diferencia importante: vivir solo no es sinónimo de sentirse solo. "Una persona puede vivir sola y no sentirse sola, o estar rodeada de gente y experimentar una profunda soledad", explica.
Aunque estos estudios son observacionales y no permiten establecer una relación de causa y efecto, la consistencia de los resultados apunta a que los vínculos pueden influir a través de distintos mecanismos. Como resume la especialista, "el otro no nos protege únicamente porque nos dé consejos o nos acompañe al médico. Nos protege porque, cuando sentimos que pertenecemos, el mundo resulta menos amenazante".
Calidad vs. cantidad: el peso de las relaciones
Cuando se habla de vida social saludable, la pregunta suele ser la misma: ¿es mejor tener un círculo amplio o unas pocas personas de máxima confianza? Para la Dra. Lucía Torres Jiménez, el planteamiento no debería ser elegir entre una opción u otra: "No creo que debamos elegir entre una red social amplia y unas pocas relaciones profundas. El ser humano adulto necesita diferentes grados de cercanía y, sobre todo, ser capaz de distinguirlos", afirma.
Según explica, necesitamos personas con las que podamos mostrarnos vulnerables y pedir ayuda, pero también relaciones más ligeras, como compañeros de trabajo, vecinos o personas con las que compartimos una afición. "No todas las relaciones deben tener la misma intimidad ni estar regidas por el mismo código", señala.
El problema aparece cuando esperamos que una sola persona cubra todas nuestras necesidades emocionales. "Una pareja no puede ser al mismo tiempo amante, mejor amiga, terapeuta, familia y única fuente de ocio", recuerda la psiquiatra, del mismo modo que un hijo tampoco debería convertirse en el principal sostén emocional de sus padres.
En este sentido, la especialista cita un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, realizado con información de más de 50 mil personas, que encontró que relacionarse con una mayor variedad de interlocutores —familiares, amigos, compañeros, conocidos y otras figuras sociales— se asociaba con un mayor bienestar. Más que acumular contactos, explica, la clave parece estar en construir una red diversa.
Por eso, añade, "la salud de una red no depende únicamente de su tamaño, sino de que sea diversa, diferenciada y suficientemente recíproca". Y recuerda que ninguna relación está libre de conflictos: "Una relación sana no es la que nunca resta, sino aquella en la que, a pesar de sus límites, lo que aporta —seguridad, libertad, afecto, crecimiento— pesa más que lo que desgasta".
Cómo convertir la vida social en un factor protector
Cuidar los vínculos no siempre requiere grandes planes ni agendas llenas. Muchas veces basta con pequeños gestos repetidos en el tiempo. Para hacerlo, la especialista recomienda establecer rituales sencillos, como una llamada semanal, una comida al mes o recuperar el contacto con una persona importante. Y recuerda que muchas relaciones no se deterioran por grandes conflictos, sino por una sucesión de pequeñas ausencias.
La tecnología también puede ser una aliada, aunque conviene utilizarla con equilibrio. "Un mensaje puede mantener vivo un vínculo, pero no proporciona la misma experiencia que una conversación en la que podemos escuchar la voz, observar los gestos y permitir silencios", explica. Por eso, añade, "la cuestión no es oponer lo digital a lo presencial, sino preguntarnos si la herramienta está facilitando el encuentro o evitando la intimidad".
Otro aspecto fundamental consiste en aceptar que toda relación implica cierto grado de frustración. "Un vínculo sano no es aquel en el que nunca nos frustramos, sino aquel que puede sobrevivir a la diferencia, al límite y a la reparación", afirma. En este sentido, la psiquiatra también recuerda que las redes sociales cambian con el paso de los años y que, especialmente al envejecer, conviene no depositar todo el sentimiento de pertenencia en una única persona. Mantener amistades, intereses y espacios propios facilita adaptarse a las pérdidas que inevitablemente llegan con el tiempo.
De hecho, la doctora cita también estudios longitudinales publicados en JAMA Network, que han encontrado que un mayor disfrute de la vida se asocia con una mayor supervivencia y con más años vividos sin discapacidad o enfermedades crónicas, aunque insiste en que se trata de asociaciones y no de una garantía individual.
Al final, quizá la clave no sea tener la agenda llena ni rodearse constantemente de gente. Como concluye la Dra. Lucía Torres Jiménez, "la vida social no debería entenderse como una obligación más ni como una carrera por acumular contactos. Se trata de construir una red suficientemente amplia para no pedirle a nadie que lo sea todo".
Porque, en definitiva, "la clave de la longevidad relacional no consiste en estar siempre rodeados, sino en saber que existen personas a las que podemos acudir, personas que pueden acudir a nosotros y espacios en los que podemos sentir que nuestra vida tiene un lugar y un valor".













