Psicología

Cayetana Álvarez de Toledo, sobre su infancia: "Mi padre es de una familia de aristócratas españoles arruinados"


Un psicólogo analiza cómo las relaciones familiares y el entorno de los primeros años de vida pueden influir en el desarrollo emocional


Cayetana Álvarez de Toledo© GTRES
4 de noviembre de 2026 a las 18:10 CET

La de Cayetana Álvarez de Toledo no fue una infancia convencional. Hija de aristócratas y descendiente de un mítico conquistador español que desembarcó en las Américas (Blas de Peralta), se crió entre Londres y Buenos Aires. Su vivienda londinense era una enorme casa de la época del rey Jorge, donde vivía con su madre y su hermana materna (tiene otros cuatro hermanos por parte de padre). "Yo nunca he tenido una familia ordenada y convencional de papá y mamá y los niños tomando el desayuno juntos", decía la propia Cayetana en una entrevista que concedió hace unos años a Alfredo Urdaci que el periodista recoge en su libro Cuéntame algo bueno. Conversaciones con Mujeres (Ludiana editores). A pesar del entorno culto y refinado en el que se educó, no todo era lujo: "Mi padre es de una familia de aristócratas españoles arruinados", le contaba también a Urdaci.

¿Hasta qué punto influye el tener una infancia marcada por una estructura familiar poco convencional y por diferentes referentes culturales en el desarrollo emocional de todo niño? Se lo hemos preguntado en esta entrevista a Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos, con más de 15 años de experiencia clínica, analiza cómo las relaciones familiares, la estabilidad emocional, la educación y las experiencias vividas durante la infancia pueden influir en nuestra personalidad y en nuestra manera de relacionarnos con los demás. 

Lo importante para un niño no es que sus padres estén sentados juntos a desayunar todas las mañanas, sino que se sienta querido, protegido y tenga adultos en los que pueda confiar.

Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos

¿Puede una infancia alejada de los modelos familiares tradicionales aportar también fortalezas o recursos psicológicos particulares? 

Sí, por supuesto. No hay que confundir una familia diferente con una familia que funciona mal. No tienen por qué ser lo mismo. Lo importante para un niño no es que sus padres estén sentados juntos a desayunar todas las mañanas, sino que se sienta querido, protegido y tenga adultos en los que pueda confiar.

Crecer en un entorno familiar poco convencional también puede favorecer ciertas fortalezas, como la capacidad de adaptación, la flexibilidad mental, la autonomía o una mayor apertura hacia formas diferentes de entender la vida.

En el caso de Cayetana, resulta interesante que describa su infancia como un mundo abierto, con personas de distintas culturas y orígenes que mantenían relaciones de afecto y respeto. Ahora bien, tampoco debemos idealizar estas experiencias. Una infancia poco convencional no garantiza que un niño desarrolle más recursos psicológicos. La diferencia está en cómo es y cómo vive esa situación. No es lo mismo crecer en una familia diferente que crecer en una familia emocionalmente inestable o irresponsable.

¿Cómo ayuda el hecho de haberse criado en una familia «ordenada y convencional» en el desarrollo emocional de todo niño? 

Crecer en una familia ordenada y estable puede aportar beneficios importantes al desarrollo emocional de un niño, especialmente porque le proporciona algo que necesita durante la infancia: seguridad, estabilidad y la sensación de que su mundo es predecible. Las rutinas, los horarios, las normas coherentes y la presencia de adultos emocionalmente disponibles ayudan a que el niño se sienta protegido. Saber que sus padres estarán ahí cuando los necesite, que puede expresar sus emociones sin miedo o que los problemas se pueden resolver hablando favorece el desarrollo de una autoestima saludable, la regulación emocional y la confianza en los demás.

Por supuesto, una familia convencional puede tener más probabilidades de ser emocionalmente sana, pero no lo garantiza. Podemos encontrar hogares convencionales, con padre, madre e hijos, donde existen conflictos constantes, frialdad afectiva o mucha inseguridad. Y, por el contrario, familias que se alejan completamente de ese modelo y ofrecen un entorno extraordinariamente estable y afectuoso.

Al final, lo que más influye en el desarrollo emocional de un niño no es tanto cómo está formada su familia, sino cómo se relacionan sus miembros. No necesita una familia perfecta, sino adultos que le quieran, le escuchen y le hagan sentir seguro.

Cayetana Álvarez de Toledo© cayetana_at
Cayetana Álvarez de Toledo

¿Qué necesita realmente un niño para desarrollarse emocionalmente de forma saludable más allá de la estructura concreta de su familia? 

Lo que un niño necesita, por encima de cualquier modelo familiar, es sentirse querido, seguro y aceptado tal y como es. Necesita saber que hay adultos que se preocupan por él, que le escuchan y que estarán disponibles cuando tenga miedo, esté triste o necesite ayuda.

También necesita límites claros, con consecuencias ciertas si se traspasan, cierta estabilidad y libertad para explorar el mundo, equivocarse y aprender. A veces pensamos que dar una buena infancia consiste en evitar que nuestros hijos sufran, pero no es así. También tenemos que enseñarles a tolerar la frustración, afrontar las dificultades y confiar en sus propias capacidades.

Hay algo especialmente importante: que sus emociones sean escuchadas y validadas. Un niño que puede expresar su tristeza, su enfado o sus miedos sin sentirse juzgado tiene más oportunidades de aprender a reconocer y regular esas emociones.

Y tampoco necesita unos padres perfectos, porque no existen. Los adultos nos equivocamos, perdemos la paciencia y cometemos errores. Lo importante es saber reconocerlos, pedir perdón y reparar el daño cuando sea necesario. Al final, lo que deja huella en un niño no es tanto el tipo de familia en la que ha crecido, sino cómo se ha sentido dentro de ella.

Lo que más influye en el desarrollo emocional de un niño no es tanto cómo está formada su familia, sino cómo se relacionan sus miembros

Andrés Montero Conde, psicólogo sanitario y director de Ethos Psicólogos

¿Cómo impacta en los niños criarse en una familia amplia y diversa, con hermanos por parte de padre de diferentes madres? 

Crecer en una familia amplia, con hermanos de diferentes padres o madres y con nuevas parejas de sus progenitores, puede ser una experiencia muy enriquecedora, pero también puede plantear ciertos desafíos emocionales para un niño. Por un lado, convivir con diferentes hermanos, personalidades y formas de entender la vida puede favorecer la capacidad de adaptación, la tolerancia y el aprendizaje de distintas maneras de relacionarse. Además, tener varios hermanos puede proporcionar una red de apoyo afectivo muy importante.

Pero, si los padres no lo gestionan bien, también pueden aparecer sentimientos de celos, rivalidad o inseguridad, especialmente cuando los niños perciben que su padre dedica más tiempo o atención a unos hijos que a otros. Un niño puede llegar a preguntarse: "¿Por qué papá pasa más tiempo con ellos que conmigo?", "¿los quiere más que a mí?" o "¿qué soy yo en esta familia?". Y estas preguntas pueden influir en cómo se siente de querido y valorado.

Por eso, es fundamental que los adultos eviten las comparaciones, respeten los vínculos entre hermanos y procuren que cada hijo tenga su propio espacio afectivo. Lo importante no es cuántos hermanos tienes ni si compartís los mismos padres, sino sentir que todos pertenecen a la familia y que ninguno tiene que competir por el cariño de los adultos. 

Cayetana Álvarez de Toledo© Europa Press via Getty Images
Cayetana Álvarez de Toledo

¿Qué beneficios psicológicos puede aportar una infancia marcada por experiencias internacionales o multiculturales? 

Crecer entre diferentes países y culturas puede ser una experiencia muy enriquecedora para un niño, porque le enseña desde pequeño que no existe una única forma de vivir, pensar o relacionarse con los demás. Uno de los principales beneficios es que puede desarrollar una mayor flexibilidad mental y capacidad de adaptación. Cuando un niño descubre que las costumbres, las normas sociales o incluso la manera de expresar las emociones cambian de un país a otro, aprende que su forma de entender el mundo no es necesariamente la única.

También puede favorecer la curiosidad, la tolerancia hacia las diferencias y la capacidad de ponerse en el lugar de otras personas. Además, desenvolverse en distintos entornos culturales puede ayudarle a adquirir habilidades sociales y ganar autonomía.

Pero estas experiencias también pueden tener sus inconvenientes. Algunos niños pueden sentir que no pertenecen completamente a ningún lugar o experimentar cierta confusión sobre su identidad, especialmente cuando los cambios de país implican separarse de sus amigos o empezar de nuevo. Por eso, lo importante no es cuántos países haya conocido un niño, sino cómo ha vivido esas experiencias y si ha contado con una base emocional segura.

En definitiva, crecer entre diferentes culturas puede enseñarte algo muy valioso: que el mundo es mucho más grande que tu propia forma de verlo.

Cayetana Álvarez de Toledo© cayetana_at
Cayetana Álvarez de Toledo

Cuando una persona crece en un entorno socialmente privilegiado o rodeado de símbolos de estatus, ¿cómo puede influir eso en su forma de entender el mundo y relacionarse con los demás? 

Crecer en un entorno privilegiado puede influir bastante en la manera en que un niño interpreta el mundo porque durante la infancia tendemos a considerar normal aquello que vemos a nuestro alrededor. Si un niño crece rodeado de grandes casas, colegios exclusivos, viajes o personas con una posición social elevada, puede asumir que esa es la realidad habitual de todo el mundo.

El riesgo aparece cuando cree que sus privilegios son la normalidad y que todo el mundo los tiene o, peor aún, cuando cree que tener esos privilegios le otorga un estatus de superioridad y trata como inferiores a los demás. Por ejemplo, puede costarle comprender que otras personas no dispongan de las mismas oportunidades, aunque se esfuercen tanto como él.

Pero también hay aspectos positivos. Crecer en un entorno con recursos puede facilitar el acceso a una buena educación, experiencias culturales y oportunidades para desarrollar la autonomía y la confianza en uno mismo.

Por otro lado, el privilegio también puede traer consigo ciertas presiones. En algunas familias, el apellido, la reputación o las expectativas sociales adquieren tanta importancia que los hijos pueden sentir que tienen que estar constantemente a la altura de lo que se espera de ellos.

Crecer entre privilegios no significa necesariamente convertirse en una persona arrogante o poco empática. Aquí vuelve a ser fundamental la educación emocional que recibe el niño de sus padres, los valores que le transmiten y las oportunidades que tenga de conocer realidades diferentes. Porque una cosa es crecer teniendo muchas oportunidades y otra muy distinta es aprender a reconocer que no todo el mundo ha tenido las mismas. 

A menudo se idealizan las infancias transcurridas en entornos acomodados. ¿Qué riesgos psicológicos existen detrás de esa imagen aparentemente perfecta? 

Tendemos a pensar que un niño que crece en una casa enorme, rodeado de comodidades y sin preocupaciones económicas, lo tiene todo para ser feliz. Pero tener una infancia llena de privilegios materiales no significa necesariamente haber tenido una infancia emocionalmente satisfactoria.

Uno de los principales riesgos es la presión por cumplir expectativas. En determinadas familias, el apellido, el prestigio o el éxito tienen tanto peso que el niño puede llegar a sentir que su valor depende de sus logros, de su comportamiento o de no decepcionar a sus padres. Esto puede favorecer el perfeccionismo, el miedo al fracaso y una autoexigencia excesiva.

Otro riesgo es la soledad emocional. Un niño puede tener los mejores colegios, viajes o juguetes y, sin embargo, echar de menos algo tan sencillo como pasar tiempo con sus padres, sentirse escuchado o recibir un abrazo cuando lo necesita.

También puede resultar difícil expresar el malestar cuando todo el entorno transmite que no tiene motivos para quejarse. Frases como "con todo lo que tienes, ¿de qué te quejas?" pueden hacer que el niño se sienta culpable por estar triste o aprenda a ocultar sus emociones.

Por supuesto, disponer de recursos económicos también proporciona seguridad y oportunidades muy importantes. El problema no es crecer entre privilegios, sino creer que esos privilegios pueden sustituir al afecto, la atención y la seguridad emocional. Porque un niño puede tenerlo prácticamente todo desde fuera y sentir que le falta algo fundamental por dentro. 

Cayetana Álvarez de Toledo© Europa Press via Getty Images
Cayetana Álvarez de Toledo

¿Qué nos enseña este tipo de testimonios sobre la diversidad de infancias que existen detrás de las apariencias? 

Este tipo de testimonios nos recuerda algo muy importante: las infancias no siempre son como las imaginamos desde fuera. Desde la psicología infantil sabemos que dos niños pueden crecer en la misma familia y vivir experiencias emocionales muy diferentes. Uno puede recordar su infancia como una etapa feliz y llena de oportunidades, mientras que otro puede haber experimentado soledad, inseguridad o dificultades para encontrar su lugar. Y ninguno tiene por qué estar mintiendo: simplemente han vivido y sentido las cosas de manera diferente.

Ni una infancia acomodada garantiza la felicidad, ni una familia poco convencional implica necesariamente sufrimiento o carencias afectivas. Creo que lo más interesante de estos testimonios es que nos invitan a mirar más allá de las apariencias y a escuchar cómo cada persona ha vivido su propia historia, sin prejuzgarla. Porque una cosa es la infancia que los demás creen que has tenido y otra muy distinta es la infancia que tú recuerdas haber vivido.