Cristina Gutiérrez, educadora emocional: "Cada niño tiene su propio termómetro del miedo, y lo que para uno es una aventura, para otro puede ser demasiado"


Cuando llega Halloween, todo se llena de disfraces terroríficos, de películas de miedo, de sustos detrás de las caretas... Puede ser que no todos los niños gestionen igual esta emoción


Dos niñas sorprendidas y asustadas, celebrando Halloween, rodeadas de calabazas© Getty Images
30 de octubre de 2026 a las 14:58 CET

En estas fechas, con Halloween copándolo casi todo, el miedo se cuela en casa en forma de juego: disfraces, calabazas y sustos entre risas. Sin embargo, lo que a los mayores nos parece pura diversión, para los más pequeños puede sentirse muy real. Cuando la fiesta se convierte en llanto, rechazo o una parálisis que no sabemos cómo frenar, a muchas familias les asalta la misma duda: ¿cómo actuar? Decirles "no pasa nada" no sirve de nada porque para ellos sí está pasando, y salir corriendo a protegerlos tampoco les ayuda. La clave no está en evitar que sientan miedo , sino en evitar que sea el miedo quien mande sobre ellos.

Con la ayuda de la educadora emocional Cristina Gutiérrez Lestón hemos querido profundizar en las recomendaciones útiles para acompañar a los niños sin restar valor a lo que sienten ni contagiarles nuestros propios temores. Descubrimos cómo enseñarles a hacer sus miedos más pequeños y entrenar la valentía paso a paso, tanto en Halloween como frente a cualquier otro monstruo del día a día.

Durante estas fechas, el terror se vende como un juego o entretenimiento. ¿Cómo percibe un niño pequeño la diferencia entre el «miedo divertido» (juegos, disfraces) y el miedo real?

Soy de las que opinan que, para educar, es interesante y muy útil aprovechar lo que pasa, tanto si son costumbres, modas o tradiciones como si son malas noticias. Todo sirve para educar si queremos hijos resilientes. Desde mi punto de vista, Halloween puede ser un maravilloso laboratorio del miedo, y podemos aprovechar la oportunidad para conocer un poquito más a esta emoción, la más potente que sentimos los humanos, y entender que sentir miedo no significa necesariamente estar en peligro.

Todos sabemos estos días que detrás de una máscara hay una persona que quiere hacer una broma. Pero aún así, muchas veces no podemos evitar pegar un salto, asustamos o que nuestro corazón se acelere. ¿Por qué si sabemos que es un disfraz? Porque el miedo es una emoción preconsciente, pasa antes de la conciencia. Es decir, primero sentimos y después pensamos. Las emociones aparecen sin pedirnos permiso, y este ejemplo (asustarnos en Halloween) es una muestra empírica de ello.

El miedo es tan invasivo, tan contagioso y paralizante, que conviene conocerlo y tenerlo un poquito bajo control para que no dirija nuestra vida (ni eduque por nosotros, porque nos lleva directamente a la sobreprotección).

Para una criatura, la frontera entre la fantasía y la realidad puede ser muy difusa. Lo que para nosotros es un disfraz divertido, para él puede ser un monstruo real. Así pues, estos días es interesante aprovechar para hablar de la emoción del miedo que Halloween nos pone en bandeja, y ayudarles a saber que pueden sentirse más seguros cuando aprenden que el miedo puede ser divertido cuando sabemos que estamos a salvo.

Expliquemos a nuestros niños y niñas que todas las personas del mundo sienten temor porque esta emoción tiene una gran misión: protegernos apartándonos del peligro, aunque muchas veces ese peligro es imaginario y no existe. Y digámosles además que los humanos también somos valientes y capaces de respirar para calmarnos, y decirle al miedo “vete porque ahora mismo estoy seguro en mi habitación y no te necesito”.

Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional y escritora© Cedida
Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional y escritora

A veces la decoración de las calles o los disfraces de los adultos pueden ser muy hiperrealistas. ¿A partir de qué punto esta estimulación puede superar la capacidad de procesamiento de un niño?

Cada niño tiene su propio termómetro del miedo. Y lo que para uno es una aventura, para otro puede ser demasiado. No comparemos, ni midamos el miedo por el tamaño del monstruo, sino por el tamaño de la emoción que provoca en ese niño.

Cuando veamos que se paraliza, llora, se aferra a nosotros o quiere marcharse, escuchémosle porque su cuerpo nos está diciendo claramente que esa experiencia lo está desbordando. En ese momento preguntémosle con interés: “Del 1 al 10, ¿cuánto miedo sientes?” porque cuantificarlo le permite pensar para relativizar. Un “¿qué crees que necesitas para sentirte más tranquilo o seguro?” lo entrena en la autonomía, al promover que sea el quien busca una solución, y un “¿quieres mirarlo desde lejos o prefieres marcharte?”, hace que pueda elegir ser valiente o no, y que respetemos que necesita un poco más de tiempo para afrontar esa situación.

Este tipo de preguntas sirven para gestionar el temor, incluido el de los adultos.

El miedo es una emoción extraordinaria. ¡Nos mantiene vivos! Es como una alarma interior que nos avisa de que puede haber un peligro y prepara nuestro cuerpo para actuar y protegernos.

Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional

Si un niño dice claramente que no quiere disfrazarse o ir a una fiesta de Halloween porque le da miedo, ¿cómo debemos actuar los padres sin hacerle sentir excluido ni forzarlo? 

Primero, respetando. La valentía se entrena un poco cada día, no se impone porque es como un músculo, si no lo entrenas intencionadamente no levantará 100Kg el primer día. Recordemos que ser valiente no significa no tener miedo sino tenerlo y aun así, hacerlo. Se trataría de ir avanzando cada vez que el miedo aparece ya que es una emoción que sentimos casi a diario (la incomodidad, el nerviosismo o la preocupación también son dimensiones más pequeñas del miedo).

Segundo, no caer en el error de evitar todo aquello que le asusta, porque entonces le enseñaremos que la única manera de estar seguro es huyendo, y que sin la ayuda de sus padres ni puede… ni podrá. Ahí quebramos su autoestima y entrenamos su dependencia.

¿Cómo ir entrenando la valentía? Primero, hacerle preguntas es genial para conocer la película que se ha montado en la cabeza, hacer un poco más pequeños sus miedos y actuar con más acierto. Por ejemplo: “¿Concretamente qué te asusta de la fiesta?”, “¿hay alguna parte que sí te apetece?”, “¿qué necesitas para probarlo?”, “¿cuál sería el primer paso que te gustaría intentar?”.

Otra idea sería el anticiparse y buscar estrategias desde el juego para que hagan pequeños pasos: empezar a disfrazarse días antes, mirar escaparates decorados, jugar a pintarse la cara, hacer galletas de monstruos… Y si este año no quiere ir a la fiesta, quizá el año que viene se sentirá más preparado. 

Un niño sonriente rodeado de calabazas y un esqueleto, celebrando Halloween en la puerta de su casa© Getty Images/Cavan Images RF

Recordamos a menudo que el miedo es una emoción natural y defensiva. ¿Qué función cumple el miedo en el desarrollo evolutivo infantil?

El miedo es una emoción extraordinaria. ¡Nos mantiene vivos! Es como una alarma interior que nos avisa de que puede haber un peligro y prepara nuestro cuerpo para actuar y protegernos. Gracias al miedo, un niño puede detenerse antes de cruzar una calle, alejarse de una situación peligrosa o pedir ayuda, aunque nadie se lo haya enseñado.

Digamos que el miedo es un guardaespaldas genial, pero es también ¡un pésimo director de orquesta!

Os explico, el problema aparece cuando esa alarma suena, aunque no haya fuego. Por ejemplo, cuando una niña no se atreve a levantar la mano en clase por temor a equivocarse, o deja de intentar algo porque piensa que no será capaz. Y aquí está nuestro gran trabajo como padres o educadores, enseñarles a distinguir entre los miedos que nos protegen y los que nos limitan.

Ayuda el preguntarles “¿quién está tomando esta decisión, tu miedo o tú?”, o “¿este temor te está avisando de un peligro real o imaginario?”, o “¿te está protegiendo o te está impidiendo hacer lo que realmente quieres?”.

¿En qué señales o comportamientos deben fijarse los padres para saber si un miedo evolutivo normal se está transformando en algo más fóbico o limitante?

Yo me preguntaría: ¿cuánto espacio está ocupando ese miedo en la vida del niño? Cuando el miedo empiece a decidir por él, prestemos atención y actuemos buscando ayuda profesional porque es una emoción paralizante (si le impide ir de excursión, descansar por la noche, dormir fuera de casa, disfrutar de actividades que antes le gustaban o necesita que constantemente le digamos que no va a pasar nada malo… miremos que está pasado ahí).

Siguiendo con la metáfora, es cuando el guardaespaldas se convierte en un director de orquesta que no le deja vivir tranquilo. E insisto en hacerles preguntas porque nos ayuda a conocer que pasa dentro de su cabecita para actuar con celeridad: “¿Qué crees que podría ocurrir?”, “¿qué es lo peor que imaginas?”, “¿desde cuándo te pasa?”.

No se trata de eliminar el miedo, sino de evitar que les robe experiencias, aprendizajes y oportunidades, imprescindibles para crecer y caminar con paso firme por la vida.

Decirle "no tengas miedo" es como decirle a alguien que tiene frío "no tengas frío". ¡Es absurdo! Las emociones no desaparecen porque alguien te ordene que dejes de sentirlas

Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional

Ante frases como "no pasa nada" o "los monstruos no existen", ¿por qué este tipo de respuestas bienintencionadas no suelen funcionar e incluso pueden ser contraproducentes?

Porque cuando un niño siente miedo, ¡sí que le está pasando algo! Y suele ser algo muy intenso. Aunque el temor sea imaginario, lo sentimos igual, y se nos acelera el pulso, nos paralizarnos, hiperventilamos…

Decirle "no tengas miedo" es como decirle a alguien que tiene frío "no tengas frío". ¡Es absurdo! Las emociones no desaparecen porque alguien te ordene que dejes de sentirlas. Recordemos que el miedo, como he mencionado antes, es una emoción preconsciente, pasa antes de la consciencia, por tanto, nadie puede evitar sentir miedo, solo podemos regular ese miedo que sentimos. Y la ciencia aplicada que nos ayuda a ello se llama Educación Emocional.

Además, cuando negamos el miedo (el de un hijo o hija o el nuestro), aunque sea con buena intención, estamos deslegitimando al guardaespaldas, y corremos el riesgo de no hacerlo consciente. Y si no hay consciencia emocional, no podemos dar el segundo paso que es la regulación emocional, para ser nosotros los que gestionamos el miedo, y no sea él quien nos gestione a nosotros. Y con ello, además conseguiremos que el niños o niña se sienta incomprendido y que piense que sentir miedo está mal.

¿Qué sí podemos decirle? Por ejemplo: “dime en que parte del cuerpo notas el miedo” (para hacer el primer paso, poner conciencia), o “qué de lo que piensas es un hecho y qué es una opinión” (para ayudarles a distinguir, separar y dividir ese temor).

En el fondo se trata de que nuestras criaturas puedan poner palabras a lo que sienten porque eso les ayudará a conocerse, a comprenderse y a aceptarse. Y entonces veréis como se van encendiendo lucecitas dentro de ellos; sonríen y sus ojos empiezan a brillar. Enseñémosles a encender su propia luz con cada piedra… o monstruo que se encuentren por el camino. Y, sobre todo, ¡confiemos en ellos!, trabajo con miles de escolares cada año, y ¡son capaces de eso y de mucho más!

¿De qué manera los propios miedos o la sobreprotección de los adultos pueden terminar alimentando la ansiedad del niño?

Siempre digo que hay dos tipos de padres, los que preparan el camino para el hijo, y los que preparan al hijo para el camino.  Sobreproteger es educar con miedo, por tanto, sobreproteger es desproteger, literalmente, porque alimenta la ansiedad del niño o niña.

Si le digo a mi hijo "sé valiente", pero cada vez que se enfrenta a una dificultad me pongo nerviosa, intervengo y le quito todas las piedras del camino lo que le estoy diciendo es “no puedes”, “no confío en ti”, “me necesitas para todo”. Y al final acabará creyendo que el mundo es demasiado peligroso para lidiar con él.

Si les sacamos todas las piedras del camino por miedo a que caigan, no les dejaremos caer. Y si no caen, no aprenderán a levantarse, ya sabéis, a no asustarse ante el sabor de la frustración o a ser valientes para defender una idea. Y no sabrán hacerlo porque no tuvieron a un papá o una mamá que los entrenó para la vida. Creamos en ellos y en sus posibilidades, de verdad, confiemos, porque pueden. Nuestros pequeños son fascinantes, son brillantes y tienen un mundo de posibilidades dentro, esperando a salir, no los anulemos. Bridémosles experiencias que les permitan ser quienes han de ser.

¿Qué papel juegan el juego simbólico, los cuentos o el dibujo a la hora de procesar y "empequeñecer" los miedos infantiles?

Hay algo que siempre recomiendo a las familias: concretar los miedos para hacerlos más pequeños. Porque cuanto más pequeño es un miedo, más fácil resulta afrontarlo.

Recuerdo a Lucía, una niña de cinco años que vino de campamentos a La Granja. Íbamos a hacer una actividad con caballos y me dijo: "Los caballos me dan miedo porque mi mamá me ha dicho que son muy peligrosos". En lugar de decirle "no tengas miedo" o "los caballos son buenos", le pregunté: "¡Ah, ¡qué interesante! ¿Y qué concretamente te da miedo del caballo?". Y me contestó: "La boca". "¡Ah! Entonces no te da miedo el caballo, lo que te da miedo es la boca del caballo", le dije. Y Lucía asintió.

¡Acabábamos de hacer su miedo más pequeño! Ya no teníamos que enfrentarnos a un caballo entero, sino solamente a una parte. Así que nos acercamos al caballo por el lado del lomo, sin necesidad de mirar su boca. Lo tocó, lo acarició y, de repente, me dijo: "¡Oh, está calentito! ¡Su piel es suave y brilla!"

Aquella niña acababa de descubrir algo que su miedo no le había dejado ver. Sí, los caballos pueden ser peligrosos y hay que tratarlos con respeto y precaución. Pero también pueden ser nobles, cariñosos y calentitos.

Así se trabaja con el miedo, no con un discurso, sino con información, seguridad y afrontamiento. Lucia subió a caballo al día siguiente, y pasó del miedo ¡a adorarlos!

Y eso es lo que podemos hacer con los cuentos, los dibujos y el juego simbólico. Ayudarles a sacar el miedo de su cabeza, donde a veces es gigantesco, y ponerlo delante, en un dibujo o una figura, donde podemos observarlo, comprenderlo y encontrar maneras de afrontarlo. Por ejemplo: si dibujaras tu miedo, ¿qué forma tendría?, ¿Qué parte del monstruo te asusta concretamente? Y cuando lo dibuje, que le ponga pendientes, collares, que le pinte los labios con el pintalabios de mamá… y empezará a ser un monstruo divertido. Y cuando acabemos, reconozcamos su valentía: “¿Te has dado cuenta de lo que acabas de conseguir? Felicidades”

Hagamos pequeño el miedo, y será mucho más fácil afrontarlo. Y ya sabéis, el miedo como guardaespaldas si, pero como nuestro director de orquesta, lo mínimo posible.