Qué dice la psicología sobre el momento en que un miedo infantil se transforma en fobia


Hablamos con la psicóloga María Bernardo sobre cuáles son las fobias más habituales entre los más pequeños y cómo afrontarlas


niña asustada tapada con una sábana en la cama© Getty Images
7 de junio de 2026 a las 7:02 CEST

El miedo a la oscuridad o a quedarse solos son habituales en el crecimiento, pero ¿qué ocurre cuando el temor deja de ser una fase transitoria y empieza a dictar las normas en casa? Cuando el miedo infantil se transforma en una fobia, la angustia se dispara, la evitación se vuelve la norma y la vida familiar empieza a girar en torno al bloqueo del pequeño. Para aprender a detectar a tiempo estas señales de alerta antes de que limiten su día a día y su desarrollo, hemos tenido la ocasión de hablar con la psicóloga María Bernardo, miembro de Top Doctors Group. 

La experta nos desvela las claves para entender qué pasa por la mente de un niño que sufre en silencio y cómo podemos acompañarlo de forma sana, dejando a un lado la sobreprotección para ayudarle a recuperar la seguridad en sí mismo. 

¿Qué diferencia un miedo evolutivo de una fobia en la infancia?

Un miedo evolutivo es un miedo esperable por edad, es decir, aparece en ciertas etapas (por ejemplo, miedo a la oscuridad, a separarse de los padres o a “los monstruos”), suele ser transitorio, y aunque incomode, el niño puede seguir haciendo vida más o menos normal con acompañamiento.

Una fobia, en cambio, es un miedo mucho más intenso y desproporcionado ante algo concreto (un animal, ir al médico, subir a un ascensor, atragantarse…), y sobre todo se caracteriza por dos cosas: evitación y limitación. El niño no solo “no quiere”, sino que entra en un nivel de angustia muy alto si se expone, y empieza a evitar situaciones que interfieren en su día a día (no ir a cumpleaños, no dormir, no salir a la calle, no ir al cole, etc.). Además, la fobia tiende a mantenerse o incluso a crecer si se refuerza la evitación.

María Bernardo, psicóloga en Madrid y miembro de Top Doctors Group© Cedida
María Bernardo, psicóloga en Madrid y miembro de Top Doctors Group

 ¿Puede un acontecimiento aparentemente “menor” desencadenar una fobia?

Sí, y es algo que vemos con frecuencia en consulta. La magnitud objetiva del suceso no tiene por qué tener relación directa con la magnitud del impacto emocional. Un ladrido inesperado, un atragantamiento leve, una caída en la piscina pueden grabarse con mucha intensidad si coinciden con un momento de cansancio, un temperamento más sensible del niño o un contexto emocional más alterado.

Además, no siempre hace falta vivir algo en primera persona, ya que los niños aprenden mucho del miedo observando. Ver a un adulto, principalmente sus padres, reaccionar con pánico ante una araña puede instalar un miedo tan potente como una experiencia directa. Lo que para el adulto es una anécdota, para el niño puede ser un evento fundamental.

Un ladrido inesperado, un atragantamiento leve, una caída en la piscina pueden grabarse con mucha intensidad si coinciden con un momento de cansancio, un temperamento más sensible del niño o un contexto emocional más alterado

María Bernardo, psicóloga

¿Qué comportamientos indican que el miedo está empezando a limitar la vida del niño?

Principalmente cuando el niño empieza a evitar situaciones que antes hacía con normalidad, por ejemplo, pone excusas para no ir al colegio, vuelve a pedir dormir con los padres, reaparecen miedos que ya estaban superados. También pueden aparecer quejas somáticas recurrentes, dolor de barriga, de cabeza, náuseas… casi siempre vinculadas a momentos concretos.

Frecuentemente hay rabietas o llantos desproporcionados ante estímulos específicos, dificultades para conciliar el sueño, pesadillas que se repiten. A veces, se pierden hábitos ya adquiridos, como el control de esfínteres. Cuando el miedo empieza a decidir por el niño qué hace y qué no hace, ha dejado de ser un miedo cualquiera y tenemos que prestarle atención.

niña pequeña agarrada a una mantita, con miedo© Getty Images/Image Source

¿Qué errores cometen los padres sin darse cuenta cuando intentan “calmar” un miedo?

El primero, y muy común, es minimizar con frases del tipo "no es para tanto", "no seas exagerado", "ya eres mayor para esto". El niño no se siente menos asustado, se siente menos comprendido.

El segundo error es justo el contrario, es decir, forzar el enfrentamiento de golpe, como tirar al niño al agua para que "se le pase" o forzarle a que acaricie al perro porque “no hace nada”. Eso no extingue el miedo, lo confirma. También está el engañarle para evitarle el malestar, decirle que no le van a poner inyección cuando sí, lo que dinamita la confianza.

Y por último (y algo muy humano): contagiarle nuestra propia ansiedad sin querer, con la cara que ponemos o con cómo apretamos su mano. Los niños leen mucho más nuestro cuerpo que nuestras palabras.

¿Cómo puede la sobreprotección reforzar una fobia?

La sobreprotección es, paradójicamente, uno de los principales combustibles de las fobias infantiles. Cuando evitamos sistemáticamente lo que asusta al niño, cambiamos de acera por el perro, no vamos al cumpleaños donde habrá payaso, dormimos con él cada noche…, le estamos enviando dos mensajes simultáneos: "Esto que temes es realmente peligroso" y "tú no eres capaz de afrontarlo".

El miedo necesita experiencias correctivas para extinguirse, y esas experiencias solo ocurren al acercarse, no al huir. Cada vez que protegemos a un niño de algo que en realidad no es peligroso, le robamos sin querer la oportunidad de descubrir que puede con ello.

Las más frecuentes son la fobia a la oscuridad, a los animales (sobre todo perros e insectos), a la sangre, las inyecciones y las situaciones médicas

María Bernardo, psicóloga

 ¿Cómo se siente un niño que empieza a desarrollar una fobia?

Se siente, sobre todo, desbordado y confundido. Hay una sensación física de descontrol que no entiende y le asusta tanto como el estímulo en sí. Aparece la vergüenza al notar que sus amigos no reaccionan así, y empieza a esconderlo. Vive en hipervigilancia, anticipando cuándo aparecerá aquello que teme.

Y descubre que evitar le da un alivio inmediato, lo cual es muy peligroso a largo plazo. Ese alivio es la trampa, porque cada evitación hace el miedo un poco más grande.

¿Por qué algunos niños no pueden explicar lo que les pasa y solo “evitan”?

Porque verbalizar emociones es una habilidad compleja que aún están desarrollando. A veces, ni siquiera los adultos sabemos poner nombre a lo que sentimos, y pedirle eso a un niño de cinco años es pedirle algo que su cerebro todavía no puede hacer del todo. Además, las fobias no siempre tienen un "porqué" consciente accesible, ya que el origen puede estar en una asociación que el niño hizo sin darse cuenta. La evitación, en cambio, es una respuesta automática, primitiva, que no necesita lenguaje. Por eso muchas veces el síntoma aparece mucho antes que la explicación. Nuestro trabajo, como adultos, es leer la conducta cuando las palabras no llegan.

¿Cuáles son las fobias más habituales en la infancia y cómo se manifiestan?

Las más frecuentes son la fobia a la oscuridad, a los animales (sobre todo perros e insectos), a la sangre, las inyecciones y las situaciones médicas. Aunque también aparece muy frecuentemente la fobia social, la fobia escolar y, cada vez con más presencia, el miedo a vomitar (emetofobia).

Se manifiestan a través de llanto intenso, rabietas, ataques de pánico con síntomas físicos muy claros (sudoración, taquicardia, mareo), pesadillas recurrentes y, sobre todo, evitación. Un niño con fobia social puede negarse a hablar en clase, y uno con fobia escolar puede tener vómitos cada domingo por la noche. El cuerpo del niño habla cuando su vocabulario emocional aún no está desarrollado.

Madre abraza a su hija, triste© Getty Images/Westend61

¿Hay edades especialmente sensibles para que aparezcan?

Cada etapa tiene su "menú" de miedos típicos, y conocerlo ayuda mucho a los padres a no alarmarse innecesariamente.

Entre los 0 y 2 años predominan los ruidos fuertes, los extraños y la separación. De los 3 a los 5, la oscuridad, los monstruos y los animales. De los 6 a los 10, los miedos se vuelven más realistas: enfermedades, daño físico, muerte. En la adolescencia, el miedo social y al juicio de los demás coge fuerza.

Las transiciones vitales como la entrada al colegio, un cambio de clase, una mudanza, la llegada de un hermano… son momentos especialmente vulnerables, porque el niño está reorganizando su mundo y sus recursos emocionales están más al límite. Estos momentos son especialmente vulnerables para la aparición de miedos y fobias.

¿Cuándo es recomendable consultar a un psicólogo infantil?

Cuando el miedo se mantiene más de seis meses, cuando interfiere de forma clara con el colegio, el sueño, las amistades o la familia, cuando el niño sufre y los padres no encuentran cómo ayudarle, o cuando la situación lleva a discusiones constantes en casa.

Si los padres notan que están organizando la vida familiar alrededor del miedo del niño, seguramente sea el momento de consultar a un profesional. Una consulta a tiempo no significa que el problema sea grave, sino que que queremos cortarlo antes de que crezca.

¿Qué mensaje te gustaría transmitir a quienes están empezando a sospechar que su hijo podría tener una fobia?

Que respiren. Las fobias infantiles, cuando se abordan bien, tienen un pronóstico excelente, ya que son uno de los problemas en los que la psicología tiene resultados más sólidos y rápidos. Que su hijo tenga miedo no dice nada malo de él ni de ellos como padres. No es debilidad, no es manipulación, no es una fase que basta con esperar a que pase. Es una señal de que algo necesita atención, y atenderla pronto es lo mejor que pueden hacer. Y sobre todo, que recuerden que el papel de un padre frente al miedo de su hijo no es evitárselo ni obligarle a enfrentarlo solo, sino acompañarle mientras descubre que puede con ello.