Cualquier proceso médico que afecte a un hijo, y más si es una intervención con anestesia, es un motivo de gran preocupación en los padres. Pero ¿cómo lo vive el niño y el adolescente? ¿De qué manera se enfrentan a la incertidumbre de una cirugía, de una hospitalización, de estar con personas que no conocen?
Hemos charlado sobre ello con la Dra. Anna Estapé, pediatra especializada en educación emocional y autora de un trabajo donde analiza este tema.
Hay un matiz importante sobre cómo hablar de la anestesia. Aunque es tentador decirle al niño que "se va a dormir", esta comparación puede generar confusión o miedo. Es mejor explicar que es una medicina especial que hace que el cuerpo esté quieto y no sienta nada
¿Desde qué edad el menor tiene conciencia del riesgo que supone entrar a un quirófano?
La ansiedad perioperatoria puede afectar con frecuencia a los pacientes pediátricos, aunque su manifestación cambia mucho según la edad. Los menores de 6 años no suelen comprender el riesgo quirúrgico de forma abstracta, pero su nivel de desarrollo hace que el distrés sea más difícil de gestionar, y lo que más les suele angustiar es la separación de sus progenitores y el entorno desconocido.
A partir de aproximadamente los 6 años, los niños ya pueden expresar miedo a la anestesia ("a dormirse y no despertar"), anticipar el dolor y tener expectativas sobre el procedimiento. También pueden empezar a ser capaces de relacionar sensaciones físicas con emociones, lo que puede aumentar la ansiedad anticipatoria.
¿Cómo hay que explicarle lo que va a pasar?
La clave en todas las edades es la honestidad adaptada al nivel de desarrollo, nunca el engaño. Hay un matiz importante sobre cómo hablar de la anestesia. Aunque es tentador decirle al niño que "se va a dormir", esta comparación puede generar confusión o miedo. Es mejor explicar que es una medicina especial que hace que el cuerpo esté quieto y no sienta nada, que es diferente al sueño normal, y que el médico anestesista estará con él en todo momento hasta que sea hora de despertar.
Además de explicar el procedimiento, es importante prepararlos para lo que van a sentir antes y después. Por ejemplo, que antes no podrán comer, que les tomarán las constantes (explicar qué son y cómo se toman), que pondrán una vía, que les colocarán una mascarilla, etc. Y que al despertar pueden sentirse un poco confusos, irritables o desconcertados.
Sobre los 3-5 años ofreceremos un lenguaje muy concreto y sobre todo sensorial, sin detalles quirúrgicos. A partir de aproximadamente los 6 años ya podemos ofrecer una explicación más detallada paso a paso y de forma un poco más anticipada, unos días antes de la intervención. Podemos hablar de las sensaciones que tendrá, los instrumentos que verá y qué se espera de él.
¿Quién es la persona más indicada para explicarle el procedimiento?
Idealmente ambos, la familia y los profesionales. La familia hace la preparación emocional en casa, en calma, y esto ayuda mucho a reducir el miedo. Pueden preparar un plan de afrontamiento, explorar las expectativas, decidir qué juguetes o peluche se quiere llevar con él, practicar estrategias de regulación emocional… Esto fortalece también la confianza en uno mismo.
Los profesionales complementan con la información clínica un poco más específica. Hay hospitales pediátricos que tienen la figura de las Child Life Specialists, que son profesionales que justamente se dedican a acompañar estos momentos, u otros que tienen programas específicos de psicoprofilaxis quirúrgica. Es importante también atender de forma específica los miedos de las familias para evitar que se transmitan al niño o niña, y en concreto pensar también en preparar a los hermanos o hermanas del niño que se opera.
¿Cómo afecta al niño percibir la ansiedad de sus padres ante la intervención?
Mucho. Los niños captan el estado emocional de los adultos, aunque nadie diga nada, en el tono de voz, la tensión muscular, los silencios… Soy consciente que es muy difícil mantener la calma en estos momentos en los que los adultos sentimos miedo, pero es importante buscar nuestros propios recursos para gestionar esa ansiedad y poder estar lo más presentes y tranquilos posible.
Propones una caja de herramientas emocionales para que los niños vivan mejor las visitas médicas. ¿En qué consiste, cuáles son sus elementos y cómo se utiliza?
Es un conjunto de cinco estrategias sencillas que los niños y niñas pueden usar cuando sienten miedo o nervios en una visita médica. En el artículo que publicamos mi compañera Ruth Ortín y yo, presentamos estas herramientas ancladas a partes del cuerpo para que fueran fáciles de recordar incluso en un momento de estrés.
La distracción (cabeza): redirigir la atención hacia otra cosa, como por ejemplo imaginar que estamos en nuestro lugar favorito o explorar un juguete sensorial, puede reducir la percepción del dolor porque el cerebro no puede atender dos cosas a la vez con la misma intensidad.
La respiración (pecho): respirar lento y profundo activa el sistema de calma del cuerpo. Se puede practicar en casa como la "respiración de la flor" (inspirar como si olieras una flor, espirar para mover los pétalos) o la "respiración del globo", inflando la barriga.
La voz poderosa (boca): enseñar al niño o niña que puede preguntar, expresar cómo se siente o pedir un momento de pausa si lo necesita. Sentir que tiene voz en la consulta y que su voz es escuchada reduce la sensación de pérdida de control.
El contacto físico (una mano): agarrar la mano de alguien en quien confía, o tener cerca un objeto de confort también es una forma de regulación emocional. El contacto físico con alguien de confianza ayuda al cuerpo a regularse, es lo que llamamos co-regulación emocional.
La planificación (la otra mano): consiste en preparar juntos los pasos de la visita antes de llegar. Saber qué va a pasar reduce la incertidumbre, que muchas veces puede generar incluso más miedo que el procedimiento en sí.
En el artículo analizas cómo viven los pequeños esas visitas médicas. ¿Cuáles son las conclusiones principales que pueden utilizar las familias para favorecer el bienestar del menor?
La conclusión más importante es que la preparación emocional antes de una visita médica puede marcar una diferencia real en cómo se desarrolla luego. Nuestra propuesta en el artículo es que esta preparación se pueda hacer incluso desde la escuela, porque es un espacio accesible y conocido por la infancia, y puede facilitar el aprendizaje.
También es indispensable que los niños sean tratados como participantes activos en su propia salud, no como receptores pasivos. Que se les explique lo que va a pasar, que se les permita expresarse y que se validen sus emociones impacta en cómo viven la experiencia y en cómo se relacionarán con la sanidad en el futuro.
Y algo que a menudo se olvida: los niños y niñas recuerdan cómo se sintieron, aunque no recuerden los detalles clínicos. Una experiencia médica vivida con apoyo emocional es mucho más probable que deje un recuerdo positivo de la visita.
¿Eres partidaria de que se deje entrar a los progenitores hasta la misma sala de quirófano cuando el niño se queda dormido, como es posible en algunos hospitales?
Sí, la presencia de los progenitores durante la inducción anestésica se asocia con una reducción de la ansiedad del niño o niña y de su frecuencia cardíaca, y también disminuye la ansiedad de los propios progenitores. Por tanto, considero que el acompañamiento parental es una estrategia clave para avanzar hacia la humanización de los cuidados quirúrgicos.
Un factor crucial sigue siendo el estado emocional del adulto. Por eso es importante que el adulto también se prepare emocionalmente para ese momento.
Si el niño ha tenido una mala experiencia con "las batas blancas", ¿cómo reconducir la situación en el caso de que tenga que enfrentarse a una cirugía con anestesia donde debe separarse de su familia?
Lo primero es dar espacio a lo que vivió, reconocer que fue difícil y que tiene sentido y es normal que se sienta así. Por supuesto evitar negar o minimizar cómo se sintió, por ejemplo, con frases tipo "no fue para tanto". La reconstrucción de la confianza debe ser gradual, y la preparación en casa es el punto de partida más importante. Saber de antemano adónde va, por qué y qué va a pasar paso a paso reduce la sensación de incertidumbre y pérdida de control.
En la medida de lo posible, hacer visitas previas al centro de salud o al hospital para familiarizarse con el entorno, conocer al equipo, y que el niño o niña pueda explorar el material médico en un contexto de juego y sin presión, es muy beneficioso. Las Child Life Specialists son especialmente valiosas en este punto.
En casos donde el miedo es muy intenso o hay antecedentes de experiencias traumáticas significativas, recomendaría buscar apoyo psicológico especializado.










