Uno de cada tres niños o adolescentes tiene una enfermedad alérgica. Estas se han incrementado mucho en los últimos años, de forma que son de las afecciones crónicas más frecuentes en la población pediátrica. Hay alergias de distinta naturaleza: en los primeros años de vida predominan la dermatitis atópica y las alergias alimentarias, y más tarde, a partir de los cinco o seis años, las más habituales son las respiratorias.
¿Cuál debe ser el manejo de una alergia en un niño escolarizado? ¿Qué precauciones deben tomar los padres junto al centro educativo? Hemos despejado estas dudas con la Dra. Cristina Rivas Juesas, pediatra especializada en neumología y alergia infantil del Hospital Clínico Universitario de Valencia y vicepresidenta de la SEICAP (Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica).
El mecanismo para inyectar la adrenalina en caso de reacciones alérgicas graves es sumamente intuitivo: basta con retirar la tapa de seguridad, apoyarla en la parte externa del muslo y presionar unos segundos
¿Es aconsejable que el niño alérgico lleve puesto al colegio algún distintivo, como una pulsera o una medalla, para indicar su alergia?
Para nosotros, lo prioritario no es que el niño lleve un distintivo visible en su día a día, sino la preparación previa. Hay que tener mucho cuidado con señalar en exceso al alumno, porque podemos caer en la estigmatización o dar pie a situaciones de rechazo.
Lo verdaderamente imprescindible es esa reunión conjunta antes de empezar el curso entre la familia, el tutor, el equipo directivo y los responsables de comedor. En ella se debe entregar un informe médico actualizado donde se detalle claramente qué alimentos debe evitar y, fundamentalmente, un plan de acción por escrito sobre cómo actuar ante una anafilaxia. A partir de ahí, existen herramientas complementarias muy interesantes. De hecho, hay proyectos estupendos y muy bonitos —algunos de ellos premiados este año— con bandas de silicona discretas que identifican el alérgeno e incorporan un código QR con los pasos a seguir. Son una ayuda fantástica para momentos puntuales como salidas o campamentos, pero siempre como un apoyo: la auténtica red de seguridad es la anticipación, la reunión previa y el informe médico bien claro.
En el caso de que sea una alergia grave y el centro no cuente con enfermera, ¿tendrían que formarse sus profesores para poder suministrarle adrenalina?
Desde luego, es muy aconsejable. Desde la SEICAP siempre apoyamos y promovemos la figura de la enfermera escolar en los centros educativos, pero en su ausencia lo más conveniente es que el profesorado y los cuidadores cuenten con unas nociones básicas de actuación.
A veces, la palabra adrenalina impone respeto o genera cierto temor entre los docentes, pero es importante desmitificar su uso: los autoinyectores están pensados precisamente para que cualquier persona sin formación sanitaria pueda utilizarlos de forma muy sencilla, rápida y segura. El mecanismo es sumamente intuitivo –basta con retirar la tapa de seguridad, apoyarla en la parte externa del muslo y presionar unos segundos–. Una pequeña formación práctica con dispositivos simuladores es más que suficiente para que los profesores ganen confianza y pierdan el miedo, sabiendo que con un gesto tan sencillo tienen en sus manos la capacidad de salvar una vida en los primeros minutos de una reacción.
¿Desde qué edad el menor sería autónomo y responsable para suministrarse esa adrenalina?
No hay una edad fija, ya que depende de la madurez y el desarrollo de cada niño, pero por norma general situamos la autonomía entre los 11 y los 13 años (final de Primaria e inicio de la ESO). En las consultas se trata siempre de involucrar al paciente en el manejo de la adrenalina y reconocimiento de los síntomas, así como de los alimentos que le producen alergia. Un paciente bien formado, aunque sea un niño, es siempre algo deseable para cualquier enfermedad.
A partir de esa franja de edad, el menor suele ser capaz de reconocer los primeros síntomas de una anafilaxia, llevar el dispositivo siempre consigo (en una riñonera o mochila) y aplicárselo si fuera necesario. Sin embargo, incluso en adolescentes autónomos, la premisa en el colegio debe ser siempre el acompañamiento: ante una reacción pueden sufrir mareo, debilidad o pánico, por lo que siempre debe haber un adulto de referencia preparado para intervenir o completar la administración si no pudiera hacerlo por sí mismo.
¿Es aconsejable que los niños alérgicos ocupen otro comedor u otras mesas?
Desde SEICAP desaconsejamos aislar al niño en comedores separados o crear «mesas gueto» permanentes, ya que esto genera un estigma social y un impacto emocional innecesario. El objetivo prioritario debe ser siempre la inclusión segura.
En niños muy pequeños (2-5 años), por su tendencia natural a tocar la comida del compañero o llevarse las manos a la boca, puede ser razonable colocarlos en un extremo de la mesa o en un espacio vigilado de cerca por un monitor asignado. Conforme crecen, lo verdaderamente eficaz no es apartarlos, sino aplicar medidas higiénicas universales: que los compañeros no compartan comida ni cubiertos, que se limpien las superficies con agua y jabón de forma adecuada y que todo el alumnado se lave las manos antes y después de comer.
¿Cuándo hay una celebración en clase como un cumpleaños: cómo deben ser las precauciones a seguir ante el niño alérgico? ¿Deberían desecharse las elaboraciones caseras por el riesgo de contaminación?
Es un tema que conviene tratar con mucha sensibilidad, porque las celebraciones son momentos de convivencia donde lo último que queremos es que el niño se sienta excluido o que, directamente, no participe por suponer un riesgo. Al mismo tiempo, la realidad médica nos dice que las fiestas son escenarios de riesgo si no se planifican un poco: por un lado, en los dulces caseros no disponemos de una lista detallada de ingredientes ni podemos garantizar la ausencia de trazas involuntarias; por otro, en aperitivos típicos o picoteos es muy frecuente la presencia oculta de frutos secos u otros alérgenos, especialmente leche y huevos.
La prioridad siempre debe ser la comunicación. Lo ideal es informar con antelación a las familias de las alergias presentes en el aula para intentar, en la medida de lo posible, que las meriendas o tartas no contengan esos ingredientes y todos puedan disfrutar de lo mismo. Cuando esto no sea viable, lo más prudente es optar por productos con un etiquetado claro y visible, donde se pueda comprobar con total certeza la composición. Y un recurso fantástico que recomendamos a menudo es contar con una “caja segura” en el colegio: un pequeño kit con dulces o snacks aptos que la propia familia ha dejado previamente en el aula. Así, si surge una tarta casera o un picoteo no apto, el niño tiene su propia alternativa atractiva al instante, comparte el momento festivo con sus compañeros y disfruta de la fiesta con total tranquilidad y sin sentirse diferente.
¿Cómo hay que educar al niño pequeño con alergia para que tenga algunas nociones de autocuidado o sepa dar la voz de alarma ante lo que le pasa en el centro escolar, pero no viva con angustia su afección?
Gestionar una alergia alimentaria implica una gran carga emocional para las familias, y es completamente natural y comprensible que esa necesidad de seguir dietas tan estrictas a veces acabe generando en los niños miedos o rechazo hacia los alimentos. Nadie busca esa situación, pero ocurre con frecuencia porque los pequeños perciben el riesgo.
Por eso, en consulta siempre intentamos acompañar a los padres para que ese autocuidado se construya desde la confianza, buscando siempre el entorno más seguro y a la vez lo más funcional y normalizado posible para el menor. Para lograrlo, resulta muy útil apoyarse en recursos sencillos:
- Información adaptada y sin dramatismo: Explicar al niño con naturalidad cómo reacciona su cuerpo ante ese alimento específico.
- Pautas de protección positivas: Más que normas basadas en el peligro, plantear hábitos cotidianos sencillos: «como lo que me preparan en casa o en el cole», «si tengo una duda, siempre pregunto a mi profe» o «a mis amigos les dejo su comida y yo disfruto de la mía».
- Aprender a escuchar a su cuerpo: Ayudarles a identificar sensaciones tempranas y ponerles palabras fáciles —notar picor en los labios o dolor de barriga— para que sepan avisar a un adulto de inmediato.
¿Cuáles son los momentos de más riesgo para un niño alérgico en el entorno escolar?
Hay espacios donde la espontaneidad gana protagonismo y no está todo tan controlado. Por ejemplo: el recreo y el momento del almuerzo, celebraciones y festividades escolares o talleres con comida o materiales contaminados con alérgenos. Se han popularizado muchas fechas festivas a lo largo del curso (como Halloween, los turrones de Navidad o tradiciones como la castañera), en las que entran al centro alimentos con frutos secos, dulces típicos o aperitivos variados. En estos eventos, la comida circula de forma más libre y, en ocasiones, sin un etiquetado claro que permita identificar los ingredientes con certeza.
Gestionar una alergia alimentaria implica una gran carga emocional para las familias; lo que buscamos es que el autocuidado del menor se gestione desde la confianza, buscando el entorno más seguro y funcional
¿Qué es lo primero que hay que hacer cuando observamos que un niño está teniendo una reacción alérgica?
Lo primordial es actuar siguiendo unos pasos muy concretos y sencillos:
- Identificar los síntomas: Tras una ingesta accidental, la reacción suele empezar a manifestarse en la piel (picor, ronchas o hinchazón), que pueden ir acompañadas de molestias al tragar, dificultad respiratoria, dolor de barriga o vómitos. Cuando vemos que se combinan varios de estos signos, estamos ante una reacción importante.
- Inyectar la adrenalina: No hay que esperar a que el cuadro empeore. Se aplica de forma muy sencilla con el autoinyector directamente en la parte lateral del muslo (incluso a través de la ropa).
- Llamar de inmediato al 112: Es crucial avisar a emergencias indicando con claridad que se trata de un menor con una anafilaxia y que ya se le ha administrado la adrenalina.
Mientras llega la ayuda, mantenemos al niño recostado tranquilamente (o semiincorporado si le cuesta respirar) y no debemos ponerlo de pie.










