Es muy común escuchar a los abuelos decir que sus nietos tienen más rabietas que sus hijos y que reaccionan con mucha más intensidad y llanto a aquello que no les gusta. Y no solo los abuelos; son muchos de los padres que, al compararse con sus hijos, no recuerdan en su propia infancia esas reacciones ni esos berrinches tan habituales. No pocos estarían de acuerdo en bautizar a los niños de hoy en día como la Generación de las rabietas, pero ¿es realmente así?
"No creo que podamos decir que los niños de hoy tengan más rabietas que los de antes", nos responde al respecto Silvia Zamorano Gallego, coordinadora del área de Neuroeducación del Centro de Evaluación e Intervención Corat de Grupo Aprender, quien nos explica que las rabietas forman parte del desarrollo y, sobre todo cuando son pequeños, son una manera de expresar algo que todavía no saben gestionar de otra forma. "Lo que sí creo que ha cambiado mucho es el contexto en el que crecen y también nuestra manera de mirar estas conductas", puntualiza. "Hoy hablamos mucho más de emociones, de regulación y de crianza y, por tanto, estamos más pendientes de ellas”.
Un niño no se regula simplemente porque le digamos que se calme
Silvia Zamorano hace hincapié en un aspecto importante y es que, por una cuestión de neurodesarrollo, un niño no se regula simplemente porque le digamos que se calme. "Su cerebro y su sistema nervioso todavía están madurando. Esperar, aceptar un “no”, adaptarse a un cambio o controlar un impulso son aprendizajes que se van construyendo poco a poco". De ahí que lo importante sea no quedarse solo con lo que se ve, con el síntoma (la rabieta, en este caso), sino que es más pertinente -nos dice- preguntarse qué puede haber detrás de esa conducta: ¿Está cansado?, ¿se frustra con mucha facilidad?, ¿le cuesta adaptarse a los cambios?, ¿hay determinados estímulos que le saturan?, ¿le ocurre en todos los ambientes? "La rabieta es lo que vemos, pero no siempre es el verdadero problema".
El papel de la crianza en las rabietas
Cuando preguntamos a la coordinadora del área de Neuroeducación de Corat por la posibilidad que la crianza, con los cambios que ha experimentado en los últimos años (muchas veces se confunde crianza positiva con permisividad), pueda tener que ver en que algunos niños tengan más rabietas, nos indica que sí influye, puesto que los niños aprenden a regularse inicialmente a través del adulto. "Pero creo que tenemos que tener cuidado con culpabilizar a las familias", advierte. "Un niño con muchas rabietas no significa necesariamente que sus padres lo estén educando mal".
Ahora bien, no hay que pasar por alto que el niño necesita límites. "Si cada vez que aparece una rabieta retiramos el límite para que deje de llorar o enfadarse, el niño puede aprender que esa reacción funciona", señala. “Pero irnos al extremo contrario —gritar, amenazar o castigar constantemente— tampoco le está enseñando a regularse”.
Por eso, tanto en lo que a los límites se refiere como a las normas es fundamental la previsibilidad. Zamorano destaca la importancia de que el niño sepa cuáles son los límites que no debe traspasar y que esos límites no dependan del cansancio del adulto que está con él ni del momento.
Sin embargo, la especialista señala que no podemos explicarlo todo desde la educación, puesto que hay niños que, ya sea por su temperamento, por su momento madurativo o o debido a determinadas dificultades del neurodesarrollo, tienen un sistema nervioso que se desborda con mucha más facilidad. "Por eso creo que tenemos que ampliar la mirada: no quedarnos solo con qué está haciendo este niño, sino preguntarnos por qué le está resultando tan difícil gestionarlo".
¿A más pantallas, más rabietas?
Otra cuestión a valorar en cuanto a las desregulaciones emocionales de niños de diferentes edades son las pantallas. Pueden influir, sí, pero eso no implica que haya una relación causal ni que podamos decir simplemente que las pantallas provocan rabietas, a juzgar por Silvia Zamorano. "El problema aparece cuando tienen demasiado protagonismo o cuando las utilizamos para todo: para que coma, para que espere, para que no se aburra, para tranquilizarlo…".
Antes de optar por las pantallas en alguna de esas situaciones, hemos de tener muy presente que ofrecen mucha estimulación y una gratificación muy rápida. Y, como nos recuerda la neuroeducadora, la vida real no funciona así. "En la vida hay que esperar, aburrirse, esforzarse, compartir, aceptar un 'ahora no' y tolerar pequeñas frustraciones. Y todo eso también entrena el cerebro".
Si cada vez que aparece una rabieta retiramos el límite para que deje de llorar o enfadarse, el niño puede aprender que esa reacción funciona
"Desde el Neurodesarrollo necesitamos que el niño tenga experiencias reales: que juegue, se mueva, explore, espere su turno, resuelva pequeños problemas y aprenda poco a poco a tolerar el aburrimiento y la frustración", nos dice. "Si cada vez que aparece el malestar ofrecemos una pantalla, estamos evitando precisamente algunas de las experiencias que le ayudan a desarrollar esos recursos".
Y eso tiene mucho que ver con que, cuando le apagamos la pantalla, sea tan habitual que la consecuencia directa sea que se produzca una rabieta. "No necesariamente porque el niño quiera manipularnos, sino porque le cuesta pasar de una estimulación muy intensa a aceptar que esa actividad se ha terminado".






