Neurodesarrollo

Dra. Sofía Collar, pediatra: "En algunos niños existe una diferencia madurativa y, con tiempo y apoyo, la distancia respecto a sus compañeros puede reducirse"


La doctora explica por qué no todos los niños aprenden al mismo tiempo y qué implica que tarden más en adquirir ciertas habilidades


Niña en clase© Getty Images
28 de septiembre de 2026 a las 13:03 CEST

No todos los niños aprenden al mismo tiempo. Es una premisa que los expertos repiten a menudo, pero que, una vez iniciado el curso escolar, muchas veces parece esfumarse, pues se suele exigir los mismos objetivos académicos a todos los alumnos de una misma clase. ¿Por qué a unos les cuesta más que a otros? ¿Por qué no todos los niños aprenden al mismo tiempo? La respuesta no siempre está en la capacidad, el esfuerzo o la motivación; en muchos casos tiene que ver con la madurez. Y es que el desarrollo infantil no avanza de forma uniforme. Especialmente durante los primeros años de escolarización, pequeñas diferencias de edad pueden traducirse en importantes diferencias en el desarrollo cognitivo, emocional y conductual.

Estas diferencias van mucho más allá de aprender las letras antes, leer con mayor fluidez o terminar una tarea más rápido. También afectan a capacidades esenciales para la vida en el aula, como permanecer sentado durante un tiempo prolongado, seguir varias instrucciones consecutivas, organizar el material escolar, pedir ayuda cuando la necesitan o gestionar la frustración cuando algo no sale como esperan. Sobre todo ello hemos hablado con la Dra. Sofía Collar, pediatra del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja, quien nos aclara los porqués y, sobre todo, guía a los padres para saber cómo ayudar de la mejor manera posible a sus hijos.

Una diferencia en la adquisición de una habilidad no implica necesariamente que exista un problema

Dra. Sofía Collar, pediatra del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja

¿Por qué no todos los niños aprenden al mismo tiempo?

Porque el desarrollo cerebral no sigue un calendario idéntico en todos los niños. Aunque existen etapas evolutivas e hitos que sirven como referencia, hay una variabilidad normal considerable en el momento en el que se adquieren y consolidan determinadas capacidades. La maduración de las redes cerebrales implicadas en el lenguaje, la atención, la memoria o las funciones ejecutivas no se produce exactamente a la misma velocidad en todos los casos.

A ello se suman factores individuales y ambientales. La experiencia previa, las oportunidades de aprendizaje, el entorno familiar y escolar, el sueño o el estado de salud pueden influir en cómo aprende cada niño. Por eso, una diferencia en la adquisición de una habilidad no implica necesariamente que exista un problema; lo importante es valorar la trayectoria global, la repercusión en la vida cotidiana y comprobar que continúa produciéndose una progresión.

¿Cómo afecta ese ritmo diferente a los niños, teniendo en cuenta que, en clase, se unifica el ritmo y todos deben aprender lo mismo al mismo tiempo?

Las dificultades pueden aparecer cuando el ritmo académico exigido está demasiado alejado del momento evolutivo o de las necesidades de aprendizaje del niño. Un alumno puede necesitar más tiempo para automatizar la lectura, mantener la atención durante una tarea o comprender determinados conceptos sin que eso signifique que carezca de capacidad para aprenderlos.

Cuando se mantiene de forma prolongada una exigencia que supera sus recursos en ese momento, el niño puede acumular experiencias de fracaso y empezar a asociar el aprendizaje con un esfuerzo excesivo. Por eso son importantes los ajustes metodológicos. Disponer de más tiempo, dividir algunas tareas, modificar la forma de presentar la información o reforzar determinados contenidos puede permitir que continúe avanzando sin rebajar necesariamente los objetivos educativos.

¿Cuál es su impacto emocional?

Depende mucho de cómo interprete el niño esa diferencia y de la respuesta que reciba de los adultos y de sus compañeros. Si percibe de forma repetida que termina el último, necesita más ayuda u obtiene peores resultados a pesar de esforzarse, puede empezar a pensar que es menos capaz. Con el tiempo pueden aparecer frustración, inseguridad, rechazo hacia determinadas tareas o ansiedad ante situaciones académicas.

En algunos niños este malestar se expresa de una manera menos evidente. Pueden evitar hacer los deberes, decir que una asignatura no les interesa, mostrar irritabilidad antes de ir al colegio o presentar molestias físicas coincidiendo con momentos de mayor exigencia. Estas manifestaciones no son específicas de un problema de aprendizaje y deben interpretarse teniendo en cuenta el conjunto de la situación del niño.

¿Cómo diferenciar un ritmo de aprendizaje más lento, relacionado con el desarrollo madurativo, de un verdadero problema de aprendizaje o, incluso, de cierto retraso cognitivo?

La diferencia fundamental está en la evolución, la persistencia y la repercusión funcional. En un ritmo madurativo más lento suele observarse que el niño continúa adquiriendo habilidades, aunque necesite más tiempo. En cambio, cuando una dificultad persiste, afecta de manera significativa al aprendizaje o a la vida cotidiana y no mejora pese a una enseñanza y un apoyo adecuados, es recomendable realizar una evaluación.

También hay que valorar si la dificultad afecta a un área concreta, como la lectura, la escritura o las matemáticas, o si existe una afectación más amplia del desarrollo. Un trastorno específico del aprendizaje no equivale a una discapacidad intelectual. Para distinguir estas situaciones puede ser necesaria una evaluación que analice el funcionamiento cognitivo y el rendimiento académico, además del lenguaje, la atención, la memoria, la autonomía y otros aspectos del desarrollo según cada caso.

La pérdida de habilidades que el niño ya había adquirido constituye una señal de alerta y requiere una valoración pediátrica sin demora. También debe estudiarse un estancamiento claro del desarrollo. En estas situaciones no debe asumirse simplemente que "cada niño tiene su ritmo".

Niños en clase© Getty Images

¿Cómo ayudar a un niño con un ritmo de aprendizaje más lento a avanzar y ponerse al mismo nivel que el resto de sus compañeros? ¿Es eso posible en todos los casos?

El objetivo no debe ser únicamente que alcance cuanto antes al resto de la clase, sino averiguar qué necesita para progresar, participar, ganar autonomía y desarrollar su potencial. En algunos niños existe una diferencia madurativa y, con tiempo y apoyo, la distancia respecto a sus compañeros puede reducirse considerablemente. En otros casos existe un trastorno específico del aprendizaje u otra condición del desarrollo y la trayectoria puede ser diferente.

La intervención debe partir de la dificultad concreta. Puede ser necesario reforzar algunos aprendizajes, cambiar la metodología, ofrecer más tiempo o realizar una intervención específica sobre el lenguaje, la lectura, la escritura, las matemáticas, la atención u otras funciones. Cuanto mejor se conozcan las fortalezas y dificultades del niño, más ajustada será la ayuda.

Un alumno puede necesitar más tiempo para automatizar la lectura, mantener la atención durante una tarea o comprender determinados conceptos sin que eso signifique que carezca de capacidad para aprenderlos.

Dra. Sofía Collar, pediatra del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja

¿Existen "ventanas" en las que ciertas habilidades se adquieren con más facilidad y qué pasa si un niño llega más tarde a ellas?

En neurodesarrollo se habla de periodos sensibles. Son etapas en las que determinadas redes cerebrales presentan una especial plasticidad y algunas habilidades pueden adquirirse con mayor facilidad. Esto se ha estudiado especialmente en funciones sensoriales y en determinados aspectos del desarrollo del lenguaje. Sin embargo, esto no significa que, al terminar ese periodo, se cierre una puerta y resulte imposible aprender. El cerebro mantiene capacidad de reorganización y aprendizaje posteriormente, aunque algunas adquisiciones puedan requerir más entrenamiento o una intervención más específica.

Además, no todas las habilidades escolares tienen una "ventana" biológica concreta. Aprender a leer, escribir o resolver operaciones matemáticas depende de múltiples capacidades previas y de la enseñanza recibida. Si un niño empieza más tarde, pero continúa progresando adecuadamente, esa diferencia inicial no determina por sí sola cómo será su aprendizaje posterior.

¿Qué papel juegan el entorno, la estimulación y el estrés en que un niño avance antes o después que otro?

El cerebro infantil se desarrolla en interacción constante con el entorno. Las oportunidades de comunicarse, jugar, explorar y recibir respuestas de los adultos favorecen el desarrollo de las capacidades que después sostendrán muchos aprendizajes. Estimular no consiste en llenar la agenda de actividades; un entorno estable, con oportunidades adecuadas a la edad y adultos que respondan a las necesidades del niño, tiene mucho más valor que una sobreestimulación permanente.

El estrés también influye. Un estrés puntual forma parte de la vida normal, pero cuando es intenso o se mantiene en el tiempo puede dificultar la atención, el sueño, la regulación emocional y otras funciones necesarias para aprender. Por tanto, cuando aparece una caída inesperada del rendimiento, es importante conocer qué está ocurriendo alrededor del niño y no analizar únicamente sus resultados escolares.

¿Cómo influyen la regulación emocional y la maduración del sistema nervioso en la capacidad de aprender?

Aprender exige mucho más que comprender un contenido. Un niño necesita mantener la atención, filtrar los estímulos que le distraen, retener y utilizar información y tolerar la frustración cuando algo no sale a la primera. Todas estas capacidades dependen de redes cerebrales que continúan madurando durante la infancia y la adolescencia.

Por eso, un niño que se encuentra muy activado emocionalmente puede saber hacer una tarea y, sin embargo, tener dificultades para demostrarlo en ese momento. Si esto ocurre de forma repetida, conviene valorar si existen también dificultades de aprendizaje, atención, lenguaje u otros factores asociados.

Niño en clase© Getty Images

¿Cómo se manifiestan los ritmos de desarrollo en niños con TDAH, TEA o altas capacidades?

En estos casos es especialmente importante evitar hablar de un único "ritmo". Un mismo niño puede mostrar capacidades muy desarrolladas o incluso avanzadas en algunas áreas y necesitar mayor apoyo en otras.

En el TDAH, las dificultades pueden afectar a funciones necesarias para aprovechar el aprendizaje, como mantener la atención, organizar una tarea, controlar la impulsividad o gestionar el tiempo. Esto explica que un niño pueda comprender un contenido y, sin embargo, tener dificultades para terminar un ejercicio o demostrar de manera constante lo que sabe. Es importante valorar el impacto de los síntomas en los diferentes ámbitos de su vida y realizar ajustes ambientales y escolares cuando sean necesarios.

En los niños autistas existe una gran heterogeneidad. El lenguaje, la comunicación social, la flexibilidad ante los cambios o determinadas particularidades sensoriales pueden influir en la forma de acceder al aprendizaje y de demostrar lo aprendido. Por eso, los apoyos deben ajustarse al nivel de desarrollo, la forma de comunicación y el perfil individual de cada niño, incluidas sus necesidades sensoriales.

Las altas capacidades, por su parte, no constituyen un trastorno. Algunos niños pueden presentar un desarrollo muy avanzado en determinadas áreas cognitivas sin mostrar el mismo nivel en todas las dimensiones de su desarrollo. Esta posible diferencia debe valorarse individualmente, evitando tanto exigirles en todos los ámbitos el nivel que muestran en aquellos en los que destacan como limitar las oportunidades de aprendizaje que necesitan.

¿Cómo ayudar a estos niños con alguna neurodivergencia?

El primer paso es conocer el perfil individual y no intervenir únicamente a partir de una etiqueta diagnóstica. Dos niños con TDAH o dos niños autistas pueden necesitar apoyos muy diferentes. La valoración debe identificar qué aspectos interfieren realmente en su vida diaria, cuáles son sus fortalezas y qué apoyos necesitan.

A partir de ahí, la intervención puede incluir ajustes escolares, estrategias para facilitar la atención y la organización, apoyo en la comunicación o medidas para adaptar el entorno a determinadas sensibilidades. En el TDAH, por ejemplo, puede resultar útil reducir distractores, fragmentar periodos largos de trabajo o acompañar las instrucciones verbales con información escrita. En determinados casos también puede estar indicado un tratamiento farmacológico tras una valoración clínica. En el autismo, el apoyo debe adaptarse al nivel de desarrollo, la forma de comunicación y las necesidades funcionales de cada niño.

La coordinación entre la familia, el centro educativo y los profesionales sanitarios es especialmente importante. El objetivo debe ser facilitar que el niño aprenda, participe, gane autonomía y desarrolle sus capacidades, respetando su forma de desarrollarse, en lugar de intentar que todos los niños aprendan o funcionen exactamente de la misma manera.