Ser un líder en la infancia va mucho más allá de destacar entre los compañeros de clase. Los niños cuyas opiniones son escuchadas, que saben desenvolverse en grupo y ejercen una influencia positiva sobre quienes les rodean suelen desarrollar habilidades que les serán útiles durante toda la vida. Tendrán más posibilidades de crecer profesionalmente, de establecer y mantener relaciones sanas y, por tanto, de gozar de un mayor bienestar emocional. En definitiva; tendrán más probabilidades de ser felices.
En el colegio, no se trata solo de ganar popularidad entre sus compañeros, sino de aprender a relacionarse, tomar decisiones, asumir responsabilidades y confiar en uno mismo. Competencias a las que tanto provecho le podrá sacar también durante su adolescencia y en su vida como adulto.
Pero ¿cómo se construye ese liderazgo desde edades tempranas? ¿Qué pueden hacer los padres en casa para ayudar a que sus hijos ganen seguridad, aprendan a expresar sus opiniones y se conviertan en referentes positivos para los demás? Para responder a estas preguntas, hablamos con Verónica Fernández, profesora de la Facultad de Educación y Psicología y directora del Centro de Educación en Virtudes y Valores de la Universidad Francisco de Vitoria, que explica qué hábitos y aprendizajes familiares pueden marcar la diferencia.
Educar para el liderazgo no consiste en enseñar a nuestros hijos a estar por encima de los demás, sino en ayudarles a sacar lo mejor de sí mismos para contribuir a sacar lo mejor de los otros
¿Qué significa realmente ser un líder durante la infancia?
Ser líder en la infancia no significa ser el niño que más manda, el que más habla o el que consigue que todos hagan lo que él quiere. El verdadero liderazgo tiene mucho más que ver con la capacidad de influir positivamente en los demás, tomar iniciativas, asumir responsabilidades y contribuir a que quienes nos rodean crezcan y se desarrollen. Podemos reconocer ese liderazgo en situaciones muy cotidianas: un niño que integra en el juego a un compañero que estaba solo, que se atreve a defender a alguien cuando los demás se burlan, que ayuda a resolver un conflicto o que anima a su grupo a conseguir algo juntos.
Desde la educación del carácter entendemos que el liderazgo comienza por aprender a gobernarse a uno mismo: saber reconocer y regular las propias emociones, actuar con buen criterio, asumir las consecuencias de las decisiones y elegir lo que está bien, aunque no siempre resulte lo más fácil. Por eso, más que preguntarnos si un niño tiene madera de líder, deberíamos preguntarnos qué tipo de persona está llegando a ser y qué influencia ejerce sobre los demás, porque el liderazgo no consiste únicamente en tener influencia, sino en saber para qué y cómo utilizarla.
¿Qué cualidades suelen tener los niños que terminan ejerciendo un liderazgo natural entre sus compañeros?
Hay niños que desde pequeños muestran una gran facilidad para tomar la iniciativa, comunicar sus ideas, organizar actividades o movilizar a sus compañeros. Suelen ser sociables y seguros de sí mismos, y a menudo también perseverantes. Estas cualidades son valiosas y facilitan el liderazgo, pero por sí solas no garantizan que sea positivo: hacen a un niño eficaz, pero no dicen nada sobre hacia dónde dirige esa eficacia.
Lo que convierte esa capacidad en un buen liderazgo son otras cualidades: la honestidad, la justicia, la valentía para defender lo correcto, la generosidad y la sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Y, uniéndolo todo, el buen criterio para saber qué conviene hacer en cada situación.
Me parece especialmente interesante destacar la humildad. A veces asociamos el liderazgo con quienes destacan, pero un buen líder no necesita ser siempre el protagonista. Sabe reconocer el valor de los demás, compartir los logros, ponerse al servicio del grupo, etc. Por eso conviene no confundir liderazgo con popularidad. Un niño puede tener mucha influencia entre sus compañeros y ejercerla de manera negativa, excluyendo a otros o imponiendo su voluntad. Eso no es liderazgo. No basta con desarrollar la capacidad de influir, también hay que aprender a usar bien esa capacidad, debe saber usarla para el bien.
Y no olvidemos a los niños más reservados. Muchos ejercen un liderazgo silencioso, a través de su ejemplo, de su capacidad de escucha o de su atención a quien lo está pasando mal.
¿Se nace con capacidad de liderazgo o es algo que se desarrolla con el tiempo?
Todos nacemos con determinadas disposiciones personales. Hay niños que desde muy pequeños muestran mayor facilidad para comunicarse, tomar la iniciativa o relacionarse con los demás. El temperamento influye, naturalmente, pero no determina nuestro destino.
El liderazgo se puede educar y desarrollar, y la infancia es una etapa especialmente importante para hacerlo. Las experiencias que vivimos, los modelos que observamos, las responsabilidades que asumimos y las oportunidades que tenemos de tomar decisiones van configurando nuestro carácter.
Aristóteles decía que adquirimos las virtudes ejercitándolas. Esto tiene una aplicación muy concreta en la educación: un niño aprende a ser responsable asumiendo responsabilidades, aprende a ser valiente enfrentándose a dificultades y aprende a ser justo cuando tiene oportunidades de actuar con justicia. Por eso, el liderazgo no se desarrolla únicamente explicando a los niños qué significa ser un buen líder, sino ofreciéndoles experiencias reales en las que puedan practicarlo.
También es importante comprender que no todos los niños desarrollan estas capacidades de la misma manera ni al mismo ritmo. Nuestra tarea como educadores no es fabricar líderes siguiendo un modelo único, sino ayudar a cada niño a descubrir sus capacidades, desarrollarlas y que aprenda a usarlas bien, también en beneficio de los demás.
¿Qué educación suelen recibir en casa estos niños?
No existe una receta familiar que garantice el liderazgo, pero sí hay ambientes educativos que favorecen el desarrollo de las cualidades necesarias para ejercerlo bien. Son especialmente importantes los hogares en los que los niños se sienten queridos, escuchados y valorados, pero donde también existen límites claros, responsabilidades y expectativas adecuadas a su edad.
A veces confundimos educar para el liderazgo con elogiar continuamente a nuestros hijos o empujarles a destacar en todo. Sin embargo, un niño necesita algo más que escuchar que puede conseguir cualquier cosa. Necesita aprender que sus decisiones tienen consecuencias, que los demás también importan y que no siempre puede hacer lo que desea.
Las familias que favorecen este desarrollo suelen combinar afecto y exigencia, confianza y acompañamiento, libertad y responsabilidad. Permiten que sus hijos participen en decisiones adecuadas a su edad, expresen sus opiniones, se equivoquen y aprendan de sus errores.
Y hay algo fundamental: el ejemplo. Los niños aprenden mucho más del liderazgo que ven vivir que del liderazgo del que les hablamos. Cuando observan a sus padres pedir perdón, cumplir su palabra, ayudar a otros, afrontar las dificultades con serenidad o actuar con honestidad, están recibiendo una verdadera educación del carácter. No se trata de tener padres perfectos, sino adultos que procuran vivir aquello que desean transmitir.
¿Qué hábitos se han fomentado normalmente en ellos desde pequeños?
Los hábitos cotidianos tienen un papel fundamental porque el carácter se va formando a través de pequeñas decisiones y acciones repetidas. Uno de los hábitos más importantes es asumir responsabilidades desde pequeños: colaborar en las tareas domésticas, cuidar sus pertenencias, cumplir compromisos o hacerse cargo de aquello que les corresponde.
También es importante fomentar la capacidad de esperar, tolerar la frustración y perseverar cuando algo resulta difícil. Si resolvemos inmediatamente todos los problemas de nuestros hijos, aunque lo hagamos con buena intención, podemos privarlos de oportunidades importantes para desarrollar autonomía y fortaleza.
Otros hábitos especialmente valiosos son escuchar antes de responder, expresar desacuerdos con respeto, dar las gracias, reconocer los propios errores, pedir perdón y prestar atención a las necesidades de los demás.
Me parece fundamental educar también la capacidad de reflexión. No basta con preguntarles qué han hecho o qué han conseguido. Podemos ayudarles a pensar: ¿Por qué has tomado esa decisión? ¿Cómo crees que se sintió tu compañero? ¿Qué podrías haber hecho de otra manera? Estas pequeñas conversaciones les ayudan a desarrollar algo esencial para el liderazgo, lo que llamamos sabiduría práctica, es decir, la capacidad de reconocer qué es lo correcto en cada situación y actuar en consecuencia.
En definitiva, podemos decir que los buenos hábitos no solo preparan a los niños para alcanzar sus propias metas, sino que también le preparan para aprender a convivir, colaborar y preocuparse por los demás.
Más que preguntarnos si un niño tiene madera de líder, deberíamos preguntarnos qué tipo de persona está llegando a ser y qué influencia ejerce sobre los demás, porque el liderazgo no consiste únicamente en tener influencia, sino en saber para qué y cómo utilizarla.
¿Cómo fomentar el liderazgo en la infancia y en la adolescencia?
Lo primero que recomendaría a padres y educadores es no obsesionarse con que los niños sean líderes. Lo importante es ayudarles a convertirse en buenas personas, capaces de tomar decisiones libres y responsables y de contribuir positivamente a su entorno. El buen liderazgo puede surgir como consecuencia de ese crecimiento personal. Para ello, es fundamental ofrecerles oportunidades reales de protagonismo, adaptadas a su edad. En la infancia podemos hacerlo a través del juego, las pequeñas responsabilidades familiares, los trabajos en equipo o la resolución de conflictos. En la adolescencia podemos darles mayor participación en decisiones, proyectos solidarios, iniciativas escolares y actividades en las que tengan que organizarse, colaborar y comprometerse con otros.
Hay algo que considero especialmente importante: hay que darles voz, pero también enseñarles a escuchar; darles libertad, pero también ayudarles a asumir responsabilidades. No podemos pretender que nuestros hijos sean autónomos si nunca les permitimos decidir, ni que sean valientes si evitamos que se enfrenten a cualquier dificultad.
También debemos enseñarles a utilizar bien su influencia, especialmente durante la adolescencia, cuando la pertenencia al grupo y la aceptación de los compañeros adquieren tanta importancia. Hoy, además, las redes sociales plantean nuevos desafíos: tener seguidores, recibir aprobación o hacerse visible no equivale siempre a ejercer un liderazgo positivo.
Por último, debemos ayudarles a descubrir que sus capacidades no son únicamente para su propio éxito, sino que también pueden mejorar la vida de quienes les rodean.
Me gustaría poder resumir todo esto con una idea: educar para el liderazgo no consiste en enseñar a nuestros hijos a estar por encima de los demás, sino en ayudarles a sacar lo mejor de sí mismos para contribuir a sacar lo mejor de los otros. El liderazgo, para ser verdaderamente educativo, debe estar orientado por el carácter y por el bien de los demás.






