Los niños con TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) conviven a diario con correcciones, llamadas de atención y reprimendas. Aunque se esfuercen por controlar sus impulsos, concentrarse en clase o seguir las normas, muchas veces sienten que siempre hay un adulto señalándoles lo que han hecho mal. Con el tiempo, esa acumulación de mensajes puede dejar huella en su autoestima y en la imagen que construyen de sí mismos. Por eso resulta fundamental comprender qué es realmente el TDAH y cómo condiciona el día a día de quienes conviven con este trastorno del neurodesarrollo.
Con motivo del Día Nacional del TDAH, que se celebra hoy, martes 27 de octubre, conviene recordar que se trata de una realidad presente en miles de familias. De hecho, entre el 3% y el 7% de los niños en edad escolar presentan TDAH, según la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP). Para entender mejor qué implica crecer con este diagnóstico y cómo acompañar de la mejor manera a los menores que lo tienen, hablamos con Silvia Mérida Expósito, psicóloga de Blua de Sanitas, quien explica cómo afecta el TDAH a su bienestar emocional y qué pueden hacer padres y educadores para ayudarles a desarrollar todo su potencial.
Cuando reciben más correcciones que reconocimiento de sus esfuerzos o logros, pueden desarrollar la sensación de que nunca consiguen satisfacer las expectativas de su entorno
¿Por qué muchos niños con TDAH viven sintiendo que decepcionan a los demás?
Los niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) pueden experimentar dificultades para mantener la atención, controlar sus impulsos u organizar sus tareas, lo que a menudo genera correcciones frecuentes por parte de los adultos. Cuando reciben más correcciones que reconocimiento de sus esfuerzos o logros, pueden desarrollar la sensación de que nunca consiguen satisfacer las expectativas de su entorno.
Esta percepción suele intensificarse en el ámbito escolar, donde se les exige mantener determinados niveles de concentración y organización que, debido a sus dificultades, pueden resultarles especialmente exigentes.
¿Hasta qué punto esa percepción responde a la realidad y hasta qué punto es una interpretación que el propio niño va construyendo?
En muchos casos existe una combinación de ambas. El niño puede recibir críticas reales por determinados comportamientos, pero también su interpretación emocional puede llevarle a generalizarlas y pensar que decepciona a los demás en todo lo que hace. Por ejemplo, una corrección puntual por olvidar los deberes puede interpretarse como una señal de que sus padres están descontentos con él.
Esta percepción depende de múltiples factores, entre ellos sus experiencias previas, la forma en que los adultos expresan las correcciones, el clima emocional del entorno y los recursos que haya desarrollado para afrontar las dificultades y gestionar la frustración.
¿Cómo afecta a la autoestima crecer sintiendo que uno nunca cumple las expectativas de los demás?
Crecer con esta sensación puede deteriorar progresivamente la autoestima y generar una percepción negativa de las propias capacidades. Algunos niños comienzan a anticipar el fracaso o a dudar de sus capacidades incluso antes de intentar una actividad, porque consideran que sus esfuerzos nunca serán suficientes. Esto puede reducir su iniciativa y hacer que eviten situaciones en las que temen equivocarse. Además, pueden desarrollar una dependencia excesiva de la aprobación externa, de manera que su valoración personal queda condicionada por las reacciones de los demás.
¿Qué emociones suelen esconderse detrás de esa sensación de estar fallando constantemente?
La frustración suele ser una de las emociones más frecuentes, especialmente cuando el niño se esfuerza por hacer algo correctamente y, aun así, no consigue el resultado esperado. También pueden aparecer vergüenza ante las correcciones públicas, tristeza por sentirse diferente a sus compañeros o miedo a recibir nuevas reprimendas. En algunos casos, este malestar se expresa mediante irritabilidad o conductas desafiantes, que pueden funcionar como una respuesta defensiva ante situaciones que el niño vive como amenazantes para su autoestima.
¿Puede un niño con TDAH llegar a identificarse con etiquetas como "vago", "despistado" o "problemático"?
Sí. Durante la infancia, la identidad se construye en buena medida a partir de cómo los demás nos describen. Si un niño escucha repetidamente que es vago o problemático, puede acabar incorporando esas etiquetas a su autoconcepto. El riesgo es que empiece a interpretar sus dificultades como características personales permanentes y considere que no tiene capacidad para cambiar.
Por eso, es importante que los adultos comprendan que muchos comportamientos asociados al TDAH responden a dificultades en las funciones ejecutivas, como la planificación o el control de impulsos, y no necesariamente a una falta de interés o voluntad. Por eso, resulta útil separar a la persona de la conducta y describir comportamientos concretos en lugar de utilizar etiquetas globales (por ejemplo, decir "hoy se te ha olvidado traer el cuaderno" en lugar de "eres un despistado").
La frustración suele ser una de las emociones más frecuentes, especialmente cuando el niño se esfuerza por hacer algo correctamente y, aun así, no consigue el resultado esperado.
Uno de los momentos más ‘problemáticos’ en niños con TDAH es cuando deben ponerse con los deberes o a estudiar. ¿Qué estrategias deben seguir con ellos las familias para motivarlos y que el estudio deje de ser una lucha entre padres e hijos para convertirse en un hábito que los niños con TDAH asuman con responsabilidad?
La principal recomendación es adaptar la organización del estudio a sus necesidades, sin renunciar progresivamente al desarrollo de hábitos y estrategias que favorezcan su autonomía. Para ello, conviene establecer una rutina de estudio predecible y dividir las tareas largas en pasos más pequeños para que resulten más manejables. También puede ayudar trabajar durante periodos cortos de tiempo con descansos entre medias, reducir las distracciones del entorno y darle instrucciones claras, de una en una. Herramientas como los temporizadores o las listas visuales pueden facilitar que sepa qué tiene que hacer y cuánto le queda por terminar.
Es importante reforzar los avances concretos, aunque sean pequeños, y evitar que los deberes se conviertan en una fuente constante de conflicto. La responsabilidad debe desarrollarse progresivamente, retirando la supervisión adulta a medida que el niño adquiere autonomía. Si las dificultades persisten, conviene coordinar las estrategias con el centro educativo y los profesionales que realizan su seguimiento.
¿Qué consecuencias puede tener a largo plazo interiorizar esa imagen negativa de sí mismo?
Cuando esta percepción se mantiene durante años, puede aumentar la vulnerabilidad a problemas de ansiedad, síntomas depresivos o dificultades en las relaciones sociales. También puede influir en la forma de afrontar nuevos retos durante la adolescencia y la vida adulta. Algunas personas desarrollan un miedo intenso al error, mientras que otras evitan asumir responsabilidades porque han aprendido a desconfiar de sus capacidades.
Sin embargo, estas consecuencias son evitables. Ofrecer apoyo a tiempo y reforzar desde la infancia la autoestima, la autonomía y la confianza en las propias capacidades puede actuar como un importante factor de protección. El diagnóstico temprano, el acompañamiento psicológico cuando es necesario y un entorno que reconozca sus fortalezas también contribuyen a favorecer un desarrollo emocional más positivo.
¿Hay frases aparentemente inocentes que los adultos repiten con frecuencia y que pueden resultar especialmente dañinas para estos niños?
Expresiones como "si quisieras, podrías", "siempre estás en las nubes" o "tu hermano sí que sabe organizarse" pueden resultar especialmente perjudiciales cuando se repiten con frecuencia. Estas frases atribuyen las dificultades del niño a una falta de esfuerzo o establecen comparaciones que pueden hacerle sentir inferior. También conviene evitar afirmaciones absolutas como "nunca haces nada bien" o etiquetas como "eres un vago", porque transmiten la idea de que sus errores definen su comportamiento habitual. El lenguaje de los adultos tiene un peso importante en la construcción de su autoconcepto, especialmente durante las primeras etapas del desarrollo.
¿Cómo pueden los padres corregir conductas sin que el niño sienta que está siendo juzgado como persona?
La clave está en señalar la conducta concreta que debe modificarse y explicar qué se espera del niño, sin recurrir a descalificaciones personales. Por ejemplo, en lugar de decir "eres un desordenado", es preferible indicarle "has dejado los juguetes fuera de su sitio, vamos a recogerlos". Las instrucciones deben ser claras, breves y adaptadas a su edad.
También es recomendable corregir desde la calma y ofrecer alternativas que le ayuden a actuar de otra manera la próxima vez. Asimismo, conviene reforzar y reconocer los esfuerzos y avances, por pequeños que sean, para favorecer su motivación y confianza.
El niño debe comprender que puede cometer errores y asumir sus consecuencias sin que eso ponga en duda el afecto o la confianza de sus padres. Esta seguridad emocional favorece que acepte mejor los límites y participe de forma más activa en la modificación de su comportamiento.






