Entrar en una casa y encontrar la cocina recogida, el salón despejado y cada cosa en su sitio es, para muchos, una de las mejores maneras de encontrar armonía en su rutina. Sin embargo, para otros, la ropa acumulada sobre una silla, los cajones pendientes de ordenar y los objetos que llevan días esperando a que encontremos un momento para guardarlos son su día a día. Rara vez sucede que una persona pertenece a ambos grupos, un fenómeno que, aunque a primera vista pueda parecer una cuestión de hábitos o disciplina, responde tanto a nuestra personalidad, como también al uso que hacemos de cada estancia, a nuestras prioridades y al tiempo y la energía que dedicamos a las tareas cotidianas.
¿Por qué hay personas que ordenan el salón pero no su dormitorio?
La cocina y el salón suelen ser espacios compartidos, en los que el orden facilita tanto las actividades cotidianas como la convivencia. Además, son las estancias que con mayor frecuencia mostramos cuando recibimos visitas, por lo que algunas personas sienten una mayor necesidad de mantenerlas recogidas. El dormitorio, en cambio, suele quedar fuera de esa exposición y puede responder a unas normas personales diferentes.
Tal y como explica la psicóloga Leticia Martin Enjuto (@leticiamartin.psicologa), esto "no implica necesariamente que vivan pendientes de la opinión ajena, sino que pueden establecer prioridades diferentes según el uso y la visibilidad de cada espacio". En ocasiones, sencillamente, dedicamos más atención a aquello que necesitamos utilizar a diario o que compartimos con otras personas. El orden también es una cuestión de preferencias y de cómo entendemos la comodidad dentro de nuestro propio hogar.
Ser desordenado: qué dice de ti según la psicología
No todas las personas tienen la misma idea de lo que significa vivir en una casa ordenada. Mientras algunas necesitan ver las superficies despejadas y cada objeto en su lugar para sentirse cómodas, otras pueden desenvolverse perfectamente en un entorno donde hay ropa a la vista o cosas pendientes de guardar. Por eso, antes de asociar el desorden con una determinada forma de ser, conviene tener en cuenta qué entendemos por organización y qué necesitamos para sentirnos bien en nuestro espacio.
En ese sentido, "desde esta perspectiva, una habitación desordenada no significa automáticamente que alguien sea descuidado. Puede tratarse, sencillamente, de una persona que concede más importancia a la funcionalidad que a la apariencia de su espacio privado", aclara Leticia Martin Enjuto.
La personalidad también puede influir en nuestros hábitos de organización, aunque no de una manera tan directa como a veces imaginamos. Una persona metódica en el trabajo o que planifica con detalle sus obligaciones no tiene por qué aplicar ese mismo nivel de exigencia a todos los ámbitos de su vida.
Para explicar este fenómeno, la experta señala que "la personalidad puede influir en estas diferencias, aunque no de una manera tan sencilla como a veces pensamos. La responsabilidad, entendida como uno de los grandes rasgos de personalidad, se relaciona con aspectos como la planificación, la constancia y la organización. Sin embargo, una persona organizada no tiene por qué mantener todas las áreas de su vida bajo el mismo nivel de exigencia. Puede ser rigurosa con sus obligaciones laborales, cumplir sus compromisos y planificar con detalle sus actividades, pero permitirse cierta flexibilidad en su habitación".
El cansancio y la falta de tiempo influyen
Después de una jornada de trabajo, las obligaciones domésticas y los compromisos personales, no siempre disponemos de la misma energía para atender todas las tareas pendientes. En ese contexto, "cuando tenemos muchas responsabilidades, tendemos a resolver primero las tareas que consideramos más urgentes y a posponer las que parecen menos necesarias. Así, el desorden puede ser una consecuencia de cómo distribuimos nuestro tiempo y energía, sin que exista una relación directa con nuestra personalidad", explica la psicóloga.
El dormitorio es el mejor ejemplo para entenderlo, pues suele ser uno de los espacios donde podemos relajarnos sin sentir la misma necesidad de responder a las expectativas externas. Una vez terminadas las obligaciones del día, quizá no nos apetezca dedicar el tiempo libre a ordenar cada rincón. En algunas personas, esa flexibilidad se traduce en una habitación menos organizada que el resto de la casa, sin que necesariamente exista un problema detrás.
Como apunta Leticia Martin Enjuto, "después de un día de trabajo, compromisos y exigencias, quizá no sintamos la misma necesidad de mantenerlo todo perfecto. Algunas personas reservan sus esfuerzos para las áreas compartidas y se permiten ser más flexibles en el lugar donde descansan. Esto no significa que el desorden sea necesariamente una señal de bienestar o de autenticidad, sino que el espacio privado puede estar sujeto a normas personales diferentes de las que aplicamos en el resto de la casa".
¿Cuándo puede ser una señal de estrés o agotamiento?
Dejar ropa sobre una silla, acumular algunos objetos en una cómoda o posponer el cambio de sábanas no permite sacar conclusiones sobre la salud emocional de una persona. Es importante distinguir entre un desorden puntual, fruto de las circunstancias o de las preferencias individuales, y una dificultad persistente para mantener el espacio que empieza a interferir en el bienestar cotidiano.
Cuando ordenar se convierte en una tarea que genera un malestar constante o que resulta difícil de abordar durante periodos prolongados, puede ser útil observar qué está ocurriendo. El estrés, el agotamiento y la acumulación de responsabilidades pueden reducir la energía disponible para actividades que, en otro momento, realizaríamos sin dificultad. En lugar de interpretar automáticamente esa situación como falta de voluntad, conviene analizar qué factores pueden estar influyendo.
Como concluye la experta, "cuando mantener el dormitorio organizado se vuelve una tarea que genera un malestar constante o resulta difícil de abordar durante periodos prolongados, puede ser útil examinar qué factores están interviniendo. En lugar de interpretar esa situación como falta de voluntad, resulta más útil comprender qué está dificultando el cambio y qué pequeños ajustes podrían facilitarlo".











