Has probado de todo. Has cambiado la dieta; has eliminado el gluten, el azúcar, los lácteos; has ido al nutricionista, te has hecho analíticas, has probado suplementos y protocolos antiinflamatorios de todo tipo. Y aun así sigues arrastrando ese cansancio que no se va, esa hinchazón que aparece sin motivo aparente, esas digestiones pesadas o ese malestar difuso que no sabes muy bien cómo explicar. Quizás el problema no esté únicamente en lo que comes, sino en cómo vives. Porque hay una inflamación que no se ve en ninguna analítica y que tiene mucho más que ver con el estrés, los vínculos que sostenemos y la forma en que habitamos nuestro día a día.
A veces ponemos toda nuestra atención en aquello que podemos medir: lo que comemos, las horas que dormimos, los pasos que damos o los resultados de una analítica. Es lógico buscar respuestas ahí, especialmente cuando el cuerpo lleva tiempo avisando de que algo no termina de funcionar. Pero existe otra parte de la ecuación, menos visible y quizá más incómoda, que también merece ser escuchada: la conexión entre cuerpo y mente es mucho más importante de lo que creemos. Cuando uno flojea, el otro tiende a hacerlo también.
Por eso, para entender este vínculo, hemos hablado con la psicóloga Raquel Córdoba (@raquelcordobapsicologia). La experta empieza aclarando algo importante: cuando algo no funciona bien físicamente, "debemos acudir al médico y realizar las pruebas pertinentes para descartar posibles causas orgánicas".
Ahora bien, el problema aparece cuando nos quedamos solo ahí. Según explica, "nos olvidamos de observarnos en nuestra totalidad. Nuestro estado psicológico y emocional puede influir en nuestro bienestar físico. Lo que pensamos, sentimos y vivimos también tiene una repercusión en nuestro organismo". Quizá esa sea una de las piezas que faltaban en ese puzle que llevas meses intentando resolver: no todo sucede alrededor de la mesa. También importa cómo llegamos a ella, cómo estamos viviendo y cuánto tiempo llevamos funcionando al límite.
De hecho, Raquel Córdoba atañe esa inflamación a causas que van más allá de esas dos vertientes: "Cuando vivimos en un estado de activación constante del sistema nervioso —por ejemplo, como consecuencia de un estrés intenso y prolongado en el tiempo— se ponen en marcha diferentes mecanismos fisiológicos de respuesta, entre ellos el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal. Nuestro organismo se prepara para responder ante aquello que interpreta como una amenaza o una demanda".
El problema es que nuestro cuerpo no distingue siempre entre una emergencia puntual y una vida entera vivida con la sensación de que siempre queda algo por resolver. Cuando esa alerta deja de ser excepcional y empieza a convertirse en el paisaje habitual, el desgaste puede terminar pasando factura. Una imagen que, la psicóloga, explica de manera gráfica: "Podríamos imaginarlo como conducir un vehículo manteniéndolo constantemente a unas revoluciones por encima de las que puede sostener. Durante un tiempo puede responder, pero llegará un momento en el que empezará a acusar ese esfuerzo. Con nuestro organismo puede suceder algo parecido. Pueden aparecer cansancio, tensión muscular, problemas de sueño, alteraciones digestivas, dolor u otros síntomas relacionados con el estrés mantenido". Eso sí, matiza algo esencial que conviene no perder de vista: "esto no significa que las emociones sean por sí solas la causa de un malestar o enfermedad".
La salud, ese rompecabezas formado por decenas de piezas
En este sentido, la clave no se trata de simplificar la ecuación hacia un único factor. Según la especialista: "La salud es siempre multifactorial. Intervienen nuestra genética, nuestros hábitos, el sueño, la alimentación, el movimiento, nuestras condiciones de vida, el entorno, las relaciones y también nuestro estado psicológico y emocional. Por eso, hablar de cuerpo y mente no significa reducir una enfermedad física a un problema emocional, sino comprender que el organismo funciona como un sistema en el que todas estas variables se relacionan e se influyen entre sí".
Mirarlo así cambia bastante la conversación. No se trata de sustituir una explicación por otra, sino de ampliar el foco. Porque quizá llevamos demasiado tiempo preguntándonos qué tenemos que eliminar de nuestra alimentación cuando también deberíamos preguntarnos qué está sobrando —o faltando— en nuestra vida.
Hay una frase de la psicóloga que resume muy bien esta idea, y que quizás te suene familiar de tus propios pensamientos: "A veces somos capaces de convencernos mentalmente de que no pasa nada, de que podemos con todo, que tenemos que aguantar o que una situación no es tan grave, mientras nuestro organismo continúa respondiendo a una situación que está viviendo como estresante. Por eso siempre digo en consulta que la mente, a veces, nos miente, pero el cuerpo siempre nos dice la verdad. Lo que pensamos tiene mucho que ver con lo que nos dijeron, con lo que vimos, con lo que hemos aprendido y también con aquello que nos decimos a nosotros mismos a partir de nuestras experiencias de vida. El cuerpo, mientras tanto, responde a lo que estamos viviendo", señala.
Sostener demasiado vs. sostener lo que debes
Si hablamos de aquello que ocurre fuera de nosotros, hay un aspecto que sirve bien para entender el contexto: las personas y los contextos que forman parte de nuestra vida. Porque no todos los malestares nacen de una mala relación, pero tampoco todas las relaciones son neutrales para nuestro bienestar: "Cuando mantenemos vínculos que nos hacen vivir bajo una fuente constante de estrés, miedo o ansiedad, podemos empezar a 'apagarnos' lentamente. Nuestro estado emocional puede terminar expresándose también a través del cuerpo, algo que se conoce como somatización", explica la experta.
Y la especialista no habla solo de pareja: el ejemplo se extiende a otros muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana. Como señala: "Vivir durante mucho tiempo bajo el paraguas de un contexto que no nos hace bien —un trabajo en el que nos tratan mal, relaciones de abuso, unas condiciones de vivienda que dificultan el descanso, conflictos familiares continuos, amistades que nos dañan o una relación de pareja que nos hace sufrir— puede mantener nuestro organismo sometido a un importante nivel de estrés. Como si, de alguna manera, nuestro cuerpo nos que ya no puede sostener todo aquello más".
El objetivo es vivir, no sobrevivir
Aquí llega una de las puntualizaciones más importantes de toda la conversación, porque desmonta un malentendido habitual sobre lo que significa "cuidarse" emocionalmente. Raquel Córdoba lo explica sin rodeos: "A través de nuestras experiencias podemos acabar construyendo una vida rodeada de miedo, estrés, culpa, vergüenza o ira. Todas ellas son emociones básicas y necesarias. Sentirlas forma parte de ser humano y ninguna emoción es negativa por sí misma. De hecho, una vida antiinflamatoria no consiste en no sentir emociones desagradables. Eso sería imposible", explica, para detallar más: "El problema aparece cuando determinados estados emocionales se vuelven persistentes y terminan convirtiéndose en el escenario habitual desde el que vivimos, cuando nuestro organismo pasa demasiado tiempo activado para defenderse como cuando pasamos demasiado tiempo sobreviviendo en lugar de viviendo".
Entonces, ¿qué es exactamente vivir de forma "antiinflamatoria"? La psicóloga lo resume así: "Para mí, hay una idea que resume especialmente bien este concepto: aprender a detectar aquello que nos hace bien y aquello que nos está haciendo daño para recuperar, poco a poco, margen de acción sobre nuestra propia vida".
Pero, aclara, esto no significa que la solución sea sencilla ni inmediata: "Tampoco podemos simplificarlo diciendo que basta con eliminar aquello que no nos gusta. No todas las personas pueden abandonar inmediatamente un trabajo, cambiar de vivienda, cortar un vínculo familiar, romper con una relación de malos tratos o salir de una situación económica complicada. A veces no podemos cambiar el contexto de forma inmediata e, incluso, hay circunstancias que no podemos cambiar y con las que debemos aprender a convivir".
Ante esa realidad, ¿qué sí está en nuestra mano? "Podemos empezar por reconocer qué nos está ocurriendo, dejar de normalizar determinados niveles de sufrimiento y potenciar aquellos aspectos que sí nos hacen bien, buscando pequeñas formas de recuperar seguridad, autonomía y cuidado", propone la psicóloga. A veces recuperar el control no empieza con una gran decisión, sino con algo mucho más pequeño: reconocer que algo no nos está haciendo bien, pedir ayuda o dejar de exigirnos que podamos con todo.
Tres pasos para 'desinflamar' tu vida (y, con ello, tu cuerpo)
La experta plantea un camino en tres etapas, que puedes tomar como una pequeña hoja de ruta si te reconoces en algo de lo anterior:
- Autoconocimiento. "Aprender a detectar nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestras respuestas corporales. Preguntarnos qué nos está sucediendo, qué estamos necesitando y qué situaciones nos regulan o nos alteran".
- Regulación emocional. "No se trata de dejar de sentir miedo, tristeza, enfado o culpa, sino de aprender qué hacer con aquello que sentimos para que nuestras emociones no tengan que ser constantemente reprimidas, evitadas o desbordadas.
- Pasar a la acción. "Aquí aparecen los límites. Aprender a decir 'no', pedir ayuda, alejarnos de determinadas situaciones cuando sea posible, expresar lo que necesitamos y dejar de permanecer sistemáticamente en lugares que nos dañan".
Cuando aguantar se convierte en costumbre
Desde su experiencia clínica, Raquel Córdoba observa un patrón que se repite con frecuencia: "En consulta veo con frecuencia a personas cuyo malestar físico convive con una enorme dificultad para poner límites. Personas que llevan años callando, aguantando y soportando situaciones que les generan sufrimiento. Que viven vidas que no quieren vivir, que se sienten solas incluso estando acompañadas o que permanecen en lugares en los que hace mucho tiempo dejaron de sentirse bien".
Aguantar tiene mala fama cuando hablamos de bienestar, pero también es una estrategia que muchas personas han aprendido para salir adelante. El problema aparece cuando deja de ser algo puntual y se convierte en nuestra forma habitual de relacionarnos con la vida. Pero la especialista aclara, eso sí, que esto no supone convertir cada síntoma en un diagnóstico emocional: "Esto no significa que su malestar físico esté causado exclusivamente por lo emocional. Significa que, a veces, existe un organismo intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo. Poco a poco puede aparecer una especie de abandono emocional hacia uno mismo: dejar de escucharnos, dejar de preguntarnos qué necesitamos y acostumbrarnos a sobrevivir".
La experta va incluso más allá: "El cuerpo —todos nuestros órganos— también siente ese desgaste. Especialmente cuando vivimos en contextos en los que tenemos que permanecer continuamente alerta, tomando decisiones rápidas, anticipándonos a problemas o respondiendo a múltiples situaciones estresantes". Como ella misma resume de forma contundente: "No estamos diseñados para vivir permanentemente en estado de emergencia".
Costumbres que suman para sentirte mejor
No existe una fórmula mágica ni universal, avisa la psicóloga, "porque cada persona necesitará revisar qué aspectos de su vida están contribuyendo a su bienestar y cuáles están generándole un estrés sostenido, pero podemos empezar por algunas cuestiones básicas".
Entre ellas, destaca construir relaciones de calidad, es decir, "tener personas a nuestro lado con las que podamos sentirnos seguros, confiar y ser nosotros mismos sin miedo"; así como cultivar el sentido de pertenencia, porque "sentir que formamos parte de algo también nos regula. Puede ser nuestra familia, nuestras amistades, una comunidad o simplemente nuestro martes de cerámica o nuestra clase de baile"; y encontrar sentido vital, "conectar con aquello que da significado a nuestro día a día: nuestro trabajo, cuidar, crear, aprender, ayudar a otras personas o cualquier actividad que sintamos verdaderamente nuestra".
Sobre poner límites, quizás una de las tareas más difíciles para muchas personas, la psicóloga aporta una reflexión que merece la pena subrayar: "Aprender a decir más 'no'. Poner límites no es rechazar a los demás; muchas veces es dejar de rechazarnos a nosotros mismos y a lo que verdaderamente necesitamos". A esto suma la importancia de "expresar lo que nos sucede. Dejar de convertir el 'callar, aguantar y soportar' en nuestra manera habitual de relacionarnos. Decir lo que sentimos ayuda a aligerar el malestar".
El resto de la lista incluye cuidados que probablemente ya conoces, pero que quizás tengas descuidados, como descansar: "Escuchar las señales de cansancio antes de llegar al agotamiento" y mover el cuerpo. No hace falta necesariamente ir al gimnasio. Caminar, bailar, practicar algún deporte o incorporar movimiento cotidiano también es una forma de cuidar nuestro organismo"; y "mantener una alimentación variada y equilibrada. Comer sano también significa aprender a comer sin culpa, disfrutar de los alimentos y permitirnos aquello que nos produce placer dentro de una relación flexible con la comida".
También subraya que el disfrute no es un lujo, sino una necesidad: "buscar actividades que nos hagan sentir bien. El placer, el descanso, la diversión y la conexión social no son un premio que tengamos que ganarnos después de ser productivos, es una necesidad esencial para la supervivencia y la salud". Y cierra esta lista con dos ideas que van de la mano: "aprender a pedir ayuda. No todo tenemos que sostenerlo solos. Poder apoyarnos en otras personas también forma parte de una vida saludable" y "cultivar la paciencia. Aprender que no todo tiene que suceder ahora".
La necesidad de saber frenar e ir más despacio
Precisamente sobre la paciencia, Raquel Córdoba se detiene especialmente, y no es casualidad: vivimos rodeadas de estímulos que exigen respuesta inmediata. "Esta última me parece especialmente importante. Vivimos rodeados de inmediatez. Mensajes que se responden al instante, compras que llegan al día siguiente, vídeos de pocos segundos, información infinita disponible en cualquier momento. Nos estamos acostumbrando a que prácticamente todo suceda rápido y esa forma de vivir puede mantenernos en un estado de sobreestimulación y activación constante".
Quizá por eso esperar se ha convertido casi en un acto de resistencia. Estamos acostumbradas a llenar cualquier silencio, contestar cualquier mensaje y aprovechar cualquier minuto. Incluso el descanso parece necesitar una finalidad.
Frente a esa velocidad constante, propone justo lo contrario: "Quizá una parte de llevar una vida antiinflamatoria consista precisamente en hacer lo contrario, en bajar las revoluciones. Volver a caminar sin prisa. Dormir. Aburrirnos. Esperar. Cocinar. Conversar sin mirar el teléfono. Hacer algo únicamente porque nos gusta. Estar con personas con las que no tengamos que defendernos. Escuchar lo que sentimos antes de que nuestro cuerpo tenga que gritárnoslo".
Para terminar, la psicóloga deja una definición que quizás sea la más honesta de todo lo que nos ha contado: "Una vida antiinflamatoria, por tanto, no es una vida perfecta ni una vida sin problemas. Es una vida en la que nuestro organismo no tenga que estar constantemente preparado para sobrevivir y en alerta. Una vida con más experiencias de seguridad, descanso, conexión, placer, movimiento y sentido. Y quizá también implique rescatar una idea que parece que hemos olvidado: la vida no es inmediata y, muchas veces, las cosas más valiosas se cuecen a fuego lento".
No necesitamos construir una vida perfecta para sentirnos mejor. A veces se trata, simplemente, de construir una vida en la que podamos bajar la guardia. Una vida que no nos obligue a estar permanentemente preparadas para lo siguiente y en la que también haya espacio para parar, disfrutar y, sobre todo, escucharnos.


















