Crecer con un padre o una madre cuya profesión obliga a pasar largas temporadas fuera de casa es una realidad para muchas familias. Detrás de esas ausencias hay equilibrios complejos, renuncias silenciosas y, a menudo, un enorme esfuerzo por parte del progenitor que sostiene el día a día. Una labor tan imprescindible como poco visible que, años después, muchos hijos llegan a valorar en toda su dimensión. Ese es precisamente el caso de Amelia Bono, quien habla con emoción del papel que desempeñó su madre durante los años en que su padre, José Bono, era ministro y dedicaba gran parte de su tiempo a sus responsabilidades políticas.
"Mi padre no estaba casi nunca. No le gusta que lo diga, pero es que no estaba y mi madre ha hecho una labor maravillosa: no lo hemos echado en falta", reconocía la propia Amelia en el programa La Mesa con Cristina Pardo. "Admiro muchísimo a mi madre por cómo lo ha hecho y cómo es, y cómo ha sacado siempre una sonrisa. Es que es maravillosa", comenta con orgullo. "Ojalá sea yo la mitad que ha sido ella".
Amelia también destaca los valores que tanto su madre como su padre les transmitieron a ella y a sus hermanos, y asegura sentirse profundamente orgullosa de ambos. Sus palabras plantean una cuestión que comparten muchas familias: ¿cómo lograr que los hijos mantengan un vínculo sólido con un progenitor cuya presencia física es más limitada? ¿De qué manera pueden madre y padre seguir educando como un equipo pese a las exigencias laborales? ¿Y qué ayuda a que los niños crezcan sintiéndose acompañados y queridos aunque una de las figuras parentales pase menos tiempo en casa del que desearía?
Para responder a estas preguntas hemos hablado con Olga Albaladejo Juárez, psicóloga experta en bienestar y salud integrativa (www.olgapsicologaycoach.com), que comparte cinco prácticas clave para fortalecer la relación entre padres e hijos cuando el tiempo juntos es escaso, pero el vínculo sigue siendo una prioridad.
Un hijo puede haber echado de menos a su padre o a su madre y, aun así, haberse sentido querido, atendido e importante.
Amelia Bono, hija del exministro José Bono, ha dicho: "Mi padre no estaba nunca y mi madre ha hecho una labor maravillosa: no lo hemos echado en falta". No lo ha dicho echando nada en cara a su padre, sino que pone en valor lo que hizo su madre, asegurando que se siente muy orgullosa de ella y de los valores que les ha transmitido (junto a su padre) a ella y a sus hermanos. ¿Qué papel juega el progenitor que sí está presente a la hora de amortiguar el impacto de las ausencias del otro?
El progenitor presente puede aportar algo fundamental: la tranquilidad de saber que hay alguien disponible y que la vida cotidiana sigue siendo segura. Las rutinas, el consuelo después de un mal día o unas normas coherentes ayudan a sostener esa confianza.
También puede ayudar a comprender la ausencia, explicándola con palabras adecuadas a la edad y dando espacio a lo que el niño siente. "Está trabajando fuera" y "entiendo que lo eches de menos» son mensajes compatibles. La investigación sobre coparentalidad —cómo colaboran los adultos en la crianza— encuentra una relación entre esa colaboración y el ajuste psicológico de los hijos. Un metaanálisis de 59 estudios ya mostraba esta asociación, aunque no supone una garantía para cada familia.
Las palabras de Amelia ponen en valor un trabajo cotidiano que muchas veces solo se reconoce años después. Pero reconocer a quien sostiene no debería significar pedirle que pueda con todo. Esa persona también necesita cuidados y apoyo; mantener el vínculo corresponde igualmente al progenitor que está fuera.
¿Cómo puede explicarse psicológicamente que un hijo no viva esa ausencia como una carencia emocional?
Conviene distinguir entre que alguien falte en determinados momentos y sentir que no puedes contar con él. Un hijo puede haber echado de menos a su padre o a su madre y, aun así, haberse sentido querido, atendido e importante. Eso puede ocurrir cuando dispone de cuidados estables y el progenitor que pasa menos tiempo en casa mantiene un interés real por su vida. Una explicación comprensible ayuda, pero necesita estar acompañada de hechos: llamadas que se cumplen, atención cuando se reencuentran, conocimiento de lo que le preocupa.
Echar de menos a alguien no equivale necesariamente a crecer con una carencia afectiva. Tampoco el cariño de una persona borra automáticamente lo que pueda doler de otra relación. Amelia reconoce la ausencia y expresa gratitud por ambos. Podemos respetar ese relato sin buscar una herida oculta ni convertirlo en una experiencia universal. Incluso dos hermanos pueden vivir una misma organización familiar de manera diferente.
¿Qué factores determinan que una ausencia frecuente se viva con normalidad o, por el contrario, genere malestar en los hijos?
Importan las circunstancias y el significado que esa ausencia adquiere para cada hijo. Conviene mirar:
· La edad y el momento vital. Las necesidades cambian; un adolescente que reclama autonomía también puede necesitar mucha disponibilidad.
· La duración y la previsibilidad. Saber cuándo vuelve el adulto ayuda a organizar la espera. Las promesas incumplidas añaden decepción.
· La relación que mantienen. Cuenta si el hijo percibe interés y puede acudir al progenitor cuando lo necesita.
· Los cuidados disponibles. Importa quién se queda y si dispone de apoyo suficiente.
· El clima familiar. Los conflictos entre adultos pueden añadir malestar a la separación.
· La libertad para hablar. Que una ausencia sea habitual no significa que nunca duela.
Además, en la adolescencia, necesitar más autonomía no significa dejar de necesitar a los padres. Puede que un hijo ya no quiera contarlo todo o hacer tantos planes en familia, pero siga necesitando que nos interesemos por su vida y estemos disponibles para escucharlo. Por eso, al valorar una ausencia, conviene preguntarse también: "¿Puede contar conmigo cuando algo le preocupa?". A veces esa conversación surge mientras cenamos o hacemos un trayecto juntos; necesita oportunidades, no solo una cita para hablar.
¿Qué suelen hacer las familias que consiguen mantener un vínculo afectivo sólido pese a las exigencias profesionales de uno de los progenitores?
Desde el criterio profesional, propondría cinco prácticas:
· Mantener un contacto previsible. Una llamada o un mensaje de voz que puedan sostenerse con regularidad, adaptados a la edad y las ganas del hijo.
· Dar continuidad a las conversaciones. Preguntar cómo terminó aquello que le preocupaba ayer transmite que lo escuchamos y lo recordamos.
· Compartir también las responsabilidades. Quien vuelve participa en los cuidados y los límites, además de los momentos divertidos.
· Proteger espacios cotidianos. Cocinar, pasear o acompañar una tarea permite conocerse sin organizar siempre algo excepcional.
· Reconocer las decepciones. Si no se puede cumplir un plan, avisar, escuchar el enfado y buscar una alternativa realista.
La calidad del tiempo necesita tiempo para existir. No hace falta que cada encuentro sea memorable, pero sí que haya oportunidades suficientes para que los hijos puedan acercarse, incluso cuando tardan en contar qué les pasa.
Un momento perdido no se recupera, pero se puede seguir construyendo la relación.
Amelia Bono también dice que se siente orgullosa de los dos, de su padre y de su madre. ¿Influye la forma en que el padre o la madre presente habla del otro progenitor en la percepción que desarrollan los hijos?
Sí, puede influir, aunque los hijos también construyen su percepción a partir de sus propias experiencias. Las palabras de los adultos ofrecen un marco para entender lo que ocurre.
La investigación relaciona la cooperación y el conflicto en la crianza con el bienestar de los hijos, e incluye el riesgo de involucrarlos en las tensiones entre los progenitores. Esto no demuestra que hablar bien del otro compense su ausencia, pero sí respalda la importancia de evitar que los hijos queden en medio.
Hablar con respeto permite reconocer una decepción sin descalificar: "Sé que te habría gustado que viniera". No obliga a idealizar al ausente ni a justificarlo todo. Un hijo debería poder querer a ambos y contar lo que le duele sin sentir que traiciona a ninguno. También debería poder agradecer a su madre lo que hizo sin que ese reconocimiento se convierta en una acusación contra su padre.
¿Cómo impacta en el progenitor que se ha visto obligado a permanecer mucho tiempo fuera por cuestiones profesionales el hecho de perderse momentos importantes de la infancia o de la adolescencia de sus hijos?
Puede sentir tristeza, culpa o pesar por momentos que no volverán. También puede experimentar orgullo por su trabajo y satisfacción por lo que aporta a la familia. Esas emociones pueden coexistir.
Conviene prestar atención a cómo responde a la culpa. En una investigación con progenitores de niños pequeños, la culpa por la interferencia del trabajo en la familia se asociaba con mayor permisividad. Es una asociación, no significa que todos reaccionen así. Como orientación práctica, recomendaría evitar que los regalos o las excepciones se conviertan en la principal forma de compensar. Puede ser más útil decir: "Siento haberme perdido algo importante para ti. Quiero escucharte".
Un momento perdido no se recupera, pero se puede seguir construyendo la relación. La pregunta que ayuda es: "¿Qué puedo cambiar o cuidar desde ahora?". Y la respuesta debe tener en cuenta el margen real de decisión de esa persona.
Los hijos necesitan poder confiar en nuestro cariño y encontrarlo en hechos.
La propia Amelia dice que a su madre no le gusta que ella diga que él no estaba en casa. ¿Qué mensaje puede extraerse para las familias que se sienten culpables porque el trabajo les impide pasar todo el tiempo que les gustaría con sus hijos?
Propongo extraer tres mensajes:
· Sentir culpa no demuestra que estés haciendo daño. Conviene escuchar cómo lo viven tus hijos, en lugar de darlo por supuesto.
· Reconocer una ausencia permite hablar de ella. Un hijo puede decir «me habría gustado que estuvieras» y seguir sintiéndose orgulloso de su padre o de su madre.
· Revisar lo posible ayuda más que exigirse lo imposible. ¿Qué momento puedo proteger? ¿Qué compromiso puedo cumplir? ¿Cómo repartimos mejor los cuidados?
Tampoco podemos resolver toda la conciliación con voluntad individual: los horarios, la estabilidad económica y los apoyos disponibles cuentan. Los hijos necesitan poder confiar en nuestro cariño y encontrarlo en hechos. Y quienes sostienen el día a día merecen que su esfuerzo se reconozca y se comparta, además de agradecerse.






