Triunfar profesionalmente suele tener un precio. Y, en muchos casos, ese precio es el tiempo que se deja de compartir con la familia. Así lo ha reconocido Albert Rivera al recordar su etapa en primera línea política, una época marcada por las renuncias personales. "Tenía una hija pequeña que veía mucho menos de lo que me gustaba, aunque hacía virguerías y me cogía vuelos de una punta a otra de España para estar un día o una tarde con ella", ha contado a Uri Sabat en su pódcast La fórmula del éxito. Por aquel entonces solo tenía a su hija mayor, Daniela, fruto de su matrimonio con Mariona Saperas; Lucía, la hija que tiene con Malú nació después de anunciar públicamente su dimisión.
Rivera asegura que en aquella época al frente de un partido renunció a casi todo y admite que "la vida familiar es complicada" cuando las exigencias profesionales ocupan cada espacio de la agenda. En su caso, explica, la responsabilidad política apenas dejaba margen para rebajar el ritmo: detrás había millones de ciudadanos a los que representaba.
Aunque sus palabras hacen referencia a la política, el dilema que describe resulta familiar para muchas madres y padres. La dificultad para conciliar, la sensación de no llegar a todo o la necesidad de elegir entre una oportunidad profesional y más tiempo junto a los hijos son realidades que afectan a numerosas familias. ¿Qué consecuencias pueden tener estas situaciones en el bienestar de los niños? ¿Y cómo impactan en los propios progenitores? Para responder a estas cuestiones hemos hablado con Eva Rozalén, psicóloga del Centro de Psicoterapia Itersia, que explica cómo influyen estas ausencias en la dinámica familiar, qué efectos pueden generar a nivel emocional tanto en los niños como en los propios progenitores y qué estrategias ayudan a minimizar su impacto en los más pequeños.
Unos padres pueden tener agendas muy exigentes y, aun así, ofrecer seguridad emocional si escuchan a sus hijos, responden a sus necesidades, cumplen los compromisos que adquieren y mantienen una relación afectuosa y estable.
¿Qué implica este tipo de renuncia a nivel personal y familiar?
Cuando el trabajo exige una dedicación prácticamente absoluta, el principal riesgo es que la vida personal quede relegada de forma sistemática. A nivel psicológico, esto puede generar estrés, desgaste emocional y la sensación de estar perdiéndose momentos importantes que no se pueden recuperar. En la familia, además, la carga de la crianza puede recaer de manera desigual sobre el otro progenitor.
No se trata de demonizar la ambición profesional, sino de entender que toda elección tiene un coste. El tiempo que dedicamos a trabajar no siempre es compatible con el tiempo y la disponibilidad emocional que requiere la crianza.
Lo importante es ser conscientes de ese coste y evitar que una situación excepcional se convierta en una dinámica permanente. También es fundamental que los padres puedan revisar sus prioridades en las distintas etapas de la vida.
¿Cómo puede afectar a los hijos que su padre no esté tan presente como le gustaría por obligaciones profesionales?
Los niños necesitan sentir que sus figuras de referencia están disponibles y que pueden contar con ellas. Cuando un padre está ausente con frecuencia, pueden echarlo de menos, experimentar frustración o tener dificultades para comprender por qué no está presente en determinados momentos. El impacto dependerá de la edad del niño, de su temperamento, de la estabilidad de sus cuidadores y de la calidad del vínculo afectivo.
Los esfuerzos por buscar momentos para estar juntos pueden transmitir un mensaje muy positivo: "Eres importante para mí y quiero compartir tiempo contigo". Sin embargo, los gestos extraordinarios no siempre sustituyen la seguridad que aporta una presencia cotidiana y previsible. Para un niño también es importante que su padre esté en las pequeñas cosas: escuchar cómo le ha ido el día, acompañarlo cuando está triste o compartir sus rutinas. No es necesaria una presencia constante, pero sí una presencia suficientemente estable y sensible a sus necesidades.
¿Qué necesitan realmente los niños de la presencia de sus padres: cantidad de tiempo o calidad de tiempo?
Necesitan ambas cosas. La calidad es esencial, porque implica escuchar, jugar, mostrar afecto y estar emocionalmente disponible. Pero la cantidad también importa, porque el vínculo se construye a través de la repetición de experiencias compartidas y de la participación en la vida cotidiana.
No basta con estar muchas horas físicamente presentes si estamos desconectados emocionalmente, pero tampoco podemos asumir que unos minutos de atención plena compensan siempre una ausencia prolongada. La clave es combinar tiempo compartido con una presencia afectiva consistente. Los momentos cotidianos, aunque parezcan insignificantes, son los que permiten a los niños sentirse acompañados y construir una relación de confianza con sus padres.
¿Hay diferencias entre crecer con unos padres muy ocupados, pero emocionalmente disponibles, y hacerlo con unos padres emocionalmente ausentes?
Sí, hay una diferencia importante. Unos padres pueden tener agendas muy exigentes y, aun así, ofrecer seguridad emocional si escuchan a sus hijos, responden a sus necesidades, cumplen los compromisos que adquieren y mantienen una relación afectuosa y estable.
La ausencia emocional, en cambio, aparece cuando el niño siente que sus emociones no encuentran respuesta, que no se le escucha o que no puede recurrir a sus padres cuando necesita consuelo. Incluso puede darse cuando estos están físicamente en casa.
Lo que más importa no es que los padres estén disponibles en todo momento, sino que el niño sienta que ocupa un lugar importante en su vida emocional. Los niños pueden adaptarse a determinadas ausencias si cuentan con explicaciones adecuadas a su edad, rutinas estables y adultos afectivamente disponibles. No obstante, cada niño vive estas circunstancias de una manera distinta y no debemos dar por hecho que todos reaccionarán igual.
Haber estado menos presente en una etapa no significa que la relación vaya a deteriorarse necesariamente ni que sea imposible construir un vínculo cercano en el futuro.
¿Puede el éxito profesional compensar emocionalmente la ausencia en determinados momentos de la crianza?
El éxito profesional puede aportar satisfacción personal, estabilidad y un modelo positivo de esfuerzo y compromiso. También es saludable que los hijos vean a sus padres desarrollar sus propias aspiraciones y encontrar sentido en su trabajo. Pero eso no significa que los logros profesionales puedan sustituir las necesidades afectivas de un niño.
Un reconocimiento laboral no reemplaza el consuelo cuando un hijo está triste, la compañía cuando necesita apoyo o la oportunidad de compartir una experiencia importante. El éxito profesional y el bienestar familiar no son incompatibles, pero tampoco son intercambiables. No se trata de renunciar a la carrera para ser buenos padres, sino de procurar que las exigencias profesionales no desplacen de manera sistemática las necesidades emocionales de los hijos. Y, cuando no se puede estar presente en algún momento, es importante poder retomarlo, escuchar al niño y reparar esa ausencia desde el vínculo.
¿Qué consecuencias puede tener para la relación futura entre padres e hijos haber estado menos presente durante la crianza?
No existe un destino único. Haber estado menos presente en una etapa no significa que la relación vaya a deteriorarse necesariamente ni que sea imposible construir un vínculo cercano en el futuro. Influyen muchos factores: la calidad de la relación previa, la forma en que se han gestionado las ausencias, la presencia de otros cuidadores y, especialmente, la disponibilidad del padre para conectar con su hijo a medida que crece.
En algunos casos, si las ausencias han sido prolongadas y el niño ha sentido que no podía contar con su padre, pueden aparecer distancia emocional, reproches o dificultades para compartir aspectos íntimos de su vida. En otros, la relación puede mantenerse sólida si ha existido afecto, confianza y continuidad en el vínculo.
Lo importante es comprender que la relación no se construye únicamente durante la primera infancia: sigue evolucionando a lo largo de los años. Nunca es tarde para acercarse a un hijo, pero recuperar el vínculo requiere algo más que buenas intenciones: requiere tiempo, escucha, coherencia y capacidad para reconocer lo que pudo faltar. A veces, el primer paso es escuchar cómo vivió el niño aquellas ausencias, sin justificarse inmediatamente ni restar importancia a sus sentimientos. La reparación emocional empieza cuando el hijo siente que su experiencia tiene un lugar y que puede expresarla sin temor.






