¿Qué pasa cuando un niño solo quiere comer dos o tres alimentos y no acepta ningún otro en su menú? Tal vez podemos estar ante un caso de selectividad alimentaria. Aunque casi la mitad de los menores experimentan durante la primera infancia algún episodio de este tipo, suelen ser momentos aislados. Solo un 4,5% de ellos permanece a lo largo del tiempo.
Hay niños que solo comen macarrones y tomate de una marca determinada, jamón, queso y pan cortados de un modo concreto... La casuística es muy amplia y el rechazo a probar cosas nuevas puede concentrarse en distintos alimentos, aunque la verdura, el pescado, los guisos y las mezclas de alimentos son los que concitan mayor negativa, tal como apunta la Dra. Carolina Imedio Gutiérrez, pediatra especializada en selectividad alimentaria en Centro Creciendo Madrid.
La especialista, que también divulga del tema en su cuenta de Instagram (@carolina_imedio), nos cuenta qué hay que considerar para abordar el problema y evitar que se enquiste.
Entre los 15 y los 18 meses, el bebé puede pasar por etapas de selectividad alimentaria que son normales como parte de su desarrollo
¿Cuándo podemos hablar de que hay una situación real de selectividad alimentaria en niños?
La conducta selectiva es frecuente y esperable en la primera infancia (lo que llamamos selectividad normativa), pero debemos ser capaces de diferenciarla de un patrón más disfuncional, donde la selectividad muestra más intensidad y duración. Existen algunas señales de alerta que nos deben hacer pensar que estamos frente a un caso más severo, que va a requerir algún tipo de intervención:
- La lista de alimentos aceptados se va reduciendo cada vez más, y no incorpora nuevos alimentos.
- Rechazo de sus alimentos aceptados si presentan variaciones, incluso mínimas, en cuanto forma, color, o si son de otra marca comercial.
- El niño o la niña expresa miedo, angustia o rechazo a sentarse a comer, o muestra reacciones desproporcionadas cuando se le expone a nuevos alimentos.
- Necesidad de suplementos por deficiencias nutricionales o por escasa ganancia ponderal.
- Afectación psicosocial, es decir, dificultad para ir al comedor escolar, viajes, restaurantes, etc.
- Persistencia de la selectividad alimentaria más allá de los 3-4 años.
¿Cuáles son las causas que hay detrás de este problema?
La selectividad normativa, que es aquella que aparece en torno a los 15-18 meses como parte del desarrollo normal, se explica por distintos factores. Por un lado, el crecimiento se enlentece, con lo cual, las necesidades de ingesta y el apetito pueden disminuir. Por otro lado, el rechazo alimentario puede ser también una forma de expresar su necesidad de autonomía (“yo decido lo que entra en mi cuerpo”), y de establecer su identidad (“no soy como ayer, hoy no quiero eso”).
En esta etapa, el niño ya no se lanza a explorar como lo hacía en los primeros meses, sino que comienza a discriminar y a buscar lo familiar como señal de seguridad. En este sentido, muchas conductas que los adultos interpretan como “tozudez” o “capricho” son en realidad expresiones legítimas de autorregulación en formación.
Sin embargo, cuando aparecen señales de alerta, como las mencionadas antes, debemos buscar otros agentes que puedan estar contribuyendo a intensificar la selectividad.
¿Hay algún perfil tipo en los niños con selectividad alimentaria?
Así es. La selectividad alimentaria la vemos con mayor frecuencia en niños neurodivergentes (TEA, TDAH, altas capacidades) por una predisposición sensorial más rígida. Algunos estudios muestran que hasta el 89% en niños con diferencias del neurodesarrollo pueden mostrar selectividad alimentaria. Pero, ojo, eso no quiere decir que la mayoría de los niños con selectividad alimentaria tengan una neurodivergencia.
También vemos más selectividad alimentaria en aquellos niños con experiencias previas desagradables con el acto de comer. Por ejemplo, niños con historia de reflujo gastroesofágico, alergias alimentarias, o niños a los que se ha forzado a comer de forma recurrente.
¿Cuál es la mejor forma de abordar desde la familia la situación?
Es importante informarse y conocer qué es lo esperable en la mesa en cada etapa del desarrollo. Si el entorno no comprende lo que es la selectividad normativa, puede haber una mala lectura de la conducta, e intensificar la presión o forzar la ingesta, reforzando la evitación.
Lo que más protege es la exposición a alimentos variada, repetida y libre de presión, en un entorno relajado donde el niño puede explorar, equivocarse, observar, rechazar y volver a intentar. En este camino, el adulto no debe ser quien exige, sino quien sostiene y acompaña. Ese es sin duda, uno de los mejores factores protectores.
¿Y cuáles son los errores que no deben cometer padres, familiares o comedor escolar?
No respetar la autonomía del niño en la mesa. Forzar y presionar cuando el niño está dejando claro que no quiere comer. Castigar, premiar o engañar solo va a generar un mayor rechazo por parte del niño. En estos casos, estamos olvidándonos de la importancia del aspecto relacional del acto de comer, es decir, de la relación que establece el niño con los alimentos y con el adulto que le está alimentando. Debe ser una relación basada en la confianza.
Otro error que suelen cometer las familias es dejar de ofrecer aquellos alimentos que no son aceptados por el niño, u ofrecer de forma habitual alternativas o un plan B ante el rechazo.
¿Cuándo se hace necesario contar con un profesional para encauzar el problema?
En caso de objetivar cualquiera de los signos de alarma comentados anteriormente. También lo recomendaría si el momento de la comida se ha vuelto un espacio de tensión constante, ha dejado de ser una experiencia de conexión y se transforma en una lucha diaria. Es muy difícil que un niño muestre predisposición a comer en ese entorno.
¿De qué manera puede afectar a la salud y al desarrollo del menor esta selectividad alimentaria?
Dependiendo de la intensidad de la selectividad, puede haber déficits de micronutrientes como hierro, zinc, ciertas vitaminas y minerales, y también puede afectar al crecimiento y el desarrollo.
Y no nos olvidemos de la salud mental. A medida que crecen, se van dando cuenta de que comen "distinto" a los demás, y eso puede repercutir en su autopercepción y bienestar emocional. Son preadolescentes y adolescentes que encuentran difícil ir a comer a casas de amigos, restaurantes, o incluso irse de campamento, por ejemplo. Vienen a la consulta con una mochila donde sienten que no son capaces de comer "normal", y que en cada intento de acercamiento a un nuevo alimento han fracasado y decepcionado a sus padres.










