Le hemos puesto demasiada sal a la vida y ahora nuestro paladar no se conforma con el sabor natural de las experiencias vividas. Catalina Hoffmann, creadora del método Neurofitness, experta en entrenamiento cerebral y desarrollo cognitivo, nos explica la sobreestimulación a la que estamos constantemente expuestos deja huella en nuestro organismo. "Cuando lo extraordinario se convierte en cotidiano, el cerebro ajusta sus expectativas y necesita un estímulo mayor para producir ese "chute" de dopamina. Y eso, en el contexto que hablamos, no lleva a una evolución social, sino a una comparación constante y a un consumismo irracional", señala la experta.
El sistema de recompensa del cerebro
Tal y como Catalina nos explica, "ese tipo de adaptación se llama adaptación hedónica y ocurre porque el sistema de recompensa del cerebro se adapta a los estímulos repetidos para priorizar lo nuevo y relevante. Por eso, experiencias que al principio generan mucha ilusión o motivación producen cada vez una respuesta menor a medida que se vuelven habituales".
Para la experta es necesario entender que el cerebro produce dopamina cuando se encuentra ante algo que le resulta interesante, placentero o valioso. "Esto es algo muy inteligente por parte de nuestra naturaleza, ya que favorece que exploremos, indaguemos y busquemos cosas nuevas y eso nos permite evolucionar. Pero puede hacer que las experiencias cotidianas pierdan valor subjetivo y dejen de ser una fuente de disfrute", advierte Hoffmann.
Consecuencias a largo plazo
A largo plazo, en palabras de nuestra especialista, esto puede generar insatisfacción, una necesidad creciente de estímulos más intensos y una menor capacidad para disfrutar de los pequeños placeres diarios, favoreciendo que nuestra mente se llene de pensamientos negativos, comparaciones y un nivel de autoexigencia que es imposible de asumir. "Por el contrario, aprender a valorar las experiencias cotidianas suele favorecer un bienestar más estable y sostenible en el tiempo", alienta. Y de esta forma da luz a la posibilidad de "reentrenar" el cerebro para volver a encontrar satisfacción en cosas sencillas, como un paseo, una conversación o un café tranquilo.
Cómo reentrenarte para volver a disfrutar de las pequeñas cosas
Si tu objetivo es volver a verlo todo con los ojos de un niño para evitar que las preocupaciones del día a día te arrasen, te gustará saber que, como nos ha confirmado Catalina, "el cerebro tiene una asombrosa capacidad de adaptación, tanto para bien como para mal. Entrenarlo nos permite elegir o dirigir hacia dónde va a esa capacidad".
De hecho, la experta revela que "muchas personas descubren que, tras un tiempo reduciendo la sobreestimulación y prestando más atención a lo cotidiano, vuelven a vivir esas actividades simples como algo gratificante". Entre los hábitos que nos pueden ayudar destacan:
- Reducir la exposición a estímulos excesivamente intensos y constantes, por ejemplo, moderando el uso de móviles y tablets.
- Practicar la atención plena o la meditación, poniendo atención deliberada en sensaciones o actividades cotidianas. Integrar actividades de recompensa gradual, en vez de aquellas con recompensa inmediata. Por ejemplo, hacer ejercicio, leer o pintar nos proporcionan esa recompensa, pero no al segundo, sino pasado un tiempo y de forma más moderada.
- Evitar coger el móvil en cada pausa o tiempo muerto que tengamos. Por ejemplo, cuando vamos en el metro o cuando estamos esperando a un amigo en una terraza. En lugar de recurrir a las pantallas, podemos poner la atención en nuestro entorno u optar por leer o escribir a mano.
Al final el objetivo, según Catalina, no es renunciar a las experiencias extraordinarias, sino evitar que se conviertan en el único referente de satisfacción. "Cuando eso ocurre, un paseo, una conversación o un café tranquilo pueden parecer insuficientes simplemente porque el cerebro se ha acostumbrado a comparar con estímulos mucho más intensos", señala. Recuperar la capacidad de disfrutar de lo cotidiano no pasa por hacer más, sino por aprender a prestar más atención a lo que ya forma parte de nuestra vida. A veces, el mayor cambio comienza cuando dejamos de buscar estímulos constantes y volvemos a dar valor a los pequeños momentos.








