Hace cinco años, la doctora Sari Arponen narraba en su libro ¡Es la Microbiota Idiota! un episodio muy gráfico sobre el uso de probióticos: contaba la internista y divulgadora de salud que una noche de noviembre de 2018, previa a un compromiso profesional ineludible, comenzó a sentirse indispuesta. Algo así como un catarro inminente. Pensando en lo que le esperaba al día siguiente, usó una cápsula de probióticos vía nasal y oral, y… voilá! a la mañana siguiente estaba recuperada para cumplir con su agenda profesional.
Obviamente, la doctora sabía lo que hacía, pues además de ser una reputada internista, es una experta en microbiota y conoce muy bien el mundo de los probióticos; no es algo que pueda -ni deba- hacer cualquiera. Pero lo cierto, es que dicho episodio nos dejó la sensación de que estábamos ante el posible inicio de una nueva y potente herramienta para salud.
En este artículo, no venimos aquí a restar un ápice de valor a los probióticos, pero sí queremos poner sobre la mesa que no debemos verlos como bacterias ‘milagrosas’ que valen como solución universal. Para ello, recurrimos a otra gran experta en la materia, la doctora Olalla Otero, que dedicó un libro a este microcosmos: El Revolucionario Mundo de los Probióticos, y que hoy da respuesta a nuestras dudas sobre estos microorganismos amigos.
Los mitos comunes sobre los probióticos
Manejamos la palabra "probiótico" con demasiada holgura y no siempre la empleamos bien. Según nos explica la doctora Otero: “Un probiótico no es cualquier microorganismo 'bueno' ni cualquier producto que promete cuidar la microbiota. Los probióticos se definen como microorganismos vivos, generalmente bacterias o alguna levadura, que, en cantidades adecuadas, confieren un beneficio para la salud”. Además, cada microorganismo tiene que estar perfectamente identificado (con su género, especie y cepa, una especie de "DNI" bacteriano); haber sido objeto de estudios en los que se ha comprobado qué dosis es eficaz para una situación de salud concreta, y llegar en perfectas condiciones a su destino. Recordemos que el ácido del estómago puede hacer estragos con ellos si no se encapsulan correctamente y, en ese caso, nunca notaremos su efecto.
Otro dato en el que tenemos que fijarnos es en la cantidad de “bichitos” que contiene el probiótico. Normalmente, se habla de Unidades Formadoras de Colonias, que veremos en los envases con las siglas UFC. Como nos explica la doctora Otero, “algunos países establecen un mínimo de UFC para las formulaciones probióticas que suele ser 1000 millones de microorganismos”. Y si esto nos parece una inmensidad, nuestra experta apunta a que algunas otras llegan a contener ¡billones! Sin embargo, Olalla matiza que “más no siempre es mejor”.
Además, debemos tener en cuenta es la diversidad. Siempre hemos oído que cuanta más variedad mejor, pero nuestra especialista nos aclara que: “En ocasiones, los microorganismos compiten entre sí, llegando a restarse eficacia, por lo tanto, es mejor seleccionar meticulosamente unas pocas especies con las que se pueden inferir cambios importantes en la microbiota”.
Cómo actúan en el intestino
Tendemos a pensar que los microorganismos que tomamos vía oral son como semillas que plantamos y se quedan felices a crecer en el intestino, pero, a veces, no sucede así. “Los probióticos no siempre actúan “colonizando” la microbiota, como se suele creer. De hecho, muchos no permanecen en el intestino y su efecto es transitorio. Además, pueden actuar de distintas formas: compitiendo con microorganismos no deseados, produciendo sustancias antimicrobianas, reforzando la barrera intestinal, modulando la respuesta del sistema inmunitario o influyendo en la producción de ciertas sustancias beneficiosas”, nos aclara la experta.
Cuando le preguntamos sobre su uso en dolencias intestinales concretas como SIBO, la doctora Otero nos cuenta que: “No se trata solo de que haya más bacterias, sino de que no son las adecuadas, no están en el lugar donde deberían y su actividad metabólica tampoco es la habitual. Por eso, la base del tratamiento no es añadir probióticos sin más. De hecho, en la práctica, hay personas a las que les ayudan y otras en las que incluso empeoran algunos síntomas”. En el caso de intestino irritable: “Sí hay probióticos con evidencia, aunque los resultados son variables. Y es que no vale cualquiera”.
¿Probióticos para la felicidad?
Otro trending topic es el eje intestino-cerebro. Resulta que los microorganismos de la microbiota tienen mucho que ver en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, no debemos lanzar las campanas al vuelo pensando que estos microorganismos son los nuevos antidepresivos. “No hablaría de probióticos para la felicidad. Es una forma demasiado simplificada de algo que es mucho más complejo".
"Algunas cepas se han estudiado por su capacidad para modular el estrés, la ansiedad o el estado de ánimo a través del eje intestino-cerebro. Pero el bienestar emocional no depende de un solo factor, sino de muchos: nuestras relaciones sociales, tener un propósito vital, la calidad del sueño o la salud física. Los probióticos pueden tener un papel en ese conjunto, pero no son, ni mucho menos, la pieza principal”. Del mismo modo, si pensamos en los probióticos como chispas de lucidez y rendimiento cognitivo, quizás estemos más acertados si los vemos como apoyo y no como varitas mágicas. “Hay estudios en los que algunas cepas han demostrado mejoras en la memoria o la función cognitiva, pero sobre todo en personas mayores o con deterioro cognitivo. Como suele ser habitual, los efectos son específicos de una cepa y dependen mucho del contexto”, nos cuenta la experta.
Toma probióticos si estás con antibióticos
Te has puesto mala y el médico te ha pautado antibióticos. Ya sabemos que estos no son los mejores amigos de la microbiota, pero cuando hacen falta, el doctor manda. Ahora bien, como pensábamos hasta ahora, no tienes que esperar a que arrasen con ella para tomar probióticos que restablezcan la población intestinal. Como nos explica nuestra especialista: “Los probióticos no solo son útiles después de los antibióticos, sino también durante el tratamiento. Los antibióticos alteran de forma importante la microbiota: reducen su diversidad, favorecen el crecimiento de patógenos y afectan a funciones clave. Por eso, algunos probióticos se utilizan desde el inicio del tratamiento antibiótico para ayudar a contrarrestar estos efectos y reducir la diarrea asociada a su toma".
"Las cepas con más evidencia para evitar los efectos secundarios de estos fármacos son Saccharomyces boulardii y Lacticaseibacillus rhamnosus GG”. En cuanto al tiempo de tratamiento, la doctora afirma que: “En situaciones como las diarreas agudas o durante un tratamiento con antibióticos se utilizan durante unos pocos días. En otros contextos, los estudios suelen emplearlos por periodos de varias semanas o meses”. Por ello es esencial tomar los probióticos siempre bajo supervisión de un profesional. Solo la persona cualificada sabrá determinar la duración del tratamiento para que sea realmente eficaz, pues lo que a tu amiga o vecina le ha ido de fábula, a ti puede volverte del revés.
Está claro que estos microorganismos son una herramienta más para cuidarnos por dentro, y aspirar al estado de salud, pero no son una receta universal y no deberíamos entregarnos a una barra libre de probióticos para todo y para todos. Ayudan a nuestra microbiota y, por ende, a dolencias digestivas, anímicas o metabólicas, incluso se usan para combatir el acné y mejorar la fatiga tras la actividad física intensa, pero como una línea de defensa en sinergia con otras. No esperes milagros, y nunca, nunca te automediques porque estarás tirando el dinero y puedes alterar tu bienestar.














