“Hasta que no te acabes todo, no te levantas de la mesa”. Durante años, esta frase formó parte de la infancia de muchas personas. En muchos hogares, dejar comida en el plato se interpretaba como una falta de educación, un desperdicio o incluso un desagradecimiento. Y aunque detrás de ese mensaje solía haber una intención de cuidado y aprovechamiento de los alimentos, los expertos advierten de que este aprendizaje puede tener consecuencias en la relación con la comida durante la vida adulta.
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Hoy, de hecho, muchas personas entre los 35 y los 50 años reconocen que les cuesta dejar comida, incluso cuando ya están llenas. O comen deprisa, sin prestar demasiada atención al cuerpo, guiándose más por el plato vacío que por la sensación real de saciedad.
Para entender cómo influye esta llamada "cultura del plato limpio" en nuestra forma de comer, hemos hablado con Yolanda Masa, nutricionista de blua de Sanitas, que explica por qué algunas personas han aprendido a ignorar las señales corporales de hambre y saciedad casi sin darse cuenta.
La cultura del "plato limpio" hace referencia a una pauta aprendida en la infancia que asocia terminar toda la comida servida con comportarse bien o ser educado.
Yolanda Masa explica que el problema aparece cuando esa norma externa termina imponiéndose sobre las señales naturales del cuerpo, "como las de hambre y de saciedad". Aun así, la especialista insiste en que conviene abordar este tema sin culpabilizar a las familias.
Y es que durante años, muchos padres y madres transmitieron estos mensajes desde la intención de cuidar, no malgastar y asegurar que los niños comieran suficiente. Sin embargo, actualmente las recomendaciones nutricionales han cambiado. Los especialistas aconsejan no forzar a los niños a terminar el plato y respetar las señales de saciedad para favorecer una relación más saludable con la alimentación en el futuro.
Por qué puede afectar a la relación con la comida en la edad adulta
Aunque estos hábitos se aprenden en la infancia, sus efectos pueden mantenerse durante décadas. Según explica la nutricionista, muchas personas adultas siguen comiendo desde la costumbre o la obligación, incluso cuando ya se sienten satisfechas.
En estos casos, como decíamos, la atención deja de centrarse en las señales internas del cuerpo y pasa a depender de factores externo. Puede ocurrir, además, que tratar siempre de acabar el plato o comer sin hambre nos aboque a una ingesta superior a la necesaria.
La saciedad no aparece de golpe. El cuerpo va enviando señales progresivas que indican que ya hemos comido suficiente.
La nutricionista explica que suele producirse una disminución del apetito, menos interés por la comida y una sensación de estómago lleno. Además, intervienen mecanismos digestivos y hormonales relacionados con hormonas como la grelina y la leptina, encargadas de regular el apetito.
El problema es que "comer demasiado rápido o distraídas, dificulta percibir esas señales", insiste. Además, recuerda que "la señal de saciedad tarda aproximadamente 15 minutos en llegar a nuestro cerebro". Por eso, comer muy deprisa puede hacer que terminemos ingiriendo más cantidad de la que realmente necesitamos antes de sentirnos llenos.
Además, cuando durante años se aprende a priorizar el plato vacío frente a la sensación corporal, puede resultar más difícil diferenciar entre hambre física, hambre emocional y saciedad real.
Cuando las señales de hambre y saciedad se ignoran de forma constante, la relación con la comida puede volverse cada vez más automática.
Según explica Yolanda Masa, a largo plazo esto puede hacer que la persona normalice comer más de lo que necesita y experimente con mayor frecuencia digestiones pesadas o sensación de incomodidad después de las comidas.
Además, cuanto menos atención prestamos al cuerpo, más difícil resulta identificar qué necesitamos realmente. La alimentación deja de estar guiada por la percepción corporal y pasa a funcionar desde la costumbre, la prisa o las normas aprendidas.
La buena noticia es que sí es posible recuperar una relación más consciente con la comida. ¿Cómo hacerlo?
La nutricionista indica que, siempre que no exista un trastorno de la conducta alimentaria u otra situación clínica específica, se puede reeducar la percepción del hambre y la saciedad.
Ese proceso requiere volver a prestar atención a las señales corporales después de años funcionando en piloto automático. Y para muchas personas no resulta tan sencillo como parece.
Las estrategias que ayudan a reconectar con la saciedad
Los expertos recomiendan empezar con pequeños cambios:
Servirse cantidades moderadas, reducir las distracciones durante las comidas y hacer pausas a mitad del plato para comprobar si todavía existe hambre real son algunas de las estrategias más útiles.
También resulta importante normalizar que dejar comida no significa fracasar ni desperdiciar. Guardar las sobras para otro momento o cocinar cantidades más ajustadas puede ayudar a reducir esa sensación de culpa asociada al "plato limpio".
En algunos casos, el acompañamiento de un nutricionista o un psicólogo puede ayudar a reconstruir esa conexión con el cuerpo y modificar hábitos muy interiorizados desde la infancia.