¿Te has preguntado alguna vez por qué hay personas que, incluso en medio de una discusión o de una mala noticia, mantienen la calma, escuchan y responden con serenidad? No es que sean frías, se trata de inteligencia emocional.
Tener inteligencia emocional consiste en la capacidad de reconocer lo que sentimos, comprender por qué lo sentimos, regular esas emociones y relacionarnos con los demás de forma saludable. Dicho de otra manera: no se trata de no enfadarse o no ponerse triste, sino de saber qué hacer con esa emoción cuando aparece. Tal como afirma el psicólogo José Martín del Pliego es "entender lo que sentimos, gestionarlo con equilibrio, de saber cómo relacionarte con los demás desde la empatía y el respeto". Pero sobretodo, señala, "tiene que ver con un reconocimiento interno: honestidad emocional y responsabilidad emocional de aquello que estoy sintiendo".
También indica que inteligencia emocional no es reprimirse y ser amable, sino conocerme lo suficiente para no responder desde el impulso sino desde la conciencia. De hecho, la verdadera madurez, sostiene, tiene más que ver con cómo gestionamos lo que sentimos que con el aspecto intelectual.
Qué es la inteligencia emocional para Daniel Goleman
Durante décadas se pensó que el éxito personal y profesional dependía casi exclusivamente del coeficiente intelectual. Sin embargo, en los años noventa, el psicólogo y periodista científico Daniel Goleman cambió esa mirada. En su libro Inteligencia emocional, defendió que habilidades como la autoconciencia, la autorregulación, la empatía o las habilidades sociales tienen un peso enorme en nuestra vida cotidiana.
Goleman describió cinco grandes pilares: conocerse a uno mismo, gestionar las propias emociones, mantener la motivación, reconocer las emociones ajenas y manejar adecuadamente las relaciones. Puede parecer sencillo sobre el papel, pero ¿cuántas veces reaccionamos sin pensar? ¿Cuántas veces evitamos una conversación incómoda o respondemos a la defensiva ante una crítica?
"Desarrollar la inteligencia emocional, por tanto, es importante ya que influye en todas nuestras relaciones, en cómo discutimos en pareja, cómo educamos a nuestros hijos, cómo gestionamos un conflicto en el trabajo o cómo afrontamos una pérdida. Por ello, hemos querido analizar cuáles son los rasgos de personalidad de las personas con alta inteligencia emociona y cómo debemos trabajar para vivir con mayor calma. Veamos qué harían estas personas ante situaciones muy cotidianas.
Autoconciencia
Imagina que atraviesas una situación que te desborda. Un conflicto familiar, una decepción profesional, una preocupación que no te deja dormir. ¿Te bloqueas y no sabes qué hacer con lo que sientes? ¿Intentas ignorarlo y seguir adelante como si nada? ¿Te limitas a buscar una solución práctica sin atender al malestar?
Las personas con alta inteligencia emocional suelen comunicar lo que sienten con calma y, si lo necesitan, buscan apoyo. No dramatizan, pero tampoco reprimen. Reconocen su vulnerabilidad sin convertirla en un espectáculo.
Aquí aparece el primer rasgo clave: la autoconciencia. Saber poner nombre a lo que te ocurre. No decir “estoy mal”, sino “estoy frustrado”, “me siento insegura”, “me duele lo que ha pasado”. Esta forma de encarar el problema cambia la manera en que lo gestionas.
Autorregulación
Otro termómetro muy revelador es la forma en que manejamos las críticas. Hay quien se hunde ante cualquier comentario negativo y quien se pone automáticamente a la defensiva. También está quien responde con agresividad, como si cada observación fuera un ataque personal.
Sin embargo, quienes puntúan alto en inteligencia emocional tienden a detenerse, respirar y reflexionar. Se preguntan: ¿hay algo de verdad en esto? ¿Puedo aprender algo? No significa que acepten todo sin filtro ni que permitan faltas de respeto, pero sí que no convierten cada crítica en una amenaza a su identidad.
Goleman insistía en que la autorregulación es esencial: la capacidad de frenar el impulso inicial y elegir la respuesta. Esa pausa es la diferencia entre un conflicto que escala y una conversación que construye.
Empatía
¿Qué ocurre cuando alguien cercano lo está pasando mal? A veces, por incomodidad, cambiamos de tema. O intentamos animar deprisa, restando importancia a lo que siente el otro. También existe la tentación de “salvar”, de involucrarnos tanto que acabamos apropiándonos del problema.
La inteligencia emocional también influye en este aspecto. Escuchar activamente y ofrecer apoyo emocional sin invadir es una característica. Estar presentes. Preguntar con interés genuino. Aguantar el silencio si hace falta y sin incomodidad también es un rasgos de las personas con alta inteligencia emocional.
Eso sí, conviene recordar que tener empatía no significa absorber la emoción del otro hasta desbordarte, sino comprenderla sin perder tu propio centro. Es una habilidad que mejora las relaciones de pareja, la amistad y, por supuesto, la crianza.
Asertividad
Hay quien oculta sistemáticamente lo que siente para no incomodar. Otros se permiten sentir, pero no expresan nada hacia fuera. Y luego están quienes comunican sus emociones de forma asertiva.
Este último grupo suele coincidir con perfiles emocionalmente inteligentes. No reprimen la tristeza ni niegan la rabia, pero tampoco la descargan de cualquier manera. Buscan el momento adecuado, el tono adecuado y las palabras precisas.
La asertividad es otro de los rasgos fundamentales: expresar lo que piensas y sientes sin atacar ni someterte. No es sencillo. Requiere práctica y, sobre todo, autoestima.
Negociación
Las situaciones de tensión son auténticas pruebas de fuego. ¿Evitas la confrontación por miedo? ¿Reaccionas con impulsividad? ¿Cedes siempre para no generar tensión?
Las personas con alta inteligencia emocional tienden a buscar el punto de vista del otro y tratar de llegar a acuerdos. No ven el conflicto como una guerra que hay que ganar, sino como una diferencia que se puede gestionar.
Eso no significa que renuncien a sus límites. Al contrario: los tienen claros. Pero entienden que escuchar y negociar no es perder, sino construir.
Saber cuidarse
Otro rasgo que suele repetirse es la dedicación consciente al propio bienestar emocional. No se trata solo de distraerse para no pensar en lo que duele. Tampoco de ignorar las emociones incómodas.
Las personas emocionalmente inteligentes buscan tiempo para reflexionar y conectar con sus sentimientos. Puede ser a través de la escritura, de una conversación, de terapia, de momentos de silencio o de actividades que les ayuden a ordenar lo que sienten.
Goleman defendía que la motivación interna también forma parte de este proceso: la capacidad de mantener el compromiso con el propio crecimiento emocional.
Con inteligencia emocional se nace o se crece
Tras haber visto cuáles son las caraterísticas de las personas con alta inteligencia emocional, nos surge la pregunta de si nacemos o la desarrollamos. Según nos aclara el psicólogo José Martín del Pliego, la inteligencia emocional no es un rasgo fijo con el que naces, sino una habilidad que se puede ir desarrollando. De hecho, sostiene, en la etapa adulta es cuando nos damos más cuenta de la necesidad de trabajarla, puesto que la vida nos pone en situaciones que nos obligan a mirarnos por dentro.
Y la clave está en la consciencia, nos argumenta: "Ser conscientes de cómo reaccionamos ante determinadas situaciones o emociones y pensar en si queremos seguir así o quiero generar un cambio. Si me da igual, no voy a ser capaz de desarrollarla. Pero querer cambiar es el primer paso para una mayor inteligencia emocional.
También advierte de que "no se trata de cambiar de personalidad, sino mejorar aquellas cosas que no me gustan de míy reforzar lo que sí me agrada". Con práctica, reflexión y autoconciencia de qué es lo que ocurre dentro de nosotros mismos, podemos trabajarla".
En este sentido, Daniel Goleman nos ofrece unas pautas en las que podemos fijarnos.
- Detectar el “secuestro emocional”. Reconocer cuándo la reacción es impulsiva y está guiada por la amígdala. Identificar señales físicas como tensión o respiración acelerada ayuda a frenar a tiempo.
- Introducir una pausa. Antes de responder, detenerse unos segundos. Respirar, contar hasta diez o apartarse momentáneamente evita reacciones desproporcionadas.
- Practicar atención plena en lo cotidiano. Estar realmente presente al escuchar, caminar o conversar mejora la conciencia emocional y reduce la impulsividad.
- Reformular la interpretación de los hechos. Cambiar la narrativa interna ante situaciones difíciles. Preguntarse qué aprendizaje puede extraerse reduce la intensidad emocional.
- Cuidar el diálogo interno. Sustituir pensamientos extremos o catastrofistas por otros más realistas y equilibrados ayuda a estabilizar el estado emocional.
- Ampliar el vocabulario emocional. Nombrar con precisión lo que se siente (“frustración”, “decepción”, “ansiedad”) facilita su regulación.
- Tolerar la incomodidad. Permanecer unos minutos con una emoción desagradable sin reaccionar inmediatamente fortalece la estabilidad emocional.
- Buscar retroalimentación honesta. Pedir opinión a personas de confianza sobre nuestras reacciones aumenta la autoconciencia.
- Entrenar la empatía deliberadamente. Intentar comprender qué puede estar sintiendo la otra persona antes de responder mejora la calidad de las relaciones.
- Cuidar el entorno emocional. Rodearse de contextos y conversaciones constructivas favorece respuestas más equilibradas.
- Convertir la práctica en hábito. La gestión emocional se entrena con repetición. No se trata de perfección, sino de recuperación más rápida y respuestas más conscientes.
En cualquier caso, "a veces puede ser necesaria la ayuda de un psicólogo para orientarnos a trabajar cuáles son aquellas parte de mí que no terminan de encajar y que queremos mejorar", concluye José Martín del Pliego.

















