Envases, cosméticos, productos de limpieza, juguetes, alimentos e incluso el aire del interior del hogar pueden contener disruptores endocrinos, sustancias que pueden interferir con el sistema hormonal, neurológico y metabólico del organismo. Son especialmente problemáticos en determinados momentos vitales.
El Dr. Diego López de Lara, pediatra y endocrinólogo infantil, ha escrito La amenaza invisible (Ed. Oberon), una guía muy completa y fundamentada, donde con rigor, pero sin alarmismo, cuenta cómo proteger a los más pequeños de la casa. Hemos charlado con él.
Algunas exposiciones tempranas a disruptores endocrinos pueden asociarse con problemas que aparecen años después, durante la infancia, la pubertad o incluso la edad adulta
Destaca que hoy los niños están expuestos desde el embarazo a mezclas complejas de disruptores endocrinos, en dosis continuas, pequeñas e invisibles que no avisan, pero sí dejan una huella en ventanas críticas del desarrollo. ¿Cuáles son las huellas más perniciosas?
Lo verdaderamente preocupante de los disruptores endocrinos es que pueden interferir en los mecanismos que regulan nuestro desarrollo, precisamente cuando esos mecanismos se están construyendo.
Durante el embarazo, por ejemplo, las hormonas tiroideas maternas son fundamentales para el desarrollo cerebral del feto. Algunas sustancias químicas pueden alterar su síntesis, transporte o señalización. Y estamos hablando de un cerebro que está formando millones de conexiones neuronales. También nos preocupa su posible participación en alteraciones del desarrollo reproductivo, de la programación metabólica y de los mecanismos que regulan el crecimiento y la maduración sexual.
Pero hay algo que considero especialmente importante: no todas las consecuencias tienen por qué manifestarse inmediatamente. Algunas exposiciones tempranas pueden asociarse con problemas que aparecen años después, durante la infancia, la pubertad o incluso la edad adulta.
La evidencia es más sólida para determinadas sustancias y efectos que para otros. No podemos atribuir automáticamente la obesidad, la pubertad precoz o un trastorno del neurodesarrollo a los disruptores endocrinos, porque son procesos multifactoriales. Lo inquietante es que una exposición durante unas pocas semanas del embarazo puede coincidir con procesos biológicos que condicionarán décadas de vida.
¿Hay alguna forma de que la madre y el padre lleguen al momento de la concepción en un estado de salud liberado de disruptores endocrinos?
Completamente libres, no. Y sería irresponsable prometerlo. Vivimos en un entorno en el que estas sustancias están presentes en alimentos, envases, textiles, cosméticos, polvo doméstico y numerosos objetos cotidianos. Pretender alcanzar una exposición cero es prácticamente imposible. Pero reducirla sí es posible, y merece la pena hacerlo antes de buscar un embarazo.
En el caso de la madre, porque determinadas sustancias pueden atravesar la placenta y porque el equilibrio hormonal materno desempeña un papel fundamental durante la gestación. En el caso del padre, porque también existen investigaciones que relacionan algunas exposiciones ambientales con alteraciones de la calidad seminal y otros parámetros reproductivos.
Yo recomendaría empezar varios meses antes del embarazo, cuando sea posible, aunque no existe un plazo universal que garantice la eliminación de estas sustancias. Reducir los alimentos envasados, evitar calentar comida en recipientes de plástico, revisar determinados cosméticos, ventilar la vivienda y disminuir el polvo doméstico son medidas razonables.
Además, debemos distinguir entre sustancias que se eliminan relativamente rápido, como determinados bisfenoles o ftalatos, y contaminantes persistentes, como algunos PFAS, que pueden permanecer años en el organismo. No podemos elegir el mundo químico en el que vivimos, pero sí podemos modificar una parte importante de nuestra exposición cotidiana.
Para los padres de hoy es casi imposible no entrar en pánico cuando saben que hay tantos elementos perjudiciales para sus hijos y ellos son los responsables de mantenerlos lejos y a salvo. El libro no pretende culpabilizar ni alarmar, como señala. Pero ¿qué es lo más importante por lo que empezar? Comenta que es mejor comenzar por tres cambios básicos que pretender veinte imposibles.
Siempre digo que un padre suficientemente informado protege mucho mejor a sus hijos que un padre permanentemente asustado. La intención de mi libro no es convertir una casa en un laboratorio ni conseguir que los padres miren con sospecha cada objeto que tocan sus hijos. Es proporcionarles herramientas para tomar decisiones sensatas.
Si tuviera que elegir solamente tres cambios, serían estos. El primero, evitar calentar alimentos en recipientes de plástico, especialmente cuando contienen grasas. Utilizar vidrio o acero inoxidable es una alternativa sencilla y duradera.
El segundo, reducir el consumo de alimentos ultraprocesados y excesivamente envasados. No solamente por su composición nutricional, sino también porque algunos materiales en contacto con los alimentos pueden contribuir a la exposición química.
Y el tercero, simplificar los productos de higiene y cosmética infantil. Un bebé no necesita siete cremas, tres perfumes y cuatro productos diferentes para estar limpio y tener una piel sana. Cuantos menos productos innecesarios utilicemos, menos oportunidades de exposición estaremos generando. A estos cambios añadiría algo que prácticamente no cuesta dinero: ventilar bien la vivienda y limpiar el polvo con un paño húmedo.
Y quiero insistir en una idea: no se trata de conseguir una infancia químicamente perfecta, sino de reducir exposiciones evitables sin convertir la crianza en una fuente permanente de ansiedad.
Hay divulgadores con formación sanitaria que hablan de que, por ejemplo, si nos referimos a cremas infantiles, en España la regulación impide que contengan disruptores endocrinos. Que los padres reciban mensajes contradictorios de voces autorizadas los pone en una situación más difícil. ¿Cuál es el mensaje importante en este sentido?
Voy a ser bastante contundente con esto, porque creo que las familias merecen información científicamente rigurosa. Afirmar que una crema infantil no puede contener disruptores endocrinos simplemente porque se comercializa legalmente en España es una afirmación científicamente insostenible. Y conviene explicar por qué.
En Europa tenemos una de las legislaciones cosméticas más exigentes del mundo. Eso es indiscutible y debemos valorarlo positivamente. Pero una legislación exigente no equivale a una garantía absoluta de ausencia de sustancias con potencial actividad endocrina. El Reglamento europeo de cosméticos establece prohibiciones, restricciones y obligaciones de evaluación de seguridad. Sin embargo, no existe una prohibición general y automática de todas las sustancias sospechosas de presentar actividad endocrina.
De hecho, las autoridades europeas continúan evaluando ingredientes cosméticos precisamente por sus posibles propiedades de alteración endocrina. Hay otro problema que en toxicología conocemos como regrettable substitution, o sustitución lamentable. ¿Qué significa? Que restringimos una molécula por sus posibles efectos adversos y, en determinadas ocasiones, la industria la sustituye por otra químicamente parecida que todavía no ha sido suficientemente estudiada. Es decir, podemos retirar una sustancia problemática sin haber demostrado que su sustituta sea necesariamente más segura.
El ejemplo de algunos sustitutos del bisfenol A ilustra perfectamente este fenómeno, aunque no debemos extrapolarlo automáticamente a todos los ingredientes cosméticos.
Un padre suficientemente informado protege mucho mejor a sus hijos que un padre permanentemente asustado. No hay que convertir la casa en un laboratorio ni conseguir que los padres miren con sospecha cada objeto que tocan sus hijos, sino disponer de información para tomar decisiones sensatas
¿Cómo pueden saber entonces las familias que un cosmético está libre de disruptores endocrinos?
Actualmente no existe una certificación universal, obligatoria y científicamente exhaustiva que permita asegurar que un cosmético está completamente libre de cualquier sustancia con potencial disruptor endocrino. Algunas certificaciones privadas establecen criterios adicionales, pero sus exigencias y su alcance son diferentes. Por tanto, tampoco podemos confundir el cumplimiento de la legislación con la superación de una certificación privada más restrictiva. Y aquí es donde creo que determinados mensajes divulgativos simplifican excesivamente un problema muy complejo.
Una crema puede cumplir perfectamente la legislación vigente y contener ingredientes cuya actividad endocrina esté siendo investigada o cuya evaluación científica todavía presente incertidumbres. Eso no significa que utilizar esa crema vaya a provocar una enfermedad, pero tampoco permite afirmar que cualquier preocupación sea absurda.
Además, el riesgo depende de factores fundamentales como la dosis, la absorción cutánea, la frecuencia de aplicación, la edad del niño y las características de cada sustancia. No es lo mismo aplicar ocasionalmente una crema que utilizar diariamente varios cosméticos sobre una piel inmadura o alterada. Y tampoco debemos olvidar que los niños no están expuestos a una sola sustancia de forma aislada. Están expuestos simultáneamente a mezclas químicas procedentes de distintas fuentes, cuya evaluación conjunta continúa siendo un desafío científico y regulatorio.
Por eso me preocupa especialmente que se utilice la autoridad sanitaria para transmitir certezas que la ciencia todavía no puede garantizar. Hecha la ley, hecha la trampa. No necesariamente porque alguien esté incumpliendo la normativa, sino porque la ciencia evoluciona, aparecen nuevas evidencias y algunas sustituciones químicas pueden trasladar el problema de una molécula a otra.
¿Cuál es la actitud a seguir entonces?
La solución tampoco consiste en demonizar todas las cremas infantiles. Existen productos necesarios, eficaces y con perfiles de seguridad bien establecidos. Un niño con dermatitis atópica, por ejemplo, necesita cuidar su barrera cutánea y no debería abandonar sus tratamientos por miedo.
Mi mensaje para las familias es sencillo: utilicen los cosméticos que realmente necesiten, prioricen formulaciones sencillas, eviten perfumes innecesarios y no confundan nunca la expresión «legalmente comercializado» con «ausencia absoluta de riesgo». Porque una cosa es que un producto cumpla la ley y otra muy distinta que la ciencia haya descartado todos sus posibles efectos a largo plazo.
En la ventana crítica de los primeros 1.000 días de vida, ¿se puede revertir luego el daño que ha podido causar la exposición a disruptores endocrinos o supone una reprogramación que marca el desarrollo de ese menor?
Esta es probablemente una de las preguntas más interesantes desde el punto de vista de la endocrinología del desarrollo. Durante los primeros mil días de vida, desde la concepción hasta aproximadamente los dos años, nuestro organismo experimenta una extraordinaria plasticidad biológica. Las hormonas participan en la organización cerebral, la diferenciación de tejidos, la maduración metabólica y la regulación de numerosos genes.
Algunos disruptores endocrinos pueden interferir en estos procesos y, en determinados modelos experimentales, modificar mecanismos epigenéticos que regulan la expresión genética. Es lo que conocemos como programación del desarrollo. Ahora bien, hay que evitar una interpretación determinista. No significa que cualquier exposición durante el embarazo provoque un daño irreversible. Algunos efectos pueden ser transitorios, otros pueden compensarse gracias a la plasticidad del organismo y otros, dependiendo de la sustancia, la dosis y el momento de exposición, podrían tener consecuencias duraderas. Además, buena parte de los mecanismos de reprogramación epigenética proceden de estudios experimentales.
Su traducción exacta a consecuencias clínicas individuales en humanos sigue siendo objeto de investigación. Por eso insisto tanto en la prevención durante estas etapas. La biología nos concede una extraordinaria capacidad de adaptación, pero no siempre nos ofrece la posibilidad de volver atrás y repetir una etapa del desarrollo.
La pubertad es otro de los momentos esenciales, según se comenta en el libro. ¿Cuáles serían las principales medidas protectoras en esta etapa?
La pubertad es una auténtica revolución hormonal. El hipotálamo, la hipófisis y las gónadas comienzan a trabajar de una manera coordinada para poner en marcha la maduración sexual. Es un proceso extraordinariamente sensible a determinadas señales ambientales y metabólicas. Por eso, durante esta etapa, debemos prestar especial atención a los productos de higiene personal, cosméticos, perfumes y otros artículos que los adolescentes comienzan a utilizar de forma mucho más intensiva.
Pensemos en una adolescente que utiliza diariamente maquillaje, crema hidratante, perfume, productos capilares y distintos cosméticos. Cada uno puede representar una exposición diferente. No significa que esos productos sean peligrosos por definición, sino que conviene evitar los innecesarios y seleccionar aquellos con formulaciones adecuadas. También es importante reducir el contacto de alimentos calientes con plásticos y mantener una alimentación saludable.
Pero como endocrinólogo pediátrico quiero recordar algo fundamental: el exceso de tejido adiposo, el sueño insuficiente, el sedentarismo y otros factores ambientales también influyen sobre la salud metabólica y el desarrollo puberal. No podemos atribuir cualquier adelanto puberal a los disruptores endocrinos. La pubertad es un fenómeno multifactorial y, aunque existen asociaciones entre determinadas exposiciones químicas y alteraciones de su cronología, los resultados de los estudios no siempre son uniformes.
La mejor protección consiste en reducir exposiciones evitables y favorecer un entorno metabólico saludable, sin convertir cada cambio corporal del adolescente en motivo de alarma.
¿Hay alguna prueba o analítica donde se pueda corroborar el nivel de exposición del niño a disruptores endocrinos y sus consecuencias?
Sí, existen técnicas analíticas que permiten medir determinados contaminantes o sus metabolitos en sangre, orina y otras muestras biológicas. Por ejemplo, podemos detectar metabolitos de algunos ftalatos, bisfenoles, PFAS y otras sustancias. El problema es interpretar correctamente esos resultados. Una concentración elevada de una determinada sustancia no significa necesariamente que ese niño vaya a desarrollar una enfermedad. Y una concentración baja tampoco garantiza que no haya existido una exposición importante anteriormente.
Algunos compuestos se eliminan rápidamente y sus concentraciones pueden variar mucho de un día a otro. Otros permanecen durante años en nuestro organismo. Además, para muchas sustancias no disponemos de valores clínicos individuales suficientemente validados que permitan establecer una relación directa entre una concentración concreta y un determinado daño endocrino. Por eso no recomiendo realizar indiscriminadamente paneles comerciales de disruptores endocrinos en niños sanos. En determinados contextos clínicos, ambientales o de investigación pueden resultar útiles, pero deben interpretarse por profesionales especializados.
Y hay otra cuestión importante: una analítica hormonal convencional tampoco permite identificar por sí sola si una alteración ha sido provocada por un disruptor endocrino. Podemos medir determinadas exposiciones, pero todavía estamos lejos de disponer de un análisis que nos diga cuánto daño hormonal ha sufrido un niño por ellas.
En los adolescentes conviene evitar los cosméticos innecesarios y seleccionar aquellos con formulaciones adecuadas. También es importante reducir el contacto de alimentos calientes con plásticos y mantener una alimentación saludable
Al margen de los efectos sobre la salud física infantil de los disruptores endocrinos, ¿hay evidencia de efectos sobre el neurodesarrollo y la salud mental y emocional?
Sí, y es uno de los campos de investigación que más interés está despertando. Durante el desarrollo cerebral, las hormonas tiroideas, sexuales y otros sistemas de señalización hormonal participan en procesos fundamentales como la migración neuronal, la formación de sinapsis y la maduración de los circuitos cerebrales. Determinados contaminantes ambientales pueden interferir en algunos de estos mecanismos. Existen estudios epidemiológicos que han encontrado asociaciones entre la exposición prenatal a ciertas sustancias y diferencias en el desarrollo cognitivo, la atención, la conducta o determinadas funciones ejecutivas.
También se están investigando posibles relaciones con síntomas de ansiedad, alteraciones emocionales y trastornos del neurodesarrollo. Pero aquí debemos ser especialmente prudentes. Encontrar una asociación estadística no demuestra automáticamente una relación causal. El autismo, el TDAH y los problemas de salud mental tienen orígenes complejos, en los que intervienen factores genéticos, ambientales y del desarrollo. Sería científicamente incorrecto afirmar que los disruptores endocrinos son responsables directos de estos trastornos.
Lo que sí sabemos es que algunas sustancias pueden interferir en mecanismos biológicos esenciales para el desarrollo cerebral, y que determinadas exposiciones prenatales se han asociado con resultados neuroconductuales desfavorables. Cuando hablamos de proteger el cerebro de un niño, no debemos pensar solamente en lo que aprende, sino también en el entorno biológico en el que ese cerebro se está formando.
En el libro habla de los doce principales disruptores endocrinos. Alejarse de ellos supone retirar muchos productos cotidianos, cambiarlos por otros... ¿Qué sucede con las familias que no pueden afrontar económicamente estos gastos?
Esta pregunta me parece fundamental, porque la prevención no puede convertirse en un privilegio económico. Sería profundamente injusto transmitir a las familias que necesitan comprar productos caros, ecológicos o con determinadas etiquetas para proteger la salud de sus hijos. Muchas de las medidas más eficaces para reducir determinadas exposiciones no requieren grandes inversiones.
No calentar comida en plástico, reducir el uso de ambientadores, ventilar la vivienda, limpiar el polvo con frecuencia o utilizar menos productos cosméticos son decisiones que pueden adoptarse prácticamente sin coste. Y hay algo todavía más importante: no siempre necesitamos sustituir un producto por otro más caro. Muchas veces basta con dejar de utilizar aquello que realmente no necesitamos. Un bebé no necesita perfumes. Una habitación infantil no necesita ambientadores. Y una familia no necesita renovar toda su cocina para empezar a reducir determinadas exposiciones.
Por supuesto, también existe una dimensión social que no podemos ignorar. Las familias con menos recursos pueden vivir en entornos con mayores niveles de contaminación, viviendas de peor calidad o situaciones laborales que incrementan determinadas exposiciones. Por eso, la responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre los padres. Necesitamos políticas públicas, controles adecuados, investigación independiente y medidas que protejan a toda la población, independientemente de su capacidad económica. La salud de un niño no debería depender del precio de la crema que sus padres pueden comprar.
Entre los mitos que desmonta el libro está que los productos «naturales» son siempre mejores y no tienen disruptores endocrinos. ¿Cuándo para un niño es mejor un producto ecológico que uno industrial?
Uno de los errores más extendidos es pensar que natural significa seguro, y sintético significa peligroso. Desde el punto de vista de la toxicología, esa distinción carece de sentido. Existen sustancias naturales con actividad hormonal y sustancias sintéticas con perfiles de seguridad perfectamente conocidos. La naturaleza produce algunos de los tóxicos más potentes que conocemos.
Por tanto, no debemos valorar un producto únicamente por su origen, sino por su composición, la exposición que genera y la evidencia científica disponible. En alimentación, por ejemplo, determinados estudios han observado que una dieta basada en productos ecológicos puede reducir la exposición a algunos residuos de pesticidas. Pero eso no significa que todos los alimentos ecológicos estén libres de contaminantes ni que sean necesariamente más nutritivos. Y tampoco significa que una familia deba comprar exclusivamente productos ecológicos para alimentar correctamente a sus hijos.
En cosmética ocurre algo parecido. Una crema elaborada con ingredientes naturales puede contener fragancias, aceites esenciales o sustancias capaces de producir irritaciones y reacciones alérgicas. Por el contrario, una formulación convencional sencilla, sin perfume y correctamente evaluada puede ser una opción excelente para la piel infantil. Lo importante es conocer qué contiene el producto, para qué lo necesitamos y qué evidencia respalda su seguridad. No necesitamos productos que parezcan más naturales. Necesitamos productos cuya seguridad esté mejor estudiada.
Y ese es precisamente uno de los mensajes que intento transmitir en La amenaza invisible: no debemos sustituir el miedo a la química por una confianza ciega en lo natural. Debemos aprender a distinguir entre lo que sabemos, lo que sospechamos y lo que todavía necesita investigación.












