Dra. Ana Pérez Ballesta: "El color de los mocos en el niño no refleja que sea una infección más grave; pueden ser verdes sin que haya necesidad de antibiótico"


¿Hay que cambiar el tratamiento a tu hijo cuando el proceso catarral se extiende muchos días? ¿Se debe intentar bajar la fiebre a toda costa? ¿Cuál es la mejor forma de curarle una herida? A estos y otros interrogantes responde un nuevo libro que desmonta los mitos más frecuentes en salud infantil y familiar.


Dra. Ana Pérez Ballesta© Dra. Ana Pérez Ballesta
15 de octubre de 2026 a las 13:51 CEST

La salud infantil está llena de mitos y de "siempre se ha hecho así" que no tienen demasiada base científica. La Dra. Ana Pérez Ballesta, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria, ha escrito Doctora, una pregunta (Ed. Larousse), un libro donde se toma el tiempo, como en una conversación distendida con el paciente, para explicar todo aquello que se pasa más deprisa o directamente no se habla en la consulta y que es bueno saber para atender la salud infantil y de toda la familia de la mejor forma. Hemos hablado con ella.

El alcohol y el agua oxigenada no son necesarios para curar una herida, ya que pueden irritar y dañar las células que están reparando la herida

Dra. Ana Pérez Ballesta, médico de familia

Uno de los mitos más extendidos es que el moco verde necesita antibiótico y que puede bajarse al pecho. ¿Cuál es la realidad?   

La realidad es que el moco verde no significa que necesitemos antibiótico, sino que nos habla del tiempo que nuestras defensas llevan combatiendo al microorganismo que está provocando el catarro. Lo que ocurre durante un catarro es que nuestras defensas envían a unos «soldados», los neutrófilos, que son un tipo de glóbulos blancos. Estos neutrófilos llevan dentro una enzima llamada mieloperoxidasa, que contiene hierro y tiene un color verdoso. Cuando liberan su contenido, esa enzima se mezcla con el moco y puede teñirlo de verde. Por tanto, el color refleja la actividad de nuestras defensas y aproximar el tiempo que llevamos acatarrados, pero no permite distinguir una infección vírica de una bacteriana. Un catarro causado por un virus también puede producir mocos verdes.

Respecto a que «se bajan al pecho», nuestras vías respiratorias no son un tobogán por el que el moco de la nariz cae hasta los pulmones, sino más bien una cinta transportadora que saca el moco de dentro a fuera. Lo que progresa desde la nariz hacia los bronquios es la infección, el virus, entonces los bronquios también necesitan fabricar su propio moco para defendernos e intentar atraparlo. Si una infección afecta a esa zona, aumenta la producción de moco allí. Por eso, intentar «cortar los mocos» no evita que un catarro termine afectando a los bronquios. Lo importante es cómo respira la persona, cómo se encuentra y cómo evoluciona, no el color de los mocos en el pañuelo.

Libro Doctora, una pregunta© Ed. Larousse

Cuando aparece la fiebre, la preocupación máxima suele ser bajarla inmediatamente, ¿pero qué función cumple y por qué no es bueno que baje bruscamente?

La fiebre forma parte de un fantástico engranaje defensivo de nuestro cuerpo. El hipotálamo es una zona de nuestro cerebro que podríamos comparar con el termostato de una casa; cuando el cuerpo detecta una infección, ese termostato sube la temperatura para favorecer a nuestro sistema inmunitario y para dificultar la multiplicación de algunos microorganismos. Los escalofríos aparecen porque el cuerpo está intentando alcanzar esa nueva temperatura.

Que la fiebre baje rápidamente, por sí solo, no significa que esté ocurriendo algo malo. Lo que no se recomienda es intentar forzar que baje con baños fríos, hielo o friegas de alcohol. Esas medidas pueden provocar escalofríos, aumentar el malestar y, en el caso del alcohol, causar toxicidad en la piel.

Nuestro objetivo a la hora de decidir si tomamos un antitérmico para bajar la fiebre debe ser aliviar el malestar, no conseguir que el termómetro baje a 36º a toda costa. Si la persona está incómoda o tiene dolor, podemos utilizar un antitérmico con la pauta adecuada; pero si está relativamente bien, bebe y responde con normalidad, y está tranquila en casa, descansando, podemos dejar a la fiebre actuar y no necesitamos medicarla. Además, en el caso de bebés o niños pequeños, bajar la fiebre con antitérmicos no previene las convulsiones febriles.

Eso no significa que no prestemos atención ante un bebé, niño o adulto con fiebre: un bebé menor de tres meses con 38 grados o más necesita valoración urgente, al igual que un niño con muy mal estado general o manchas que no desaparecen al presionarlas, o un adulto con fiebre y dificultad respiratoria. Debemos guiarnos por el estado de la persona y el resto de síntomas, más que por el termómetro. 

Madre cuidando de su hija en cama con fiebre© Getty Images

Suele creerse que ante infecciones, por ejemplo, respiratorias que no remiten, es más eficaz un antibiótico y a veces se presiona a los médicos para que lo prescriban. ¿Qué hay que saber sobre ello?

Que un antibiótico no es algo inocuo y que no sirven contra cualquier infección. Un antibiótico es una herramienta dirigida a determinadas bacterias y no funciona contra los virus que provocan los catarros. Ni siquiera todos los antibióticos sirven para todas las bacterias, cada una tiene su "punto débil". 

Como población, en general, también tenemos expectativas poco realistas sobre cuánto deberían durar los síntomas, no nos gusta estar con congestión una semana, es incómodo. Pero la realidad es que la tos o los mocos de una infección respiratoria pueden prolongarse dos, tres o cuatro semanas, aunque el proceso esté mejorando. Si la evolución se estanca, empeora o aparecen síntomas nuevos, hay que volver a valorar al paciente, buscar la causa y ajustar el tratamiento.

Tomar antibióticos sin indicación, porque "me quedaba un poco en casa" o porque "a mi vecina le fue bien este" puede causar diarrea, reacciones alérgicas y, lo más importante y más serio de todo, tomar antibiótico sin indicación favorece las resistencias bacterianas. Las bacterias aprenden a defenderse y aprenden unas de otras, y ya existen bacterias que han aprendido tanto que son "multirresistentes", ningún antibiótico de los que tenemos les hace frente. Y esas bacterias pueden transmitirse y causar una infección muy difícil de tratar incluso a alguien que nunca haya usado mal un antibiótico.

Por eso insto a quien esté leyendo esta entrevista a «confiar en el no» de sus médicos. No prescribir un antibiótico también puede ser una forma de cuidarte. Y lo ideal es que ese «no» vaya acompañado de una explicación: qué esperamos que ocurra, cómo aliviar los síntomas y cuándo volver a consultar si lo necesitas.

Niña con catarro en la cama© Getty Images

¿Qué debe incluir el botiquín de un hogar para curar una herida de las muchas que se hace un niño? 

Todos hemos escuchado alguna vez eso de "si escuece, es que está curando" mientras nos echaban un chorro de agua oxigenada en el raspón de la rodilla. Pero nada más lejos de la realidad, es uno de los muchos mitos que desmontamos en el libro.

Para los cortes y las rozaduras habituales necesitamos pocas cosas, pero muy útiles: suero fisiológico para limpiar la herida, gasas estériles, apósitos con superficie suficiente para que no se peguen a la herida, tiritas y, para curar heridas de mayor superficie, esparadrapo de papel, vendas, guantes y unas tijeras de punta roma.

La medida más importante en una herida es limpiarla bien. Primero nos lavamos las manos; podemos ponernos guantes o no. Si sangra, aplicamos presión directa y mantenida durante 5 minutos con una gasa o un paño limpio. Después, cuando el sangrado esté controlado, aclaramos la herida con abundante agua potable o suero fisiológico para arrastrar la suciedad y la protegemos con un apósito, que cambiaremos si se ensucia o se moja.

El alcohol y el agua oxigenada no son necesarios, ya que pueden irritar y dañar las células que están reparando la herida. Para una rozadura sencilla y bien lavada con suero o con agua y jabón no hace falta aplicar sistemáticamente un antiséptico ni una pomada antibiótica. En caso de necesitar un antiséptico, la clorhexidina es una buena opción, menos agresiva con la piel dañada.

¿Cuándo esa herida necesita de asistencia médica?

Necesitamos atención médica si la herida es profunda, si sus bordes quedan muy separados, si hay un objeto incrustado o suciedad que no conseguimos retirar, si procede de una mordedura (necesita antibiótico siempre) o si afecta a una zona delicada como cara o genitales. La atención debe ser urgente si el sangrado es abundante o no se controla con presión, o si la persona pierde sensibilidad o no puede mover bien la zona. También debemos consultar si, con los días, aumenta el dolor, el enrojecimiento se extiende o aparecen pus o fiebre. En heridas sucias o profundas hay que revisar, además, si la vacunación frente al tétanos está al día.

Niño pequeño sentando en las escaleras mientras su madre le cura una herida© Getty Images

La sensación general es que ahora hay más diagnósticos de autismo. ¿Tenemos más vigilancia sobre sus manifestaciones o realmente hay más menores que presentan esta condición?

Sí, se está identificando a más niños y niñas autistas, y una parte importante de ese aumento tiene que ver con que hemos aprendido a reconocerlo mejor. Como explico en el libro, hoy hay más conocimiento entre las familias, entre los profesionales sanitarios y los colegios, y ha cambiado la forma de definir y diagnosticar el espectro. Antes podían pasar desapercibidas personas con lenguaje desarrollado, sin discapacidad intelectual o con manifestaciones menos evidentes. También estamos reconociendo mejor el autismo en niñas, que históricamente han estado infradiagnosticadas.

Ahora bien, sería un poco osado afirmar que todo el aumento se explica únicamente por una mejor detección. Los estudios de vigilancia muestran cuántas personas identificamos, pero no permiten separar con precisión cuánto corresponde a cambios diagnósticos y cuánto podría reflejar cambios en la frecuencia real. Las diferencias entre territorios también reflejan el acceso a las evaluaciones y a los servicios.

Hoy sabemos que el autismo tiene un componente genético importante y se investiga cómo interactúa con distintos factores del desarrollo prenatal y perinatal. Lo que la evidencia científica no respalda es una relación causal con las vacunas, como vuelve a confirmar la revisión de la OMS publicada en 2026. Este bulo nació en 1998, cuando Andrew Wakefield publicó en la revista The Lancet un estudio con apenas doce niños que sugería una relación entre la vacuna triple vírica —la del sarampión, la rubeola y las paperas— y el autismo. Posteriormente, se descubrió que el trabajo era fraudulento y que tenía intereses económicos detrás, pues Wakefield estaba trabajando en una vacuna alternativa. La revista retiró la publicación en 2010 y a Wakefield se le terminó retirando la licencia para ejercer la medicina, pero el miedo ya se había extendido y, aunque varias investigaciones mucho más rigurosas y amplias (con millones de niños) han descartado esa relación, la desinformación sigue circulando.

Lo fundamental es reconocer las necesidades de cada niño y facilitarle todo el apoyo necesario cuanto antes.

Niño con obesidad en la consulta del médico© Getty Images

Un niño con obesidad tiene una alta probabilidad de ser un adulto con obesidad. ¿Hasta qué punto la alimentación y los hábitos y hasta qué punto la genética tienen influencia cuando hay un exceso de peso a edades tempranas?

La probabilidad de que la obesidad persista desde la infancia hasta la edad adulta es elevada, especialmente cuando llega a la adolescencia, pero no es un destino inevitable. Tampoco podemos repartir las causas en un porcentaje de genética y otro de hábitos para cada niño: ambos interactúan desde muy pronto.

La genética influye en el hambre, la saciedad, el gasto energético y la facilidad para acumular grasa. Eso significa que dos niños que viven en un entorno parecido pueden responder de forma diferente. Pero el entorno también tiene una importancia fundamental: qué alimentos tienen disponibles, cómo duermen, cuánto pueden jugar y moverse, el estrés familiar o los recursos económicos. En España, el estudio ALADINO 2023 encontró exceso de peso en el 36,1 % de los escolares de seis a nueve años: un 20,2 % tenía sobrepeso y un 15,9 %, obesidad. También mostró una mayor frecuencia en las familias más vulnerables. Es difícil hablar solo de decisiones individuales cuando las oportunidades para cuidarse no son las mismas según dónde vivas.

En el libro cuento la historia de Gustavo, un adolescente con obesidad al que varios médicos ya le habían explicado muchas veces que debía comer sano y hacer deporte. Él lo sabía. Pero lo que necesitaba era ayuda para abordar todo lo que había alrededor de su peso, incluida su salud emocional. Por eso el tratamiento debe implicar a la familia siempre y adaptarse a sus posibilidades. Necesitamos mejorar la alimentación, el sueño y las oportunidades de movimiento, cuidar el bienestar psicológico y valorar otras herramientas médicas cuando estén indicadas. La obesidad es una enfermedad muy compleja, no es sólo cuestión de la voluntad del niño o de cuánto se preocupan sus padres.

Lo que me gustaría transmitir a las familias es que merece la pena pedir ayuda pronto. La obesidad infantil puede tratarse, y mejorar la salud en esta etapa tiene beneficios que van mucho más allá del peso y que van a influir en su futuro adulto. Queremos que ese niño pueda moverse, jugar y disfrutar de su vida, que tenga una buena relación con la comida y con su cuerpo, y que crezca sintiéndose acompañado, sin culpa ni vergüenza.

Niña tomando un medicamento© Getty Images

¿Qué patologías con componente familiar deberían promover una vigilancia más estrecha en niños?

Los antecedentes familiares forman parte de la prevención. Es importante contarle a nuestro pediatra qué enfermedades hay en la familia, quién las tiene y a qué edad aparecieron. No significa que tengamos que hacer todas las pruebas a todos los niños, sino decidir qué seguimiento puede ser útil en cada caso y a qué debemos prestar más atención. Hay algunos ejemplos importantes:

  • Hipercolesterolemia familiar o infartos a edades tempranas. Si un progenitor tiene una hipercolesterolemia familiar, hay que estudiar a sus hijos desde la infancia. No debemos esperar a que aparezcan síntomas, porque el colesterol elevado puede estar dañando las arterias durante años sin dar señales.
  • Cardiopatías hereditarias, determinadas arritmias o muerte súbita inexplicada en familiares jóvenes. Pueden justificar una valoración cardiológica, con electrocardiograma, ecografía o estudio genético según los antecedentes, especialmente si el niño es deportista. El seguimiento debe adaptarse a la enfermedad concreta de la familia.
  • Diabetes. Si hay diabetes tipo 2 en varios miembros de la familia, debemos prestar especial atención cuando el niño también presenta sobrepeso u obesidad. En esos casos puede estar indicado estudiar la glucosa desde la pubertad. Si el antecedente es de diabetes tipo 1, el enfoque es muy distinto, ya que es una enfermedad autoinmune y puede valorarse realizar un cribado específico mediante autoanticuerpos.
  • Enfermedad celíaca. Tener un padre, una madre o un hermano con celiaquía justifica valorar la realización de pruebas, aunque los síntomas sean poco evidentes. Es importante no retirar el gluten antes del estudio, porque puede alterar los resultados.
  • Antecedentes de autismo y determinadas alteraciones del neurodesarrollo. Si hay un hermano autista, conviene seguir especialmente de cerca la comunicación, la interacción y el desarrollo del niño, para evaluar pronto cualquier señal y facilitar apoyos cuando los necesite.

Una de las ideas centrales del libro es que conocer nuestra herencia debe servir para cuidarnos mejor. Un antecedente familiar no siempre determina lo que nos va a ocurrir, pero puede darnos la oportunidad de actuar antes y prevenir.