Las cifras de obesidad y sobrepeso en niños y adolescentes en España son muy elevadas. Según datos de la Federación Mundial de la Obesidad en la actualidad hay 2,1 millones de menores con exceso de peso. No obstante, se observa desde la pandemia un ligero descenso en las tasas.
La obesidad es una enfermedad en la que intervienen distintas causas, también en las primeras etapas de la vida. Pero, a pesar de ser un problema de salud, habitualmente se liga a la falta de motivación para comer bien y a otros aspectos que dependen exclusivamente de la voluntad. Esto estigmatiza a los afectados, pudiendo crear otras alteraciones añadidas, sobre todo cuando son pequeños y tienen menos habilidades de afrontamiento en salud mental.
Pero ¿cómo hay que hablar con un niño del sobrepeso? ¿Qué conviene evitar? ¿Cómo acompañar los procesos de pérdida de peso de la mejor manera? Charlamos de ello con el Dr. Julio Álvarez Pitti, coordinador del Grupo de Trabajo de Obesidad Infantil y la Adolescencia de SEEDO (Sociedad Española de Obesidad), investigador, profesor universitario y jefe de Servicio de Pediatría en el Consorcio Hospital General Universitario de Valencia.
Los niños tienen mayor riesgo de desarrollar obesidad si al menos uno de sus padres la padece, y este riesgo se multiplica significativamente si ambos progenitores tienen obesidad
¿Qué provocan calificativos como 'gordito' o 'rellenito' cuando están referidos a niños?
El uso de estos calificativos, aunque a veces se digan sin mala intención, contribuye a crear un entorno de estigma y sesgo hacia el peso del menor. Lejos de motivar, estos términos pueden provocar graves consecuencias físicas y emocionales. Los niños y adolescentes que sufren este tipo de estigmatización y burlas tienen un mayor riesgo de aislamiento social, evitación de los servicios de salud y disminución de la actividad física. Además, a nivel psicológico, este sesgo interiorizado se asocia con un impacto muy negativo en la salud mental, favoreciendo la aparición de síntomas de depresión, ansiedad, baja autoestima e incluso fomentando trastornos por atracón.
¿Cuál es la mejor forma de referirse al sobrepeso o a la obesidad con un niño o un adolescente?
La regla de oro es utilizar siempre un lenguaje centrado en la persona, respetuoso y libre de juicios. En lugar de poner etiquetas ("niño obeso" o "niño gordito"), debemos hablar de "un niño con obesidad", poniendo al niño por delante de la enfermedad. A la hora de hablar con ellos y sus familias, lo mejor es emplear términos neutros que sean percibidos como menos ofensivos, tales como "índice de masa corporal (IMC)", "peso", "exceso de peso" o "peso poco saludable". Es imperativo evitar palabras estigmatizantes como "gordo", "obeso" o "regordete", y siempre es una buena práctica pedir permiso antes de iniciar una conversación sobre el peso.
Muchos de estos niños son objeto de burla o incluso de acoso, ¿qué armas hay que darles desde la familia para que no se sientan atacados por su peso?
La familia es el pilar fundamental. En primer lugar, se debe fomentar un estilo de crianza y alimentación " autoritativa (o estilo de alimentación democrático/sensible)” es decir, cálido, receptivo y de apoyo, pero con expectativas y rutinas claras, lo cual protege contra el aumento excesivo de peso y fomenta la salud emocional.
Para dotarles de "armas" contra el acoso, las intervenciones familiares deben centrarse en construir la autoaceptación corporal, la autoestima y la confianza del niño en sus propias habilidades, enseñándoles estrategias concretas para manejar las burlas. Si el acoso es significativo, es recomendable buscar recursos contra el bullying y considerar el apoyo de profesionales de la salud mental que les den herramientas de afrontamiento.
Sabemos que la obesidad es una enfermedad multifactorial en adultos, y que perder peso no depende de la voluntad. En el caso de los niños, ¿es también así o hay otros factores que influyen como una alimentación inadecuada?
Exactamente igual que en los adultos, la obesidad pediátrica es una enfermedad crónica, compleja, progresiva y multifactorial. Es un error inmenso, y parte del estigma, creer que se debe simplemente a una falta de voluntad o a malos hábitos individuales. Por supuesto que la alimentación (como el consumo de bebidas azucaradas o alimentos ultraprocesados) y el sedentarismo influyen, pero estos se dan dentro de un entorno "obesogénico".
En el desarrollo de la obesidad infantil interactúan la genética (que aporta entre un 40% y un 70% del riesgo), la fisiología y factores socioeconómicos profundos. Por ejemplo, las familias con menores ingresos sufren mayores tasas de obesidad infantil debido al menor acceso a alimentos frescos, falta de espacios verdes seguros para hacer deporte y al alto nivel de estrés.
¿Qué probabilidad tiene un niño de tener sobrepeso u obesidad cuando sus padres también lo tienen?
La probabilidad es muy alta. El peso de los padres es un predictor fortísimo de la obesidad pediátrica. Los niños tienen mayor riesgo de desarrollar obesidad si al menos uno de sus padres la padece, y este riesgo se multiplica significativamente si ambos progenitores tienen obesidad. El IMC materno suele ser un predictor aún más fuerte que el paterno, aunque la obesidad del padre tiene un efecto sumatorio claro. Esto se debe a una potente transmisión intergeneracional que combina la susceptibilidad genética (heredabilidad del 40-70%) con el entorno y los hábitos compartidos en el hogar.
Si por consejo médico el menor tiene que perder peso, ¿cómo explicarle el proceso para que no se sienta mal consigo mismo por tener que dejar de ser quien es (como si algo estuviera mal en él)?
Es fundamental que el pediatra y la familia adopten un enfoque sin juicios ni culpas, reconociendo ante el niño que existen factores genéticos y ambientales que hacen que perder peso sea un verdadero reto fisiológico, quitándole así la carga de que es un "fracaso personal".
Una herramienta clínica muy eficaz es la entrevista motivacional. Esto significa no imponer metas basadas en la estética o la báscula, sino explorar junto al niño qué le importa a él (por ejemplo, tener más energía, jugar mejor a un deporte, sentirse más ágil) y establecer metas colaborativas centradas en la salud integral y la calidad de vida.
¿Qué actitudes o mensajes desde la familia o los allegados contribuyen a perpetuar el estigma en torno a la obesidad y al sobrepeso infantil?
El principal mensaje dañino es la creencia de que la obesidad es una elección personal o el resultado exclusivo de unos malos hábitos, ignorando la complejidad de la enfermedad. Otra actitud devastadora que ocurre en algunos hogares es el avergonzar al niño con la falsa esperanza de que esto lo "motivará" a adoptar conductas más saludables; esta táctica tiene el efecto contrario y aleja al menor del tratamiento. También contribuyen al estigma los estilos de crianza autoritarios que ignoran las señales de hambre y saciedad del menor , el uso de un lenguaje peyorativo ("gordo", "rellenito", “fuerte”…) y el uso de la comida como premio o castigo.
Una vez que el niño está adelgazando, ¿qué mensajes hay que trasladarle y cuáles no?
Debemos trasladarle mensajes que refuercen su autoeficacia, su motivación intrínseca y su aceptación corporal, elogiando los cambios de comportamiento positivos (como probar un alimento nuevo o disfrutar de un paseo) en lugar del número en la báscula.
Por el contrario, no se le debe trasladar la idea de que el camino será perfecto ni utilizar la culpa si hay retrocesos. Al ser una enfermedad crónica, las recaídas son normales; el mensaje debe ser de apoyo a largo plazo, evaluando qué causó la recaída para volver a encarrilar el plan de salud sin frustraciones.
El proceso de pérdida de peso en un menor, ¿es conveniente que vaya acompañado de un apoyo psicológico?
Sí, es absolutamente conveniente y, de hecho, conforma la base de las recomendaciones clínicas actuales. Las guías indican que el pilar del manejo de la obesidad pediátrica deben ser las intervenciones multicomponente y multidisciplinares, las cuales incluyen explícitamente el abordaje psicológico y conductual. Los niños con obesidad tienen un 32% más de riesgo de sufrir depresión y ansiedad. El apoyo psicológico (mediante terapia cognitivo-conductual o entrevistas motivacionales) es clave no solo para tratar estas posibles comorbilidades de salud mental, sino para enseñar a la familia habilidades para el cambio de comportamiento, control de estímulos, reestructuración cognitiva y prevención de recaídas.
Pero también sería adecuado contar con el apoyo de un dietista-nutricionista y de un experto en actividad física y el deporte. Desde la SEEDO reclamamos que el tratamiento del niño y adolescente con obesidad ha de ser multidisciplinar. Un modelo en el que el pediatra esté en el medio, identificando el problema, evaluándolo y siendo el motivador del cambio en el paciente y su familia. Y luego contar con el apoyo de todos estos profesionales: la enfermería de atención primaria, el nutricionista comunitario, el psicólogo municipal y/o los servicios de actividad física cercanos al domicilio de la familia… y en algunos casos, donde hay mayor complicación, habría que derivar a atención hospitalaria.
Pero para conseguir este sistema que es el que recomiendan las últimas Guías y el que se recomienda desde el Grupo de Trabajo de Obesidad en Niños y Adolescentes de la SEEDO, es necesario invertir para que las familias y el pediatra de atención primaria cuente con esos recursos.










