Dra. Begoña Huete, neuropediatra, sobre el 'autismo digital': "El abuso de pantallas a edades tempranas puede interferir en el neurodesarrollo del niño"


Aunque los pediatras aconsejan que los niños no tengan contacto con las pantallas hasta los seis años, la realidad es otra, y algunos menores empiezan a mostrar síntomas que recuerdan al TEA, en lo que se ha denominado 'autismo digital'. ¿Qué supone? ¿Cómo corregir la situación?


Dra. Begoña Huete, neuropediatra© SENEP
30 de abril de 2026 a las 13:02 CEST

El autismo es una condición del neurodesarrollo que está presente en una de cada 100 persona en España. No es una enfermedad y no hay cura, acompaña a la persona durante toda su vida, aunque la atención especializada ayuda a que los niños con TEA (trastornos del espectro del autismo) puedan enfrentarse mejor a las dificultades que conlleva.

En los últimos años se habla de un incremento en el número de diagnósticos, lo que puede deberse, según los expertos de la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP), a distintos factores, como la unificación de criterios diagnósticos, la mejor formación de los neuropediatras y el hecho de que las familias estén más informadas y den la voz de alarma a los profesionales ante las primeras señales.

Además, ha surgido un término nuevo, 'autismo digital', para describir a niños que presentan síntomas similares al autismo, pero que no tienen esa base neurobiológica que está presente en el TEA. ¿Cuáles son las características de ese 'autismo digital'? ¿Se puede revertir? La Dra. Begoña Huete, coordinadora del Grupo de Trabajo de Trastornos del Neurodesarrollo de la SENEP, nos lo aclara.

Niños pequeños tumbados viendo el móvil© Getty Images

¿Cómo se manifiesta el 'autismo digital'?

La base del denominado 'autismo digital' es un uso abusivo de pantallas y dispositivos electrónicos a edades tempranas, lo que interfiere en procesos importantes del neurodesarrollo. “Los niños que pasan largas horas frente a los estímulos digitales pueden mostrar una falta de respuesta al nombre, escaso contacto ocular y una preferencia por el aislamiento, que imitan a las conductas autistas”, advierte la neuropediatra. 

Hablamos, pues, de un impacto ambiental de las pantallas en el neurodesarrollo de niños que no son autistas, pero que acaban presentando conductas similares. Esto "no sugiere en ningún caso que el TEA biológico sea provocado por los padres o por la tecnología", recalca. 

"Es fundamental distinguir entre 'ser autista' y 'presentar síntomas similares'. El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo de base neurobiológica que acompaña a la persona toda su vida. No se 'contrae' por el uso de tecnología", aclara la experta. "El término 'autismo digital' no es una categoría diagnóstica oficial, es un término que se empieza a utilizar y vemos cada vez más derivaciones a consulta de neuropediatría describiendo a niños que, por falta de interacciones de calidad cara a cara y exceso de estímulos digitales, muestran falta de respuesta al nombre o escaso contacto ocular que son síntomas de alarma que todo pediatra tiene en cuenta a la hora de valorar el neurodesarrollo en los primeros años. Aunque los síntomas pueden ser similares, la raíz del problema es una interferencia externa en el desarrollo".

Niña pequeña viendo el móvil en su casa© Getty Images

¿Pueden revertirse los síntomas del 'autismo digital'?

El cerebro infantil necesita la interacción humana, estar cara a cara con otras personas, y esto es así no solo por la necesidad de aprender un lenguaje expresivo, sino para poder interpretarlo en su contexto, para desarrollar la atención conjunta y para favorecer la regulación emocional.

"Cuando estos estímulos naturales son sustituidos por una pantalla, lo que vemos es un ‘retraso’ en el desarrollo de las áreas prefrontales del cerebro", indica la representante de la SENEP. Pero ¿son estas dificultades reversibles? "En muchos casos, sí lo son, dependiendo del tiempo de exposición que hayan tenido los niños y de cuándo se inicie la intervención. Detectadas a tiempo y, si se eliminan los estímulos digitales, el cerebro infantil, que es extremadamente plástico, suele recuperar los procesos de interacción social recíproca. Sin embargo, si no se actúa, el retraso puede ser significativo y dificultar que el niño alcance los hitos del desarrollo esperados para su edad en el momento óptimo", advierte.

Lo fundamental en este proceso es retirar las pantallas, como primer paso imprescindible, y después dar estimulación al niño, sustituyendo el estímulo digital por la interacción humana. "El cerebro necesita atención conjunta, regulación emocional, juego y aprendizaje del lenguaje a través del contacto con adultos y con sus iguales", señala la Dra. Huete.

Madre jugando con su hijo pequeño© Getty Images

Cómo diferenciar un TEA de un 'autismo digital'

El diagnóstico del autismo con base neurobiológica suele producirse, de media, sobre los cuatro o cinco años de edad. En este caso hablamos de una condición que se manifiesta fundamentalmente a través de dificultades persistentes en la comunicación social y en la interacción, así como por la presencia de patrones de comportamientos, intereses o actividades repetitivas o restrictivas, como recuerdan desde la SENEP.

"Para poder diferenciar el autismo real de una alteración en el desarrollo similar en el contexto de abuso de pantallas hace falta un proceso clínico riguroso, siendo el neuropediatra el encargado del mismo", comenta la experta. "Si los síntomas tienden a revertir o mejorar notablemente cuando desaparece el dispositivo y aumenta la estimulación humana, lo más probable es que el estímulo digital sea el verdadero problema. Además, hay que hacer una labor de investigación mediante una historia clínica rigurosa y una exploración clínica detallada observando conducta, entorno y buscando estigmas físicos que orienten las pruebas complementarias dirigidas si fueran necesarias", añade. 

Hay que recordar que la Asociación Española de Pediatría (AEP), en línea con otras sociedades médicas, recomienda la exposición cero a pantallas desde el nacimiento hasta los seis años; una hora como máximo al día entre los siete y los 12 años; dos horas (incluyendo la jornada escolar), de los 13 a los 16 años, y siempre bajo la supervisión de un adulto.