De cólico del lactante a síndrome de distrés infantil, el llanto intenso del bebé explicado por expertos: "El bebé no llora porque sí, pero no tiene una enfermedad digestiva grave"


El denominado hasta ahora cólico del lactante ha pasado a llamarse síndrome de distrés infantil. ¿Qué hay tras este cambio? ¿Cómo se aborda tanto desde el punto de vista médico como familiar?


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10 de junio de 2026 a las 18:06 CEST

Una de las situaciones más temidas por los padres recientes es lo que se venía llamando cólico del lactante, que ha cambiado su denominación a síndrome de distrés infantil, para albergar un concepto más amplio y realista con el cuadro, donde el acompañamiento a los progenitores se convierte en un punto clave.

Hablamos de todo ello con la Dra. Raquel Vecino López, pediatra y miembro del Grupo de Trabajo de Motilidad y Trastornos Gastrointestinales Funcionales de la SEGHNP (Sociedad de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica) y especialista en Gastroenterología y Nutrición Pediátrica del Hospital Clínico San Carlos de Madrid.

Las nuevas guías de expertos prefieren hablar de síndrome de distrés infantil porque describe mejor lo que vemos en la consulta: un bebé incómodo, irritable, con llanto recurrente y prolongado, sin que exista una enfermedad orgánica digestiva que lo explique

Dra. Raquel Vecino López, pediatra

El denominado cólico del lactante hasta ahora pasa a llamarse síndrome de distrés infantil. ¿Por qué este cambio? 

El cambio de término pretende evitar una idea que durante años ha podido confundir a muchas familias: que el problema está necesariamente en el colon o que el bebé tiene siempre un dolor abdominal por gases, inflamación u otra causa digestiva demostrable.

Durante décadas hemos utilizado la expresión "cólico del lactante” para referirnos a bebés sanos que, en los primeros meses de vida, presentan episodios de llanto intenso, prolongado y difícil de consolar. Sin embargo, la palabra “cólico” sugiere un origen intestinal concreto, y eso no siempre es así.

Las nuevas guías de expertos prefieren hablar de síndrome de distrés infantil porque describe mejor lo que vemos en la consulta: un bebé incómodo, irritable, con llanto recurrente y prolongado, sin que exista una enfermedad orgánica digestiva que lo explique. Es un término más amplio, más prudente y más ajustado a la evidencia científica actual. Además, ayuda a transmitir a las familias una idea importante: el bebé no “llora porque sí", pero tampoco necesariamente tiene una enfermedad digestiva grave.

Dra. Raquel Vecino, pediatra© Dra. Raquel Vecino
La Dra. Raquel Vecino, pediatra especialista en Gastroenterología y Nutrición Pediátrica de la SEGHNP.

Ahora se tiene más en cuenta el eje intestino-cerebro y la microbiota, además de otros factores psicosociales. ¿Cuál es la importancia de cada uno en la aparición del síndrome?

Este síndrome se engloba dentro de los llamados trastornos de la interacción intestino-cerebro, es decir, situaciones en las que existe una relación compleja entre el aparato digestivo, el sistema nervioso, la microbiota y el entorno emocional del bebé y de su familia.

El eje intestino-cerebro hace referencia a la comunicación continua entre el intestino y el cerebro a través del sistema nervioso, las hormonas, el sistema inmune y las señales procedentes de la microbiota. En los primeros meses de vida, ese sistema todavía está madurando. Por eso, algunos bebés pueden tener una mayor sensibilidad visceral, una regulación todavía inmadura del llanto o una respuesta más intensa ante estímulos que en otros lactantes serían bien tolerados.

La microbiota intestinal también parece desempeñar un papel relevante. En varios estudios se ha observado que algunos lactantes con llanto intenso presentan una microbiota menos diversa o con una composición diferente. Esto podría favorecer mayor producción de gas, cambios en la motilidad intestinal, inflamación de bajo grado o una mayor sensibilidad digestiva. Ahora bien, conviene explicarlo bien: no significa que el bebé tenga una infección ni que exista una única bacteria responsable. La microbiota es una pieza más dentro de un puzle complejo.

Por último, los factores psicosociales también cuentan, pero nunca deben interpretarse como una forma de culpabilizar a los padres. Un bebé que llora durante muchas horas genera agotamiento, ansiedad y sensación de impotencia. A su vez, ese cansancio puede hacer más difícil calmar al bebé y crear un círculo de estrés. Por eso, el acompañamiento familiar forma parte del tratamiento. No se trata solo de “tratar al bebé”, sino también de cuidar a quienes lo cuidan.

Madre observando a su recién nacido que llora© Getty Images/Cavan Images RF

¿Qué características tiene el síndrome de distrés infantil: cómo se manifiesta? 

Suele manifestarse como episodios de llanto intenso, recurrente y difícil de consolar en un bebé por lo demás sano. Tradicionalmente se hablaba de la "regla de los tres": llanto de tres o más horas al día, durante tres o más días a la semana. Hoy sabemos que esa regla puede servir como orientación, pero no debe utilizarse de forma rígida.

Lo más importante es valorar el conjunto del cuadro: un llanto prolongado, inconsolable, repetido y que genera un claro malestar en el bebé y en la familia. Durante los episodios, el bebé puede ponerse rojo, encoger las piernas, cerrar los puños, arquearse, mostrarse muy incómodo o expulsar gases. Puede alternar momentos de llanto muy intenso con ratos en los que está quejoso, inquieto o aparentemente incómodo, y otros periodos en los que se encuentra tranquilo.

El diagnóstico exige siempre comprobar que el bebé está sano, se alimenta bien, gana peso adecuadamente y no presenta signos de alarma como fiebre, vómitos persistentes o biliosos, sangre en las heces, rechazo mantenido de las tomas, decaimiento, pérdida de peso, distensión abdominal importante o alteraciones del desarrollo.

Bebé recién nacido llorando en la cuna© Getty Images

¿Por qué a unos bebés les afecta y a otros no? 

Probablemente porque no existe una sola causa. Hay bebés con un umbral más bajo para el malestar, otros con una maduración más lenta de los ritmos de sueño y llanto, otros con mayor sensibilidad digestiva o con una microbiota intestinal en desarrollo diferente.

También pueden influir otros factores, como el tipo de parto, el uso de antibióticos en etapas muy tempranas, la alimentación, los antecedentes familiares de trastornos digestivos funcionales, la atopia o el contexto emocional familiar. Lo importante es entender que hablamos de susceptibilidad, no de culpa. Dos bebés pueden vivir situaciones parecidas y responder de forma distinta porque su sistema nervioso, su intestino y su regulación emocional no maduran exactamente al mismo ritmo.

¿Cuándo puede empezar y cuándo suele acabar este síndrome de distrés infantil? 

Suele comenzar en las primeras semanas de vida. En muchos bebés, el llanto aumenta progresivamente tras el nacimiento, alcanza su pico alrededor del mes o mes y medio de vida y después va disminuyendo hasta resolverse, en la mayoría de los casos, hacia los tres o cuatro meses.

Si el llanto comienza más tarde de lo habitual, persiste de forma llamativa más allá de esa edad o se acompaña de pérdida de peso, alteración de la curva de crecimiento, rechazo de las tomas, afectación del neurodesarrollo u otros signos de alarma, conviene reevaluar al niño y descartar otras causas.

Bebé llorando en brazos de su padre con síndrome de distrés infantil© Getty Images

¿Cuál es el abordaje terapéutico y familiar más indicado en este caso? 

El primer paso es confirmar que estamos ante un bebé sano, sin datos de enfermedad orgánica, lo cual el pediatra lo suele confirmar con una historia clínica y exploración completas, junto a la revisión de la curva de peso.

Después, el tratamiento se basa en tres pilares: explicar, acompañar y aliviar. Explicar a los padres que es un cuadro real, frecuente y generalmente transitorio. Acompañar, porque el impacto emocional en la familia puede ser muy alto. Y aliviar, mediante medidas sencillas: revisar la técnica de alimentación, evitar sobrealimentación, facilitar pausas, mantener rutinas calmadas, usar estrategias de consuelo como contacto, balanceo suave, ruido blanco, chupete si procede o porteo seguro.

En algunos casos seleccionados puede plantearse una intervención dietética si existe sospecha de alergia a proteínas de leche de vaca. En un lactante con lactancia materna, puede valorarse una prueba de exclusión de proteína de leche de vaca en la dieta materna. En lactantes alimentados con fórmula, puede considerarse el uso temporal de una fórmula extensamente hidrolizada. Esta práctica siempre debe estar supervisada por el pediatra y debe ser transitoria, con reevaluación posterior, para comprobar si realmente existe relación con los episodios de llanto.

Respecto a los probióticos, existe evidencia limitada pero favorable para algunas cepas específicas, en dosis y duración determinadas, especialmente en lactantes con lactancia materna. Es importante saber que no todos los probióticos sirven y que no hay evidencia suficiente para recomendarlos de forma preventiva en todos los bebés. No se recomiendan de rutina usar fármacos para reflujo gastroesofágico ni otros remedios de hierbas o infusiones.

Madre dando el pecho a su bebé© Getty Images

¿Hay algún factor protector para que no aparezca este síndrome de distrés infantil? 

No existe una medida que garantice que el síndrome no vaya a aparecer, pero sí hay factores que pueden ayudar a reducir el riesgo o, al menos, la intensidad y el impacto familiar. Entre ellos están la lactancia materna exclusiva a demanda cuando es posible y deseada.

Otras medidas son una técnica de alimentación adecuada, evitar el humo del tabaco, no usar antibióticos, salvo cuando estén indicados, favorecer el descanso familiar y ofrecer a los padres información anticipada sobre el llanto normal del lactante.

Un aspecto protector muy relevante es el bienestar emocional de la madre y de la familia. Cuando los padres tienen apoyo, descanso y herramientas para interpretar el llanto, el cuadro se vive con menos angustia y se reduce el riesgo de respuestas desesperadas o inseguras.

El mensaje final que los pediatras debemos dar a las familias debe ser de serenidad: el síndrome de distrés infantil es real, puede ser muy duro y merece atención médica y acompañamiento. Pero en la mayoría de los casos es transitorio, no deja secuelas y mejora con el tiempo, con apoyo y con una orientación adecuada.