Entrevista

Javier de Haro, psicólogo: "El vínculo y la complicidad con los hijos también está en hacer locuras, en saltar en la cama"


El reconocido psicólogo explica qué es lo más importante a la hora de educar a los hijos cuando los padres no saben por dónde empezar


Javier de Haro, psicólogo© @psicologo_teayudoaeducar
Actualizado 9 de junio de 2026 a las 7:25 CEST

Cuando quienes están esperando su primer hijo o sueñan con tenerlo, se imaginan una maternidad o paternidad bonita, fácil de sobrellevar, pudiendo con todo… Y luego llega la realidad. Comprobar que no existe libro de instrucciones y que toda la información y formación previa es solo teoría, que cada niño es diferente y que criarlo es todo un mundo. Por eso hemos hablado con Javier de Haro, psicólogo, profesor, orientador escolar y padre (@psicologo_teayudoaeducar). Incluso él, con la más amplia formación al respecto y pese a haber soñado y haberse preparado toda la vida para ser padre, reconoce con franqueza ciertos momentos de inseguridad, como aquel primer baño a su hijo al poco de nacer en el que su mujer y él lo cogían con tanto mimo y cuidado (quizás también temor) como si fuera una bomba a punto de estallar.

Esta anécdota la cuenta en el libro que acaba de publicar, Disfrutar de la crianza (Ed. Zenith), en el que da consejos de lo más prácticos y sencillos de poner en práctica. Consejos que van de la mano de un mensaje comprensivo hacia los errores que se puedan cometer como padre o como madre y tranquilizador. Le hemos entrevistado con motivo de la publicación del libro y, al hablar con él, parece mucho más fácil conseguir ese propósito vital de todo progenitor de ser buena madre o buen padre. Y lo curioso es que convierte en fácil lo difícil desde la más sincera humildad. Una humildad que se desprende de sus palabras, de sus gestos amables, y que sorprendentemente nacen de una larga experiencia profesional (más de 20 años ayudando a cientos de familias), pero también de su propio hogar. 

Cuando tú eres consciente de dónde se va el tiempo y aprendes a organizarte un poquito mejor, puedes distribuir mejor tu tiempo y disfrutar más de la crianza.

Javier de Haro, psicólogo, profesor y orientador escolar

Hablas en el libro de cómo te cambia convertirte en madre o en padre y de que, por mucha teoría que sepas, no sabes nada hasta que no tienes a tu hijo en brazos. Compartes que también te ocurrió a ti, a pesar de haberte formado a conciencia y de ser psicólogo; algo que sin duda reconfortará a muchos padres que no saben por dónde empezar a pesar de haberse preparado todo lo posible. ¿Qué le dirías a un padre o a una madre que se siente perdido en la crianza de su hijo?

Lo único que le diría es que, en los momentos difíciles, lo primero que tenemos que pensar es que nosotros ya somos lo que nuestro hijo necesita. Y también le diría que no se preocupe, porque todo lo que no sepa lo va a aprender con su hijo. Pero eso implica tiempo. Cuando digo tiempo, me refiero a tiempo estando. Yo soy el primero que muchas veces, y más con las redes sociales, estoy con el móvil, pero he aprendido, desde hace varios años, que aparcar según qué cosas y estar al 100%. Es mejor estar cinco minutos, pero siempre bien centrado, que 20 haciendo otras cosas.

Le diría que es parte del proceso, que si duda de si es buena madre o buen padre, eso quiere decir que es buena madre, buen padre. Y, sobre todo, que si se encuentra así, que priorice, que vea cuáles son los aspectos más importantes y vamos a centrarnos en ir a por esos. No quiere decir que luego no abordemos todo lo demás, pero si estamos así, el que la casa esté perfecta no es tan importante; el que la ropa o el uniforme esté siempre planchado no es tan importante. Lo importante es que prioricemos ese vínculo, esa conexión, y luego con lo demás, ya iremos poniendo esos ladrillos.

Tranquilizas al asegurar que todo lo que un padre o una madre no sepa lo va a aprender con su hijo; en este sentido, también hay quien dice que, con los niños, incluso recién nacidos, casi todo es prueba-error. ¿Cómo se pone esto en práctica, especialmente cuando son muy pequeños?

Es cierto que hay cosas que son de prueba y error, pero hay otras con las que hemos de tener la responsabilidad de tener esos conocimientos. Por ejemplo, yo creo que es muy necesario que sepamos un poquito de primeros auxilios infantiles, creo que es necesario que sepamos qué aspectos pueden dañar la autoestima de nuestro hijo y también creo que es muy necesario, dentro de ese ensayo-error, no caer en el piloto automático porque eso te hace no darte cuenta realmente cuando hay un error y empiezas a generalizar y a normalizarlo.

Muchas veces no es responsabilidad de las mamás y los papás porque vamos con un ritmo de vida que es una locura, pero sí que es muy importante que, aunque nos equivoquemos en esas cosas -y nos podemos equivocar-, que seamos conscientes de nuestros errores, humildes para reconocerlos y, lo más importante, que sepamos hacer lo mismo que les pedimos a ellos: aprender de los errores para hacerlo mejor.

Disfrutar la crianza, de Javier de Haro© Zenith

¿Cómo disfrutar de la crianza cuando parece que el día a día es un no parar constante entre trabajo, casa, hijos…? 

Es normal que uno o dos días, tres días o una temporada tengamos más trabajo y tengamos más prisas. Eso es algo circunstancial. Y por supuesto que cada familia tiene sus condiciones, pero si yo soy consciente de que no llego a todo, es cuando tengo que realmente plantearme "¿qué puedo hacer yo?". Es el locus de control interno del que hablo en el libro.

Muchas veces, cuando paramos a ser conscientes de realmente que esto está influyendo negativamente, es precisamente por no disfrutar de la crianza. Yo, por ejemplo, me di cuenta (y vuelvo a repetir que cada familia tiene sus circunstancias) de que iba cada día a hacer compra porque no la había organizado o que perdía mucho tiempo scroleando; cuando tú eres consciente de dónde se va el tiempo y aprendes a organizarte un poquito mejor, puedes distribuir mejor tu tiempo y disfrutar más de la crianza.

Sobre todo lo veo más en madres: no invertimos tiempo en nuestro autocuidado. Las mamás muchas veces, por mi experiencia profesional, sienten culpa cuando lo hacen. Y siempre lo digo: se trata de invertir en tu felicidad, que es también en la de tu hijo. Por eso, el tener claro dónde se nos va el tiempo, "qué es lo que más me cuesta", "qué es lo que me gustaría", "qué tipo de madre padre me gustaría ser"... son preguntas muy importantes.

Pero en el día a día no paramos a pensar esas cosas, no hacemos reuniones papá y mamá para decir "oye,¿ qué te está costando?". No hay una comunicación, no pararnos a pensar porque vamos en piloto automático. Así que yo creo que esa es una necesidad vital.

El vínculo y la complicidad también está en hacer locuras, en saltar en la cama, en cantar canciones por la calle, en reírte con él… En volver a mirar un poco la vida como si fueras un niño.

Javier de Haro, psicólogo, profesor y orientador escolar

Esas reuniones de las que hablas ¿son el claustro familiar que propones en el libro? ¿En qué consiste exactamente?

El claustro consiste en agendar un momento distendido en pareja y siempre tiene que empezar agradeciendo y diciendo algo positivo de la otra persona, aunque suene artificial. Tenemos que recuperar el hábito de valorar lo positivo. Estamos llegando a un punto en el que solo vemos lo negativo. Pero incluso en el día a día solo hacemos críticas en TripAdvisor cuando algo no nos gusta, pero no cuando nos gusta.

Por eso yo empezaría ese claustro con una copita de vino o con una cerveza para que sea distendido. Empezamos hablando algo positivo y luego cada uno dice dos cosas que le están costando y vamos a pensar los dos juntos, como un equipo, qué vamos a hacer. Porque es normal que papá y mamá o papá pueda tener un estilo de crianza diferente y no pasa nada porque los niños se adaptan, pero para lo importante tenemos que ser un equipo. Y cuando, además, lo que uno hace está respaldado por el otro, todo es mucho más fácil, todo fluye.

En cambio, cuando papá y mamá estamos agotados, saturados y cada uno hace la guerra por su cuenta, con perdón de la expresión, es cuando la relación se resquebraja, hay menos equipo y lo transmitimos a los niños.

Y cuando ya sepamos hacer el claustro, algo maravilloso es implicar a nuestros hijos en el propio claustro y que él también nos dé las gracias por algo y nosotros a él. Cuando participan en la toma de decisiones, conseguimos tres cosas maravillosas: en primer lugar, ver lo que proyectamos; muchas veces pensamos que somos los padres más enrollados, pero ¿qué proyectas en tu hijo?, ¿tu hijo qué piensa? En segundo lugar, implicarles, decirles "eres importante y también puedes decidir". Y, en tercer lugar, que él aprenda cómo es un proceso de trabajo en equipo: "¿qué es lo que más te gusta de lo que estamos haciendo en casa?", "¿qué es lo que cambiarías si tuvieras una varita mágica?". Implicarlos a ellos dentro de estos claustros nos da mucha información y, sobre todo, a ellos a nivel autoestima les hace sentir que son parte importante del equipo.

Precisamente a la autoestima dedicas un capítulo entero a la autoestima. ¿Cuáles son las bases para ayudar a los niños a desarrollar una autoestima sana?

Va a depender mucho del momento evolutivo del niño. Cuando hablamos de autoestima, se confunde porque "auto" parece que tiene que venir de uno mismo y la autoestima de un niño pequeño, en gran medida, empieza a construir sus cimientos en base a nosotros. Obviamente hay unas necesidades básicas que no son solo seguridad fisiológicas, comida, sino que está el sentirse observado, valorado, sentirse visto. Todo eso hay que cubrirlo, es muy importante.

Por otro lado, siempre pensamos que una autoestima floja, pobre o mala como, queramos llamarlo, es perjudicial. Y lo es, pero también es muy perjudicial una autoestima por las nubes que se pueda desbordar en cualquier momento. Por eso lo que más nos va a costar a papá y a mamá es ser un espejo que refleja la realidad. Y no con palabras, sino con hechos. Por ejemplo, los niños son hiper competitivos. Alguna vez, cuando hagas una carrera con él, gánale; va a tener una rabieta, seguro, pero así él va a ver que no es el niño más rápido del mundo. O cuando él tenga que hacer algo, no le des la solución, sino que piense él. Son cositas que influyen en su autoestima.

Yo lo que le diría a los papás y las mamás es que parte de la base de la autoestima está en el vínculo y en que contemos con ellos. Pero otra parte muy importante es que ellos se sientan capaces y, para eso, hay que potenciar mucho la autonomía. Pero ojo, la autonomía no es obediencia, no es que haga lo que yo quiera; la autonomía es que ellos sepan decidir, que ellos sepan gestionar sus conflictos, que ellos sepan equivocarse. Y no pasa nada si un día va con los deberes mal hechos al colegio, es parte del proceso. 

Padre e hija felices© Getty Images

Señalas en el libro que uno de los aspectos que más puede dañar la autoestima de los niños son las etiquetas. Casi siempre se da por hecho que vienen impuestas desde fuera, pero ¿no ocurre también que los padres etiquetan a menudo a sus hijos sin darse cuenta?

Sí, es cierto. Incluso cuando etiquetamos en positivo, también les puede generar una presión. Es normal que tú le digas a tu hijo "eres el más bueno", es normal que alguna vez lo digamos, no pasa nada, pero tiene también que haber equilibrio ahí a la hora de evitar las etiquetas.

Y, si somos conscientes de que se las ponemos, es necesario el poder disculparnos y el poder aclararlo "cariño, no eres un desastre". Podemos recurrir al sentido del humor: "no eres un desastre, pero tu cuarto está hecho un poco desastre". Es importante porque pasa una cosa muy peligrosa con los niños, y es que siempre van a creer a pies juntillas todo lo que tú les digas (luego ya cambian cuando crecen). Por ejemplo, a mi hijo le he contado que yo jugaba baloncesto y jugaba a buen nivel y se cree que buen nivel es jugar en la Euroliga, mi hijo cree que he sido campeón de Europa. Oye, bendito problema, pero lo que vengo a decir es que, sin darnos cuenta, ya no solo lo que decimos, sino también con lo que hacemos, muchas veces hace que ellos sientan que son de una forma que les perjudica. Y el problema es que, cuando ellos sienten que son eso, se lo guardan, no te lo dicen y les condiciona a hacer las cosas. Pueden pensar "¿para qué voy a hacer esto si soy malo?".

Otro aspecto del que hablas en el libro es el vínculo. Sabemos que es muy importante, pero a veces damos por hecho que viene de serie. ¿Es así? ¿Cómo fomentarlo de verdad para darle al niño esta seguridad que necesita?

Sí, el vínculo es algo que viene de serie, los niños tienen la capacidad de vincularse y eso es muy importante. Pero luego hay pequeños aspectos del día a día que tenemos que ir sembrando para que ese vínculo crezca fuerte y sano y, sobre todo, para que generemos una complicidad, que yo creo que al final es lo que todos queremos como padres. Cuando decimos que queremos ser sus amigos, confundimos al término; nos referimos realmente a que tengamos una relación que sea cercana, con confianza.

Por eso yo creo que la comunicación tiene que ser una parte fundamental. Muchas veces nos frustramos los papás y las mamás porque "es que no quiere hablar conmigo de lo que le pregunto"; vale, pues cuéntale tú cosas. Por ejemplo, "oye Javier, ¿con tu edad sabes lo que me pasó?". Ahí ya das pie a hablar. También es importante hablar de sus temas de interés.

Y luego también es muy importante implicarlos en tu día a día y dejar que te conozcan. Para que un niño tenga una complicidad con su padre o su madre, tiene que poder conocerle. ¿Tu hijo sabe en qué trabajas, cuáles son tus ilusiones, tus sueños?. Eso es algo muy importante. Y también animaría una cosa que merece mucho la pena, y es que el vínculo y la complicidad también está en hacer locuras, en saltar en la cama, en cantar canciones por la calle, en reírte con él… En volver a mirar un poco la vida como si fueras un niño. Porque al final, las experiencias positivas del día a día también unen mucho.